Blogoteca: Educados para matar, editorial La Gaceta

domingo, 20 de diciembre de 2009

Educados para matar, editorial La Gaceta


Entrevistada esta misma semana por Radio Intercontinental, Arantxa Quiroga señalaba que el principio del fin del miedo y la violencia en el País Vasco no llegará hasta que no se actúe sobre una raíz: las ikastolas.
Si ETA nació en los seminarios, se ha nutrido luego en la red educativa tejida por el PNV y en el entorno de crianza y desarrollo de los jóvenes (familia, amigos, lugares de ocio). La cantera del abertzalismo estaba siempre asegurada. Eso explica que durante las últimas tres décadas la hidra de las siete cabezas se regenerara, cada vez que el Estado de derecho cercenaba o acorralaba a la banda terrorista.
El acuerdo de bases PP-PSE contempla tomar cartas en el asunto de las ikastolas, vivero del nacionalismo que ha alumbrado una generación abertzalizada y, en muchos casos, potencialmente reclutable por ETA.
Un informe de la Fundación de Víctimas del Terrorismo describe cómo se cría la siniestra camada. En una primera fase, el entorno etarra capta y adoctrina a niños de entre 8 y 14 años, aprovechando el clima de impunidad ambiente de la calle, donde carteles y manifestaciones elevan a los asesinos a la categoría de héroes. Entre los 14 y los 18, se les requiere para que se comprometan con la causa, a través de grupos de montaña o ecologistas, incluso catequesis. Y, a partir de los 18, se les integra en la acción directa, la kale borroka, y se les plantea el compromiso más radical: matar.
El odio que se refuerza en esa suerte de juventudes hitlerianas que son los clubes de ocio, se nutre sobre todo en la familia y los amigos.
La estrategia se extiende a Navarra, el espacio vital de ETA, donde cuenta con el caldo de cultivo de las ikastolas, cuyos libros de texto preparan a las cabezas para el fanatismo. Ejemplo: en una fiesta  a favor del euskera, los escolares jugaron con retratos de asesinos.
Una vez metidos en la espiral del odio, no hay quien los saque ni, casi, quien los coja. Las organizaciones juveniles se metamorfosean, como ha ocurrido con Segi, la gran cantera de ETA desarticulada por el juez Grande-Marlaska. Se transformó en Gazte Independentistak, nombre sin personalidad jurídica imposible de perseguir.
Cierto que en estos últimos meses se han visto escenas alentadoras en el País Vasco: el PNV desalojado del poder y su red clientelar dañada, la unidad de PSE y PP, o un lehendakari presidiendo un acto de homenaje a las víctimas del terrorismo en Vitoria. Al tiempo que la banda se encuentra más debilitada que nunca, gracias a la tenaza policial y judicial.
Pero éste es sólo un primer paso de una tarea compleja. Política, claro, pero también social y educativa. De poco servirán las iniciativas de los gobernantes o el cerco policial, si los cachorros siguen mamando el resentimiento, si los escolares creen que Euskalherria ya existía en tiempos de Babilonia (¡cuarenta siglos de nada!) o si los cadetes abertzales piensan que hacerse etarra e ir reventando nucas es tan excitante  como ser hincha del Athletic, según el testimonio de un preso etarra recogido por el catedrático Fernando Reinares.
La clave es la juventud, carne de cañón de una pandilla de delincuentes que le lavan el cerebro con delirios nacionalistas. Y en ese terreno queda mucho por hacer. Basta con reparar en el dato de que el 15% de los jóvenes vascos no rechazan la violencia, según un informe del Defensor del Pueblo.

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