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martes, 2 de marzo de 2010

El estraperlo de la política, por Ignacio Camacho, ABC

ESE partidito corrupto de Mallorca, el de la princesa Munar, no es más que uno de tantos beneficiarios del mercado negro de la política, donde la quincalla ferretera de las bisagras se cambia por el oro contante de las parcelas de poder. El que permite que una ciudad de 700.000 habitantes, como Sevilla, la gobiernen de hecho tres concejales de Izquierda Unida con poco más de 25.000 votos. El que ha convertido las islas Baleares en una cleptocracia. El que sostiene en Cantabria al espabilado populismo de un Revilla. El que ha hecho de Canarias un feudo agiotista. El mercado negro no son los legítimos pactos de mayorías con minorías, que forman parte de la esencia de la política democrática, sino la turbia operación especulativa que otorga a ciertas fuerzas minoritarias, constituidas con expresa vocación de rapiña, tanto más poder cuanto menor es su respaldo electoral. El que deposita el preciado lápiz del Urbanismo en manos de grupúsculos de intereses. El que cada cuatro años convierte las elecciones locales y autonómicas en una tómbola en la que los premios son más gordos mientras menos papeletas (de voto) obtienen sus beneficiarios.
 
Estamos a poco más de un año de una nueva edición de este obsceno espectáculo de mercadeo que a menudo subvierte la voluntad ciudadana en provecho de los y las munares de turno. La ley que lo permite está intacta y nadie ha hecho el más mínimo esfuerzo por cambiarla. En junio de 2011, cuando los pactos postelectorales conviertan los ayuntamientos y las autonomías en una feria de saldos, se oirán como de costumbre las voces de los perjudicados, ganadores legítimos que verán birlado su triunfo por un cambalache de tráfico de intereses. Pero ya no tendrán razón de queja. Llevamos años asistiendo al mismo trueque, a idéntico regateo de consejerías y delegaciones, a similar reparto de dividendos y plusvalías a espaldas de los votantes, sin que se haya detectado una mínima voluntad de evitar ese expolio. Está por ver incluso que los sucesores de Munar no acaben de nuevo llevándose el manso en una alianza de gobierno con cualquiera de los dos grandes partidos que ahora castañetean sus dientes con proclamas de desengaño. Como si no hubieran sabido, primero el PP y luego el PSOE, con quién se estaban jugando literalmente los cuartos. No los suyos, lo de los ciudadanos.
 
Hasta que no se reforme el sistema electoral, hasta que alcaldes y presidentes autonómicos no salgan elegidos según la proyección directa del voto por mayoría simple o por doble vuelta, habrá munares con el cazo presto para especular en el estraperlo de la política. Y se seguirán fundando partiditos localistas o cantonales dispuestos a transformar sus puñados de sufragios en bisagras de alquiler con las que comprar privilegios y prebendas. Y continuará degradándose el crédito de una democracia en la que a menudo sale rentable el contrabando.

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