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lunes, 8 de marzo de 2010

Los fascistas y las cotorras, por José García Domínguez, ABC

SALVADOR Espriu, el poeta más laureado por el nacionalismo doméstico, amén de dilecto hermano del camarada José Espriu Castelló, legendario jefe que fuera del SEU catalán, muy supremo jerarca pedáneo de Falange Española y de las JONS, y temible martillo de demócratas en la Barcelona anémica del estraperlo y el cuplé, solía repetir que su misión en este valle de lágrimas era recuperar los significados de las palabras. «Però hem viscut per salvar-vos els mots/ per retornar-vos el nom de cada cosa...», dejaría escrito en memorable verso. Sin embargo, el hombre fracasó en su empeño. Repárese si no en la errática perversión que ha sufrido el significado germinal de la voz «fascista» -o «feixista», que tanto monta-, entre nosotros.
He ahí, de un autocomplaciente cuarto de siglo a esta parte, los asilvestrados hijos putativos del patriota Salvador Cardús, prietas las filas e impasible el ademán, imponiendo al gallardo modo que se amordace a todo aquel que no asienta sumiso a los mantras de la vulgata catalanista. Una forma de vandalismo institucionalizada , la suya, que en las aulas de las universidades alcanza ya la solera de respetable tradición canónica. Así, el conato de linchamiento que acaba de sufrir una representante de la soberanía nacional dentro de un edificio de la UAB no constituye inopinada excepción, sino rutinaria obediencia de la norma consuetudinaria. Recordemos, sin ir mucho más lejos, los precedentes parejos de Fernando Savater, Gotzone Mora, Jon Juaristi, Francisco Caja, Aleix Vidal Quadras, José María Aznar ... En fin, es de sobra conocido: el fascismo más que una ideología encarna una actitud.
Cuenta Cesare Pavese que en Italia empezó a ganar definitivamente la partida en un viejo vagón destartalado que atravesaba el sur profundo. Era verano, hacía un calor pegajoso; los pasajeros, agotados, trataban inútilmente de dormir; chorreaban sudor todos, agolpados unos contra otros. El traqueteo desacompasado del convoy, los asientos de madera, el humo de la chimenea, el ruido, todo se aliaba para hacer insufrible la lentitud de aquella máquina. De pronto, un camisa negra se puso en pie y dio en parlotear con tono estridente. Berreaba sandeces sobre la nación, la identidad y la patria. El hombrecillo se iba excitando cada vez más, hasta que comenzó a teñir de amenazas lo que para entonces ya se había convertido en una arenga.
El tipo parecía incansable. Aunque las falacias que escupía a borbotones podrían haber sido refutadas por muchos de los que recorrían las vías a su lado. Pero ninguno lo hizo. Todos permanecieron callados. Les pudo la fatiga, el sopor... y el miedo. En consecuencia, aquel charlatán inasequible al desaliento continuó hablando y hablando sin que nadie le replicase, hasta que el tren llegó a su destino. Seis meses después de aquel viaje, comenzaría la Marcha sobre Roma. Por cierto, ¿dónde andarán a estas horas las cotorras oficiales de TV3, Catalunya Ràdio, Radio 4 y BTV? ¿Quizá visionando «Habla, mudita» en la hemeroteca?

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