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lunes, 9 de noviembre de 2009

La crisis global de las instituciones españolas, por Santiago Abascal



En España las instituciones no funcionan. O si lo prefieren ustedes; ya no funcionan.

Ya sé que los apóstoles del pensamiento oficial, los integrantes del establishment, y los que dulce y plácidamente se amamantan colgados de los presupuestos públicos, creen mayoritariamente, y sentencian unánimemente, que este tipo de afirmaciones son una irresponsabilidad, máxime viniendo de alguien que, como es mi caso, ha formado parte de varias instituciones españolas; municipales, provinciales y regionales. Y que forma parte aun de alguna institución constitucionalmente esencial; me refiero a los partidos políticos.

Uno de los problemas de España es que pocos dicen en público lo que afirman en privado. ¿Por responsabilidad? ¿por conveniencia? ¿por miedo? No lo sé a ciencia cierta. El otro día tuve la oportunidad de escuchar en un ámbito privado y reducido los lamentos de uno de los más importantes hacedores de la actual Constitución de 1978: "Hemos fracasado", "la Constitución es ya un cadáver insepulto, que pronto va a despedir un hedor insoportable", " y lo peor es que no se va a poder sepultar, porque no va a haber una nueva Constitución". Casi nada. Comparto el análisis aunque no la desesperanza, quizá por razones generacionales. Yo tengo esperanza en España, en la Nación, en la capacidad de unas minorías patriotas y generosas capaces de liderar a la sociedad española para un cambio de rumbo, o al menos para tener un rumbo cierto.

Lo que algunas personas tan significadas balbucean en privado, yo quiero decirlo en público, sin complejos, sin miedo ninguno. Con sinceridad y responsabilidad. Porque lo responsable es decir en público que el Rey va desnudo y lo antipatriótico es callarlo. Y porque es radicalmente cierto que la crisis de las instituciones españolas es global. Que las instituciones no funcionan.

Sería necesario, y posible, un ensayo político para defender esta tesis, pero solo tengo el espacio de un breve artículo para esbozarla, aun a riesgo de exponerme a la acusación de demagogo. Así que empecemos por lo incontestable. El Tribunal Constitucional no funciona. Y si esto fuera falso, hace tiempo que habría resuelto la mayor crisis territorial acaecida en la España constitucional. La provocada por el Estatuto de Cataluña.

Pero el Tribunal Constitucional, presidido por una amiga del batasuno-etarra "Karmelo Landa" no funciona, entre otras razones, porque el Gobierno no funciona, y porque es éste quien al fin y al cabo, manda sobre el constitucional. Y el que también manda sobre el Parlamento, una de las instituciones más débiles, ruinosas y prescindibles de España habida cuenta de que el Gobierno decide por un grupo parlamentario, y el líder de la oposición lo hace por el bloque de sus diputados. Podrían reunirse los respectivos líderes en reducidas comisiones y determinar conforme a sus poderes (número de diputados o senadores) quién alcanza la mayoría de turno. Y así ahorrarnos las reuniones periódicas de más de 600 parlamentarios solo en el total nacional. Otro tanto para los parlamentitos autonómicos, aun más prescindibles según se desarrollan las cosas públicas.

Y es -¡cómo no!- el Gobierno el que maneja, a través de un sistema de cuotas, el poder judicial, convirtiendo a los poder judicial –además de al legislativo- en correas de trasmisión del poder ejecutivo. Por eso y por otras razones las instituciones judiciales son vistas con desconfianza por los ciudadanos. Su lentitud, sus fallos, sus arbitrariedades, convierten a la justicia española –en la que hay grandes profesionales, dicho sea sin ninguna cortapisa- en una justicia mastodóntica y, permítanme el palabro, "tombólica".

¿Cómo han de funcionar las cosas en España si quien maneja todo no sabe manejarlo? Si tenemos un ejecutivo que no resuelve los problemas, -el secuestro del Alakrana vale como alegoría de la incapacidad gubernamental-, sino que los crea; el rosario de estatutitos parido desde Moncloa es el mayor ejemplo de improvisación caótica de la democracia española, ceremonia improvisadora a la que se ha sumado todos sin recato.

Y no funcionan las instituciones directamente dependientes del ejecutivo. Sálvese la Guardia Civil, salvada a su vez por su espíritu militar. Pero ¿y qué ocurre con la policía; las desapariciones de droga en las comisarias, los chivatazos policiales a los asesinos antiespañoles, y la impotencia para descubrir el cadáver de una joven sevillana violada y asesinada por unos adolescentes ya detenidos?

¿Qué decir del manejo partidista de las Cajas de Ahorros en plena crisis?, ¿y del resto de instituciones económicas, decidiendo a salto de mata y viviendo de la deuda, y por lo tanto del dinero que aun no han producido nuestros hijos y nietos?, ¿y de la crisis de legitimidad, de liderazgo, y de la ausencia de democracia interna real en los partidos políticos?, ¿y de unos sindicatos adictos al poder, cegados por la ideología de clase, y parásitos de las cuentas públicas?,¿ y del inexistente poder moderador de la Corona?.



Santiago Abascal es miembro del PP y presidente de Denaes.

El Semanal Digital

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