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sábado, 2 de julio de 2011

Tercera respuesta a César Vidal, por Pío Moa

Creo que en esta tercera entrega de César Vidal hay más “chicha” que en las anteriores, por lo que me extenderé algo más. César ha hecho un notable esfuerzo por convencerme y convencer a sus lectores, de que el franquismo no fue liberal. Por mi parte le agradezco el empeño, pero creo que era innecesario, pues nunca tuve dudas al respecto.
   La cuestión que yo planteo es distinta, y, como ha pasado con la del desplazamiento del español por el inglés en España, y la del homosexualismo,  parece difícil de entender a primera vista. Vamos a ver si consigo plantearla con claridad: el régimen actual viene a ser una democracia liberal, si bien con déficits muy graves y en plena involución política. Quedémonos, no obstante, con la primera parte y planteemos una pregunta histórica y políticamente básica: ¿de dónde viene, fundamentalmente, esa democracia? Veamos algunas alternativas: A) de la oposición antifranquista; B) de un movimiento liberal; C) del Departamento de Estado useño; D) de los países europeos del entorno; E) del propio franquismo.
  En La Transición de cristal he abordado de modo explícito o implícito estas alternativas. El supuesto A resulta  de todo punto imposible por dos razones: ante todo porque se componía fundamentalmente de comunistas y /o terroristas, rodeados de pintorescos compañeros de viaje y oportunistas de vario pelaje. Viene a ser como el célebre despropósito de que la democracia en España fue defendida por marxistas, anarquistas, golpistas, racistas y similares, bajo la protección de Stalin. Solo exponer el hecho demuestra su falsedad radical, y sin embargo esa falsedad ha orientado una inmensa bibliografía, de la que nunca deja uno de asombrarse. La segunda razón es que aquella oposición a Franco siguió siendo muy débil hasta el final, como demostró plenamente el referéndum de diciembre de 1976. Ni podía influir decisivamente (a menos que el régimen cayese en una crisis moral como la de la monarquía que abrió paso a la república), ni era demócrata, sino todo lo contrario.
El supuesto B no resulta menos imposible, ya que nunca hubo, durante todo el franquismo, un movimiento liberal. Los liberales eran pocos (¿y somos muchos ahora?) y desde los mismos duros años 40 prefirieron acomodarse al régimen, aun manteniéndose independientes de él, agradecidos de que hubiera librado a España de una catástrofe. Y los liberales más antifranquistas sintieron cierta inclinación a componendas con los antifranquistas totalitarios. Entre los insultones a Solzhenitsin no faltaron bastantes que se consideraban o pasaban por liberales. 
El supuesto C no pasa de ser una leyenda urbana creída sobre todo por la extrema derecha. Una cosa es que la política internacional useña favoreciese la democratización de España y otra que la hubiera “fabricado”. Lo que interesaba a Usa, como puso de relieve Kissinger, era que no se creasen problemas como el de Portugal en una zona muy sensible. Querían una transición lenta, cuidadosa y que en ningún momento se fuera de las manos al estado. Y eso era justamente lo que estaban intentando los franquistas (el núcleo principal de ellos) sin necesidad de consejos, como he expuesto en el libro citado. Otra leyenda urbana (más bien paleta) es la de la información y poder absoluto que tendría la CIA sobre España. Su información era en gran parte defectuosa y tópica, como pone de manifiesto Ortí Bordás, por ejemplo, que conoció bien el percal.
El supuesto D es todavía menos creíble. No debe olvidarse que esos países no se debían a sí mismos sus regímenes ni su prosperidad, al menos en los inicios, sino a Usa (y también al hecho de que Franco desafiase las brutales y demagógicas presiones externas al final de la Guerra Mundial, pues una nueva guerra civil en España habría echado a perder la democratización de una Europa occidental arruinada y hambrienta); no debe olvidarse tampoco la fuerza que en ellos tuvo un izquierdismo, incluso un comunismo, de rasgos totalitarios, y el efecto de mil tópicos también antidemocráticos sobre España, manifiestos de modo un tanto repulsivo en las campañas europeas a favor de los asesinos etarras, especialmente en 1970 y 1975, con olvido total de las víctimas. Por otra parte es indudable que la mera existencia de unas democracias en Europa occidental pesaba sobre la evolución de España, pero con un peso ambiguo y con mucha menos prudencia de la que hizo gala por entonces Washington.
   No queda más explicación razonable que la última. El franquismo nunca fue derrotado ni derrocado, resistió durante treinta años las presiones exteriores más fuertes, de orden en general no democrático y sí demagógico; y, en fin, está la evidencia histórica más palmaria: un rey nombrado directamente por Franco, unos políticos provenientes directamente del franquismo; Suárez, jefe del Movimiento; una clase política representada en las Cortes, que aceptó la reforma política; una reforma hecha “de la ley a la ley”; una victoria popular abrumadora en un referéndum planteado directamente contra la (loca) alternativa rupturista de la oposición. ¿Hace falta algo más para dejar las cosas en claro?
  La posibilidad histórica de una democracia sólida en España nació fundamentalmente de ahí, de decisiones del grueso de  la clase política franquista y del clima social de prosperidad y, sobre todo, de reconciliación nacional creado bajo aquel régimen. Los odios desenfrenados que hundieron la república estaban más que olvidados por la inmensa mayoría de la población.  Por consiguiente, si existe una democracia liberal en España, los liberales debemos no solo “perdonar” al franquismo, como propone César Vidal, sino agradecérselo efusivamente, ya que esta democracia no se debió a nosotros, precisamente, y menos a quienes por entonces militábamos en la extrema izquierda. Y constatar de paso cómo las mayores amenazas que ha sufrido la democracia en estos años tienen, casi sin excepción, carácter antifranquista: terrorismo y colaboración con él, ataque a Montesquieu, expansión veloz y voraz del estado, “cien y más años de honradez”, separatismo, leyes totalitarias, etc. 
   Creo, además, que al exponer el carácter del franquismo, César Vidal cae en algunos fallos de análisis e interpretación  que le llevan a conclusiones erróneas  sobre  la significación histórica de aquel régimen, y que examinaré en la próxima entrega.   

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