Blogoteca: julio 2011

domingo, 31 de julio de 2011

Zapatero: por fin una decisión acertada, por Antonio Robles

Al fin, un momento de lucidez. Habría muchas razones para haberlas convocado antes, pero sólo voy a destacar una: la crisis económica. Antes que ninguna otra cosa, esta crisis, es una crisis de confianza. Mientras no se sospechó la debacle y el sistema financiero siguió garantizando créditos, el paraíso funcionó. Rota la confianza, todo se vino abajo.

Si adolecía de algo el Gobierno de Zapatero, era precisamente de falta de confianza. Ya no se trataba de que hiciera los deberes que le imponía Europa, ni siquiera de que los hiciera bien, sino de que se quitara de en medio para que los mercados internacionales tuvieran una disculpa para volver a confiar en la economía española. Convocadas las elecciones, la confianza no se ha restablecido per se, pero se habrá dado el paso imprescindible para restaurarla.

Inútil pasarle facturas de una crisis que negó primero y resolvió después sin haber reconocido su existencia. Otros Gobiernos vendrán para enmendar su analfabetismo económico y su cara dura. Al fin y al cabo es una cuestión de números. Pero lo que otros no podrán rectificar a voluntad ni fácilmente es su irresponsabilidad política condensada en una de sus frases más demagógicas: "España es una nación discutida y discutible".

Para bien o para mal, Zapatero ha puesto sobre la mesa la viabilidad o inviabilidad de España como Estado y como nación. La transición política se imaginó el Estado de las Autonomías para organizar territorialmente España armónicamente e integrar definitivamente a los nacionalismos.
Si bien fue un instrumento acertado para salir de la transición, el tiempo ha demostrado que, en lugar de apaciguar las ansias separatistas de los nacionalistas, el modelo territorial autonómico las ha radicalizado; y, lo que es peor, la falta de patriotismo y el excesivo electoralismo de Zapatero ha permitido el triunfo político de ETA en el País Vasco y la superioridad moral del soberanismo en Cataluña. El diálogo con la banda y el apoyo a un Estatuto inconstitucional han sembrado de separatistas convencidos a las dos autonomías en las que más necesario era integrarlos. Error imperdonable traficar políticamente con los fundamentos del Estado en lugar de atrincherarse en su defensa.

Por eso digo que Zapatero, para bien o para mal, nos ha puesto ante el vértigo del desmoronamiento del Estado. Quizás por aquello de cuanto peor, mejor, la fatalidad nos sirva para abrir los ojos y nos lleve a atrevernos a pensar España como una nación de hombres libres e iguales; sin complejos ni temor a ser cohibidos por dogmas que sólo han demostrado su capacidad para generar privilegios y humillar a los territorios más humildes. El centralismo, como la descentralización administrativa y política sólo es un sistema de organizar el territorio y la convivencia. Todo se puede pensar, todo se puede cambiar.
Aquello que haya demostrado no ser compatible con la libertad, con la igualdad de derechos y con la generación de riqueza, puede y debe ser modificado. Empezando por la ley electoral y la devolución de la educación al Estado. 42.000 millones de euros nos cuestan las duplicidades, redundancias y despilfarros del Estado de las Autonomías. La financiación de la deuda de este año. Es seguro que los pequeños paraísos autonómicos que sirven de madriguera a la casta política que los ha creado y de los cuales disfrutan a cuerpo de rey, nunca estarán de acuerdo. ¿Y qué? ¿Es que hacen caso alguno a millones de españoles que no estamos de acuerdo con ellos mientras se mofan de España y viven a costa de su demolición?

Libertad Digital

viernes, 29 de julio de 2011

Noruega. Racionalidad del terrorismo, por Pío Moa

Sobre los atentados de Noruega se pueden decir algunas cosas, de entrada:
  1. Se trata de una respuesta terrorista al terrorismo islámico. Con la particularidad de que no ha atacado a los islámicos, sino a los (más o menos) cristianos noruegos, siendo el autor protestante y masón. No es tan raro: también muchos atentados islámicos se han dirigido contra otros musulmanes.
  2. En el terrorismo pueden distinguirse al menos tres principios: a) existe un régimen político intolerable contra el que es lícita la violencia; b) nadie es inocente (tesis básica anarquista, implícita en todos los atentados indiscriminados); c) el asesinato tiene una repercusión mediática que no se consigue de otra forma, lo que lo justifica doblemente, como fin y como medio (el terrorismo es básicamente publicidad política con sangre).
  3. Frente a conclusiones simplistas, debe decirse que existen, efectivamente, regímenes intolerables contra los que es lícita la violencia, si no hay otro medio. Que la mayor parte de los terrorismos han sido de izquierda y que tanto ellos como los regímenes totalitarios han encontrado amplia simpatía y a menudo grandes apoyos en las izquierdas europeas, en principio no totalitarias ni terroristas. Y que los medios de masas han sido a menudo los mayores colaboradores del terrorismo. Estos dos últimos puntos los he examinado ampliamente en relación con España (Una historia chocante, y en otras ocasiones). Aquí, el Gobierno ha llegado a justificar y premiar el asesinato como medio de hacer política.
  4. Sería, pues, un error creer que el terrorismo provoca un rechazo generalizado en medios democráticos. No solo encuentra colaboración, directa o indirecta, por afinidades ideológicas, sino por motivos más prácticos. La simpatía izquierdista o separatista por la ETA, proviene asimismo de la esperanza de sacar réditos políticos a sus crímenes. Recuérdense, por otra parte, los amplios movimientos favorables a la ETA y solidarios con ella en los países escandinavos, durante los últimos años del franquismo.
  5. La izquierda, aparte de apoyar o excusar de un modo u otro al terrorismo izquierdista (y separatista, en España) y al islámico –visto por muchos como afín ideológico por cuanto ataca al "capitalismo", al "sionismo" y al "imperialismo"–, ha sabido explotar los atentados de signo más o menos derechista, insistiendo mucho en el carácter de estos y, en el caso de Noruega, en el cristianismo declarado por el autor: un modo indirecto de defender al islamismo.
  6. Algunos terrorismos han sido vencidos con cierta facilidad (no creo que el atentado de Noruega tenga imitadores allí); otros se han mantenido e incluso triunfado. En estos últimos casos, la razón principal se encuentra en las diversas colaboraciones de los recogenueces y afines. Tal es la racionalidad del terrorismo.
Libertad Digital

