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domingo, 1 de agosto de 2010

Involuntariamente los nacionalismos vasco y catalán contribuyeron a la victoria de Franco


   Al empezar la guerra civil, la mayoría de los nacionalistas vascos y catalanes optó por el Frente Popular. Fue una opción racional, incluso por parte de los católico-racistas del PNV, puesto que todo apuntaba a que las izquierdas aplastarían a  los nacionales, al poseer, incluso de forma abrumadora, casi todas las ventajas materiales. Pero según la esperada victoria se veía menos clara, el PNV fue cambiando pronto de posición,  máxime cuando la guerra llegó a Vizcaya, provincia a la que llamaban “Euzkadi”, exagerando un tanto. Entonces el PNV, hegemónico en el gobierno provincial, empezó a traicionar a sus aliados de izquierda tratando una rendición por separado con los fascistas italianos. Esos manejos se incrementaron después del bombardeo de Guernica, aunque Aguirre, de labios afuera, incitaba a  los vizcaínos a una lucha heroica, que nunca se produjo. Conforme la situación empeoraba, la traición del PNV se acentuó: gracias a ella,  Franco pudo capturar íntegra la industria pesada y de armamento vizcaína,  cuya producción se había derrumbado bajo el gobierno nacionalista-izquierdista, y que inmediatamente volvió funcionar a toda presión.
   Se trató, por tanto, de una colaboración implícita, culminada en la indicación a los nacionales de la mejor vía para copar a izquierdistas y nacionalistas, y en la rendición de Santoña, que permitieron a Franco obtener su primer gran embolsamiento, con masas de prisioneros y de material bélico. Probablemente la victoria habría llegado incluso sin esa traición de Aguirre y sus compañeros, pero al menos la entrega de la industria intacta jugaría un importante papel, en adelante, a favor de los nacionales. A ello se debió, sin duda, la represión comparativamente benévola que sufriría el PNV. Todo ello está hoy suficientemente documentado, aunque requeriría estudios más pormenorizados.
    
Durante ese período,  el nacionalismo de izquierda catalán, dirigido por Companys, perturbó sin tregua el esfuerzo de guerra del Frente Popular. Azaña lamenta indignado “la defección de Cataluña, porque no es menos. Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalidad y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia (…)”; y menciona “la insolidaridad, despego, hostilidad o chantajismo” de los nacionalistas, sus disparatadas iniciativas  militares y económicas, la usurpación constante –lo mismo había hecho Aguirre—de las funciones del estado, aprovechando el desorden para pisotear el estatuto autonómico, etc.
   
Aquella situación pudo durar  más que en Vizcaya, porque la guerra directa llegó más tarde a Cataluña, pero continuó hasta finales de 1938, aun si atenuada después de la pequeña guerra civil de Barcelona en mayo del 37. Todo ello benefició a Franco de modo extraordinario. El caos interno resultante, aparte de la oleada de crímenes y choques entre las propias izquierdas,  explican suficientemente que cuando las tropas nacionales entraron en Barcelona, fueran recibidas con verdadero fervor por la población, o que la gran mayoría de los exiliados del primer momento a Francia volvieran a España a los pocos meses.
    
Ello aparte, tanto los nacionalistas vascos como los catalanes intentaron a lo largo del conflicto entenderse con los nazis, los fascistas, los ingleses y los franceses, a espaldas del gobierno del Frente Popular. Llegaron a proponer  a París y a Londres la secesión de toda la zona al norte del Ebro, convirtiéndola en protectorado franco-británico, secesión ya intentada por Napoleón.
  
 En resumen, sería sin duda excesivo decir que el triunfo de Franco se debió a la política de aquellos nacionalistas, pero esta, evidentemente, contribuyó a él, si bien involuntariamente. Y contribuyó más que la llamada quinta columna, sin quitar a esta su mérito. Posiblemente fue lo único positivo que hicieron los nacionalismos vasco y catalán durante el siglo XX y hasta ahora.

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