Blogoteca: Contra la leyenda rosa de quienes presentan el islamismo como una España tolerante

jueves, 5 de noviembre de 2009

Contra la leyenda rosa de quienes presentan el islamismo como una España tolerante


CONTRA LA LEYENDA ROSA


Así se titula un libro de Serafín Fanjul

, muy recomendable para cuantos quieran ilustrarse al respecto escapar a la suma de desvirtuaciones hoy en boga. Por contraste, he visto una información en el museo arqueológico de Badajoz que pinta a la España visigoda como "estéril y agotada", mientras que la presencia islámica, que no se presentaba como una invasión, había aportado grandes ventajas culturales. Resulta difícil concebir una colección mayor de disparates en tan pocas líneas.
En realidad, Al Ándalus se oponía radicalmente a la nación cultural española, forjada en la lengua, el derecho y, en general, la cultura latina, y de haberse impuesto hoy hablaríamos árabe –es decir, lo hablarían los habitantes de la península, que serían otros que los actuales–, dominaría la sharia u otras normas de derecho parecidas, el país sería mucho más pobre, como los del Magreb, y mucho más violento: Al Ándalus vivió en perpetua guerra civil, mucho más acentuadamente que los cristianos, y esa fue una causa fundamental de su derrota, a pesar de su enorme superioridad material durante siglos. Se invertiría, como ocurrió en el Magreb, la victoria de Roma sobre Cartago.

Y tampoco habría llegado a existir una nación política de fondo étnico indígena: los conversos al islam, o muladíes, nunca ejercieron el poder y siempre estuvieron en posición subordinada (de ahí sus frecuentes revueltas), pues el poder era monopolizado por los clanes árabes, que mantuvieron su hegemonía y separación: no faltaron mezclas con los naturales, pero el elemento de prestigio y dominación era siempre el árabe. Esto fue así muy acentuadamente durante el emirato y el califato de Córdoba, pero cuando éste implosionó en las taifas se mantuvo igual: apenas hubo alguna pequeña taifa en que los gobernantes fueran muladíes, la práctica totalidad de ellas eran árabes, bereberes o eslavas. Estos son datos cruciales que normalmente oculta la torpe historiografía proislámica, hoy tan abultada.

De los árabes, grupos apenas civilizados salidos del desierto, no sorprende menos su impulso conquistador y destructivo que su posterior capacidad para asimilar culturalmente a los pueblos conquistados, a quienes impusieron su religión, sus concepciones del mundo y de la vida, su derecho, su idioma y su escritura. Pero también mostraron receptividad a las culturas vencidas, remodelándolas. Al ocupar tierras del Imperio bizantino recogieron parte de la cultura griega; en Irán, tras las iniciales y tremendas devastaciones culturales (y de otros géneros), salvaron lo aún salvable, y los propios persas, islamizados pero orgullosos de su tradición, mantuvieron su idioma y produjeron una época dorada –literaria, artística, filosófica– para el islam. Los árabes también acogieron aportes chinos, como el papel, o indios, como las notaciones matemáticas y los números hoy conocidos, erróneamente, como arábigos, de tanto efecto para el desarrollo científico.

Panorámica de Toledo.En España asumieron algo de la fuerza cultural acumulada en siglos pasados, la transformaron de raíz y trajeron conocimientos de Oriente. Pero aquí fue más lenta la islamización y, sobre todo, surgió una resistencia cristiana que enlazaba cultural y políticamente con el derrocado reino de Toledo. Así, la invasión no aniquiló por completo a España, que resurgió, y al terminar el siglo VIII se expandía, pese a las continuas embestidas andalusíes. A lo largo del siglo IX se consolidarán dos naciones en radical conflicto: el triunfo de una significaba necesariamente la ruina de la otra.

Durante largo tiempo, las posibilidades de España frente a Al Ándalus fueron casi nulas. Las tierras del norte eran las más atrasadas de la península, de poca extensión y población, y las más pobres, debido a la aspereza del suelo y el alejamiento de las vías de comercio. Ello había ayudado a sus naturales a resistir a los godos y amparado sus incursiones depredatorias de corto radio. Si de pronto supieron crear una estructura política con un vasto designio y desplegar un incipiente arte y literatura propios, solo pudo deberse al aflujo de clérigos, mozárabes y godos huidos del sur. El común rechazo al islam impulsó la completa cristianización de los pueblos del Cantábrico y su identificación con el ideal de reconquista. La Crónica mozárabe, escrita en territorio andalusí tan pronto como en 754, habla ya de "pérdida de España", y con seguridad recogía ideas extendidas. Ese ideal permitiría al núcleo asturiano resistir en tan arduas condiciones. La pronta incorporación de Galicia más el traslado al norte de las gentes del valle del Duero aumentarían la población y, con ella, el vigor defensivo, aunque planteasen serios retos económicos, resueltos progresivamente con la posterior repoblación del semiabandonado valle del Duero y otras comarcas.

Al comenzar el siglo IX había que añadir al reino asturiano los comienzos de la Marca Hispánica, conquistada por los francos a lo largo de los Pirineos y poco activa durante unos siglos. Había, por así decir, la España del Cantábrico, bastante homogénea políticamente, y la de los Pirineos, más diversa. En total, ocuparían en torno a un quinto de la península.

