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viernes, 10 de febrero de 2012

Modelando cabecitas, por Juan Carlos Girauta

La sustitución de su materia estrella, la Formación del Espíritu Indignado, por una que explique la Constitución era preceptiva en un gobierno serio, pero el mal de la escuela es más hondo

Día 10/02/2012 - 11.31h
UN diputado socialista pide a Wert algún ejemplo de adoctrinamiento en los manuales de Educación para la Ciudadanía. El ministro le lanza este: la Revolución Soviética «instauró un régimen de igualdad y libertades colectivas que se llamó socialismo». Los menores que, con el tiempo, lleguen a leer obras como El libro negro del comunismo podrán ejercitar la aritmética calculando las decenas de millones de cadáveres iguales y libres del socialismo real. Al resto podemos darlo por perdido en el conocimiento de la historia contemporánea.
El progre trasnochado dedicado a la docencia encontrará el modo de compartir, en las clases de historia o de literatura, su turrón mental anticapitalista, indigenista, judeófobo, feminista de la paranoia de género, antiglobalizador, okupa, animalista, procastrista, bolivariano, ateísta, abortista y antiamericano. La sustitución de su materia estrella, la Formación del Espíritu Indignado, por una que explique la Constitución era preceptiva en un gobierno serio, pero el mal de la escuela es más hondo. La anomia reina en un espacio pensado para los valores civilizatorios, se canta a la ruptura del canon (político, plástico, literario) ante un público que nada puede romper por falta de referentes. Seres frustrados, incompetentes y depresivos enconan, analfabetizan y desaniman al educando, profanando un templo de saber, orientación y ejemplo. Nada de esto sufre el hijo del pudiente en la escuela privada. Es al alumno de la escuela pública a quien se le arrebata la oportunidad de la excelencia, a quien se convierte en carne de cañón desalentada e iracunda. Poco han podido hacer los profesores responsables y conscientes por introducir la meritocracia, el esfuerzo y la disciplina en esa pompa de jabón. Separados del mundo, sometidos a distorsionadoras visiones, formados en el desprecio a la competencia, en la igualdad de resultados y en la desconfianza a los generadores de riqueza, crecen los chavales. Luego la pompa desaparece y entran en contacto con la realidad. Robado su futuro, muchos engrosarán las filas del paro juvenil más elevado de Occidente. Les queda la nostalgia de la pompa, con sus revoluciones falsificadas.

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