Blogoteca: agosto 2011

miércoles, 31 de agosto de 2011

Que devuelvan el dinero


Pablo Molina

&quote&quoteTal vez el motivo de tan aparente ingratitud tenga que ver con que ninguna de las dos ha dicho tener la menor intención de devolver parte del dinero que requisan de nuestros impuestos para financiar el derroche de sus respectivos partidos políticos.

En un gesto inédito del que las dos protagonistas seguramente se sienten muy orgullosas, las responsables de las campañas electorales del PP y PSOE han decidido que no van a ensuciar las ciudades y pueblos de España hasta que no comience la campaña electoral. Ejemplo de austeridad en medio de la recesión económica, le llaman a esto. Modelo de desvergüenza en tiempos de recesión moral, sería una definición más precisa.
Los partidos políticos deberían financiar sus actividades de proselitismo con los fondos de sus afiliados y donantes voluntarios, pero como en España ninguna organización vive de las aportaciones de sus miembros no iban a ser precisamente los inventores del latrocinio los que dieran ejemplo, ni siquiera en medio de la devastación económica actual de la que ellos precisamente son los primeros responsables.
Ana y Elena, Mato y Valenciano, han asegurado que sus partidos van a gastar algo menos en la campaña de las próximas elecciones generales y seguramente no se explican aún cómo las colas de ciudadanos agradecidos por el gesto no dan varias vueltas a la manzana.
Tal vez el motivo de tan aparente ingratitud tenga que ver con que ninguna de las dos ha dicho tener la menor intención de devolver parte del dinero que requisan de nuestros impuestos para financiar el derroche de sus respectivos partidos políticos. Porque si es cierto que quieren dar un ejemplo de austeridad, lo oportuno sería reintegrar a las arcas públicas el dinero que no van a derrochar en esa pre-campaña, pero, de nuevo, aquí nadie devuelve un euro al estado y mucho menos los partidos políticos, organizadores del saqueo ciudadano del que vive tanto parásito.
Ni Ana ni Elena, ni Mato ni Valenciano, tienen pensado devolvernos la parte que no van a gastar en propaganda electoral, sencillamente porque ya tienen pensado de qué otra forma se la van a pulir, pero eso sí, a nuestra salud (democrática). No habrá carteles antes del 4 de noviembre, pero a partir de esa fecha habrá el doble para compensar, con lo que los partidos se pulirán todo el dinero que reciben del presupuesto además del que reciban a través de unos préstamos bancarios que, ocioso es decirlo, no tienen pensado devolver.
Es como si te atracan por la calle y el delincuente, perdón "la víctima de la sociedad", te dice que por razones de austeridad ha decidido que no todo se lo va a gastar en vicios. Aunque bien mirado, lo de Ana Mato y Elena Valenciano es aún peor. Ellas encima quieren que les demos las gracias.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.

sábado, 20 de agosto de 2011

Hispania en la UVI: Putrefacción intelectual y espiritual


Antipapas

"Como en el 36"

Pablo Molina

&quote&quoteEl que haya quien considere una provocación ver a otra persona rezar simplemente nos sirve para comprobar el estado de putrefacción intelectual al que se puede llegar cuando se frecuentan ciertos ambiente e ideas.


Lo más penoso de la algarada anticatólica de la Puerta del Sol no es la constatación de que en Madrid existen unos doscientos descerebrados violentos capaces de protagonizar semejantes escenas de odio, pues en la capital de España debe haber, por simple estadística, muchos más. Ese nutrido resto o estaba fuera de vacaciones o tiene como objeto de su ira otra cuestión más prosaica y no consideró oportuno sumarse a ese festival de escupitajos, insultos y empujones a católicos pacíficos, incluidos menores de edad, al que con tanto entusiasmo se dedica por las tardes el resto de la catetada.
La existencia de radicales ociosos dispuestos a vomitar su odio contra quien no piensa igual es un hecho inevitable en todas las sociedades y no hay que escandalizarse demasiado por ello. El que haya quien considere una provocación ver a otra persona rezar simplemente nos sirve para comprobar el estado de putrefacción intelectual al que se puede llegar cuando se frecuentan ciertos ambiente e ideas.
Pero lo realmente sustantivo de estas escenas de violencia callejera contra los jóvenes católicos es la colaboración con que han contado sus protagonistas por parte de las autoridades encargadas de velar por que episodios así no se produzcan.
Las imágenes de una policía maniatada permitiendo que se vulneren derechos constitucionales refleja perfectamente de qué parte está el Gobierno, y los comentarios de los líderes de la izquierda que se han pronunciado al respecto defendiendo a los agresores muestra, a su vez, la catadura ética de un PSOE y una IU irrecuperables para la convivencia democrática.
"Los vamos a quemar a todos como hicimos en el 36", frase proferida junto con otras de similar calaña por la avanzadilla de los manifestantes, demuestra que el guerracivilismo instaurado por Zapatero comienza a dar sus frutos, pero como el violento de a pie siempre es más bestia que el político de nómina, el ropaje progresista con que se revisten estas operaciones de ingeniería social acaba por el suelo hecho unos zorros.
Los políticos de nuestra izquierda han situado en el mismo plano ético a los manifestantes anticatólicos y a los peregrinos asistentes a estas Jornadas Mundiales de la Juventud, lo que significa que para ellos resulta igual de aceptable la instigación verbal al asesinato por motivos ideológicos ("como en el 36") que la profesión pacífica de una determinada fe religiosa.
¿Que a los Valenciano, Jáuregui y Blanco les molesta el correlato? Sólo tienen que poner un tuit condenando moralmente la actuación de estos fanáticos. Más fácil (y barato) imposible.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.


