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sábado, 2 de enero de 2010

Dudoso honor profesional, Pío Moa, LD

Recuérdese que cuando Ricardo de la Cierva plantó cara casi en solitario a la sistemática falsificación de la historia por la izquierda, la derecha contribuyó a aislarle, asestándole de paso unas cuantas puñaladas traperas. Una actitud que, por inesperable, resultaba más artera que la de la izquierda y los progres.
Veo ahora en ABC una entrevista a Ángel Viñas por su último libro, y no puedo menos que acordarme de las entrevistas que me hizo la prensa de derechas por mi libro Años de hierro, es decir, ninguna. Ni siquiera reseñas. Silencio casi absoluto. Y tiene su lógica. Como dice el entrevistador, el de Viñas “es el libro de historia más esperado de este primer trimestre editorial”, mientras que Años de hierro carece de todo interés para la izquierda y para la derecha, no se sabe cuál de ellas más concernida en falsificar el pasado. De hecho, agradecí a Público su entrevista, aunque de ella se valieran otros izquierdistas para intentar meterme en la cárcel.
El libro de Viñas se titula El honor de la República, honor que él deposita en Negrín y Stalin, lo cual ya lo dice todo sobre la obra y el obrero, quien fue uno de esos funcionarios franquistas de cierta confianza que con el tiempo –es decir, cuando ya no había riesgo alguno, sino muchas ventajas– se volvieron tan furiosamente antifranquistas como comprensivos hacia personajes históricos como los citados. Otro caso fue Cebrián, entre tantos otros.
¿Por qué defiende Viñas a Negrín y a Stalin? Por una razón básica: porque se opusieron a Franco. Eso les exonera de todos sus crímenes. Sobre Stalin no hace falta extenderse, cuesta poco imaginar los sentimientos de Viñas cuando Solzhenitsyn, muerto Franco, vino a Madrid a decir unas cuantas verdades poco agradables a nuestros antifranquistas. Según Viñas, Stalin defendió la democracia más incluso que el propio Negrín, proponiendo a éste, en vano, unas elecciones “para favorecer la legitimidad democrática en plena guerra”. Podemos imaginar qué serían unas elecciones manejadas por Negrín y Stalin y bajo un partido comunista ya hegemónico en el Frente Popular. Pero para Viñas no hay problema, todo es “legitimidad democrática”.
Encontramos aquí, como ya advertí en otra ocasión, un problema de terminología, parecido al de llamar “proceso de paz” a la colaboración con los terroristas. Viñas entiende por democracia lo mismo que entendían Stalin y Negrín. Conviene despejar estos equívocos, producto de una perversión sistemática del lenguaje, pues de otro modo entraríamos en un laberinto de argucias.
Así también, Viñas no distingue entre el Frente Popular y la República, asaltada en 1934 por los partidos que montarían el Frente Popular y liquidada por éste desde las elecciones de febrero del 36. A partir de esas elecciones completamente anómalas, se desató una vorágine de incendios de iglesias, sedes y prensa de la derecha, registros de la propiedad y otros muchos bienes, con unos 300 muertos en sólo cinco meses, que culminaron en el secuestro y asesinato del jefe de la oposición monárquica, Calvo Sotelo, una declaración de guerra en sí misma. Mientras tanto, el Gobierno vulneraba masivamente la legalidad, expulsando al presidente de la República, arrebatando actas de diputados a la derecha, depurando de elementos no izquierdistas diversos aparatos del Estado, anulando la independencia judicial, dedicando su policía a perseguir a las víctimas derechistas al tiempo que dejaba impunes los crímenes de la izquierda, etc. Como decía Madariaga, la libertad y la misma vida dejaron de tener seguridad. Pues bien, a ese panorama lo denomina Viñas “democracia”, mientras que cualquier persona razonable no simpatizante de Negrín y de Stalin lo consideraría un proceso revolucionario abierto. Debemos suponer, igualmente, que a nuestro historiador no le importaría la vuelta a España de una situación similar: después de todo, no dejaba de ser una democracia, ¿no?
Asimismo, el inmenso expolio de bienes privados y públicos; la destrucción del patrimonio artístico y nacional, de bibliotecas o monasterios; la pelea posterior por el tesoro del Vita; la misma persecución, con torturas y asesinatos (lo de Nin distó mucho de ser un caso aislado), contra las mismas izquierdas disidentes; los campos de concentración peores que los franquistas; la creación del SIM, una policía política al estilo y con inspiración directa del NKVD soviético; el hambre generalizada en el 38 por una pésima gestión económica; la corrupción rampante en las compras de armas; la creación ilegal de un ejército particular de carabineros; el ilegal envío del oro a Moscú con falsos pretextos bastante bien explicados por Martín Aceña; y tantas otras hazañas de Negrín como podrían exponerse, no afectan, para Viñas, al “honor de la República”. Algunos, en cambio, los consideramos hechos definitorios.
Tiene su gracia Viñas cuando, al estilo de Moradiellos y otros, cree o dice creer que Stalin se volvió demócrata en relación con España por miedo a Alemania e Italia. ¡Grandes analistas! Ese miedo no impidió al sanguinario amo de la URSS (y casi de España), ser el primero en introducir masivamente armamento, asesores y tropas especiales, o las brigadas internacionales (la Legión Cóndor y los voluntarios italianos vinieron después). Ni en dirigir el Partido Comunista de aquí hasta convertirlo en un agente suyo que se volvió el más potente de todos y ocupó las posiciones clave en el ejército y la policía, decisivos para cuando llegase una victoria que afortunadamente no les llegó. La Pasionaria, como José Díaz y otros, tienen algunas frases muy indicativas de sus intenciones que, según Viñas, ¡se opondrían a las de Stalin! Y, por supuesto, al mismo tiempo Stalin procuró la intervención de las democracias, porque le interesaba ante todo el choque entre éstas y las potencias fascistas, del que sólo podía esperar los mayores beneficios. Con esa política, trató primero de incitar a las democracias contra Alemania y, al fracasar, de incitar a Alemania contra las democracias, aliándose con Hitler para repartirse Polonia, como primera medida. Hace falta una gran pobreza analítica para creer que había contradicción de fondo entre uno y otro movimiento del “protector de la democracia española”.
En fin, ocurre que Viñas y compañía entienden por democracia algo parecido a lo que podían entender Stalin o Negrín, y desde luego algo muy distinto de lo que entendemos otros. Sólo aclarando estas cuestiones previas es posible entrar en los laberintos ideológicos y argucias de aquellos autores.
Y asegura el hombre que el documentadísimo y cuidadosísimo libro de Bolloten “es una mixtificación total”. Verdaderamente, qué nivel. Y cuánto honor.
Enlace Libertad Digital

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