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domingo, 26 de septiembre de 2010

¿Se rompe España?, Pío Moa

ANTE EL DESAFÍO SECESIONISTA

Con esta pregunta hacía El País una encuesta burlesca entre sus lectores, poniendo al lado una fotografía de Rajoy con expresión entre adusta y asustada; y de vez en cuando oímos a personajes progresistas el sarcasmo: "Me he levantado esta mañana y España seguía igual, no se había roto". Es decir, no pasa nada y quienes hablan de una España en peligro de disolución son solo provocadores de extrema derecha que practican un alarmismo interesado. Nada de qué preocuparse, pues.
Ante todo, conviene aclarar que la eventual desintegración de la nación no da frío ni calor a quienes así hablan. Sus muy negativas ideas sobre España han madurado largamente en las plantas del castrismo (de Américo Castro) y de un marxismo burdo pero por ello mismo más eficaz para mentes poco críticas. Los progresistas, los buenos según ellos, eran los judíos y los musulmanes expulsados por la "insidiosa Reconquista"; luego lo fueron los protestantes, contra los cuales habría volcado España su oscurantismo e intolerancia. Las pretendidas glorias hispanas apenas serían más que crímenes, saqueos y genocidios. Finalmente, la parte moderna y estimable del país, encarnada por los comunistas, los marxistas en general, los anarquistas, los golpistas republicanos y los separatistas, defensores al parecer de la libertad y la democracia, habría sido aplastada por la España negra o la negra España. Así, la historia real del país habría sido una sucesión de desgracias marcadas por el triunfo, una y otra vez, de la reacción cavernaria. Una verdadera peste, en definitiva, o, como venía a decir un poemilla no por sandio menos admirado, "la historia de España es la más triste porque termina mal".
Vistas así las cosas, que la nación se rompa o deje de romperse tampoco tiene mayor interés, incluso puede ser un camino para que ganen de una vez los buenos, al menos en algunas partes. Rara vez se expresa la idea con tal claridad, pero subyace en multitud de actitudes y actos de la izquierda y los separatistas, que no por nada coinciden tanto políticamente. Vemos cómo la visión del pasado condiciona profundamente el presente.
Estas concepciones han cundido de modo extraordinario durante años, activamente propagadas desde la prensa –en especial El País–, la televisión y otros medios, sin que la defensa de la realidad histórica haya estado a la altura de la ofensiva. Consecuencia de ellas, desde la matanza del 11-M no es que no haya pasado nada, sino que han ocurrido hechos a cuál más amenazante, sobre los que no me extenderé porque los vengo denunciando casi cada día. Baste resumirlos en el paso de los estatutos de autonomía –nunca muy respetados por los separatistas– a los nuevos estatutos de estados asociados. En 2005 escribí el ensayo Contra la balcanización de España, en el que expuse cómo la falsificación de la historia, sobre todo de la reciente, conduce al ataque a la unidad de España, que, casualmente, agrede asimismo a la democracia.

No parece mal a esta gente (siempre hay beneficiarios entre las castas políticas) la perspectiva de balcanizar el país, volver en cierto modo a la llamada Edad Media y dividirlo en una serie de pequeños estados impotentes y mal avenidos, juguetes de los intereses y manejos de las potencias más poderosas de Europa y de la infiltración islámica. Ya lo intentaron los separatistas durante la Guerra Civil, intrigando lo mismo con nazis y fascistas que en Londres y París, aunque no recibieron atención, pues estas últimas temían que el conflicto se embrollara demasiado y se extendiese más allá de los Pirineos.
En todas las sociedades existen tendencias centrífugas o dispersivas, y otras centrípetas o cohesivas. Como he explicado en Nueva historia de España, España es la nación más antigua de Europa, al lado, en todo caso, de Francia; gracias a ello fue posible la Reconquista, palabra perfectamente descriptiva de un largo proceso: la recuperación política de España. Comparada con casi cualquier otra nación europea, y desde luego con las más grandes, ha sido muy estable internamente, contra tópicos muy comunes. Solo en el siglo XIX, y como consecuencia de la interrupción en el desarrollo histórico causada por la invasión napoleónica, parece convertirse en el país de las asonadas y las guerras civiles, situación que se superó por un período considerable con la Restauración, y nuevamente después de la Guerra Civil del 36 y hasta ahora, el período de paz más prolongado que haya vivido España en siglos. Es hoy, casi 75 años después, cuando amenaza reproducirse la mezcla de ignorancia, incultura y odios gratuitos que destrozó la II República.

Pero su larga historia unitaria ha producido hechos culturales y sociales muy densos, por lo que España no resulta tan fácil de romper, pese a los esfuerzos balcanizantes de unos y la inhibición de otros. Y es de esperar que aquellos no lo consigan finalmente, aunque han creado una situación realmente seria y peligrosa.
Si hemos llegado hasta aquí se debe, repito, a que la ofensiva de fondo antiespañol que cobró impulso hace ya tres decenios no ha encontrado una reacción adecuada. La responsabilidad de los políticos es enorme, pero, en definitiva, cada ciudadano, si lo es, debe pensar qué puede hacer al respecto. Cuando escribí Nueva historia me propuse tan solo una versión crítica y más veraz que las habituales en algunos puntos. Como habrá comprobado quien la haya leído, mi análisis difiere no solo del hoy dominante, de carácter izquierdista o progresista, también de la mayoría de los enfoques tradicionales en la derecha.
Ahora, visto en perspectiva, el libro me parece un instrumento para una contraofensiva en el terreno intelectual y político. Otra cosa es que ese instrumento sea utilizado, habida cuenta de la pasividad quejumbrosa y lastimera que, de momento, predomina en el país. Habent sua fata libelli.

Libertad Digital

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