Libertad Digital

viernes, 5 de agosto de 2011

Los convoyes, el arma más eficaz contra los piratas

GESTAS DE LA ARMADA ESPAÑOLA

Por Pedro Fernández Barbadillo

Los convoyes se han hecho célebres por medio del cine cuando describen las aventuras de los mercantes que cruzaban el Atlántico protegidos por buques de guerra de Inglaterra y de EEUU mientras les atacaban submarinos alemanes. En realidad, esa técnica militar la inventaron los españoles del siglo XVI para proteger el oro y la plata de las Indias, y funcionó durante dos siglos.
Galeones cuyas bodegas rebosan lingotes de oro y plata, cofres llenos de perlas y rubíes, venerables porcelanas chinas envueltas en paja y tela, sables japoneses de hojas que cortan un pañuelo de seda, collares que al brillar al sol ciegan los ojos, piezas de jade de un verde profundo, sacos de especias cuyo aroma atraviesa los pañoles... Y todos estos tesoros se escaparon durante siglos a los piratas, los corsarios y las flotas de los comerciantes y reyes envidiosos. "Las pérdidas por acción armada fueron sorprendentemente cortas: del orden del 1%" (José Alcalá-Zamora).

Este éxito logístico se debió a la obligación para los mercantes de navegar entre las Indias y la Península Ibérica en convoyes protegidos por barcos de guerra, una obligación que impusieron Carlos I y Felipe II a mediados del siglo XVI, y que perduró hasta 1778, cuando la última flota de Nueva España desembarcó en Cádiz.

Los piratas y los corsarios han sido una lacra desde que los hombres usaron el mar como medio de transporte de mercancías. Julio César fue prisionero de unos piratas en el siglo I a. de C y hoy, en África y Asia, se producen asaltos de piratas. El descubrimiento de América y las noticias sobre las cantidades de oro que los españoles llevaban en sus barcos acicateó a los piratas. De las tres naves que en 1521 Hernán Cortés envío al Rey Carlos I con tesoros aztecas, dos fueron capturadas por el italiano Juan Florín (o Jean Fleury), que estaba al servicio de Francia.

Francia, el primer enemigo

Al principio del siglo XVI, debido a las alianzas elaboradas por los Reyes Católicos, el único enemigo europeo que tenía España era Francia. El Rey Carlos tenía como aliados al inglés Enrique VIII, casado una de sus tías, Catalina de Aragón, y al portugués Juan III, cuñado suyo; además, los flamencos y borgoñones eran sus súbditos.

En cuanto estalló la guerra entre Carlos I y Francisco I en 1521 (la primera de una serie de cuatro que se prolongaron hasta 1544), los corsarios franceses acecharon las presas y descubrieron que la mejor zona de caza era la comprendida entre las Canarias, el cabo de San Vicente y el golfo de Cádiz, por donde pasaban todos los mercantes que regresaban de las Indias. A esta actividad, muy rentable si se atrapaba una buena presa, se dedicaban no sólo aventureros, sino también aristócratas y caballeros.

Durante medio siglo, se libró una guerra naval entre los españoles (con una participación entusiasta de los vizcaínos y guipuzcoanos) y los franceses, que ganaron los primeros de manera tan rotunda que Francia sólo emergió como potencia marítima a finales del siglo XVII y tuvo que conformarse con colonias de poca importancia en América.

Símbolo de esa derrota es el destino de Florín. El corsario siguió saqueando naves españolas hasta que en 1527 le capturó el capitán guipuzcoano Martín Pérez de Irízar. Desde Sevilla, se le envió preso al Rey Carlos, pero éste ordenó que se le ahorcase donde su mensajero le encontrase, que fue en Colmenar de Arenas (Toledo). Pérez de Irízar recibió como recompensa ejecutoria y escudo de armas.