Al Ándalus y la España en recuperación eran dos mundos muy distintos, aunque no faltasen préstamos mutuos. El cristianismo entrañaba una mayor diferenciación entre religión y política, una libertad personal que daría lugar a gobiernos más representativos, una extensión mucho menor de la esclavitud, unas ideas muy diferentes del derecho, unas mayor autonomía de la mujer; monogamia estricta, bautismo y no circuncisión, arte figurativo... Su lengua era un latín en rápido cambio, y su cocina se basaba en el cerdo y el vino, prohibidos por el islam, aunque Al Ándalus heredara cierta afición etílica.

La cultura andalusí, entonces naciente, era islámica, y el árabe su idioma, cada vez más popularizado, lo que aumentaba la incomunicación con la española: poquísimas personas del norte sabían árabe, y muchas del sur apenas hablarían romance, lo que reducía la posibilidad de entendimiento mutuo. Al Ándalus gozaba de aportes culturales y técnicos en circulación por el islam desde la India o China, países remotos, desconocidos en Europa, y desde Bizancio; disponía de tierra y recursos demográficos y materiales muy superiores a los de la renaciente España. Sobre esas bases desplegaría, desde Abderramán II, formas de vida refinadas en las capas altas de la sociedad. Si bien el esplendor cultural andalusí se estancó hacia el siglo XIV, mientras el español no dejó de progresar, y en ese siglo superaría en todos los terrenos al islámico.

No difería menos la composición étnica. En Al Ándalus abundaban, aun lejos de ser mayoría, los magrebíes, los judíos y una amplia masa esclava traída del África negra y de Europa del Este, más una dominante minoría árabe. La población autóctona se dividía entre cristianos o mozárabes, e islamizados o muladíes. Los mozárabes pasaron gradualmente de formar la inmensa mayoría a convertirse en minoría ante los muladíes dos o tres siglos después de Guadalete. Todos los musulmanes compartirían el incorrecto apelativo de moros (mauri o beréberes).

Interior de la Mezquita de Córdoba.Tan variada composición social, cultural y religiosa volvió casi permanente la guerra civil, que impidió a Al Ándalus sacar pleno fruto de su enorme superioridad material. La inestabilidad interna tuvo otro efecto decisivo: los gobernantes cordobeses, recelosos de sus súbditos, crearían ejércitos compuestos por esclavos y mercenarios extranjeros, separados de una población hostil a ellos y leales solo al emir y luego al califa.

En contraste, el reino de Oviedo y los demás núcleos cristianos del norte disfrutaban de una mayor homogeneidad étnica y religiosa, y por tanto de una mayor cohesión (no sin querellas internas, desde luego). Por ello podían sacar más partido de su poder político y militar, pese a su debilidad material. Quizá quedasen en la cornisa cantábrica restos de los idiomas ancestrales, que pronto desaparecieron, salvo el vascuence; pero conforme los vascos se civilizaban hacían del latín y el romance sus lenguas de cultura.

Se ha discutido sobre la diversa actitud política implicada en los conceptos España y Al Ándalus. La derivación lógica de la idea de España sería la reconquista del reino anterior a la invasión, mientras que Al Ándalus tendría un contenido más pasivo, limitado a la parte islámica en cada momento. No parece ello muy probable. Los musulmanes ocuparon al principio toda la península y parte de Francia, y si poco a poco renunciaron a mantener y ampliar sus posesiones solo se debió a su impotencia ante la lucha tenaz de los reinos hispanos y a su propia inestabilidad interna.

Obviamente, decir que los andalusíes eran españoles es un atentado a la lógica. Los franceses o los italianos, los mismos germanos, tenían mucho más que ver con los españoles, a menos que demos al término españoles un carácter ahistórico y acultural, de metafísica pedestre (ahí el gran Sánchez Albornoz patinaba a gusto). Los descendientes y herederos de Al Ándalus no son, no somos los españoles, que precisamente derrotaron y acabamos con aquella nación, sino los magrebíes, pues al Magreb emigraron o fueron expulsados la gran mayoría de los andalusíes, y sobre el Magreb ejercieron su mayor influencia.

Los grandes admiradores de Al Ándalus destacan la riqueza y el avance cultural que durante algunos siglos consiguieron sus capas dominantes, y olvidan, conviene repetirlo, el extremado despotismo, el muy extendido esclavismo, la guerra civil casi constante o la permanente imposición de oligarquías foráneas. Al mismo tiempo desprecian el espíritu mucho más libre de los españoles, durante unos siglos más pobres y con menos logros intelectuales. En el fondo lo que admiran es precisamente el despotismo, y nos están diciendo: la riqueza (de una oligarquía) es preferible a la libertad. En su aversión a la libertad, pierden de vista que el esplendor andalusí se estancó irremediablemente entre los siglos XIII y XIV, mientras los mucho más libres españoles no dejaban de progresar. La tiranía siempre ha contado con muchos adeptos, véase si no lo sucedido en el siglo XX.

Recensión de Pío Moa.
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