Blogoteca: agosto 2010

martes, 31 de agosto de 2010

El País: El Chafardero me promociona, por Pío Moa

Un amigo me envía un recorte de El Chafardero Indomable, alias El País, con un artículo de José María Izquierdo, quien, leo en internet, es un brillante directivo propagandístico de PRISA. Por lo visto, ha estado escribiendo antes sobre Jiménez Losantos, Ussía, César Vidal y Carlos Dávila, y ahora me obsequia con el correspondiente escrito, titulado El historiador de la casquería, que me permito recomendar.

Un observador superficial podría creer, por el título y otras expresiones, que el señor Izquierdo me es hostil; una lectura más atenta demuestra enseguida lo contrario. El periodista me cita de manera insuficiente pero con básica corrección, es decir, no desvirtuando o colocando fuera de contexto (bueno, solo un poquito) mis palabras.

Adorna las citas con una especie de grititos escandalizados tipo "¡Qué barbaridades suelta este historiador de casquería!"; "¿Cómo se atreve a decir tal cosa?"; "¡Cuánta víscera, sangre maloliente, sapos viscosos...!", en fin, cosas de esas. Ello puede impresionar a mentes obtusas, pero, fíjense, el señor Izquierdo en ningún momento se plantea rebatir mis expresiones ni afirma siquiera su falsedad. De hecho, cualquier persona sin anteojeras solo puede ver que las frases que él recoge de mi blog expresan la más contundente realidad: el Gobierno colabora con el terrorismo, con las dictaduras y cleptocracias del Tercer Mundo, conculca la Constitución, comparte la mayor parte de la ideología con la ETA; el Frente Popular era ilegítimo y antidemocrático, la ley de memoria histórica es totalitaria y pretende equiparar a las víctimas inocentes de la represión con los asesinos chekistas abandonados por sus amos; la paz y la democracia actual –lo que queda de ella– vienen del franquismo; la homosexualidad no vale lo mismo que la sexualidad normal entre hombre y mujer, etc. La inepcia intelectual, la demagogia vacua de nuestra descerebrada progresía nunca ha podido refutar o desmentir uno solo de estos asertos, y nuestro buen Izquierdo lo sabe perfectamente; así, las citas se imponen por su evidencia, y eso es lo importante del artículo.

Por ello sospecho que el articulista está cambiando de bandera: su truco es muy fácil y conocido. Es el que, en épocas o lugares de censura, se ha utilizado siempre para "colar" verdades molestas: se las expone tal cual, pero rodeándolas de expresiones indignadas: "¿Será posible? ¡Fijaos en lo que dice... Es intolerable!", etc. A menos que los asiduos de El Chafardero estén ya por completo estragados, muchos se fijarán, efectivamente, en "lo que dice", querrán leer más y posiblemente no lo encontrarán tan "intolerable".

En fin, muchas gracias, señor Izquierdo, y cuídese de de sus jefes, que quizá quieran hacerle alguna observación.