El hallazgo de la conserva

La Corona y la Casa de Contratación (fundada en 1503 en Sevilla) recurrieron, según explica Carlos Martínez Shaw, a cuatro medios defensivos para proteger la Carrera de las Indias, es decir, el tráfico entre ambos continentes: la fortificación de los puertos americanos (La Habana, Veracruz, Cartagena de Indias, Portobelo, Callao...); la instalación de artillería y soldados en los mercantes; la navegación en conserva; y la formación de flotas armadas que escoltasen a los mercantes.
La navegación en conserva o en convoy tenía ya una larga tradición, porque disminuía los daños por accidente, naufragio o avería y los ataques. Ya las Cortes de Toledo de 1436 recomendaron que la navegación a Flandes se hiciese en conserva para escapar de los corsarios y piratas. Sin embargo, España fue la primera potencia naval que organizó el sistema regular de convoyes de una orilla a otra del Atlántico.

La primera gran flota zarpó en 1522, formada por ocho mercantes y dos navíos armados. En 1526, se estableció que los viajes a Indias, que hasta entonces cubrían barcos mercantes sueltos o en pequeños grupos y sin protección, se hicieran en conserva y protegidos por otros armados. Para pagar el coste de los buques armados se fijó el impuesto de avería, que consistía en un porcentaje del valor de la carga.

Las Flotas de Indias

Como la primera norma no se cumplió a rajatabla y el corsarismo aumentaba, en 1543 se promulgó la ordenanza que establecía que, mientras durase la guerra con Francia, todo buque español que fuese a las Indias Occidentales debía unirse a una de las dos flotas mercantes, que zarpaban en marzo y septiembre y estaban protegidas por barcos de guerra. El principal de éstos recibía el nombre de capitana y el segundo el de almirante; en ellos había abundante artillería y tropas veteranas. Todos los barcos debían obedecer las órdenes que les llegaban desde aquéllos.
Las ordenanzas de 16 de julio y 18 de octubre de 1564, dictadas por el Rey Felipe II e incluidas en las Leyes de Indias, regularon definitivamente dos convoyes:

  1. La flota a Nueva España, que zarpaba de Sevilla en abril (fecha que en 1582 se cambió a mayo) con destino a Veracruz, a donde arribaba en septiembre. En este último puerto a partir de 1565 recogía las mercancías que había traído la nao de China desde las Filipinas vía Acapulco y México.
  2. Los galeones a Tierra Firme, que salían en agosto con destino a Nombre de Dios, en Panamá (en 1598 Nombre de Dios fue sustituido por Portobelo), y con escala en Cartagena de Indias.

Después de las ferias en los puertos de destino, ambas flotas invernaban en ellos o en otros del Caribe, a salvo de los ataques enemigos y de las tormentas. Luego se reunían en La Habana en marzo o abril y regresaban juntas.

Algunos historiadores atribuyen la arquitectura del sistema de convoyes al marinero asturiano Pedro Menéndez de Avilés (1519-1574), que desempeñó los cargos de capitán general (de superior graduación que el de almirante) en varias flotas de Indias entre 1555 y 1570, el de gobernador de Cuba y el de adelantado de Florida. Tanta confianza tenía en él Felipe II que le confió organizar una armada en el Cantábrico para controlar la navegación en el Canal de La Mancha, y a ello se dedicaba don Pedro cuando murió por una peste.

Menéndez de Avilés redactó un memorial en 1556 en el que exponía el número de flotas, las fechas de salida y llegada, las competencias del capitán general; las reglas de las flotas, etcétera. Sus propuestas aparecen en las ordenanzas de 1561 y 1564.


45.000 barcos a las Indias

Se desconoce el número de barcos que cruzaron el Atlántico en la Carrera de las Indias, debido a la falta de documentación. El historiador Corzo los calcula en 45.000 de ida y 27.000 de vuelta (la diferencia responde a que una proporción alta de los buques se quedaban luego en las Indias y hasta se desguazaban allí). Entre 1537 y 1778, casi todos los años hubo flotas entre los dos continentes, aparte de los barcos que viajaron solos; y entre 1630 y 1708 sólo se suspendieron 29 flotas.
La navegación en conserva tenía el inconveniente de la lentitud: la velocidad la marcaba el barco más lento, lo que alargaba la duración del viaje y encarecía las mercancías. ¿Antieconómico? Quizás. ¿Efectivo? Completamente. En siglo y medio se perdieron más buques por las tormentas tropicales que por los ataques. La primera flota capturada lo fue en 1628 en Matanzas (Cuba), a manos del almirante holandés Piet Heyn.

El sistema flotas se mejoró con invenciones como el galeón, un tipo de barco de la Corona, fuertemente armado y a la vez maniobrable, y la formación de la Armada de Barlovento y la Armada de Guarda de la Carrera. Los convoyes no impidieron el contrabando, tan rentable que en él participaban hasta funcionarios y clérigos españoles, cierto, pero cumplieron la misión de proteger los barcos y los fletes tan bien que sólo desaparecieron cuando Carlos III abolió el monopolio de la Casa de Contratación.
Los siguientes convoyes regulares en el Atlántico esperaron hasta las dos guerras mundiales.

Libertad Digital