martes, 26 de julio de 2011

Noruega, ya llegan los buitres, por José García Domínguez

Ya tardaban los buitres. Noventa y tres cadáveres era plato demasiado apetitoso como para dejarlo pasar de largo. De ningún modo podían ellos renunciar a semejante festín. Y al fin han atendido al reclamo de la sangre. Helos ahí, pues, revoloteando excitados en torno a la carnaza, prestos a cobrarse su cuota de pantalla. Así el ínclito Iceta, del PSC, tan silente boquita de piñón cuando de los racistas de Bildu y sus tutores de ETA se trata. Que algunos partidos catalanes y españoles contribuyen a crear un "caldo de cultivo islamófobo", proceder que "abona" conductas análogas a la del orate noruego, ha corrido a deponer nuestro héroe ante la prensa doméstica.

Quién sabe, acaso se refiera al alcalde socialista de Lérida, su contrincante por la secretaría general Àngel Ros, que acaba de proscribir el burka y el niqab bajo la amenaza de muy severas sanciones. Sea como fuere, a la paleocomunista Dolors Camats, orgullosa legataria de una doctrina que dejó cien millones de muertos en las cunetas de la Historia, también le ha faltado tiempo para sumarse a la kermese. Suya será una pronta iniciativa parlamentaria al objeto de "expulsar a través del diálogo" a cuantos partidos no comulguen con los mantras multiculturalistas. Repárese en que, a ojos de la progresía doméstica, los psicópatas son como el cerdo: se aprovecha todo.

Existe, sin embargo, un criterio que permite discriminar entre la violencia terrorista y la acción aislada de un demente. Distinción tanto más perentoria ante la irrupción en escena de los carroñeros. Al respecto, el terror político siempre responde a cierta racionalidad instrumental. Apela a medios criminales, sí, mas subordinándolos a un propósito programático. Por extrema y desalmada que se revele, su violencia no obedece a cualquier proceder arbitrario. Persigue un objetivo externo, y a él se subordina. El terrorista es un enfermo moral, no un loco. Por el contrario, la crueldad del perturbado resulta desoladoramente gratuita. Nada pretende obtener, en realidad. Medio y fin son uno y lo mismo. La satisfacción narcisista de verse reflejado en las portadas de la prensa, aquellos cinco minutos de gloria que Andy Warhol prometió a todos los don nadie de la Tierra, es cuanto ansía. Como los buitres, por cierto.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.
Libertad Digital

sábado, 9 de julio de 2011

La imprescindible necesidad del ajuste autonómico en España, por Mikel Buesa


La imprescindible necesidad del ajuste autonómico en España
Por Mikel Buesa, viernes, 01 de julio de 2011
 
Cuando se repasan las cuentas de las Administraciones Públicas durante los últimos años, del elemento que más destaca es el referido al elevadísimo nivel del déficit con el que se ha saldado su balance entre ingresos y gastos. Al mediar la primera década del siglo este problema no existía, pues, principalmente como fruto de una expansión de la recaudación de impuestos impulsada por la burbuja inmobiliaria, se obtenían unos ingresos que superaban a las necesidades de financiación del sector público. En 2007, el último año del ciclo de prosperidad en el que se había instalado la economía española desde 1994, el superávit alcanzó una cifra equivalente al 1,9 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB). Pero un año más tarde, con el apogeo de la crisis financiera internacional, se habían cambiado las tornas y el conjunto de las administraciones registró un déficit del 4,2 por ciento del PIB. La situación se deterioró aún más al año siguiente, en el que esa ratio ya llegaba a un nivel del 11,1 por ciento, claramente insostenible, por la dificultad de su financiación, a medio y largo plazo. En 2010, llegada la primavera, al Gobierno ya no le quedó más remedio que introducir unas severas medidas de ajuste que permitieron cerrar el año con una reducción de ese déficit hasta el 9,2 por ciento del PIB.
 

