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domingo, 31 de julio de 2011

Zapatero: por fin una decisión acertada, por Antonio Robles

Al fin, un momento de lucidez. Habría muchas razones para haberlas convocado antes, pero sólo voy a destacar una: la crisis económica. Antes que ninguna otra cosa, esta crisis, es una crisis de confianza. Mientras no se sospechó la debacle y el sistema financiero siguió garantizando créditos, el paraíso funcionó. Rota la confianza, todo se vino abajo.

Si adolecía de algo el Gobierno de Zapatero, era precisamente de falta de confianza. Ya no se trataba de que hiciera los deberes que le imponía Europa, ni siquiera de que los hiciera bien, sino de que se quitara de en medio para que los mercados internacionales tuvieran una disculpa para volver a confiar en la economía española. Convocadas las elecciones, la confianza no se ha restablecido per se, pero se habrá dado el paso imprescindible para restaurarla.

Inútil pasarle facturas de una crisis que negó primero y resolvió después sin haber reconocido su existencia. Otros Gobiernos vendrán para enmendar su analfabetismo económico y su cara dura. Al fin y al cabo es una cuestión de números. Pero lo que otros no podrán rectificar a voluntad ni fácilmente es su irresponsabilidad política condensada en una de sus frases más demagógicas: "España es una nación discutida y discutible".

Para bien o para mal, Zapatero ha puesto sobre la mesa la viabilidad o inviabilidad de España como Estado y como nación. La transición política se imaginó el Estado de las Autonomías para organizar territorialmente España armónicamente e integrar definitivamente a los nacionalismos.
Si bien fue un instrumento acertado para salir de la transición, el tiempo ha demostrado que, en lugar de apaciguar las ansias separatistas de los nacionalistas, el modelo territorial autonómico las ha radicalizado; y, lo que es peor, la falta de patriotismo y el excesivo electoralismo de Zapatero ha permitido el triunfo político de ETA en el País Vasco y la superioridad moral del soberanismo en Cataluña. El diálogo con la banda y el apoyo a un Estatuto inconstitucional han sembrado de separatistas convencidos a las dos autonomías en las que más necesario era integrarlos. Error imperdonable traficar políticamente con los fundamentos del Estado en lugar de atrincherarse en su defensa.

Por eso digo que Zapatero, para bien o para mal, nos ha puesto ante el vértigo del desmoronamiento del Estado. Quizás por aquello de cuanto peor, mejor, la fatalidad nos sirva para abrir los ojos y nos lleve a atrevernos a pensar España como una nación de hombres libres e iguales; sin complejos ni temor a ser cohibidos por dogmas que sólo han demostrado su capacidad para generar privilegios y humillar a los territorios más humildes. El centralismo, como la descentralización administrativa y política sólo es un sistema de organizar el territorio y la convivencia. Todo se puede pensar, todo se puede cambiar.
Aquello que haya demostrado no ser compatible con la libertad, con la igualdad de derechos y con la generación de riqueza, puede y debe ser modificado. Empezando por la ley electoral y la devolución de la educación al Estado. 42.000 millones de euros nos cuestan las duplicidades, redundancias y despilfarros del Estado de las Autonomías. La financiación de la deuda de este año. Es seguro que los pequeños paraísos autonómicos que sirven de madriguera a la casta política que los ha creado y de los cuales disfrutan a cuerpo de rey, nunca estarán de acuerdo. ¿Y qué? ¿Es que hacen caso alguno a millones de españoles que no estamos de acuerdo con ellos mientras se mofan de España y viven a costa de su demolición?

Libertad Digital

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