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domingo, 26 de septiembre de 2010

El problema no está en Marruecos, Pío Moa



 
    En una charla con amigos surgió la cuestión de Ceuta y Melilla, sobre las que Mohamed VI está acentuando las presiones últimamente. Pronto llegamos a la conclusión de que el peligro no está en Marruecos, sino en España. En realidad, Rabat lleva presionando desde hace decenios, con alternativas de mayor o menor  intensidad según la percepción que tenga de la fortaleza o la flaqueza española. Actualmente debe de considerar –acertadamente por lo demás—que España se encuentra débil: coinciden las tensiones separatistas, la conculcación casi sistemática de la Constitución por unos y otros, una crisis económica a la que no acaba de verse el final, y un gobierno que en el fondo simpatiza con los puntos de vista de Marruecos, al que ha dado ya señales tan significativas como la reducción de las guarniciones militares en las dos ciudades españolas. En una entrevista,  Pedro J. Ramírez preguntaba al presidente Rodríguez qué habría hecho él  ante la invasión de Perejil. El interpelado afirmó que a él no le habría ocurrido nada semejante. La respuesta era estúpida (Rodríguez es estúpido en un grado que cabría calificar de diabólico), pero el periodista la aceptó en lugar de replicar: “¿Quiere decir que habría cedido de inmediato ante Rabat?”. Pregunta contestada de antemano si recordamos que, con ocasión de aquel conflicto,  Rodríguez viajó a Rabat para ofrecer a Mohamed VI sus buenos oficios contra el gobierno de su propio país.
  
Ahora, las presiones han ido hasta declarar “provocación” la presencia de Rajoy en Melilla, y animar a los marroquíes a “expresar sus sentimientos” contra las dos ciudades españolas, actitud que recuerda la previa a la “marcha verde” sobre el Sahara. Marruecos sabe que en medios políticos españoles muy influyentes hay tendencia a olvidarse de las dos ciudades y a crear las condiciones para su entrega. No es casual la permisividad a la entrada y permanencia de una población marroquí que tiende a hacerse mayoritaria, y la ausencia de medidas que den confianza a la población hispana, por lo que muchos ceutíes y melillenses han abandonado sus ciudades. Y ahora Rodríguez se entrevista de nuevo con su despótico amigo. Es difícil evitar la idea de que su negocio será, en definitiva, la traición.
  
  El problema, pues, no está en la tiranía alauita, cuyas ambiciones conocemos de sobra, pues nunca las han ocultado, sino en los políticos y el gobierno españoles, cuyas decisiones e ideas al respecto resultan oscuras. Asistimos ya, a partir de El País, al comienzo de una campaña a favor de la entrega. Este periódico, particularmente su inspirador, Cebrián,  ha sido también, desde la transición, el gran promotor de la llamada “solución política” frente a la ETA,  que tantas ventajas ha reportado a los terroristas, justificando el asesinato como forma de hacer política y corroyendo el estado de derecho; fue él también quien, entre muchas otras hazañas, dinamitó en su momento el acuerdo entre el PP y el PSOE contra los nacionalistas.
 
   Cebrián pertenece, como Felipe González, a la camarilla pro marroquí, en la que probablemente existen intereses más prácticos que la mera fantasía histórica. Y, al igual que el PSOE, tiene una idea negativa del pasado español, considera una desgracia la Reconquista y, en general, todo lo que España ha hecho de significativo, y apoya la  ley de memoria histórica que por algo quiere presentar como legítimo el régimen de marxistas, golpistas y racistas que sometió la mitad del país a los dictados soviéticos y estuvo muy cerca de balcanizarlo.
  
Hace poco  escribí en Libertad Digital el artículo “¿Se rompe España?”, precisamente sobre cómo una percepción distorsionada de la historia tiene consecuencias políticas actuales. Se trata de una clave esencial. No podríamos entender la política del actual gobierno sin conocer cuáles son sus puntos de vista sobre nuestro pasado.  

Época

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