Sin embargo, los planes de austeridad, el incremento de los impuestos, principalmente del IVA, y el aplazamiento de los programas de inversiones públicas fueron sobre todo un asunto de la Administración General del Estado, pues, por el contrario, las Comunidades Autónomas, consideradas en su conjunto, continuaron actuando como si la crisis no tuviera nada que ver con ellas. Entre tanto, sus ingresos ya desde 2008 se habían visto severamente afectados por el descenso en la recaudación fiscal; y sus gastos continuaban creciendo impulsados por los aumentos de costes en los servicios —de manera muy importante en la sanidad—, la proliferación de entes, empresas y organismos públicos —que en los años de crisis pasaron de 2.280 a 2.386— y, sobre todo, la contratación de personal —que alcanzó hasta 195.000 personas en ese mismo período—. No sorprende, por ello, que el déficit autonómico, en vez de moderarse, continuara multiplicándose. Y, así, mientras que en 2007 apenas llegaba a una cifra igual al 0,2 por ciento del PIB, en 2008 ya tuvo una entidad equivalente al 1,6 por ciento de esa macromagnitud, un año más tarde había crecido hasta el dos por ciento y en 2010 se situó en el 3,4 por ciento.


La principal secuela económica del déficit es el endeudamiento. La deuda autonómica se ha duplicado durante los años de la crisis, pasando de un poco menos de 60.000 millones de euros en 2007 a algo más de 120.000 en el momento actual. El endeudamiento ha crecido de una manera excepcional en Cataluña, Castilla-La Mancha, País Vasco, Baleares, Aragón, Murcia, Navarra y La Rioja. Y en algunos casos, como el de Cataluña y la Comunidad Valenciana, su nivel absoluto es tan elevado que las correspondientes Administraciones han encontrado ya severas dificultades para poder refinanciar sus vencimientos.



Si tenemos en cuenta la dinámica desbocada que han seguido las cuentas públicas en las Comunidades Autónomas, se hace ya imprescindible poner freno a su gasto, reordenar sus competencias y entrar en una nueva manera de conducir el Estado autonómico

Un alto endeudamiento puede comportar unas muy negativas consecuencias para el crecimiento de la economía, especialmente si, como es el caso, la deuda se ha emitido para financiar el gasto corriente de las Administraciones Públicas y no supone, por tanto, aumento alguno en el capital disponible. Digamos que, a través de la deuda, lo que se hace es cargar el gasto actual sobre las generaciones futuras. Éstas dispondrán, por ello, de menos recursos para acumular capital y verán lastrada su capacidad para sostener la expansión de la renta. Además, si el endeudamiento es elevado, la confianza de los compradores de títulos de duda pública disminuirá; y ello hará que se eleven los tipos de interés a los que están dispuestos a prestar su dinero. El Banco de España, en su reciente informe anual sobre la economía española, lo ha recordado con estas palabras:

«Es importante tener en cuenta que los tipos de interés y el crecimiento potencial de la economía dependen de la dinámica de la deuda. En concreto, cuanto mayor es el nivel de deuda y su tasa de crecimiento, mayores serán los tipos de interés a los que habrá que financiarla y menor el crecimiento potencial. Las estimaciones disponibles muestran que un incremento de 10 puntos del PIB en la ratio de deuda genera un incremento de 50 puntos básicos [0,5 puntos porcentuales] en los tipos de interés de largo plazo y una reducción del crecimiento del PIB real per cápita de 0,15 puntos porcentuales por año».

En consecuencia, si tenemos en cuenta la dinámica desbocada que han seguido las cuentas públicas en las Comunidades Autónomas, se hace ya imprescindible poner freno a su gasto, reordenar sus competencias y entrar en una nueva manera de conducir el Estado autonómico si no se quiere que éste acabe lastrando severamente las posibilidades de recuperación de la economía española.

Los cambios en la distribución del poder, tras las recientes elecciones autonómicas, han dado entrada a un planteamiento fuerte de austeridad en el gasto presupuestario de algunas regiones como Baleares o Castilla-La Mancha donde se han anunciado fuertes recortes en el tamaño del cuadro directivo de la administración, además de otras medidas de contención de los costes de ésta. Y parece ser que el Partido Popular, en tanto que partido dominante en el nuevo cuadro regional, ha alentado a los demás gobiernos a seguir por esa senda. Sin embargo, este loable esfuerzo no será suficiente para volver llegar al equilibrio presupuestario si no se añaden a él otros elementos adicionales. Es el caso de la disminución del empleo público, para lo que se precisa restringir al máximo la oferta correspondiente renunciando a la reposición de la mayor parte de las plazas que van quedando vacantes. También ha de añadirse la necesidad de reducir el tamaño del sector empresarial autonómico mediante una política de privatizaciones como la que, en la década de los noventa, se puso en marcha con relación a las empresas públicas estatales, pues no se puede olvidar que ese sector acumula actualmente una deuda superior a los 17.000 millones de euros que se añade a la de las Administraciones de las que depende. Además, deben introducirse reglas de evaluación de la eficiencia en la gestión de los servicios públicos que proveen las Comunidades Autónomas. A este respecto, por ejemplo, recientemente se han destacado las importantes ineficiencias en las que incurren las Universidades españolas como consecuencia de una asignación excesiva de recursos a la oferta de titulaciones que tienen una demanda muy limitada —lo que supone un coste superior a los 2.100 millones de euros—, o también de la insuficiente dedicación de sus profesores a la investigación —dado que la cuarta parte de ellos «no produce resultados científicos que hayan podido ser evaluados y reconocidos» y, por otra parte, «la relevancia de la producción que se realiza está a una distancia de más del 20 % de los valores del entorno europeo»—. Y otro tanto podría añadirse con respecto a los servicios sanitarios o a la educación obligatoria.


