Blogoteca: mayo 2011

lunes, 30 de mayo de 2011

El poder de la estupidez, Pío Moa



   La estupidez es una tremenda fuerza en la historia, que se mantiene siempre como parte del panorama y de vez en cuando estalla con estruendo. En España, desde la llegada de Rodríguez y con la colaboración del PP, la política se ha convertido en un concurso de estupidez malvada: colaboración con el terrorismo, falsificación grotesca de la historia,  cultivo desvergonzado de la crispación social pretendiendo lo contrario, corrupción de la justicia… Y últimamente hemos contemplado a una multitud de descerebrados concentrarse en Sol vulnerando la ley con la colaboración de un gobierno delincuente y pro etarra que ya alcanzó el poder en 2004 haciendo algo muy parecido, y con mayor violencia explícita.
  
¿En qué consiste esa estupidez? Básicamente en un discurso incoherente basado en el capricho sin tener en cuenta las consecuencias ni los costes de lo que se propugna ni sus contradicciones. Es la mentalidad del “señorito satisfecho” de que hablaba Ortega, el señorito convencido de tener todos los derechos y ningún deber. De que la sociedad está para satisfacer sus deseos, por incongruentes y variables que sean.

   He escrito en Libertad Digital sobre algunos disparates de este movimiento descerebrado: se dicen pacíficos y vulneran la base de la paz social, que es el respeto a las leyes democráticas. Se dicen demócratas y jamás se les ha visto en protestas contra la ETA, contra  el totalitarismo de la “memoria histórica” o del tipo de Fidel Castro, o a favor de las víctimas del terrorismo en España. Claman contra la crisis olvidando que el principal responsable de ella es el gobierno, al cual ellos, precisamente, han votado y apoyado. Critican al PSOE no por ser contrario a la libertad –que lo es-- sino por no ser lo bastante despótico. Pretenden más gasto social sin explicar cómo se sufragará, y hablan de superar la crisis reforzando factores que han contribuido a ella, como el intervencionismo político. Atacan al empresariado, de cuya iniciativa depende la creación de riqueza. Proponen impedir el despido, lo que crearía un paro mucho más masivo, ya que gran número de empresas quebraría… En estos y otros muchos dislates se concreta la suprema estupidez de esta gente. Su única idea clara es que “alguien”, el estado, debería arreglarles la vida y hacerlos felices.
   
  Por supuesto, en su descontento hay una base, aunque solo son a medias conscientes de ella: la política-basura en que está inmersa España desde hace siete años, aunque los descerebrados pretenden aumentarla todavía. Y una crisis del sistema puesto tremendamente de relieve en el hecho de que el encargado del orden público, de “cumplir y hacer cumplir la ley” es un delincuente: no solo incumple su compromiso, sino que es colaborador y chivato de la ETA como fue un cínico  portavoz del GAL y de la corrupción, entre otras hazañas. Cuando esto ocurre, todo un sistema está en ruinas.
  
  El poder de la estupidez  aparece también en la acogida a esa explosión de sandez en los medios de masas que, mayoritariamente, han prescindido de todo análisis racional y la han difundido con atención, respeto y simpatía. Reflejo, a su vez, de la calidad de tantos periodistas e intelectuales. Los mismos, casualmente, que han desatendido e intentado sepultar en el silencio la lucha de las víctimas del terrorismo por algo tan elementalmente democrático como el reconocimiento de sus derechos y de la propia naturaleza asesina y totalitaria de una ETA apoyada por el gobierno.  
   Recuerda un poco el “mayo del 68”, amalgama de stalinistas, maoístas, anarquistas, freudianos, pacifistas pro soviéticos, hippies y chiflados de todo tipo, también peleados entre ellos. Una de sus consignas definitorias fue “La imaginación al poder”. El irrisorio lema solo admite una traducción racional: “La estupidez al poder”. Y en eso estamos hoy en España, coronando un largo período de descomposición política y social
Pío Moa en Época.

martes, 24 de mayo de 2011

España sigue siendo de izquierdas


Manuel Llamas

&quote&quoteEspaña sigue siendo un país de izquierdas tras el 22-M, sólo que gobernado por un partido de centro a nivel autonómico y local.