jueves, 26 de agosto de 2010

La inflación del cromosoma Y, por Remedios Morales

Tiernos copulantes míos: El sexo es un método de reproducción sumamente ineficaz, simplemente porque la producción de machos es un despilfarro ruinoso. No lo digo yo, lo dice Bryan Sykes en La maldición de Adán. Los machos son caros porque la competencia entre ellos consume mucha energía y su única posibilidad de reproducirse consiste en conseguir el rango superior. 
Para una madre, la crianza de un macho requiere un esfuerzo extra y después de echar los hígados por él, lo más probable es que no consiga un nieto. En cambio, las hembras resultan más baratas pues, debido a su fenotipo ahorrador, desde su estado fetal exigen menos alimento a sus madres. Y encima se reproducen siempre. Sin embargo, los machos no sólo son los amos del cotarro sino que, además, nacen muchísimos. ¿Por qué acumular biomasa en forma masculina si la variedad genética está asegurada con los escasos machos que consiguen reproducirse? La naturaleza parece una madre de colmillo retorcido que se vale de todo tipo de marrullerías para favorecer a su niño mimado: el cromosoma Y.
Un grupo español del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos descubrió que la cantidad y el tipo de leche que producen las ciervas, varía en función del sexo de su cría. Si eres un cervatillo macho, mamas más leche y con un 3% más de proteínas. Así, con todo el morro. El caso es que el fenómeno tiene sentido Las madres apuestan por sus varoncitos porque, si consiguen que un hijo sea sultán durante una temporada, obtienen un rendimiento genético mucho mayor que si crían hijas.
¿Puede decirse, entonces, que el nacimiento de tantos machos es el resultado evolutivo de la maximización de los intereses reproductivos de las madres? Bueno, una madre jugadora apostaría por criar machos en condiciones de abundancia, porque los hijos, bien alimentados, podrían optar al puesto de macho dominante. En cambio, en épocas de escasez, con mala salud o en la vejez, apostaría por criar hijas, pues las hembras, aunque no estén en óptimas condiciones, se aparean siempre.
Pues eso, justamente, es lo que hacen. O. Wilson, confirma que, en muchas especies de mamíferos, las condiciones ambientales adversas para las hembras preñadas se asocian con un promedio desproporcionado de nacimientos de hijas. Las pobres madres no son las que lo deciden. El mecanismo más probable es la mayor mortalidad selectiva de los fetos masculinos, porque necesitan mucha inversión y por ello son más vulnerables a la escasez y mueren antes de nacer.
¿Y los humanos? La mayoría de los hombres son monógamos, y eso quiere decir que la fertilidad de un marido se ciñe, en teoría, a la de su mujer. La hembra humana, pues, no maximizaría sus intereses biológicos haciendo más hijos que hijas, pues ambas opciones le darían el mismo número de nietos. Pero el hecho es que, en condiciones naturales, nacen en el mundo103,5 chicos por cada 100 chicas, como media.La mayor vulnerabilidad de los fetos masculinos y de los niños, junto con su mayor agresividad, explicaría, en parte, que nacieran más varones para cubrir las bajas.
Pero lo que no explica es por qué la proporción de nacimientos entre los sexos varía según las circunstancias. ¿Qué circunstancias? Pues, por ejemplo, que los recién casados sean propensos a engendrar varones, o que después de la Primera Guerra Mundial, incluso antes de que terminara la contienda, nacieran hasta 106 niños por cada 100 niñas en los países litigantes. Ni por qué ocurrió lo mismo en la Segunda Guerra Mundial.
La explicación que se daba habitualmente era que la naturaleza es sabia y que la avalancha de varones recién nacidos venía a reponer a los jóvenes muertos en la guerra. Y esto es una chorrada tirando a gorda, porque ni la naturaleza responde a los requerimientos de la sociedad en una sola generación, ni los varones nacidos después de una guerra pueden sustituir a las víctimas, ya que alcanzan la madurez cuando las novias y esposas de los soldados muertos son unas señoras que, si acaso, tuvieron que consolarse con el butanero. Bueno, pero entonces, ¿por qué demonios nacen más niños en esas circunstancias? Tiene que haber alguna razón biológica ¿no?
Pues sí. Se cree que el cromosoma Y, que es muy farruco, se vale de la testosterona para abrirse paso como sea y expandirse. Sykes cita un trabajo de William James de los años 90 donde se estudia el sexo de los hijos de los trabajadores varones de distintas profesiones. Para ello se dividen las profesiones en "femeninas" y "masculinas" según los criterios tradicionales. La conclusión es que tienen más hijos varones los profesionales de trabajos "masculinos". La explicación, según James, reside en los niveles de testosterona, más altos en los trabajadores de profesiones "masculinas".
Las hormonas lo explicarían todo. La práctica frecuente de sexo produce testosterona y los hombres recién casados suelen ser muy entusiastas. Durante la guerra y después de ella, aumenta el número de matrimonios y se practica el sexo con más frecuencia. Pero, además, las batallitas son, por esencia, una ocupación masculina que produce un montón de testosterona.
Si los grandes productores de testosterona tienen más hijos varones, debería confirmarse que los personajes históricos con una biografía violenta, tuvieron más descendencia masculina. Igualmente, los hombres que consiguieron poder y riquezas o, de alguna manera, lograron practicar el sexo con un número de mujeres significativamente mayor que los otros, deberían haber tenido más hijos que hijas, ¿no?
¡Pues sí! Durante toda la historia ha existido una relación entre el poder y prestigio masculino, la cantidad de descendientes, ¡y el sexo de éstos! Los legados genéticos de los fieros vikingos, los de los bárbaros que atacaron el Imperio Romano, o los de los guerreros de Gengis Khan, que tampoco eran mancos, eclipsaron los genes de los tranquilos campesinos monógamos, mucho más útiles y viajan todavía en nuestros cuerpos hacia las generaciones venideras.
¿Hasta qué punto los violentos guerreros o los acumuladores de poder –y de mujeres– son responsables de que nazcan más niños que niñas? La descendencia de algunos de estos machos ligados a altas tasas de testosterona está bien documentada y censada. Por ejemplo, al rey Niall de Irlanda, que murió alrededor del año 455, le deben hoy día su cromosoma Y varios millones de hombres europeos y americanos. Mulay el Sanguinario, un sultán de Marruecos que nació en 1672 y vivió 55 años –demasiado sexo, quizá– tuvo 888 hijos de los cuales 548 fueron varones y 340 fueron mujeres.
B. Sykes contabiliza los hijos de otros hombres empapados de testosterona, por ejemplo, los presidentes de Estados Unidos. Pues bien, desde G. Washington hasta G. W. Bush arrojan un total de noventa hijos contra sesenta y tres hijas. Pues ahora que lo pienso, Obama, que tiene sólo dos hijas, no encaja en el modelo.

