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domingo, 2 de mayo de 2010

Israel, un error ya consumado, por Salvador Pániker, El País

 El pueblo judío ya construía en Jerusalén hace 3.000 años, y el pueblo judío sigue construyendo en Jerusalén hoy". Son palabras recientes del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, unas palabras que delatan nítidamente el problema, esos supuestos 3.000 años de Estado judío potencial. Un problema, pues, fundacional. Veamos.

Algunos amamos tanto a los judíos que preferiríamos tenerlos entre nosotros, diseminados, diluidos, enriquecedores, fértiles, cruzados con los gentiles, en vez de tenerlos aislados en un Estadonación artificial que sólo ha generado desgracias desde su nacimiento. Porque nos reconocemos en los grandes -y pequeños- nombres de la diáspora. Porque somos herederos de Newton, Einstein, Freud, Marx, Spinoza, Proust, Kafka, Wittgenstein, Lévi-Strauss, Mendelssohn, Mahler, Schönberg, Gershwin, Chagall, Modigliani. Y de Woody Allen, Billy Wilder, Noam Chomsky. Y porque al menos 170 premios Nobel son judíos. Y etcétera, etcétera.

Quiere decirse que muchos pensamos que la creación, en 1947, de un Estado de Israel fue un error histórico, acaso inevitable, pero un error al fin. Un error que, entre otros males, ha generado el de la perpetua humillación del pueblo árabe. El propio Arthur Koestler, que era judío, consideraba que "la resurrección, al cabo de dos mil años, de Israel como nación es un fenómeno aberrante de la historia". Y lo mismo pensaban muchos otros intelectuales judíos de la época, entre ellos Hanna Arendt. Y hasta el propio Primo Levi, el judío italiano que sobrevivió a Auschwitz, declaró una vez que la creación del Estado de Israel era "un error en términos históricos".

Cabía pensar, por consiguiente, que una vez consumada la intrusión, por lo menos Israel se comportaría con humildad y moderación. Cabía esperar que, siguiendo el consejo de Yehudi Menuhin, israelíes y palestinos lo compartirían todo. Pero, en vez de ello, a la menor provocación, Israel ha respondido con criminal brutalidad. Ciertamente, las primeras guerras de Israel con sus vecinos fueron defensivas; pero habiéndolas ganado todas, la situación ha cambiado. Esta situación tuvo un punto de inflexión en 1967, a raíz de la Guerra de los Seis Días y la ocupación de los territorios palestinos. Y, desde entonces, la espiral del odio ha seguido creciendo, y la herida se ha ido infectando cada vez más, y el aislamiento de Israel ha sido creciente. Escribía el judío Edgar Morin, en Le Monde del 21 de febrero de 2001: "Cuanto más quiere Israel asegurar su seguridad presente por la fuerza, más crece su inseguridad futura", concluyendo que la perpetuación de la política agresiva es suicida para el propio Israel. De idéntica opinión es el gran músico, también de origen judío, Daniel Barenboim.
A mi juicio, y como lo tengo escrito en otro lugar, es ya el radicalismo en el sentimiento de identidad judío el que pertenece a la patología de la historia.
Una patología que remite a la intransigencia fundacional de las grandes religiones monoteístas. De entrada, las peculiaridades del propio judaísmo. Su ambivalencia esencial. En unos famosos estudios, Max Weber explicó que lo que caracterizaba a la primera religión judía no eran las prácticas sacrificiales, sino la observancia de la Ley. Ello fue un importante paso en el proceso de secularización. Los judíos inventaron el racionalismo ético, igual que los griegos inventaron el racionalismo lógico. Ahora bien, por otra parte, el judaísmo es también una religión de la alianza de Dios con el pueblo escogido, y esto es un mal precedente. Los profetas fueron unos furibundos nacionalistas que vislumbraron el día en que Yavé destruiría a los gentiles. Yavé, como es sabido, no les hizo mucho caso. ¿Por qué entonces forzar la marcha de las cosas? ¿Por qué, finalmente, volver a construir una nación sobre unas remotas bases étnicas y religiosas? ¿Por qué no dejar que "lo judío" -igual que lo helénico o lo romano- se acabara diluyendo en la gran corriente secularizada de la civilización occidental?

