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sábado, 14 de enero de 2012

Homenaje a Cataluña, por Arcadi Espada

Homenaje a Cataluña

Otoño en Madrid, hacia 2011. No ha llegado aún el frío. Los cielos velazqueños de la estación parecen lavados con el agua oxigenada del Tiépolo. Sí llegaron ya a los puestos los primeros cardos: con su melancolía de alcachofas y su pectina de sangre. Un grupo de ilustres académicos está reunido informalmente: hay asuntos que tratar en el desmoche de la tarde. Alguien pide un café con leche, que quedará exánime, decretada a los labios la lava del habla: y es que ya se examina la necesidad de incorporar un dramaturgo a la docta casa. Carne de murciélago. Suena una alarma digital que vierte en el cangilón lejano de la vida una fría urgencia. Se habla de plazos, y es la muerte. El más viejo sabe ya lo que ocurrirá. Es por eso que se ha removido en el butacón, dando a los demás un perfil de lacre, renunciando a la oquedad del teatro y a salvo de la inundación del estiércol. Conoce que resta una media hora de adorno y tonteo sobre las características del que habrá de entrar, si adán o adánica, si sombra o buey, si mejor castizo o de la cosmópolis. Y quiere callar. Bien es cierto que, aunque no ya añojo sino añoso, todavía podría disparar a quemarropa palabras recentales. Pero habrá de callar. Adivina que cada uno de esos que lo observan a hurtadillas lleva un nombre cachicuerno en faltriquera. Y que todo devendrá. Tiene la tentación, por un instante, de ir a echar una meada. Pero se contenta con darle la paz al músculo a través de la resoba de los pantalones. Y piensa para mañana: «Se te cimbrea como en el verso la palmera vertebral».
Pasa un escuadrón de ángeles. ¡Quia! Un Enola Gay de silencio.
Y entonces se mueve. Lentamente. Su cuello entero, bisagra del crepúsculo, sabe que habrá de afrontar el óxido. Pero ahí está al fin: de frente, tardío, roca oracional. Va a decir, y tras las amonestaciones del ácaro, lo dice:
—Si hablamos de dramaturgos —¡olé mi condicional cuando se abre de capa!—, sólo hay uno para la Academia…
Cuatro campanas ahorcadas doblan al viento y ponen un cuarto punto suspensivo.
—Y es Albert Boadella.
Un silencio sonriente y asertivo, entre el cuscús y la anémona, se reparte. Unanimidad entre los hombres. Pero sólo él conoce la vigilia de la espuma. Su pupila de piedad y desdén recorre todos los ojos y los hace canicas. Ha llegado el instante en que los ciegos oirán:
Todos consienten. Él se levanta. Madrid es una piscina frígida. Un hipérbaton de las Españas.
(El Mundo, 29 de noviembre de 2011)
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