Libertad Digital

domingo, 22 de agosto de 2010

El Gobierno menguante

Melilla y Cataluña: dos problemas, dos cesiones. La teoría del apaciguamiento elevada a su máxima potencia


SI el régimen de Marruecos propicia un conflicto en Melilla contra los intereses españoles, el Gobierno de España primero niega el conflicto y luego se dedica a aplacar al que lo ha originado. Si el poder autonómico catalán provoca una tensión artificial contra la autoridad constitucional del Estado, el Gobierno que representa esa autoridad se apresura a darle la razón a quienes la cuestionan. Ése es el mensaje que ha recibido esta semana la opinión pública nacional de parte del Consejo de Ministros en su primera reunión tras las vacaciones que oficialmente no ha tomado. Dos crisis, dos problemas, dos cesiones: he ahí la teoría del apaciguamiento elevada a su máxima potencia práctica.
Primer problema: Melilla. Gana Marruecos, que es el que lo ha planteado. El Gobierno español prefiere tildar de desleal a la oposición por preocuparse de los melillenses y hacer lo que tenía que haber hecho algún ministro, que es viajar a interesarse por ellos. Silencio ominoso sobre la vejación a las mujeres policías, una subvención de un millón de euros para proyectos de cooperación y la concertación de dos visitas ministeriales (Interior y Exteriores)… a Rabat. Melilla ni sobrevolarla, no se vaya a enfadar el vecino quisquilloso. ¿Crisis? ¿Qué crisis? Si durante dos años el presidente ha negado la existencia de una crisis económica mundial, cómo va a reconocerle tal rango al hostigamiento fronterizo de unos aleccionados activistas babucheros.
Segundo problema: Cataluña. Gana la Generalitat en su gimoteo victimista. La primera medida posvacacional del Gabinete consiste en encargar al ministro de Justicia que encuentre el modo de trocear el Poder Judicial para burlar la ya benévola sentencia del Constitucional sobre el Estatuto. Ni una palabra oficial sobre el recurso de la Defensora del Pueblo a la ley autonómica que pretende imponer el catalán a los inmigrantes, entre otros recortes de derechos, y mucho menos sobre la infame acusación de parcialidad política lanzada por Montilla sobre la titular de un cargo institucional de imparcialidad obligada. Silencio asertivo, silencio culpable.
Y si ante este Gobierno menguante ganan siempre los que plantean problemas (salvo que se trate del PP, acusado universal de crearlos), está claro quién pierde. Pierden los intereses del conjunto de la nación, o de lo que va quedando de ella, preteridos en una amilanada política de concesiones y tráfico de favores. Pierde la España global a la que se supone que representa un poder elegido para defenderla. Y pierde, en última instancia, el propio Gobierno, cuyas competencias y autoridad se reducen en un pintoresco proceso de jibarización que propicia quien más perjudicado sale de él. La pregunta que queda en el aire ante esta complacencia autolimitadora es para qué ponen tanto ahínco en conservar el poder si sólo lo ejercen para reducirlo.
ABC

