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domingo, 2 de mayo de 2010

Pániker e Israel, por José Cohen, LD


Salvador Pániker.
El pasado día 21 el filósofo Salvador Pániker arremetía en un artículo en El País (no podía ser de otra manera) contra el Estado judío y los judíos. El libelo panfletario de Pániker: "Israel, un error ya consumado", es toda una joya del antisemitismo presente y pasado. Ciertamente, ya estamos acostumbrados a que el diario de Prisa ceda gustosamente su tribuna a quienes tienen algo que decir contra Israel y los judíos, ora bajo el disfraz de la crítica a Israel, ora descaradamente, como en esta última ocasión.
Y es que el artículo de Pániker está repleto de inexactitudes, incongruencias y topicazos antisemitas.

Comienza nuestro filósofo con una interesante reflexión acerca de cómo deberían vivir los judíos en la diáspora (las negritas son mías):
Algunos amamos tanto a los judíos que preferiríamos tenerlos entre nosotros, diseminados, diluidos, enriquecedores, fértiles, cruzados con los gentiles, en vez de tenerlos aislados en un Estado nación artificial que sólo ha generado desgracias desde su nacimiento.
Lo cual debería traducirse: "Algunos amamos tanto a los judíos que preferiríamos que desaparecieran". Después de todas las persecuciones de que han sido víctimas, resulta realmente tronchante que el hipócrita de Pániker no tenga más idea que exigir a los judíos que renuncien a su derecho a vivir en paz en su patria ancestral y se asimilen. Así, concluye Pániker, los gentiles tendrían mejor forma de expresarles el inconmensurable amor que, como todo el mundo sabe, les profesan.
Ironías aparte, lo cierto es que, gracias a D-i-os, ha sido precisamente el Estado de Israel el que ha dotado a los judíos, después de más de tres mil años, de cierta seguridad y tranquilidad, así como de la posibilidad de defenderse de sus enemigos, que no es poco.
 
Pero Pániker no solo tiene la infame pretensión de que los judíos abandonen para siempre la idea de vivir en un Estado propio. Va mucho más allá y aboga por la asimilación total de los hebreos de la diáspora:
¿Por qué no dejar que "lo judío" –igual que lo helénico o lo romano– se acabara diluyendo en la gran corriente secularizada de la civilización occidental?
¡Eureka! Si no hay judíos, no hay problema.
Esta asimilación que tanto predicaban los iluministas judíos y no judíos de los siglos XVIII y XIX, de la que Pániker es admirador, fracasó: ahí está la Shoá. En aquel entonces, muchos judíos, como ahora Pániker, pensaban que todos los problemas acabarían si renunciaban a su judaísmo. Karl Marx, por citar un ejemplo, en su análisis sobre la cuestión judía afirmaba que los hebreos, para lograr la plena emancipación e igualdad, debían olvidarse de su estirpe. Y entonces, con toda la asimilación judía en auge, llegó Auschwitz.
 
¿Qué habría sido de nosotros, los judíos, si no tuviéramos, no ya un Estado propio, sino una fe inquebrantable, unas tradiciones a las que aferrarnos, unas estrictas reglas religiosas y de convivencia, un código moral que respetar y unas leyes que cumplir? Habríamos, probablemente, desaparecido y estaríamos diseminados y diluidos entre las naciones, que es lo que Pániker realmente quiere; es decir, el fin del pueblo judío.
 
Finalizado su argumentario antijudío, Pániker se ceba con Israel:
La mala conciencia de los gentiles alcanzó entonces su cénit, y el mundo ya no vio con malos ojos el invento de ese Estado artificial, el nuevo Israel. Una idea utópica y abstracta convertida en realidad a costa del desdichado pueblo (palestino) que tenía la mala suerte de estar "ocupando" una "tierra prometida" por un viejo dios celoso a unas viejas tribus errantes, tres mil años atrás. Y así, en 1947, la ONU acuerda dividir Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe.
Nuestro sujeto pasa por alto los tres mil años de presencia ininterrumpida de los judíos en Israel y el apego histórico y sentimental de éstos para con su tierra. Pániker ignora que no hubo momento alguno en toda la historia en que los judíos abandonasen su sueño de regresar a Tierra Santa. E ignora también un hecho fundamental para entender el contencioso árabe-israelí: la inexistencia de un sentimiento similar por parte de los árabes-palestinos.

Los mal llamados palestinos ("mal llamados" porque nunca existió un pueblo palestino como tal), hasta bien entrada la mitad del siglo XX jamás se preocuparon de reivindicar un Estado propio. Sólo cuando la ONU reconoció de pleno el derecho de los judíos a regresar y (re)fundar su nación, empezaron entonces los palestinos a reivindicar algo que jamás fue suyo. Pero Israel aceptó, acatando la Resolución 181 de Naciones Unidas. Los árabes, como ahora, se negaron a reconocer la creación del Estado judío y prometieron echar a los judíos al mar (una pena para Pániker que no lo consiguieran). Y así comenzó la desdicha palestina.
 
El final del artículo es todo un recital de judeofobia: Pániker culpa a los judíos de todo cuanto sucede en Oriente Medio, lamenta que los israelíes salieran victoriosos en la guerra de 1967 (que desencadenaron los árabes) y que sean reacios a ceder los territorios ganados entonces; y, por último, cómo no, se entrega a hablar del "poder del lobby israelí", o lo que es lo mismo, la perversa dominación mundial que ejercen los judíos, mito judeófobo por excelencia.
 
A favor de Pániker he de decir que se agradece su honestidad. Viene siendo práctica extendida que los judeófobos modernos, a fin de que no les vea el plumero, maquillen su odio a Israel y a los judíos con latiguillos como "No soy antisemita, soy antisionista", "No tengo nada contra los judíos, ¡sólo estoy criticando a Israel!" o, mi preferida, "Tengo amigos judíos".
 
Bravo, pues, Pániker, por expresar tan claramente lo que piensas. A los ojos de quien escribe has quedado perfectamente descrito: no eres más que una vulgar sabandija anti-judía. El "error histórico" no es Israel, como afirmas; eres tú. No obstante, espero y deseo de todo corazón que, a pesar de tu avanzada edad, logres vivir varios años más para que puedas seguir lamentándote por la continuidad y existencia del pueblo judío y de Israel.
 
Ah, a todo esto: ¡felicidades, Israel, por tu 62º aniversario! Por muchos años más.


JOSÉ COHEN (cohen.jose@gmail.com), abogado.
 

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