Conocemos la respuesta, patética y dramática. Los dos polos de una dialéctica irracional. En primer lugar, históricamente, la singularidad del pueblo judío, su intransigencia religiosa, su negativa a dejarse asimilar. Junto a ello, el antijudaísmo de los "pueblos cristianos". Primero fue el tema de la culpabilidad colectiva por "deicidio". Pero el verdadero antisemitismo (término, por cierto, incorrecto pues hay otros semitas además de los judíos) no comienza en Europa hasta el siglo XI, cuando el papa Urbano II desencadena la primera de las Cruzadas. A partir de entonces, los judíos serán puestos fuera de la ley, confinados en guetos, convertidos en chivos expiatorios de infinidad de males: guerras, epidemias, crisis económicas...; los judíos serán expulsados de Inglaterra, Francia, España, Portugal... Habrá que esperar al Siglo de las Luces para que las naciones cristianas cobren una mínima conciencia de toda esta injusticia, y no será hasta bien entrado el siglo XIX cuando comiencen a abolirse las restricciones legales de los judíos en una parte de Europa. Pero hubo pogromos en Rusia a finales del siglo XIX, hubo el affaire Dreyfus en Francia a principios del siglo XX, y así, al amparo de los aires "nacionalistas" del romanticismo, nació la idea del sionismo y de un Estado Judío (Theodor Herzl).
Desde las postrimerías del siglo XIX comenzaron a funcionar en Palestina las primeras granjas colectivas, los famosos kibutzim, que fueron un invento de inmigrantes judíos rusos, en parte influenciados por las ideas de Tolstoi. El caso es que llegó un momento en que Gran Bretaña, allá por los años veinte del siglo XX, accedió a fundar el Hogar Nacional Judío, germen del futuro Estado de Israel. Los sueños del señor Herzl comenzaron a convertirse en realidad: un Estado artificial en una supuesta tierra de nadie, Palestina. Y aun así, lo más probable es que la idea no hubiese prosperado de no haber surgido la catástrofe hitleriana. Stefan Zweig, en su conmovedor testimonio de la barbarie nazi, explica que en la Europa anterior a la Segunda Guerra Mundial, los judíos se sentían ya mucho más ciudadanos de sus respectivos países que judíos propiamente dichos. Algunos, como los Wittgenstein de Viena, ni siquiera estaban seguros de ser judíos. El gran Niels Bohr, medio judío, se sentía ciudadano del mundo, como tantos otros científicos. ¿Y acaso no renegaron Marx y Freud de su pertenencia al "pueblo elegido"? Ellos eran hijos de la cultura europea laica, nada que ver con la sinagoga ni con un hipotético Estado de Israel. Pero todo cambió con el delirio de Hitler, el Holocausto, Auschwitz, los emigrantes que huían de la catástrofe.

La mala conciencia de los gentiles alcanzó entonces su cénit, y el mundo ya no vio con malos ojos el invento de ese Estado artificial, el nuevo Israel. Una idea utópica y abstracta convertida en realidad a costa del desdichado pueblo (palestino) que tenía la mala suerte de estar "ocupando" una "tierra prometida" por un viejo dios celoso a unas viejas tribus errantes, tres mil años atrás. Y así, en 1947, la ONU acuerda dividir Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe. Los árabes rechazan esta solución, y el resultado ha sido más de medio siglo de sangrienta inestabilidad, Israel mantenida con la ayuda financiera americana, y la sociedad de los palestinos brutalmente destruida. Desde 1967, Israel ocupa territorios que bajo ningún concepto le pertenecen. Una situación injusta y explosiva que es un escándalo que no se haya resuelto todavía, y que da idea del poder que tiene en América el lobby israelí.

Ahora bien, a pesar de sus múltiples pecados de origen, el Estado de Israel es un hecho irreversible, un error histórico ya consumado, y hoy procede contar con ello. Es un tema geográficamente minúsculo, pero simbólicamente muy relevante. Un tema clave para la relación Occidente-Islam, como ha comprendido muy bien la actual Administración norteamericana. Un tema, pues, que hay que tocar con exquisito cuidado, a plena conciencia de toda su compleja y terrible genealogía.
Salvador Pániker es filósofo.
El País

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