La mayoría de la población que reside en España mantiene desde hace décadas, por no decir generaciones, un ideario netamente socialista. Es decir, una ideología política que, más allá de las típicas siglas partidistas, defiende la figura paternalista del Estado, la redistribución de la riqueza mediante impuestos progresivos, el aumento del gasto, las pensiones públicas, una educación y sanidad estatalizadas, las rigideces del mercado laboral, las políticas de subvenciones y prestaciones públicas o la aspiración profesional de convertirse en funcionario, entre otras características típicas del Estado de Bienestar.
Y esto, por desgracia, sigue siendo así pese a la histórica victoria obtenida por el PP en las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo. Las regiones y provincias españolas se han teñido del azul popular, pero, a poco que rasquen la superficie, el color ideológico subyacente sigue siendo el rojizo tenue, propio de una sociedad favorable al estatismo. Los factores que explican este fenómeno son múltiples y variados, y en muchos casos derivan de procesos históricos acontecidos décadas e, incluso, siglos atrás: el feudalismo del Antiguo Régimen, el caciquismo de la Restauración, el nepotismo y la burocracia de la era republicana, el movimiento marxista que a punto estuvo de alcanzar el poder o la autarquía económica del franquismo han ido conformando la fuerte y rígida estructura estatal que aún rige España.
Sin ir más lejos, muchos de los "derechos sociales" que defienden hoy PP y PSOE surgieron por obra y gracia del Generalísimo. Es el caso de la Seguridad Social, las viviendas públicas, los alquileres fijados por ley (rentas antiguas), la actual estructura sindical o la legislación que aún impera en el mercado de trabajo. Desde el fin de la Guerra Civil (1939) hasta el Plan Nacional de Estabilización (1959), España sobrevivió durante dos décadas bajo la etiqueta de "país en vías de desarrollo" gracias al yugo intervencionista y marcadamente estatista de una dictadura inspirada por la Falange. La relativa apertura económica llegó en los años 60, y con ella, el conocido "milagro" español. Desde entonces, sin duda, se han producido destacados cambios y avances, pero por desgracia España sigue siendo socialista.
Basta con observar la última encuesta sobre política fiscal elaborada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2010. Así, en general, la mayoría de los españoles valora satisfactoriamente los servicios públicos y justifica el pago de impuestos para su mantenimiento; de hecho, el 45% opina que el gasto público en sanidad, educación y servicios sociales debería incrementarse, incluso si eso significa que haya que subir los impuestos (sólo el 4,1% defiende lo contrario, menos gasto y menos impuestos); el 73% defiende que se incremente la fiscalidad a las rentas más altas; el 56% considera que el Estado debe esforzarse más en perseguir el fraude tributario; el 81% piensa que engañar a Hacienda es engañar al resto de los ciudadanos. Por último, un par curiosidades: casi el 79% de los encuestados estudió en un colegio público y el 18% trabaja en la Administración.
Con estos mimbres se explican muchas cosas, como el hecho de que el PP de Génova se escore a la izquierda para tratar de cosechar votos en eso que algunos llaman centro político, y que no es más que la típica socialdemocracia; o que la educación –de nivel medio o superior–, al estar mayoritariamente bajo el control del Estado, se haya convertido en una máquina muy eficiente para pulir a medida "ciudadanos" sumisos, dependientes y favorables al statu quo, es decir, al poder político. Sin ir más lejos, el movimiento 15-M de la Puerta del Sol, pese a que algunos lo tildan de antisistema, no deja de ser otro reflejo, aunque más evidente, del poso izquierdista que todo lo impregna en España. Y es que, estos jóvenes, acompañados de parados, hipotecados, pensionistas y algún que otro contribuyente bienintencionado, protestan contra el poder político sugiriendo como alternativa mucho más Estado y menos mercado con el ilusorio fin de cambiar las cosas... ¡A peor!
Es algo sintomático y, por ello, profundamente preocupante. El histórico vuelco electoral padecido por el PSOE también se puede interpretar desde esta óptica. Así, salvo contadas excepciones como la de Aguirre en Madrid o Cascos en Asturias, las autonómicas y municipales del domingo no fueron un éxito del PP sino, más bien, un rotundo fracaso del PSOE. Los electores infligieron un brutal voto de castigo a Zapatero tras sus repetidas mentiras, engaños y fracasos en la gestión de la crisis, pero también debido a los recortes públicos aplicados a funcionarios y pensionistas. El PP apenas ganó 550.000 votos, mientras que el PSOE perdió casi millón y medio. Y en este punto, tan sólo cabe recordar que Rajoy se opuso firmemente a tales "rebajas sociales". Así pues, España sigue siendo un país de izquierdas tras el 22-M, sólo que gobernado por un partido de centro a nivel autonómico y local.
Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

