Blogoteca: Jordi Solé Tura, por José García Domínguez, ABC

lunes, 7 de diciembre de 2009

Jordi Solé Tura, por José García Domínguez, ABC

CON los preceptivos aspavientos retóricos que la ocasión exigía, el periódico que sostengo entre mis manos aberra, impune, a varias columnas: «Llanto unánime por un demócrata catalanista». Se refiere, huelga decirlo, a la muerte del principal adversario, el único en verdad de categoría, que albergó dentro de sus -estrechos- límites topográficos y genealógicos esa creencia pagana a lo largo del último cuarto del siglo XX. Y es que pocos catalanes habrán mantenido durante toda su vida mayor distancia intelectual, moral y estética con respecto al catalanismo que Jordi Solé Tura. Al igual que menos aún habrán sufrido el acoso obsesivo de los costaleros de tan piadosa cofradía de la sacra identidad vernácula con idéntica contumacia.
Lo recuerda Fernando García de Cortázar en su imprescindible «Los mitos de la Historia de España». A finales del siglo XVIII, los soldados de Napoleón descubrieron, perplejos, que muchos niños egipcios pensaban que las pirámides del desierto las habían construido ellos, los franceses. De idéntico modo, no pocos escolares japoneses barruntarían mucho después, durante la Guerra Fría, que quienes arrojaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron los soviéticos. ¿A qué extrañarse, pues, de que periodistas ya nacidos y programados en Matrix crean con la fe del carbonero que Solé Tura fue un ferviente catalanista en vida?
Nada más lejos de la verdad, sin embargo. Como la Castilla cerril, centralista, gárrula, estéril y opresora, estricta quimera literaria acuñada por los diletantes del 98. Como el catalanismo laico, liberal, tolerante, racionalista, cosmopolita, rendido entusiasta, en fin, del progreso; preceptivo envés de la impostura histórica que amuebla el imaginario hispano desde la Transición a esta parte.
Contra esa fábula germinal escribió Solé Tura «Catalanismo y revolución burguesa», allá por 1967. Sería su primer pecado de lesa patria. Ahí desnudó el evangelio apócrifo, europeizante y regeneracionista, de Prat de la Riba hasta dejarlo con sus muy reaccionarias vergüenzas al aire. Del ultramontano Torras i Bages al profeta del medioevo Charles Maurras, y de la engolada épica imperial de Eugeni d´Ors a la dulce lírica mussoliniana del pastelero Foix, el catalanismo canónico , y así lo certificaría el proscrito, nunca dejó de representar otra cosa que la muy genuina expresión doméstica de la carcundia peninsular.
Inconsciente quizá, al escribir aquellas páginas comenzó a redactar también su propia sentencia de muerte civil. Una condena que se haría pública y efectiva cuando la izquierda más medrosa del mundo, esto es la catalana, corrió a esconderse bajo las faldas de Raimon Obiols con tal de no afrentar a Jordi Pujol por el affaire de Banca Catalana. Clamorosamente solo dejaron entonces a Solé Tura, defendiendo la razón laica y la ética de la responsabilidad individual frente al griterío histérico del «establishment» local y sus mozos de cuerda. Ya nunca más cesarían de considerarlo un traidor, ni tampoco de afrentarlo con la sempiterna unanimidad de ese rebaño. Aunque, eso sí, el peor insulto lo reservarían para el final: ¡Catalanista!
ABC

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