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sábado, 20 de noviembre de 2010

España, el Sahara Occidental y Marruecos, por Pío Moa

La tesis de que España tiene una responsabilidad directa con los saharauis y en la aplicación de la resolución de la ONU de celebrar un referéndum, sin ser del todo falsa, exagera bastante. Cuando el problema alcanzó su punto álgido, en 1975, hubo algo en lo que coincidían Marruecos, Argelia, Mauritania y el Frente Polisario, y era en la salida de España cuanto antes. Los polisarios, no debe olvidarse, atacaron, mataron y secuestraron a españoles, y actuaban como punta de lanza del régimen prosoviético de Argel. Usa no podía aceptar un Sahara pro argelino, que desestabilizaría y envolvería estratégicamente por tierra a Marruecos, único país pro occidental del norte de África en tiempos de fuerte expansión soviética por el continente. Por ello, ante la hostilidad general hacia España y la debilidad de esta, Washington sólo podía apoyar a Rabat.

La debilidad política de España fue entonces el factor clave. ¿Podía Madrid, en aquellas circunstancias, garantizar el referéndum? Sólo si se hallaba en posición fuerte. Es probable que un Franco en pleno vigor hubiera frustrado la amenaza marroquí y afirmado el compromiso internacional de la autodeterminación pero, justamente, estaba enfermo y a punto de entrar en la agonía. Además, la situación general del país parecía insegura, con un Rey sin excesivas simpatías en el propio régimen y al que la oposición amenazaba con un reinado muy corto. Desconocedores de la realidad social creada por el franquismo –que garantizaría una transición bastante segura y de la ley a la ley, contra peligrosas aventuras rupturistas–, la gran mayoría de los analistas fuera de España, y aun dentro, preveía la entrada del país en una crisis de incierta salida, quizá similar a la portuguesa. Y esta debilidad española pesaba en las expectativas y cálculos estratégicos de unos y de otros, desde luego en los de Usa, cuya prioridad consistía en impedir la desestabilización y la expansión pro soviética de la URSS en una zona tan sensible.

El problema se agravaba porque un referéndum daría casi con seguridad la victoria a un Polisario pro argelino, por tanto pro soviético. El franquismo había previsto una solución mucho mejor organizando el PUNS, un partido saharaui pro español que permitiese el control y explotación de los fosfatos y un territorio amigo como protección de las islas Canarias. Pero Rabat compró a varios jefes del PUNS y el plan naufragó, sin que hubiera tiempo para otra cosa, cuando, por la enfermedad y luego agonía del Caudillo, Madrid daba sensación de fragilidad a todo el mundo.

La influencia useña siempre tiene, desde luego, mucho peso, pero no debe creerse, con las habituales fantasías conspiranoicas, que su Gobierno es todopoderoso y que su CIA controla todos los movimientos políticos en la zona o en cualquier otra región del mundo. Washington sólo puede influir contando con las fuerzas reales de cada región del planeta, que la mayoría de las veces no puede controlar, o sólo muy a medias. De mantenerse una España políticamente fuerte, capaz de articular un mayoritario partido proespañol en el Sahara, Usa se inclinaría muy probablemente por esa solución –no le quedaría otro remedio–. Al no ser así, su interés a favor de Marruecos estaba claro.

El historiador Jesús Palacios acaba de publicar en El Mundo un brillante relato sobre la intervención de Kissinger y de Juan Carlos, y las maniobras y engaños implicados. El resultado, como él señala, fue humillante para España. Quizá la cosa habría podido ser más digna, pero siempre sobre la base de la retirada a favor de Marruecos. Todos querían expulsar a España, y allí se quedaron los poderes regionales, ellos solos, para "arreglar" el embrollo. Ya sabemos cómo lo solucionaron: mediante una guerra muy prolongada que costó a Marruecos ingentes sacrificios y arruinó a Mauritania.
El problema se relaciona con lo que representa para España nuestro vecino del sur, es decir, la única amenaza a nuestra integridad nacional. Y no sólo porque aspira a arrebatarnos Ceuta y Melilla, sino porque su Gran Estrategia parte del recuerdo de los imperios magrebíes de hace siglos, de los que se considera heredero, y que llegaron a ocupar gran parte de la Península Ibérica; sin contar la idea, muy extendida en el islam, de que Al Ándalus podría volver, si Alá lo quiere. La política española, aun buscando la concordia y la relación económica, debe tomar muy en cuenta estas realidades, junto con el hecho desagradable, pero imposible de evitar, de que nuestros aliados Usa y Francia lo son también del Marruecos alauita.

En cambio, vivimos bajo un Gobierno de demagogos baratos e ignorantes, sin idea de los intereses españoles. El PSOE, cuando simpatizaba con el Polisario –debido a su carácter izquierdista–, y creía poder explotarlo para socavar a la derecha, hacía discursos como este de Felipe González en Argelia: "No se trata ya de derechos de autodeterminación, sino de acompañaros en vuestra lucha hasta la victoria final"; "Nuestro pueblo (español) también lucha contra ese Gobierno que dejó al pueblo saharaui en manos de Gobiernos reaccionarios"; "Nuestro partido está con vosotros hasta la victoria". Las solemnes promesas de los centenarios en honradez se multiplicaron cuando el PSOE no gobernaba. Cuando llegó al poder, el partido cambió de disco, y hoy tenemos a individuos como Felipe González, Moratinos o Rodríguez, a partir un piñón con el tirano de Marruecos que, repito, es nuestro único enemigo potencial. El desvergonzado cambio no refleja realismo político, sino algo bastante más turbio, en lo que probablemente tiene algo que ver el dinero de Rabat y posiblemente asuntos más oscuros. Ahora, los saharauis son masacrados ante la mirada cómplice de aquellos que se comprometían a acompañarles hasta la victoria final.

La posición internacional de España es, desde ese punto de vista, mucho más débil que en 1975. El peligro no está en Rabat, sino en Madrid.

Libertad Digital

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