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jueves, 26 de agosto de 2010

La inflación del cromosoma Y, por Remedios Morales

Tiernos copulantes míos: El sexo es un método de reproducción sumamente ineficaz, simplemente porque la producción de machos es un despilfarro ruinoso. No lo digo yo, lo dice Bryan Sykes en La maldición de Adán. Los machos son caros porque la competencia entre ellos consume mucha energía y su única posibilidad de reproducirse consiste en conseguir el rango superior. 
Para una madre, la crianza de un macho requiere un esfuerzo extra y después de echar los hígados por él, lo más probable es que no consiga un nieto. En cambio, las hembras resultan más baratas pues, debido a su fenotipo ahorrador, desde su estado fetal exigen menos alimento a sus madres. Y encima se reproducen siempre. Sin embargo, los machos no sólo son los amos del cotarro sino que, además, nacen muchísimos. ¿Por qué acumular biomasa en forma masculina si la variedad genética está asegurada con los escasos machos que consiguen reproducirse? La naturaleza parece una madre de colmillo retorcido que se vale de todo tipo de marrullerías para favorecer a su niño mimado: el cromosoma Y.
Un grupo español del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos descubrió que la cantidad y el tipo de leche que producen las ciervas, varía en función del sexo de su cría. Si eres un cervatillo macho, mamas más leche y con un 3% más de proteínas. Así, con todo el morro. El caso es que el fenómeno tiene sentido Las madres apuestan por sus varoncitos porque, si consiguen que un hijo sea sultán durante una temporada, obtienen un rendimiento genético mucho mayor que si crían hijas.
¿Puede decirse, entonces, que el nacimiento de tantos machos es el resultado evolutivo de la maximización de los intereses reproductivos de las madres? Bueno, una madre jugadora apostaría por criar machos en condiciones de abundancia, porque los hijos, bien alimentados, podrían optar al puesto de macho dominante. En cambio, en épocas de escasez, con mala salud o en la vejez, apostaría por criar hijas, pues las hembras, aunque no estén en óptimas condiciones, se aparean siempre.
Pues eso, justamente, es lo que hacen. O. Wilson, confirma que, en muchas especies de mamíferos, las condiciones ambientales adversas para las hembras preñadas se asocian con un promedio desproporcionado de nacimientos de hijas. Las pobres madres no son las que lo deciden. El mecanismo más probable es la mayor mortalidad selectiva de los fetos masculinos, porque necesitan mucha inversión y por ello son más vulnerables a la escasez y mueren antes de nacer.
¿Y los humanos? La mayoría de los hombres son monógamos, y eso quiere decir que la fertilidad de un marido se ciñe, en teoría, a la de su mujer. La hembra humana, pues, no maximizaría sus intereses biológicos haciendo más hijos que hijas, pues ambas opciones le darían el mismo número de nietos. Pero el hecho es que, en condiciones naturales, nacen en el mundo103,5 chicos por cada 100 chicas, como media.La mayor vulnerabilidad de los fetos masculinos y de los niños, junto con su mayor agresividad, explicaría, en parte, que nacieran más varones para cubrir las bajas.
Pero lo que no explica es por qué la proporción de nacimientos entre los sexos varía según las circunstancias. ¿Qué circunstancias? Pues, por ejemplo, que los recién casados sean propensos a engendrar varones, o que después de la Primera Guerra Mundial, incluso antes de que terminara la contienda, nacieran hasta 106 niños por cada 100 niñas en los países litigantes. Ni por qué ocurrió lo mismo en la Segunda Guerra Mundial.
La explicación que se daba habitualmente era que la naturaleza es sabia y que la avalancha de varones recién nacidos venía a reponer a los jóvenes muertos en la guerra. Y esto es una chorrada tirando a gorda, porque ni la naturaleza responde a los requerimientos de la sociedad en una sola generación, ni los varones nacidos después de una guerra pueden sustituir a las víctimas, ya que alcanzan la madurez cuando las novias y esposas de los soldados muertos son unas señoras que, si acaso, tuvieron que consolarse con el butanero. Bueno, pero entonces, ¿por qué demonios nacen más niños en esas circunstancias? Tiene que haber alguna razón biológica ¿no?
Pues sí. Se cree que el cromosoma Y, que es muy farruco, se vale de la testosterona para abrirse paso como sea y expandirse. Sykes cita un trabajo de William James de los años 90 donde se estudia el sexo de los hijos de los trabajadores varones de distintas profesiones. Para ello se dividen las profesiones en "femeninas" y "masculinas" según los criterios tradicionales. La conclusión es que tienen más hijos varones los profesionales de trabajos "masculinos". La explicación, según James, reside en los niveles de testosterona, más altos en los trabajadores de profesiones "masculinas".
Las hormonas lo explicarían todo. La práctica frecuente de sexo produce testosterona y los hombres recién casados suelen ser muy entusiastas. Durante la guerra y después de ella, aumenta el número de matrimonios y se practica el sexo con más frecuencia. Pero, además, las batallitas son, por esencia, una ocupación masculina que produce un montón de testosterona.
Si los grandes productores de testosterona tienen más hijos varones, debería confirmarse que los personajes históricos con una biografía violenta, tuvieron más descendencia masculina. Igualmente, los hombres que consiguieron poder y riquezas o, de alguna manera, lograron practicar el sexo con un número de mujeres significativamente mayor que los otros, deberían haber tenido más hijos que hijas, ¿no?
¡Pues sí! Durante toda la historia ha existido una relación entre el poder y prestigio masculino, la cantidad de descendientes, ¡y el sexo de éstos! Los legados genéticos de los fieros vikingos, los de los bárbaros que atacaron el Imperio Romano, o los de los guerreros de Gengis Khan, que tampoco eran mancos, eclipsaron los genes de los tranquilos campesinos monógamos, mucho más útiles y viajan todavía en nuestros cuerpos hacia las generaciones venideras.
¿Hasta qué punto los violentos guerreros o los acumuladores de poder –y de mujeres– son responsables de que nazcan más niños que niñas? La descendencia de algunos de estos machos ligados a altas tasas de testosterona está bien documentada y censada. Por ejemplo, al rey Niall de Irlanda, que murió alrededor del año 455, le deben hoy día su cromosoma Y varios millones de hombres europeos y americanos. Mulay el Sanguinario, un sultán de Marruecos que nació en 1672 y vivió 55 años –demasiado sexo, quizá– tuvo 888 hijos de los cuales 548 fueron varones y 340 fueron mujeres.
B. Sykes contabiliza los hijos de otros hombres empapados de testosterona, por ejemplo, los presidentes de Estados Unidos. Pues bien, desde G. Washington hasta G. W. Bush arrojan un total de noventa hijos contra sesenta y tres hijas. Pues ahora que lo pienso, Obama, que tiene sólo dos hijas, no encaja en el modelo.

Libertad Digital

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