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viernes, 11 de marzo de 2011

Nación cultural y nación política, por Pío Moa

Podemos definir el nacionalismo como la doctrina democrática según la cual la soberanía pasa del soberano, del monarca, a la nación, es decir, al pueblo. Y, por tanto, toda nación tendría derecho, y hasta obligación, de dotarse de su propio estado.


La doctrina suele venir acompañada –pero no siempre– de una patriotería exaltada o de ambiciones imperiales, pues los pueblos no son necesariamente tan pacíficos y desinteresados como los suponían los apóstoles del nacionalismo, para oponerlos al belicismo pretendidamente connatural a los monarcas.

El nacionalismo es, por tanto, un hecho históricamente muy reciente, y ha dado impulso a la creación de muchas naciones nuevas. De lo cual han deducido algunos que en realidad las naciones son producidas por el nacionalismo y no a la inversa. Idea tan extraña como pensar que la moda ha creado el vestido o que la medicina ha creado las enfermedades o que las teorías capitalistas han creado el capital. De ahí que oigamos decir que la nación española no existe hasta el siglo XIX (o hasta el XVIII o hasta el XVI, según los gustos de cada cual). Y que antes la palabra España solo designaba una realidad geográfica, como la palabra Gobi designa un desierto y Yucatán, una península americana.

En Nueva historia de España he abordado desde distintos ángulos este problema. Creo que una buena definición de nación puede ser esta: una sociedad de cultura fundamentalmente homogénea con un estado propio. Sin embargo, existen muchas sociedades de ese tipo que han permanecido sin estado a lo largo de siglos –a veces se las llama naciones culturales– y otras en que las dos cosas –estado y cultura– han ido juntas casi desde un principio: naciones políticas o naciones propiamente dichas.

En la historia de Europa ha habido y hay una multitud de sociedades cultural e idiomáticamente diferenciadas, que se han formado, que han desaparecido o se han transformado por incontables invasiones y cruces.
Ha habido períodos homogeneizadores como el del Imperio Romano en la mitad sur del continente... aunque en él subsistieron diferencias profundas entre la parte oriental y la occidental, y, dentro de cada una de estas, otras algo más atenuadas.
Y ha habido períodos de mayor dispersión y creación de nuevas culturas, lenguas, sociedades y estados diversos, como el que siguió a la caída del Imperio de occidente... aunque subsistió la idea de un imperio, muy ligado a la cultura cristiana, que salvó lo salvable de la civilización grecorromana y creó otra nueva, la europea propiamente dicha.


Ahora bien, el nuevo imperio, que se mantendría de una u otra forma hasta Napoleón, y más parcialmente hasta la I Guerra Mundial, nunca logró su ambición de poner bajo su cetro a toda la cristiandad, ni siquiera a la eurooccidental: en la amplia franja más al oeste, de Escandinavia a Iberia, se formaron desde muy pronto sociedades bastante homogéneas culturalmente que se dotaron de sus propios estados al margen del Imperio.

El caso español resulta paradigmático. Antes de Roma no existía en la Península Ibérica una homogeneidad de ningún tipo que pudiera dar lugar a una nación. Esa homogeneidad se la proporcionó la colonización romana. Dentro del Imperio, Hispania adquirió cierta personalidad propia (nación cultural), aunque no política.


Roma fundó España en ese sentido, y la España actual proviene directamente de aquel hecho decisivo. Pero fue el reino hispanogótico de Toledo el que, partiendo de la sociedad hispano-romana, construyó un estado, con clara vocación, conseguida en lo esencial, de abarcar toda la península. España, Spania, aparece entonces como nación.
Obviamente, sin la existencia de nacionalismo –aunque sí de patriotismo–, pues la soberanía residía en el monarca, como seguiría ocurriendo en toda Europa hasta la Revolución Francesa, incluso largo tiempo después. También va tomando forma la nación francesa, si bien con una tendencia dispersiva o centrífuga mucho más acentuada que la española. Contra una opinión muy extendida, la nación hispanogoda distó mucho de ser una anécdota o una época de escasa significación histórica: dejó tal impronta que permitió la reconstrucción de España. Fue este un proceso largo, pero tenaz y finalmente exitoso, después de que la misma noción de España estuviera muy cerca de ser borrada de la historia por la invasión islámica: un hecho único en su género.

Pero España también se reconstituyó frente a la ambición globalizadora del imperio de Carlomagno. La España cantábrica, por supuesto, mantuvo buenas relaciones con los carolingios desde una plena independencia; por el contrario, la España pirenaica fue producto de la intervención carolingia, pero siempre se sintió incómoda con ella, hasta el punto de que rompió esa dependencia, rápidamente en Navarra, de forma más lenta en Aragón y en Cataluña. La propia Francia se consolidaría en oposición al después llamado Sacro Imperio Romano Germánico, que en cambio englobaba en el centro de Europa a numerosas naciones culturales, y con tanto éxito que estas no se harían políticas, es decir, naciones propiamente hablando, hasta los siglos XIX y XX.

Había naciones, por tanto, antes del nacionalismo. Pero esta doctrina, una vez expuesta, ha impulsado muy fuertes movimientos políticos, que han desintegrado imperios y transformado naciones culturales en naciones políticas. Aunque el nacionalismo es democrático, en su desarrollo ha adquirido bastantes veces tintes dictatoriales o totalitarios; pero ese es otro asunto. Tampoco ha traído siempre más paz que antes, como esperaban los ingenuos: la sociedad humana es conflictiva, debido a la variedad de intereses en su seno, y por otra parte no siempre la paz constituye el bien supremo.

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