De bobos y desleales, por Manuel Martín Ferrand

Esa tropa que gobierna en Cataluña le resulta imprescindible a Zapatero para poder seguir en el machito

No ha provocado el suficiente escándalo, el que merece, el hecho de que todo un presidente autonómico, representante del Estado en su territorio, descalifique a la Defensora del Pueblo en funciones, María Luisa Cava de Llano, por su recurso de inconstitucionalidad contra la Ley de Acogida de Inmigrantes, otro de los desaguisados legislativos del Parlament. La Defensora, según Montilla, debiera abstenerse porque, en su día, fue diputada del PP. Eso no es confundir el tocino con la velocidad, error gravísimo entre cocineros y ciclistas, sino imponer la exclusión militante en la vida democrática, algo totalmente descalificador en un gobernante. El error de Montilla no es personal, como el que tiene una verruga. Se trata de algo compartido y generalizado entre los integrantes de su Govern. Joseph Huguet, consejero de Innovación (?) y notable de ERC, ante el recurso de la Defensora, le llamó falangista a Enrique Múgica que ya no es Defensor —¡hay que leer los periódicos, Huguet!— y que, por sus hechos y sus dichos, está tan lejos de Falange como su ofensor de la inteligencia.
Esa tropa que gobierna en Cataluña le resulta imprescindible a Zapatero para poder seguir en el machito y de ahí las cesiones de soberanía que se encierran tras el último Consejo para engordar, contra la razón y el derecho, el Estatut que terminará por arruinar a Cataluña después de haberla privado de muchos de sus numerosos encantos.
Por el momento, el titular de Justicia, el obediente Francisco Caamaño, ya ha sido encargado de preparar una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial para, contra el TC y la mismísima Constitución, parcelar la unidad jurisdiccional del Estado y conseguir, por ejemplo, que, en Cataluña, sin salir de casa, puedan casar las sentencias que les resulten incómodas mientras se contemplan el ombligo.
 

sábado, 21 de agosto de 2010

Ceuta y Melilla: Marruecos, otra vez , por el GEES


Para empezar: es falso que España y Marruecos hayan sido o sean aliados o tengan buenas relaciones. Que sean vecinos y estén obligados a no ir a la guerra no significa que sean aliados. Culturalmente se trata de países diametralmente distintos; políticamente, son regímenes opuestos; estratégicamente, son países enfrentados.

Culturalmente, islam y cristianismo son incompatibles en territorio marroquí, donde Mohamed VI lleva tiempo persiguiendo y expulsando a misioneros cristianos. Más aún, desde que el moro Muza cruzó el estrecho, la cristiana España ha mirado con temor y aprehensión al otro lado del estrecho, donde Marruecos ha hecho suya en la modernidad la cultura expansionista. Por otro lado, políticamente España es una democracia, con todas sus debilidades; Marruecos una dictadura que vulnera los derechos humanos de los marroquíes, ocupa ilegalmente por la fuerza el Sáhara Occidental y genera inestabilidad con sus vecinos, uno de ellos España.

