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martes, 20 de septiembre de 2011

El fin del sindicalismo subsidiado, por Antonio Alemany


  • Los sindicatos constituyen unas entidades constitucionalmente amparadas, junto a las asociaciones empresariales, con especial intensidad y por ello su reconocimiento e importancia merecen figurar en mismo frontispicio de la Constitución (artículo 7). Hay, sin embargo, una distonía entre su importante reconocimiento constitucional y su actual realidad social y sociológica, distonía probablemente debido al momento y clima del periodo constituyente y con el recuerdo de un sindicalismo inexistente, por prohibido, durante el franquismo. En Baleares, todavía estaba entonces presente el famoso Proceso 1001 que provocó un sonado y valiente editorial de Diario de Mallorca en defensa de unas libertades sindicales que regían en todos los países democráticos de nuestro entorno.
  • Sin embargo, y a medida que se iba consolidando la joven democracia española, nuestros sindicatos corrieron la misma suerte que el resto de los sindicatos europeos, sometidos a unas realidades económicas y sociológicas que fueron socavando su tradicional poderío y la progresiva desafección de los trabajadores. El “obrero” como, en la versión y terminología marxista, el “proletario”, estaba dando paso, de forma acelerada, a unas nuevas clases medias que absorbían buena parte de lo que antes integraba las clases obreras. El triunfo del demoliberalismo sobre el socialismo se hizo patente de forma emblemática en este debiltamiento de unos sindicatos que, sencillamente, se estaban instalando en la obsolescencia por la propia dinámica de la sociedad y de la economía. Hoy, de hecho, ha casi desaparecido el “sindicalismo de empresas” y el “sindicalismo industrial”: sólo queda, de forma residual y testimonial, el sindicato de funcionarios por estrictas razones privilegiadas de status y corporativismo. Nada que ver con el tradicional “sindicato de clase”, entre otras razones porque el concepto de “clase social” tan omnipresente en la sociología marxista ha desaparecido, pese a los esfuerzos casi románticos de la sociología de izquierdas
  • Ha actuado correctamente el Govern al suprimir los “liberados” y no sólo por razones de la crisis económica y de la austeridad, sino porque la existencia de estos sindicalistas liberados constituían un anacronismo y una vergonzosa forma de sindicalismo subsidiado, al igual que constituía otra forma vergonzante el que las Administraciones Públicas subsidiaran a las asociaciones empresariales. Para ejercer el sindicalismo reivindicativo y representativo- lo que quede de él- no hacen falta subsidios que, además, ponen en berlina la independencia sindical: basta que los sindicalistas ejerzan de sindicalistas y punto.
  • Hay, a mayor abundamiento, otras circunstancias que obligan al cuestionamiento de los Sindicatos. A la institución sindical cabe aplicarle, por analogía, la famosa ley de bronce de los partidos políticos formulada por Michels: se han convertido los sindicatos en unos aparatos tecnocráticos, con una férrea clase dirigente sindical que integra y dirige esta tecnoestructura. Uno de los síntomas evidentes de esta esclerotización del sistema sindical es la escasa o casi nula permeabilidad y movilidad en las estructuras dirigentes, convertidos sus eternos líderes en parte del establishment de nuestra sociedad y de las élites del poder. La decisión del Govern, no sólo es justa, sino necesaria en la medida que se adecua a una realidad sindical que, de sindical, sólo tiene a veces sólo el nombre.
Libertad Balear

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