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sábado, 10 de abril de 2010

Los cuentos de Bibí, por Alfonso Ussía

El  Ministerio de la Igualdad y su Instituto de la Mujer, con doña Bibí y doña Laura Seara a la cabeza –la de los mapas del clítoris–, se han propuesto desplazar o prohibir los cuentos de Blancanieves, la Cenicienta y la Bella Durmiente del Bosque por machistas y trasnochados.
En esto se gastan el dinero de los españoles, con el apoyo de la UGT, que manda narices.
A Caperucita Roja la dejan en paz por ahora por el color de la capucha, que si fuera naranja, verde o azul, no quedaba de Caperucita ni la cesta de la merienda ni el rabo del pobre Lobo Feroz.
La medida adoptada es una de las fundamentales de la nueva campaña de doña Bibí «Educando en Igualdad».
Ay, esos cuentos machistas.

Propongo que en lugar de arrinconarlos, se adapten al progresismo intelectual que doña Bibí representa, encargando las nuevas versiones al poeta oficial García Montero –también sirve Suso de Toro–,  y encomendando la cuidada edición de «Los Cuentos de Bibí» al editor Chus Visor, con subvención asegurada, claro está.  De esta manera, nada saldría de casa. «Bambi» también se salva de momento, por temor a la reacción de las hermanas góticas.  Algo es algo.

La Cenicienta es intolerable. Sumisa, obediente, humillada por una tía y unas primas asquerosas, y con unas pretensiones sociales inaceptables en una mujer de hoy.  Recomiendo al autor de la nueva versión que Cenicienta sea una agente cubana o palestina, que soporta toda suerte de desprecios y desaires –barrer, fregar y lavar la ropa de las guarras de sus primas–, para pasar desapercibida y culminar su objetivo. Asesinar al Príncipe.  Se suprimiría el episodio del zapato de cristal, porque no encaja en la nueva visión de la Cenicienta.  Y a la tía y las primas se les aplicaría la Ley de Memoria Histórica, con Garzón o sin Garzón, con severas penas de reclusión.

Blancanieves está preocupada por su mapa del clítoris, y los enanos se enfadan bastante. Llegan de la mina y la casa está desordenada, sin hacer.  Además, Blancanieves ha comprado latas de conserva para no cocinar, y ha organizado en una dependencia de la casita un taller de masturbación.  Termina liándose con el Mudito, queda embarazada, y a las doce semanas decide abortar porque lo que lleva dentro de sus entrañas es un ser vivo pero no humano, y además le puede salir enanito como su padre.
La Bruja es Esperanza Aguirre y el Príncipe no tiene que darle un beso para que se despierte, porque a la Bruja le importa un bledo Blancanieves desde que es socialista, y no quiere saber nada del cuento.

Y la Bella Durmiente del Bosque, que siempre está cansada, se convierte en liberada de UGT y se dedica a hacer mapas del clítoris en colaboración con Almudena Grandes.  Es decir, tres mujeres de hoy y no tres pesadas fascistas del ayer. Ardo en deseos de leer las nuevas versiones de tan deleznables cuentos, que tanto daño han hecho a cinco generaciones de mujeres de España, hasta que llegó Bibí. 
Y una revelación final, que espero no dañe la sensibilidad de nuestra infancia. De buena tinta he sabido –no me pidan la identidad del informador porque he prometido mi silencio–, que Alicia, la del País de las Maravillas, no es virgen.  Y todo, gracias a Bibí.

La Razón

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