Los llamados "intereses comunes" son simplemente el interés de España en que Marruecos controle y no utilice contra nuestro país tres amenazas que vienen del sur: el terrorismo islámico, el tráfico de drogas y la inmigración ilegal. Por lo menos en los dos últimos está involucrada parte de la administración marroquí. Hay que sumar, además, el interés turístico de grupos hoteleros, algunas empresas y el lobby marroquí incrustado en partidos y medios de comunicación españoles, más intereses particulares que otra cosa. Pero en lo fundamental, el Gobierno de Marruecos entorpece nuestros intereses más que favorecerlos, agrava los problemas y a veces los crea en beneficio propio. Son sus intereses, y no los españoles, lo que le interesa, y no podemos reprochárselo.

Estratégicamente, España y Marruecos han estado enfrentados en dos cuestiones territoriales básicas: la ocupación brutal del Sáhara Occidental, antiguo territorio español, por parte de Marruecos; y las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, además del resto de posesiones españolas en el estrecho, amenazadas por Marruecos desde su misma fundación como reino teócrata.

En este sentido, no pasa desapercibida la actitud de Zapatero ante el Sáhara, como se comprobó en el caso Aminatu, rompiendo la tradición española de defensa más o menos continua del referéndum aprobado por la ONU frente a las ambiciones marroquíes. España está más dispuesta a ponerse del lado marroquí que en el de la legalidad internacional. Mal precedente.

Por otro lado, ningún vecino nuestro es ajeno a la política exterior de Moratinos y Zapatero, la de la rendición preventiva y el apaciguamiento. El argumento marroquí nos podrá molestar, pero es impecable: si a los piratas somalíes, a Chávez o a Al Qaeda les valen las amenazas y el chantaje, ¿por qué no con Marruecos? Las tendencias proislamistas del Gobierno, con la Alianza de Civilizaciones, ahondan en la certeza exterior de que España nunca se enfrentará con un país que le rete, sobre todo si es musulmán.

Más: a la voluntaria desaparición española de las grandes cuestiones internacionales se suman, primero, la mala imagen de Zapatero ante los socios de España, poco de fiar e incapaz, como se ha visto con la Presidencia Europea y con el alejamiento de Obama; y segundo, su posición interior, débil y apoyado en minorías antisistema y dispuestas a dar la razón a nuestro vecino del sur.

Lo cual se une al hecho de que los marroquíes celebran como algo histórico la Marcha Verde, operación civil-militar perfectamente planificada, y que incluyó matanzas de saharauis. La utilización de organizaciones civiles como vanguardia del régimen contra Ceuta y Melilla es una idea que Marruecos baraja hace tiempo, porque ha comprobado que España no es Israel, que sí se defiende de activistas violentos y coordinados –caso de la flotilla– . El bloqueo a Melilla y las acciones en la frontera se basan en el mismo principio de la Marcha Verde: lanzar a los civiles para evitar a los militares, con la evidencia histórica de que su vecino-rival-enemigo del norte cederá otra vez. Ceuta y Melilla caerán así.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos. 
 

viernes, 20 de agosto de 2010

Conflicto: Ceuta, Melilla y Marruecos, por Pío Moa


La ONU considera Gibraltar una colonia, y ha incitado a Inglaterra a descolonizarla (en vano, naturalmente), mientras que Ceuta y Melilla se reconocen como ciudades españolas. Ambas cosas fueron un éxito de la diplomacia franquista, tanto más notable ante la fuerte tendencia demagógica de la ONU. Sin embargo, el Gobierno de Rabat reivindica las dos ciudades, y los socialistas y los separatistas en España le apoyan, con disimulo o abiertamente, a fin de debilitar por cualquier flanco la nación española, o equiparando fraudulentamente el caso con el de Gibraltar.