Desde mi punto de vista no se trata de limitar la autonomía de las regiones, sino más bien de deslindar claramente las competencias del Estado y las de las Comunidades Autónomas, y de establecer reglas que impidan el ejercicio invasivo de cualquiera de ellas por las Administraciones a las que no les corresponden

Todo ello, a su vez, es necesario enmarcarlo en una reordenación competencial del Estado autonómico. Desde mi punto de vista no se trata de limitar la autonomía de las regiones, sino más bien de deslindar claramente las competencias del Estado y las de las Comunidades Autónomas, y de establecer reglas que impidan el ejercicio invasivo de cualquiera de ellas por las Administraciones a las que no les corresponden. Además, sería bueno reforzar los sistemas de cooperación entre administraciones para disminuir los costes de los servicios —por ejemplo, en el caso de la sanidad, para adquirir centralizadamente medicamentos o equipos médicos—. Y también se requiere dar al Estado un papel más destacado en el control financiero de las autonomías volviendo a reformar la ley de estabilidad presupuestaria y estableciendo para todas las Administraciones un techo anual de gasto mediante la aplicación de una regla común a todas ellas que, como ha propuesto la Comisión Europea, vincule su aumento al del crecimiento nominal del PIB. Asimismo, el Estado debería asumir su capacidad para proceder a la armonización de las regulaciones autonómicas y atajar así la fragmentación potencial del mercado interior nacional, pues como han destacado recientemente los profesores Cabrillo, Biazzi y Albert en una nueva edición de su excelente trabajo sobre la Libertad Económica en España 2011, «si la unidad de mercado se ve amenazada en diversos aspectos se debe a políticas regulatorias e intervencionistas dirigidas a favorecer a grupos de interés con suficiente poder en sus regiones como para influir en sus gobiernos autonómicos para que orienten sus políticas en su beneficio particular».

En resumen, la crisis económica ha puesto dramáticamente sobre la arena política la necesidad de abordar en España la cuestión del ajuste autonómico. No se trata de un asunto fácil ni exento de controversia, sobre todo porque la apelación a sentimientos regionalistas o nacionalistas abre una brecha para el empleo de la demagogia —y no del debate racional— en la confrontación partidaria. En un trabajo anterior, publicado por Ojos de Papel, destaqué que nuestra mejor investigación académica ha puesto de relieve que, en la práctica, no ha existido un dividendo económico de la descentralización, que la autonomía regional no ha añadido ningún impulso al desarrollo económico de España y de sus Comunidades Autónomas. Ahora lo que nos planteamos con urgencia es la necesidad de evitar que el modelo descentralizador que se ha venido configurando durante las tres últimas décadas, acabe pesando de tal manera sobre nuestra economía que ésta quede instalada durante largos años en el estancamiento.

Mikel Buesa en Ojos de Papel
Blog de Mikel Buesa

sábado, 2 de julio de 2011

Franquismo y liberalismo. Primera acotación a Pío Moa


César Vidal 118


&quote&quoteLos liberales de corazón –es sabido– defienden la libertad de todos porque saben que de lo contrario mañana también la suya puede estar en juego y lo hacen –lo hacemos– además sin esperar gratitud a cambio.

