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domingo, 14 de febrero de 2010

El día que Europa rozó la catástrofe, El País

Jueves 11 de febrero, 10.30 de la mañana. Un discreto Herman Van Rompuy se estrena como presidente de la UE en una cumbre agitada por la tragedia griega, la crisis fiscal que se extiende como un virus potencialmente mortífero por el sur de Europa, desde Atenas a Lisboa. Van Rompuy, según la reconstrucción elaborada por EL PAÍS, se ha visto obligado a retrasar unas horas -con la excusa de la tremenda nevada que cubre Bruselas- la reunión de Jefes de Estado de los Veintisiete: los mercados dan por buenas las informaciones que hablan de un acuerdo para rescatar a Grecia y a cualquier otro país con problemas, pero en realidad no hay tal pacto. No hay apenas nada: tan sólo declaraciones de buena voluntad política. Cuando hay que materializarlas, reaparecen las habituales querellas paneuropeas: Alemania, el país con los bolsillos más llenos, lleva meses resistiéndose a diseñar un mecanismo anticrisis que suponga "gastar para solucionar el problema de los pillos", en palabras de la canciller Angela Merkel.
Van Rompuy forzó una reunión 'in extremis' con Grecia, Alemania y Francia
Berlín se resistía a ayudar a Atenas y a detallar el plan de rescate
Se creó un grupo de trabajo secreto para diseñar un mecanismo anticrisis
Los titubeos de la eurozona son "una negligencia grave", según el Eurogrupo
Merkel reclama a Atenas un ajuste aún más severo del que ha iniciado
Algunos expertos reclaman un Fondo Monetario Europeo para los rescates
La crisis pone de manifiesto desajustes fiscales, laborales y sociales
"Grecia aún tiene fuelle, pero la crisis fiscal se alargará", dice un experto
Van Rompuy es consciente de que sin el pacto los mercados caerán sin misericordia sobre Grecia, Portugal y España, en un ataque potencialmente desastroso para la eurozona en su conjunto, y convoca una reunión de urgencia con Merkel, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y el líder griego, George Papandreu, a la que luego se unen el presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, y el de la Comisión, José Manuel Durão Barroso. En poco más de dos horas fuerza una solución in extremis, histórica y a la vez decepcionante. Ésa suele ser la divisa de Bruselas.
La eurozona dice a las claras, por primera vez, que no va a dejar caer a ningún país, y al menos eso sirve para mantener la calma en los mercados: los especuladores han plegado velas tras varias semanas de ataque feroz, tras convencerse de que el pacto estaba cocinado, listo para servir. La Unión logra así un acuerdo de mínimos y a la vez se ahorra todo tipo de detalles acerca del rescate: es sólo una solución transitoria, una declaración de intenciones, un arma de disuasión. No hay dinero, ni siquiera se ha articulado un mecanismo, nadie sabe cómo se va a armar el salvamento griego si al final fuera necesario apoyar a Grecia o a cualquier otro país, algo que los expertos consideran probable si la crisis se alarga.
Se ha criticado la vaguedad del pacto, pero la realidad es otra: "Habría sido una catástrofe no alcanzar un acuerdo sobre Grecia", asegura uno de los seis asistentes a esa reunión decisiva -que pone punto y seguido a la primera gran crisis del euro desde su creación, en 1999-. La crisis de deuda europea empieza a trazar así claros paralelismos con la crisis subprime y el plan aprobado por EE UU para salvar a la banca en 2008. "Íbamos al descalabro total", explicó en su día George Bush para argumentar la necesidad de aprobar el plan de rescate multimillonario a la banca. Se ha dado el primer paso para evitar el desastre, viene a decir ahora la Unión, aunque esta vez no sean los bancos sino los Estados quienes pueden necesitar ser salvados de la quema.
Europa se ha movido con extremo sigilo para lograr ese acuerdo, pero también con la habitual esclerosis institucional. Un día antes del encuentro decisivo, el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker -muy activo en todas las negociaciones previas pero ausente en la reunión definitiva por su falta de sintonía con Sarkozy, según algunas fuentes- convocó con la máxima urgencia una teleconferencia de los 16 ministros de Economía. El orden del día era el de siempre: Grecia, cuya situación se había agravado en la última semana tras la llamada reunión de los esquimales, que alude a la mantenida por los ministros de Finanzas del G-7 en Iqualit (Canadá) el 5 y 6 de febrero. De Canadá se salió sin un mensaje claro y eso alimentó los ataques sobre la deuda griega (y la portuguesa, y la española), y una fuerte pérdida de valor del euro. Pero de nuevo la teleconferencia se saldó sin resultados. El supuesto pacto francoalemán no era sino una especulación fundada. Pero no había forma de desencallar el acuerdo pese al reguero de reuniones: Papandreu se vio con Sarkozy y Merkel unos días antes, y hubo también varios contactos entre París y Berlín para seguir la crisis griega.
