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sábado, 10 de septiembre de 2011

Casta política: Llamazares y demás especuladores, por Pablo Molina

Las declaraciones patrimoniales de los diputados y senadores del reino de España coinciden aproximadamente con lo que cabría esperar de unos señores con sueldos que, en su mayor parte, rondan los diez mil euros mensuales.

Con algunas excepciones, como el Hípico Hacendoso y la Alpinista Aburguesada, dos hormiguitas que ahorrando en el café mañanero se han hecho con un emporio y Fostiatus (C. Vidal dixit), un manirroto sin solución, la inmensa mayoría de nuestros representantes ha acumulado un capital muy apañadito para pasar los rigores de esta crisis y tirar todavía unos años más con cierto confort en el caso de que el próximo veinte de noviembre vengan mal dadas.
Lo que llama la atención de este desnudo patrimonial protagonizado a la fuerza por nuestros diputados y senadores, además de que se fían lo justito del sistema estatal de previsión social, razón por la cual prefieren contratar un plan de pensiones privado, es el destino que han dado al "exceso de tesorería" que su actividad política les reporta.

Sólo hay que dar un repaso a las declaraciones patrimoniales de diputados y senadores para comprobar la querencia de sus señorías por la inversión inmobiliaria y la especulación financiera, precisamente los dos pecados más graves que, a juicio de la casta política, puede cometer un ciudadano. El que más y el que menos dispone de varias viviendas, locales, plazas de garaje y terrenos rústicos, a pesar de que, desde hace años, todos sin excepción, vienen achacando los males que ahora nos aquejan a la "burbuja del ladrillo". Pero es que el dinero que les sobra de pagar la hipoteca de la cuarta residencia lo destinan a la inversión especulativa, directamente en bolsa o a través de fondos de inversión, de forma que esas tremendas diatribas contra los mercados financieros, al parecer van destinadas únicamente al resto de los mortales, para crearles mala conciencia en caso de que decidan rentabilizar el escaso ahorro de que disponen en la misma medida que ellos.
El caso de Llamazares es espectacular. El gran enemigo de la dictadura de los mercados tiene a fecha de hoy 286.000 euros, es decir, casi cincuenta millones de pesetas, invertidos precisamente en estos productos financieros a cuyos gestores acusa de provocar los grandes males de la economía entre el aplauso de los escasos fieles que todavía le quedan a Izquierda Unida.

En lugar de montar una empresa de "Comercio Justo" para aliviar la condición de los agricultores y artesanos del tercer mundo, creando de paso puestos de trabajo para algún camarada menesteroso, el portavoz de la izquierda anticapitalista prefiere invertir el dinero que nos saca del bolsillo mensualmente en productos financieros de lo más variado. Si, como dicen los comunistas, el capitalismo se basa en la avaricia y la explotación, ahí tienen a su portavoz parlamentario dando ejemplo de cómo organiza un marxista sus finanzas en cuanto tiene ocasión.
En su defensa, Llamazares sostiene que un político de izquierdas no tiene por qué vestir con un mono y vivir debajo de un puente. Al contrario, eso es precisamente lo que deberían hacer todos los políticos de izquierdas. Al menos hasta que sus víctimas, ese millón largo de familias que han perdido su vivienda y su trabajo, vuelvan a recuperar el estatus que tenían antes de que toda esta tropa llegara al poder.

Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.

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