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sábado, 16 de enero de 2010

Los fastos de la necia arrogancia, José T. Raga

Se diría que nadie, hasta ahora, ha sido presidente del Consejo de la Unión Europea, siendo así que Europa, la vieja Europa, reclamaba a voces la existencia de un líder que guiase sus descarriados pasos. Finalmente, la Providencia entregó al señor Rodríguez Zapatero como la estrella llamada a iluminar el oscuro camino en el que estaba sumido el viejo continente. Europa ya puede dormir tranquila. ¡Gracias Señor por el favor que nos concedes! Se preguntarán ustedes que por qué me muestro preocupado. Y la verdad es que lo estoy. Estoy preocupado como europeo pero, si se quiere, más aún como español. Al fin y al cabo, a nadie le gusta que a un miembro de la familia, por vicioso, por indolente o por incompetente que sea, se le vapulee y se le vitupere fuera del ámbito familiar. Siempre se ha dicho que "la ropa sucia hay que lavarla dentro de casa". Pues bien, apenas transcurrida la primera semana de presidencia española de la Unión Europea, ya se han producido las primeras reacciones ofensivas, que no por esperadas dañan menos el honor de una nación y de sus ciudadanos.
El título empleado por el Financial Times no puede ser más insultante: "Una España torpe guiará a Europa". No se olvide que el Financial Times es un periódico de referencia, que se lee en todo el mundo. Y ya ven ustedes el primer problema: el rotativo británico no dice que un torpe Rodríguez Zapatero guiará a Europa, lo que también tendría que dolernos como seres gobernados por el "torpe", sino que se refiere a la España torpe, y ahí, por mucho que queramos mirar para otro lado, ahí, estamos todos, ustedes y yo; y, qué quieren que les diga, no me hace ninguna gracia.
Además, sinceramente, creo que el editorial de referencia otorga demasiado poder a quien en definitiva no pasa de detentar, por primera vez en la historia de la Unión Europea, y por mucho que se ufane, un tercio del poder presidencialista, pues tendrá de un lado el freno que siempre ha existido del presidente de la Comisión y, además, esa nueva presidencia más permanente que emana del Tratado de Lisboa: el presidente del Consejo Europeo, que con dedicación a tiempo completo y nombrado por un período de dos años y medio, renovable por otro plazo igual, tiene concedidas en el Tratado amplias atribuciones de Gobierno. Ello por no hablar del propio freno del Consejo de Ministros de la Unión que pueden dejar inoperante la presidencia cuando las propuestas de ésta rayen el límite de lo absurdo.
Por ello me pregunto el porqué de tantos fuegos artificiales a mayor gloria de la presidencia española de la Unión Europea. ¿Son maniobras de distracción de los problemas profundos que aquejan a nuestra Nación? ¿Son quizá expresiones fastuosas para despertar el papanatismo y la admiración de los menos informados? ¿Se trata posiblemente de mensajes para que el pueblo español asuma que durante seis meses no va a aceptar que se le maree con nimios problemas nacionales, cuando él, el señor presidente del Gobierno español, está llamado a ocuparse de los problemas cósmicos que confluyen en la Unión Europea? La verdad es que no lo sé. Lo que sí que sé es que, de momento, y que no hemos hecho más que empezar, ya ha empezado a gastar dinero, parte del cual lo he sacrificado de mi renta mediante impuestos.
Los objetivos del gasto pueden ser los menos imaginables por los ciudadanos de a pié. Por ejemplo en diseño de muebles para las reuniones que se tengan en España con los mandatarios extranjeros. La memoria histórica, que tanto pregona, no le ha permitido recordar que el Patrimonio Nacional dispone de una riqueza en esos activos acumulados por la tradición –tanto del período de los Austrias, como de los Borbones– que si no es el mayor del mundo estará entre los dos primeros.
Mientras tanto, el secretario de Estado de Economía, Don José Manuel Campa ya se ha curado en salud al afirmar que se tardará al menos cinco años en volver a los niveles de empleo del año 2007; y ha hecho bien en precisar que "al menos", pues muchos somos los que suscribiríamos ya que en un lustro se redujera el desempleo a los niveles en que estaba en aquel año de inicio de la crisis. El porqué es bien sencillo: porque no se está haciendo nada para hacer frente a la crisis. Como buen ejemplo de la izquierda hispánica –la europea ya anda por otros derroteros– todo el conocimiento, todo el saber y toda la imaginación, se limitan a tirar de presupuesto para subvencionar lo propio y lo extraño. Da igual que sea un subsidio de desempleo a quien no tiene derecho, que sea una subvención a los compradores de automóviles, porque hay que ayudar a los fabricantes de vehículos, sean nacionales o extranjeros, como que se trate de esfuerzos financieros para premiar la desastrosa gestión de determinadas entidades, manteniendo al máximo el secreto de sus interioridades para no provocar escándalo que suponga desdoro para las personas por sus conductas, probablemente delictivas.
Y ahí acaba la historia, pues como ha venido a reconocer el señor presidente del Gobierno de España, su ideología no permite hacer otra cosa. Sin tener en cuenta que de ideología vive él y quizá su corte, pero el parado necesita trabajo y salario para una vida honesta y digna y, ante eso, cualquier ideología debe inclinar la cerviz para resolver el problema acuciante de tantas familias privadas por completo de ingresos para la subsistencia.
Esto, que visto desde España con nuestro proverbial providencialismo, ya es grave, desde Europa resulta alarmante. Yo creo que por ahí viene la preocupación. No tanto por la tontería de sacar a Europa de la crisis en los seis meses de presidencia, sino en que no se marchiten los primeros signos de recuperación, ya visibles en algunos países antes de la llegada del presidente Rodríguez Zapatero.
Mientras tanto, el nuevo presidente español de la UE monta reuniones con unos pretendidos sabios, donde a la luz de la foto de trabajo –poca actividad se percibía en ellos– costaría mucho detectar la presencia de un simple experto; en cuanto a lo de sabios, sólo se me ocurre pedir un poco de respeto al valor que tal vocablo entraña.

Libertad Digital

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