En este ensayo, que será publicado a lo largo de tres artículos, César Vidal explora la relación entre franquismo y liberalismo a raíz del reciente debate sobre esta cuestión.
  1. La obra historiográfica de Pío Moa
  2. La revelación de Pío Moa
  3. El antiliberalismo agresivo de Franco
La obra historiográfica de Pío Moa
Recientemente, he contemplado con un cierto estupor cómo se desarrollaba un debate en Libertad Digital en torno a la afirmación de que el liberalismo debe asumir el franquismo sobre la base de sus bondades reales o supuestas. Entrar en este tipo de cuestiones siempre me causa una enorme pereza, en parte porque los que debaten suelen estar más interesados por mostrar que tienen razón que por escuchar las razones del otro y, en parte, porque si no entro en discusiones ni siquiera por mí mismo, hacerlo en relación con terceros me supone un esfuerzo no pequeño. Sin embargo, en este caso concreto he decidido hacerlo por razones que, como iré desgranando, resultan de peso y voy a hacerlo abordando tres cuestiones: la obra historiográfica de Pío Moa, su evolución de los últimos tiempos y, finalmente, por qué desde el liberalismo ni Franco ni el franquismo pueden ser asumidos. Comencemos, pues, por la primera parte.
Conocí a Pío Moa cuando Ediciones Encuentro publicó el que sería el primer libro de una trilogía sobre la guerra civil española. Era un magnífico trabajo sobre la revolución de 1934 y sobre la manera en que influyó trágicamente en una España que acabaría viéndose desgarrada por la guerra civil en 1936. Moa demostraba un conocimiento muy notable de las fuentes –algo que se presupone en los que escriben libros de Historia, pero que no se da tan a menudo como sería de desear– y señalaba el papel del PSOE y el nacionalismo catalán en el estallido de la contienda fratricida. El libro me pareció tan interesante que lo recomendé en mi espacio de libros de Historia de La Linterna cuando aún la dirigía Federico Jiménez Losantos. No mucho después, Pío Moa publicó un segundo libro, éste dedicado a los protagonistas del período republicano, que constituye, en mi opinión, el mejor de su obra historiográfica. Una vez más, Moa recurría a un conocimiento muy notable de las fuentes para mostrar lo que los políticos de la Segunda República pensaban los unos de los otros y el resultado era extraordinariamente revelador. Recuerdo haber comentado entonces a Federico que aquel segundo libro era todavía mejor que el primero y que, al cabo de un tiempo, me dijo que opinaba lo mismo que yo.
Era cierto que Moa carecía de una preparación formal en el terreno historiográfico, pero su conocimiento de las fuentes le había permitido más que sobradamente sortear ese imponente escollo y escribir dos libros de lectura obligatoria. Este mismo punto de vista sostenía Stanley G. Payne, quien me comentó un día, riéndose, cómo el difunto Javier Tusell le había enviado un fax afeándole que elogiara a Moa cuando ni siquiera era profesor universitario. "En Estados Unidos", me dijo Stanley, "los mejores historiadores no están en la universidad sino trabajando fuera". Sabía lo que decía.
Posteriormente, se diría que Moa no había contado nada que no se supiera, pero semejante afirmación procedente de sus adversarios aún subraya más la importancia de aquellas dos obras. Si, efectivamente, conocían lo que había escrito Moa –público y notorio en verdad para los que conocían las fuentes del período republicano– había que preguntarse por qué habían secuestrado aquella verdad durante décadas sustituyéndola por una versión políticamente correcta de la Segunda República y la guerra civil. Si, por el contrario, la ignoraban, la pregunta era aún más angustiosa: ¿cómo era posible que alguien tan ignorante pudiera acabar enseñando en la universidad que pagamos todos? Quizá episodios puntuales como éstos expliquen por qué, según algunos listados, no hay una sola universidad española entre las doscientas primeras del mundo.
El tercer volumen de la trilogía de Moa me pareció menos interesante porque aquí su conocimiento de las fuentes –especialmente las extranjeras– resultaba más limitado. Con todo, era un libro más correcto que la mayoría de los que pueden leerse sobre la guerra civil, pero, en mi opinión, a mucha distancia de los dos anteriores.
Más interesantes me parecieron su libro sobre los mitos de la guerra civil –quizá el más popular y más conocido, pero no el mejor– y sus memorias como miembro de la organización terrorista Grapo. El primero era una obra de alta divulgación muy bien documentada y el segundo, un testimonio de especial interés para el que desee estudiar la mentalidad de un colectivo dedicado al terrorismo.
A esas alturas, Moa se había convertido en una especie de muñeco de feria sobre el que disparaba con fruición –y no escasa envidia por las ventas– todo tipo de personajes. Por esa época, por ejemplo, Carlos Dávila lo invitó a su programa de televisión; Federico ideó una comida homenaje sorpresa en la que participamos encantados algunos y yo le dediqué algunas columnas en La Razón intentando, en mi muy modesta medida, defenderlo frente a ataques injustos que servían, sobre todo, para dejar de manifiesto la escasa calidad humana de quienes los lanzaban. Los liberales de corazón –es sabido– defienden la libertad de todos porque saben que de lo contrario mañana también la suya puede estar en juego y lo hacen –lo hacemos– además sin esperar gratitud a cambio.
Por desgracia, las obras siguientes de Moa me han ido pareciendo muy inferiores precisamente porque, al fin y a la postre, el conocimiento de las fuentes es esencial y si el que se refería a la Segunda República resultaba magnífico no puedo decir lo mismo de textos posteriores. Leí su ensayo sobre Franco con cierto interés, pero, por esas mismas fechas, José María Carrascal publicó otro sobre el mismo tema que me resultó mucho más lúcido e inteligente. Por lo que se refiere a su Historia de España me decepcionó profundamente. Quizá no fue Moa el que tuvo la idea de escribirla y se vio tentado por un editor, quizá se lo sugirió un tercero. No lo sé, pero su lectura me causó un profundo malestar porque Moa se había adentrado en terrenos que no conocía con el mínimo de profundidad necesaria y el resultado era, en ocasiones, penoso. Sus páginas se limitaban a repetir ciertos tópicos, a trazar juicios históricos de tono grueso y no pocas veces erróneo y el autor sólo brillaba a la altura de sus primeros títulos cuando regresaba al período de la Segunda República. Es posible que diez años dedicados a la lectura de fuentes hubieran evitado ese resultado, pero nadie se los dio y Moa tampoco se los tomó.
Cuando, hace unos meses, salió su libro sobre la Transición, me pidió que lo llevara a mi programa enesRadio. Estuve a punto de decirle que no porque la obra me parecía de poco calado y soy muy riguroso en la elección de invitados. Sin embargo, al final, decidí que viniera el 23-F con otras personas, porque todos ellos juntos podían alcanzar el nivel de solidez de la sección. Al final, los compromisos de actualidad se impusieron y, finalmente, Moa no apareció en mi programa. No oculto que me proporcionó un cierto alivio que así fuera porque suelo ser muy cuidadoso con los libros cuyos autores son entrevistados en mi programa. Me puedo equivocar, por supuesto, y a lo mejor se me escapa una obra maestra, pero hago lo posible por que no sea el caso.
En los últimos tiempos, pues, he ido sintiendo, con profunda pena, la sensación de que Pío Moa estaba comprometiendo sus mejores aportes del pasado por culpa de un comportamiento, expresado con creciente entusiasmo, que consiste en escribir y hablar de temas sobre los que no tiene conocimientos suficientes más allá de la simple opinión. Pero a esa cuestión dedicaré mi próxima entrega.