La exigencia de Rabat ha sido rechazada porque Ceuta y Melilla nunca pertenecieron a un estado marroquí. Propiamente hablando, no existe un estado tal hasta entrado el siglo XVI, con la dinastía saadí, cuyas fronteras se delimitan frente a la presión de portugueses y turcos. Aun así, ese estado tuvo dos características inhabituales. Fue muy expansivo hacia el sur, llegando hasta Tombuctú y practicando un masivo tráfico de esclavos que alteró considerablemente la composición étnica del sur del actual Marruecos; por lo cual Rabat ha reivindicado enormes extensiones del Sahara, para molestia de los estados creados tras la descolonización. Y en el territorio del Marruecos actual fue más bien un estado arabizado, establecido sobre las zonas llanas y próximas al litoral, pero incapaz de dominar la mayor parte del actual país, es decir, las zonas propiamente bereberes de las montañas, donde ni siquiera podía cobrar impuestos: solo conseguía en ellas el rezo en nombre del sultán, tomado como signo de soberanía sin más consecuencias prácticas. Pues siempre ha existido en el Magreb una considerable tensión entre la parte beréber y la arabizada, que todavía hoy estalla a veces en rebeliones. En realidad fue la colonización francesa la que hizo de Marruecos un estado relativamente moderno y efectivo, con los límites actuales, aparte de su expansión por el antiguo Sahara español.
No obstante, Rabat suele considerar precedentes estatales marroquíes los imperios almorávide y almohade, con lo cual podría reclamar –y lo hace de modo implícito, aunque sin pretensiones a corto plazo– casi todo el Magreb, más un tercio o la mitad de la península ibérica por el norte, y Mauritania, por el sur. De hecho, Marruecos ha sido desde su independencia el país magrebí más agresivo y que más conflictos, diplomáticos o bélicos, ha sostenido con todos los países de su entorno y, desde luego, con España. Su método, en nuestro caso, ha sido explotar momentos de debilidad política en Madrid para provocar o avanzar con hechos consumados, a veces mediante agresiones bélicas a cargo de fuerzas supuestamente incontroladas. También extendió unilateralmente sus aguas territoriales, privando de caladeros a los pesqueros españoles, a los que hostigó con detenciones y ametrallamientos. Otra forma de agresión indirecta ha sido el envío ilegal de emigrantes subsaharianos o magrebíes a las costas de Canarias y Andalucía.

Su mayor éxito fue, aprovechando la agonía de Franco, la invasión del Sahara español mediante la Marcha Verde con apoyo useño, motivado este por el peligro de que la colonia cayera en manos de Argelia, entonces un país socialista muy antioccidental. Rabat consiguió su objetivo, que se convirtió durante bastantes años en un regalo envenenado, pues le obligó a sostener una costosísima guerra con el Frente Polisario, respaldado por Argel.
Aunque Marruecos no ha acabado de digerir el Sahara, ganó finalmente la guerra, con lo que su Gobierno ha podido volver los ojos sobre su próximo objetivo, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Para presionar sobre España, Mohamed VI utiliza su posición como aliado de USA y de Francia en el Magreb, juega con la amenaza islámica y atiende a los signos de flaqueza de Madrid. Signos hoy muy ostensibles: movimientos secesionistas en Cataluña y Vascongadas, amparados de hecho por el Gobierno del PSOE, evolución política hacia la disgregación nacional con reconocimiento de "naciones" en las regiones españolas, crisis económica, "alianza de civilizaciones", es decir, de dictaduras, incluida la marroquí, etc. La demagogia ignara de Obama también le favorece, y París, desde luego, no va a mover un dedo por los intereses españoles.

Pero además, Rabat ha recibido del Gobierno socialista signos inequívocos de aliento a sus aspiraciones, como la reducción de las guarniciones de dichas ciudades o una propaganda ambigua respecto de la naturaleza política de estas. Una ambigüedad viene de lejos. Me comentaba Sabino Fernández Campos su asombro ante la declaración de un alto responsable español a Hasán II: "El problema se resolverá según ustedes vayan metiendo marroquíes en Ceuta y Melilla, hasta que sean mayoría". Un proceso, por cierto, al que hemos asistido año tras año, considerando xenofobia la más elemental y legítima defensa. Cierto que esos marroquíes, en su mayoría, saben bien como se vive en Marruecos y no desea volver a lo mismo. Pero en caso de conflicto abierto no hay duda sobre qué camino tomarían.