Juncker calificó ayer de "negligencia económica grave" esa actuación titubeante de la eurozona. Papandreu ha ido más lejos y ya habla del daño que la inacción europea provoca en Atenas, con Grecia "convertida en un laboratorio animal en medio de la batalla entre Europa y los mercados".
Las dificultades para diseñar un rescate con ayudas más explícitas proceden de Alemania. Berlín tiene dos problemas serios que no le permiten ceder. Por un lado, la complejidad de un Gobierno de coalición entre democristianos y liberales, en el que algunos de sus miembros se han mostrado radicalmente en contra del proyecto de rescate. Por otro, la opinión pública alemana, en la que ha ido fraguando la idea de que los trabajadores "no quieren pagar los déficits de otros países", según una alta fuente comunitaria. "La crisis hace emerger la eterna lucha entre la necesaria solidaridad europea y los intereses nacionales", señala un analista de un think tank.
Merkel sacó en Bruselas toda la artillería: reclamó a Grecia un severo ajuste (aún más allá del tijeretazo ya aprobado, que supone recortes del gasto público, de salarios, de pensiones y una fuerte subida de impuestos) y recordó las sentencias del Constitucional alemán sobre el Tratado de Maastricht, que alumbró el euro, y sobre el reciente Tratado de Lisboa. Esas sentencias prohíben adoptar cualquier medida que ponga en riesgo la estabilidad monetaria.
Hay que conocer la historia para escapar de ella: Alemania lo sabe bien y no quiere despertar viejos fantasmas. Pero a la vez la crisis obliga. "Europa es cuando todo el mundo se pone de acuerdo y Alemania paga", ironiza Daniel Gros, del Center for European Policy Studies. "Ha empezado un baile entre los griegos, los alemanes y los mercados. El nerviosismo puede haberse calmado, y Grecia tiene fuelle para bailar, para resistir unos meses. Pero las crisis fiscales no se resuelven en unos meses y los nervios van a reaparecer. La eurozona tiene que ir más allá de la declaración de intenciones y crear un mecanismo de rescate, un Fondo Monetario Europeo. Esa decisión no pasa por Bruselas: pasa por Berlín, que dispone del dinero", sostiene Gros.
Lo cierto es que todas las reuniones preparatorias finalizaron sin acuerdo y el pasado jueves la tormenta seguía viva -aunque menos activa- en los mercados. Formalmente, el Consejo Europeo había convocado la reunión para debatir medidas para salir de la crisis. Grecia barrió ese orden del día. La crisis fiscal del sur de Europa lo eclipsa casi todo desde hace tiempo. "Al cabo, los mercados sobrerreaccionan... Y los políticos necesitan sobrerreaccionar igual", según el economista estadounidense Larry Summers.
Pero no está nada claro que la reacción de la Unión sea suficiente. Aun así, "lo que es seguro es que la ausencia de respuesta hubiera llevado al pánico a los mercados", asegura el economista Santiago Carbó. Van Rompuy, el hombre que ha sido capaz de pacificar Bélgica, sabía que un asunto tan espinoso no podía solucionarse sin preparar la cumbre a conciencia. Por esa razón convocó en su despacho a Sarkozy, Merkel y Papandreu, a quienes leyó el documento final de la cumbre, que él mismo había redactado la noche anterior. Un texto de apenas cinco párrafos que deja la pólvora para el final: "Los Estados de la zona euro tomarán medidas coordinadas, si es necesario, para preservar la estabilidad financiera de la zona euro en su conjunto". Durante más de dos horas el improvisado directorio debatió "con cierta tensión" los desafíos del plan de austeridad y las posibles ayudas.
Así se fraguó el acuerdo, que ha causado cierta decepción en algunos círculos por las expectativas creadas. "Esto es lo máximo que pudimos hacer por Grecia", comentó uno de los miembros de ese reducido directorio. Con el texto pactado en la mano, Van Rompuy se dirigió a la Biblioteca Solvay, un edificio que evoca un cierto modo de entender el capitalismo, tal vez algo más social, con rostro humano. En esa sala solemne le aguardaban los líderes de los Veintisiete. Van Rompuy presentó el texto, que fue aceptado íntegramente "sin discusiones". "No hubo intervenciones", señala uno de los asistentes.

ANDREU MISSÉ / CLAUDI PÉREZ - Bruselas / Madrid - 14/02/2010  EL PAIS.

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