César Vidal intenta refutarme, por Pío Moa

Leo con cierta sorpresa en LD que “César Vidal refuta a Pío Moa”. Querrá decir que “intenta refutar” a Pío Moa. Quedo a la espera, a ver si lo consigue. De todas formas hay que felicitarse de que ponga manos a la obra. Este país está lleno de problemas de todas clases sobre los que, sin embargo, no se plantea ningún debate racional. Ello indica el calado todavía escaso que ha alcanzado el liberalismo en España, pues uno de los rasgos del liberalismo es el debate libre y en igualdad de condiciones sobre los asuntos más variados. El asunto es ahora el franquismo, un problema clave para entender nuestra democracia y que no puede solventarse con simples declaraciones o condenas dogmáticas como suele hacer nuestra lamentable izquierda.

Leo la primera entrega de César Vidal y encuentro en ella, de entrada, algún error de matiz, aunque no desdeñable, atribuyéndome “la afirmación de que el liberalismo debe asumir el franquismo sobre la base de sus bondades reales o supuestas”. Eso depende de qué se entienda por asumir. Si quiere decir que el liberalismo debe identificarse con el franquismo, está claro que no es lo que digo, y ahí no puede haber debate. Si quiere decir que debemos asumir el franquismo como una realidad histórica con sus luces (a mi juicio muchas) y sus sombras (menos), entonces creo que estaremos de acuerdo. Dice también el señor Vidal que estos debates le dan una “enorme pereza”. Pues no debieran dársela, porque la cuestión del franquismo, como digo, es crucial para entender nuestra democracia (más o menos) liberal, que, según yo sostengo, procede de aquel régimen. A menos, claro está, que el señor Vidal pueda demostrar lo contrario. He enviado un artículo sobre el grave problema del origen de nuestra democracia, que espero me publiquen pronto en LD.

Aunque no tengo nada de anglómano, soy partidario del método anglosajón de debate, que va al grano y llega a conclusiones, en lugar de dar por demostrado lo que tendría que demostrar y extenderse demasiado en consideraciones personales. Y creo que César Vidal cae un poco en estos dos defectos.
Por ejemplo: “Es cierto que Moa carecía de preparación formal en el terreno historiográfico”, lo que califica de “imponente escollo”. Pues para carecer de preparación formal, lo cierto es que mis libros no han podido ser rebatidos por quienes presumen de tal preparación sin demostrarlo en sus obras, como ha sido el caso de todos los historiadores académicos que se han dedicado a descalificarme. Y por cierto que el mismo reproche hacen a César Vidal. Creo que don César cae también en cierta manía, muy hispánica, de juzgar las cosas por “lo que me gusta o no me gusta”, como si ese fuera un argumento de algún peso. Así, dice que un libro de José María Carrascal sobre Franco le "resultó mucho más lúcido e inteligente” que el mío. El lector supone que a continuación dirá por qué, pero no lo dice. O bien afirma que el tercer tomo de mi trilogía le pareció muy inferior a los anteriores, aunque tampoco aclara por qué.
Mi Nueva historia de España le “decepcionó profundamente”, pero en lugar de explicar la causa, divaga sobre los motivos que él cree que tuve para escribirlo. Por mi parte creo saber el motivo de la decepción de don César: siendo él protestante, no podía gustarle de ningún modo mi enfoque. Luego da una versión de una entrevista que le pedí sobre mi libro acerca de la Transición, y me temo que no es muy exacto. Primero me dijo que sí, con mucho gusto; luego dijo que la metería en un programa sobre el 23-f. Pensé que invitaría también a Jesús Palacios y a algún otro especialista en el asunto, pero finalmente, sin comunicarme nada más, hizo el programa en exclusiva con Federico y Herrero, a ninguno de los cuales, ni a él mismo, creo que quepa considerar especialista. No me pareció muy bien, pero como él dice que no me llevó porque encontró el libro muy flojo, tendré que creerle, a la espera, una vez más, de que se explique con más concreción.

Finalmente asegura “con pena”, que me vengo metiendo en asuntos sobre los que no tengo “conocimientos más allá de la simple opinión”. Bueno. Quedo, una vez más, pendiente de que lo demuestre. Mi método suele ser explicar y tratar de demostrar los asuntos en cuestión, exponiendo pros y contras, y llegar a conclusiones, dejando de lado o limitando al mínimo la exhibición de preferencias personales. Don César empieza por las conclusiones y preferencia particulares. Bien, también puede hacerse así. De modo que, repito, quedamos a la espera, porque de momento no ha dicho nada sobre lo que se pueda debatir. Estoy seguro de que don César no defraudará nuestras expectativas.

Franquismo y liberalismo. Segunda acotación a Pío Moa


César Vidal 133

&quote&quotePermítaseme ceder a la tentación de recordarle que en la Inglaterra a la que tanto detesta, en esa época, y a pesar de las conjuras contra Isabel I, los católicos disfrutaron de una limitada tolerancia religiosa.