Libertad Digital

domingo, 1 de agosto de 2010

Involuntariamente los nacionalismos vasco y catalán contribuyeron a la victoria de Franco


   Al empezar la guerra civil, la mayoría de los nacionalistas vascos y catalanes optó por el Frente Popular. Fue una opción racional, incluso por parte de los católico-racistas del PNV, puesto que todo apuntaba a que las izquierdas aplastarían a  los nacionales, al poseer, incluso de forma abrumadora, casi todas las ventajas materiales. Pero según la esperada victoria se veía menos clara, el PNV fue cambiando pronto de posición,  máxime cuando la guerra llegó a Vizcaya, provincia a la que llamaban “Euzkadi”, exagerando un tanto. Entonces el PNV, hegemónico en el gobierno provincial, empezó a traicionar a sus aliados de izquierda tratando una rendición por separado con los fascistas italianos. Esos manejos se incrementaron después del bombardeo de Guernica, aunque Aguirre, de labios afuera, incitaba a  los vizcaínos a una lucha heroica, que nunca se produjo. Conforme la situación empeoraba, la traición del PNV se acentuó: gracias a ella,  Franco pudo capturar íntegra la industria pesada y de armamento vizcaína,  cuya producción se había derrumbado bajo el gobierno nacionalista-izquierdista, y que inmediatamente volvió funcionar a toda presión.
   Se trató, por tanto, de una colaboración implícita, culminada en la indicación a los nacionales de la mejor vía para copar a izquierdistas y nacionalistas, y en la rendición de Santoña, que permitieron a Franco obtener su primer gran embolsamiento, con masas de prisioneros y de material bélico. Probablemente la victoria habría llegado incluso sin esa traición de Aguirre y sus compañeros, pero al menos la entrega de la industria intacta jugaría un importante papel, en adelante, a favor de los nacionales. A ello se debió, sin duda, la represión comparativamente benévola que sufriría el PNV. Todo ello está hoy suficientemente documentado, aunque requeriría estudios más pormenorizados.
    
Durante ese período,  el nacionalismo de izquierda catalán, dirigido por Companys, perturbó sin tregua el esfuerzo de guerra del Frente Popular. Azaña lamenta indignado “la defección de Cataluña, porque no es menos. Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalidad y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia (…)”; y menciona “la insolidaridad, despego, hostilidad o chantajismo” de los nacionalistas, sus disparatadas iniciativas  militares y económicas, la usurpación constante –lo mismo había hecho Aguirre—de las funciones del estado, aprovechando el desorden para pisotear el estatuto autonómico, etc.
   
Aquella situación pudo durar  más que en Vizcaya, porque la guerra directa llegó más tarde a Cataluña, pero continuó hasta finales de 1938, aun si atenuada después de la pequeña guerra civil de Barcelona en mayo del 37. Todo ello benefició a Franco de modo extraordinario. El caos interno resultante, aparte de la oleada de crímenes y choques entre las propias izquierdas,  explican suficientemente que cuando las tropas nacionales entraron en Barcelona, fueran recibidas con verdadero fervor por la población, o que la gran mayoría de los exiliados del primer momento a Francia volvieran a España a los pocos meses.
    
Ello aparte, tanto los nacionalistas vascos como los catalanes intentaron a lo largo del conflicto entenderse con los nazis, los fascistas, los ingleses y los franceses, a espaldas del gobierno del Frente Popular. Llegaron a proponer  a París y a Londres la secesión de toda la zona al norte del Ebro, convirtiéndola en protectorado franco-británico, secesión ya intentada por Napoleón.
  
 En resumen, sería sin duda excesivo decir que el triunfo de Franco se debió a la política de aquellos nacionalistas, pero esta, evidentemente, contribuyó a él, si bien involuntariamente. Y contribuyó más que la llamada quinta columna, sin quitar a esta su mérito. Posiblemente fue lo único positivo que hicieron los nacionalismos vasco y catalán durante el siglo XX y hasta ahora.