sábado, 21 de mayo de 2011

Decadencia: Seis retos políticos para España


Pío Moa


&quote&quoteLos problemas mal resueltos tienden a empeorar. Las sociedades progresan, se estancan o naufragan según respondan a los retos que les plantea la evolución histórica.


España sufre una crisis política, económica, moral e intelectual por la incapacidad aparente para resolver una serie de problemas de gran alcance, entre los que cabe citar:
  1. Degradación de la democracia. La Transición legó una democracia defectuosa, sin verdadera división de poderes, con una ley electoral cuestionable, partidos de tradición antidemocrática y actitudes erróneas hacia el terrorismo y hacia el propio origen de nuestras libertades. Tales defectos pudieron corregirse, y algunos lo fueron en el período de Aznar, pero posteriormente han conducido a una generalizada involución política.
  2. En relación con este problema está un sistema económico con un peso excesivo del estado, que permite a los políticos, sobre todo a los más mesianicos de izquierda y separatistas, utilizarlo para imponer sus ideologías tradicionalmente horras, en España, de cualquier pensamiento serio.
  3. Degradación de la unidad nacional, debido al poder adquirido por partidos desleales a la nación y a la democracia. Ese poder nació por una parte del terrorismo (se creyó a esos partidos, erróneamente, barreras frente a la violencia, cuando han procurado rentabilizarla políticamente), por otra de la complicidad de una izquierda de tradición antiespañola y de la pasividad de la derecha.
  4. Degradación de la salud social: No estamos a la cola de Europa en casi todo. En drogas, alcoholismo, fracaso familiar, matrimonial y escolar, abortos, población penal, violencia doméstica y otros índices de salud social, España "goza" de un puesto relevante, incluso entre los primeros del continente. Esos "logros" proceden de actitudes impulsadas por unos políticos, intelectuales y periodistas entre quienes es alto, a su vez, el índice de corrupción (intelectual, económica y sexual).
  5. El problema islámico y Gibraltar. España tiene hoy, en el exterior, un solo frente político susceptible de tornarse militar: el del Estrecho, cuyos puntos clave son Ceuta, Melilla y Gibraltar. Problema ligado al del islamismo radical y la inestabilidad del Magreb. En esa zona, neurálgica para nosotros, padecemos la colonia-colonizadora de Gibraltar, perfecto revelado del papel de aliado-lacayo que nos reservan la UE y la OTAN. Nuestra posición política, moral y militar al respecto no ha cesado de deteriorarse en los últimos años.
  6. Nuestra posición en Europa: El ingreso de España en la CEE, probablemente tan innecesario como en el euro, ha traído fuertes pérdidas de soberanía, merma en las tasas de crecimiento y mayor dependencia económica, sin que nos hayan evitado crisis más fuertes que antes. Habría que valorar tales hechos.
Los problemas mal resueltos tienden a empeorar. Las sociedades progresan, se estancan o naufragan según respondan a los retos que les plantea la evolución histórica. De nosotros depende el resultado, sin que debamos esperar ni desear salvamentos exteriores.