En este ensayo, que será publicado a lo largo de tres artículos, César Vidal explora la relación entre franquismo y liberalismo a raíz del reciente debate sobre esta cuestión.
  1. La obra historiográfica de Pío Moa
  2. La revelación de Pío Moa
  3. El antiliberalismo agresivo de Franco
La revelación de Pío Moa
Señalaba en mi primera entrega la impresión que tengo de que Pío Moa se ha dedicado con afición creciente a escribir sobre temas acerca de los que no tiene conocimientos suficientes más allá de la simple opinión y que de esa manera compromete aportes valiosos que realizó en el pasado. Esta sensación se ha venido convirtiendo en casi dolorosa durante el último año a medida que leía buena parte de sus artículos de opinión. Hago excepción de la mayoría de los dedicados a la actualidad. Moa suele sostener posiciones acertadas al referirse a cuestiones como ETA o ZP. Pero incluso si no fuera así, es cuestión suya y no seré yo quien me ponga a afearle lo que escribe.  
Cuestión aparte es la aparición de una veta que a mí se me antoja profundamente antiliberal, que entronca con una forma de pensamiento reaccionario y que desconozco de dónde le ha podido venir a Moa, ya que ni siquiera sé si él es consciente de su manifestación creciente. Los artículos en esa línea no han sido pocos, pero espero que se me hará la licencia de que no me detenga exhaustivamente en ellos. 
El primero que me provocó un notable malestar fue el que dedicó a los homosexuales hace poco menos de un año. Puedo yo estar de acuerdo con Moa en que no se financiara el Día del Orgullo Gay (y de paso cualquier otra fiesta de características semejantes, la impulsen los sindicatos, los partidos, las cofradías o los taxistas) y en las molestias que semejante celebración ocasionan a los madrileños que intentan sufrirla con la mayor paciencia posible. Sin embargo, la manera en que Moa discurría sobre los homosexuales me desagradó profundamente. Puesto a aceptar como hipótesis de trabajo que fueran pecadores, no llegué a entender por qué su pecado era más grave que otros pecados de corte sexual ni tampoco por qué no se les ofrecía la mano abierta del perdón y si, efectivamente, se trataba de enfermos, no hallé en las líneas de Moa el menor rastro de la mirada compasiva del médico. Por el contrario, el artículo me pareció una descalificación injustificable de un colectivo al que yo no pertenezco y con el que no simpatizo, pero que no puede ser objeto de un estigma especial, siquiera porque mientras no causen daño a nadie lo que puedan hacer queda entre ellos y Dios, regla esta, por cierto, aplicable también a Moa y al que escribe estas líneas. 
Tras este artículo, he ido asistiendo igualmente a una creciente exhibición de anglofobia cuyas raíces no termino de comprender. Puedo compartir el pesar que Pío Moa siente por Gibraltar, pero de ahí a ir enhebrando un artículo tras otro en contra de "la pérfida Albión" media un abismo. Si durante varias semanas incidió en el presunto genocidio cometido por Inglaterra contra los irlandeses durante la Gran hambre –un episodio que ha provocado ríos de tinta, que es mucho más matizable de lo que cree Moa y que dista mucho de contar con consenso académico en cuanto a su interpretación–, últimamente sus artículos han incidido en el pequeño papel que los británicos tuvieron en la Segunda Guerra Mundial; tesis, sin duda, notable cuando se recuerda la derrota de 1940, el reembarque de Dunkerque, la batalla de Inglaterra, las derrotas de Grecia y Creta, la guerra en el norte de África, el desembarco en Sicilia, la campaña de Italia, el desembarco en Normandía, la batalla de Arnhem, el asedio de Singapur, o las batallas de Imphal y Kohima. En todos y cada uno de los casos, me he quedado con la sensación de que Moa, rezumante de anglofobia, desconocía buena parte de las fuentes y que se nutría de otros manantiales.
También tengo que decir que ha habido casos peores de ese desconocimiento. Por ejemplo, en un artículo dedicado a Felipe II y a los protestantes, Moa dejaba de manifiesto una ignorancia espectacular sobre la Reforma, sobre las tesis de los reformadores, sobre la doctrina anglicana –que, según Moa, está más cerca de la iglesia católica que de las reformadas– e incluso se permitía no decir una sola palabra sobre los protestantes españoles a los que Felipe II envió a la hoguera en repetidos autos de fe. Hubiérase dicho, de creer a Moa, que protestantes sólo los hubo en el extranjero. Permítaseme ceder a la tentación de recordarle que en la Inglaterra a la que tanto detesta, en esa época, y a pesar de las conjuras contra Isabel I, los católicos disfrutaron de una limitada tolerancia religiosa. En España, los protestantes –que se confesaron siempre leales al Rey y nunca urdieron conspiraciones en su contra– fueron quemados o se vieron obligados a huir para salvar sus vidas. Existieron, sí, pero el monarca que se las arregló para provocar una bancarrota tras otra puso un especial empeño en que ardieran como pavesas. 
Pero no nos desviemos. Todos estos botones de muestra me llevan a pensar que Moa, a medida que se aleja de la segunda república, cuyas fuentes españolas conoce muy bien, tiende a extraviarse por simple ignorancia de las fuentes. Ese triste fenómeno se produce incluso al referirse al franquismo. Hace unos meses, señalaba que no podía ser cierto que España no hubiera obtenido el Plan Marshall porque no hubiera libertad religiosa. Le habría bastado leer las páginas que dedica al tema Luis Suárez, historiador nada sospechoso de antifranquista, para comprobar que así aparece en la documentación del régimen, de los obispos españoles y de los norteamericanos. Quizá Moa las leyó en su día, pero, para cuando escribió el citado artículo, las había olvidado. No lo sé, pero precisamente este último ejemplo me permite acercarme a la cuestión que me ha llevado a sentarme a escribir: la relativa a si el liberalismo debe –o siquiera puede– asumir el franquismo. Pero eso, Dios mediante, será en la próxima entrega.

Segunda respuesta a César Vidal, por Pío Moa



SEGUNDA RESPUESTA A CÉSAR VIDAL

Como decía, la primera entrega de la crítica de César Vidal a mi supuesto antiliberalismo resultó algo decepcionante, en parte porque no refutaba nada, en parte por un tono pontificador poco liberal y menos aún protestante.  Y su nueva acotación, me temo, no mejora mucho la anterior.
  
Dos observaciones previas: una, sobre la dificultad de debatir enfoques que abren cuestiones nuevas por encima de los lugares comunes  que en España  suelen pasar por “pensamiento”, así en la izquierda como en la derecha. Por ejemplo,  vengo denunciando el desplazamiento del español y de la cultura española por el inglés y la cultura –o sus peores productos—anglosajona. La interpretación más habitual afirma que yo pretendo que nadie aprenda inglés, y es  difícil sacar de esa idea a mucha gente. La cuestión es muy distinta, pero hay que repetir mucho para que empiece a entenderse.

La segunda observación, sobre el carácter del liberalismo. Este no es un conjunto doctrinal cerrado y acabado a partir del cual se pueda expulsar como hereje al discrepante. Las polémicas dentro de las doctrinas cerradas terminan con la expulsión del disidente a las tinieblas exteriores, pero dentro del liberalismo hay y habrá siempre debates, a veces muy agrios, sin otra consecuencia que una mejor clarificación de los asuntos o, al menos, de las posiciones de cada cual. Stuart Mill suele considerarse un referente liberal, pero Hayek lo ataca sin contemplaciones. Lo mismo puede decirse de Isaiah Berlin  yHannah Arendt, ambos pensadores liberales, lo que no impedía al primero despreciar olímpicamente el pensamiento de la segunda –que a mí, con menos conocimiento y centrado en su análisis del totalitarismo, también me parece algo endeble, como indico en El derrumbe de la República--.  Elreputado liberal y consejero de Reagan, Milton Friedman, visitó a Pinochet y le sirvió de orientador económico. Fue muy criticado en ambientes liberales y él se justificó diciendo que la liberalización económica provocaría la democratización política (se equivocó en ello, pues Pinochet se retiró voluntariamente después de perder un plebiscito convocado por él mismo). Estos casos entre tantos permiten ver que el espíritu liberal admite las polémicas más duras siempre que se respete el derecho de cada individuo a pensar por su cuenta y la discusión se atenga al asunto.

  A César Vidal, hablando de la homosexualidad, le ocurre algo parecido a lo del inglés y el desplazamiento del español. No acaba de entender que yo no hablo de la homosexualidad,  un asunto privado (y, por tanto, la pretensión que me achaca de convertirla en “estigma social” yerra por completo). De lo que hablo es de una cuestión política, pública:  la ideología homosexualista, que pretende educar y conformar a la sociedad según concepciones a mi juicio absurdas y peligrosas, y hacerlo de modo totalitario (¿podía ser de otro modo?) coartando y persiguiendo la libertad de conciencia y cualquier pensamiento disidente. Por otra parte, César Vidal no plantea el problema en el terreno político sino en el religioso, hablando de pecado (y ojo, que a tales pecadores puede caerles la condenación eterna, un castigo más grave que los que estaban en vigor hasta hace poco no solo en España, también en Inglaterra o Usa). En sus artículos no aceptaba como “hipótesis de trabajo”, sino como hecho cierto, que los homosexuales eran pecadores. De ahí, también, que hable de compasión. Pero en el debate político no entran o no deben entrar, sentimientos como la compasión, la ternura, el odio, etc., sino el afán de clarificar los conceptos y tesis. Imaginemos a Hayek acusando a Keynes de no ser compasivo… Quien quiera informarse puede repasar la polémica en Libertad Digital en julio del año pasado.
   
Y si César Vidal tiende a confundir la religión con el liberalismo, también tiende a confundir el liberalismo con Inglaterra o Usa, revelando cierta anglomanía que le lleva a motejarme de anglófobo y a acusarme de “detestar a Inglaterra” por no compartir esa actitud de excusar cualquier crimen si lo cometen ingleses. Como bien dice, sobre la Gran Hambruna existen diversas versiones, cosa lógica: las hay en todo, y los “consensos académicos” nunca han valido gran cosa frente al descubrimiento de los hechos y su análisis crítico. Naturalmente, César Vidal tiene tanto derecho a discrepar de mí como yo de él  en estos temas, pero yo he expuesto mis puntos de vista con cierta extensión y argumentación, mientras que él quiere replicarme con una referencia, de nuevo algo pontificante,  a “las fuentes”. Y esa no me parece manera liberal de discutir. De nuevo, quien quiera enterarse de la necesidad de moderar –no necesariamente anular-- la “leyenda heroica” inglesa, puede leer en mi blog desde el 1 de junio de este mes, y sobre la Gran Hambruna una serie discontinua de comentarios, en octubre y diciembre del año pasado, en febrero de este año, y otros.
  
Lo mismo cabe decir sobre Felipe II,  la represión anglicana y protestante, el franquismo, el Plan Marshall y cualquier otro tema.  Por supuesto, César Vidal tiene todo el derecho a sostener posturas distintas de la mía, y si quiere entrar en debate, por mí encantado. Nadie tiene la verdad absoluta, y sería muy interesante que un diario liberal como LD sirviese de foro. Lo que no puede hacerse es descalificar una tesis simplemente declarándola “no liberal” y a base de dos o tres alusiones.  Espero que su próximo artículo sea más detallado.