Blogoteca: Artistas, manifiesta incultura, por Francisco Capella

jueves, 12 de noviembre de 2009

Artistas, manifiesta incultura, por Francisco Capella


Los más tontos del barrio, autoproclamados "mundo de la cultura" a pesar de ser una panda de incultos iletrados con múltiples e irrecuperables taras intelectuales, han producido su enésimo manifiesto para ejercer la presión política que tan buenos réditos les ha proporcionado hasta ahora. Si su obra de ficción suele ser entre mala y mediocre, cuando pretenden producir ensayo resultan entre patéticos y risibles.

Incompetentes sumos en materia económica, aun así creen tener "claras las causas de esta grave situación": "la falta de vigilancia", la "plena libertad a los capitales financieros", "la inmensa acumulación de beneficios de unos pocos", "la especulación inmobiliaria y financiera" y "que los mercados sean los únicos reguladores de las relaciones económicas". En sus topicazos habituales de la economía de casino no existen los bancos centrales, la determinación estatal de los tipos de interés, las monedas de curso legal forzoso con monopolio de emisión, los organismos supervisores, las garantías estatales explícitas e implícitas que producen riesgo moral, los sectores subvencionados, la arbitrariedad del gobernante, las miles de páginas de códigos y regulaciones...

Al parecer "los poderosos que controlan el dinero y las finanzas" reciben continuamente privilegios, y eso no puede ser: sólo deberían recibir privilegios los pretenciosos que controlan el arte y la cultura (por llamar de alguna manera a lo que perpetran estos desvergonzados cazadores de rentas). Y es que los banqueros son muy malos, porque se han dedicado "con absoluta libertad a incrementar artificialmente la deuda con tal de ganar más dinero". Esa presunta libertad era más bien relativa, ya que uno no presta si otro no toma prestado; y convendría analizar a su vez quién presta a los bancos y cómo lo hace, pero para eso hay que estudiar y entender algo sobre dinero, crédito, banca y la intromisión estatal en dichos ámbitos. Eso sí, es cierto que los avariciosos banqueros efectivamente querían ganar más dinero, tenían afán de lucro, algo malísimo: no es el caso de los generosos artistas siempre dispuestos a regalar sin más su obra al pueblo a cambio exclusivamente de su agradecimiento y olvidando las sociedades de gestión de cobros de derechos de autor...

El progre quiere más Estado, menos libertad, menos propiedad privada, más intervencionismo, más colectivismo, más impuestos confiscatorios, más gasto socialista para comprar votos y apesebrar al rebaño. Ve a la pobrecita y débil "política controlada cada vez más por los mercados": resulta que los que tienen el monopolio de la jurisdicción y el uso de la fuerza están inermes frente a los procesos voluntarios de producción e intercambio. Los políticos son tan patosos que no ganan ni con las armas y la capacidad legislativa en su poder.

Al parecer los valores culturales del liberalismo son "la soledad, el individualismo egoísta, la degradación mercantil de los conceptos de felicidad y de éxito, el consumo irresponsable, la pérdida del sentido humano de la compasión y el descrédito de las ilusiones y las responsabilidades colectivas". Tanta memez en tan pocas palabras.

No está claro a quién hacen daño los solitarios, los que prefieren ir a su aire: pero normalmente no suelen ser gente que imponga que los demás también practiquen la soledad. Por su parte el colectivista progre suele criticar al individuo independiente con mensajes de fidelidad y adhesión para consumo interno de la manada: "que quede claro que soy de los nuestros, no como esos que van por libre"; "y si hace falta les obligamos a unirse a nosotros, a ver qué se han creído".

El liberticida sólo puede imaginar el individualismo como algo egoísta, es incapaz de asumir que los individuos pueden tener sentimientos por otros sin necesidad de cerrar filas con el resto de la masa y presumir de un altruismo hipócrita. Como es esencialmente intolerante y cobarde no se atreve a afirmar que no le gusta cómo otros persiguen la felicidad y el éxito, así que asegura que lo mercantil es objetivamente degradante. Si además pretende traficar con ideas e historias intangibles puede sentir o fingir un profundo rechazo por lo material y comercial: los consumidores son irresponsables.

El liberal es malo, no siente esa compasión que el progre manifiesta constantemente con ostentosos golpes en el pecho y espectáculos de derrame de empatía (dime de qué presumes...). Además un individuo podría tener, solo o con otros, sus propias ilusiones y responsabilidades, distintas de las que promueve y exige el colectivista, incapaz de aceptar que existan otros grupos en los que las personas deciden participar o no de forma voluntaria.

Se acusa a los liberales de olvidar que entre los individuos "hay una gran desigualdad de capacidades, de medios y de oportunidades". Se les ha olvidado, quizás a propósito, la desigualdad de preferencias. Pero seguro que es cierto que todo el pensamiento liberal se basa en humanos clónicos siempre en las mismas circunstancias: si lo dice un manifiesto cultural no puede ser falso, ¿no?

El progre con ínfulas de cultura cree que los liberales "desacreditan el ejercicio de la política": pero es que la política y los políticos se bastan solos para desacreditarse a conciencia. Pretender que el Estado puede "ordenar e impulsar la economía" y "promover los equilibrios fiscales y la solidaridad social" es pseudociencia ficción, muy en su línea. Y con "solidaridad social" quizás se refieren a la redistribución coactiva y parasitaria de riqueza que tanto les gusta.

Están tan endiosados e idiotizados que pretenden estar en posesión de la "sensatez y la verdad científica" frente a otros que sólo defienden ideas por intereses financieros. Quieren promover "diálogo, compromiso, conciencia, entrega, legalidad, bien y público": qué fácil es citar palabras con connotaciones positivas. Me parece bien que hablen todo lo que quieran con quienes quieran escucharles, que se comprometan entre ellos libremente, que expandan sus conciencias, que se entreguen si lo desean, que persigan el bien que ellos subjetivamente valoren. Más difícil será que promuevan una legalidad mínimamente legítima, que no utilicen la violencia y la demagogia y que respeten a quienes no quieran comprometerse con ellos, entregarse a ellos o dialogar con ellos (y es que además de carecer de inteligencia son muy pesados y aburridísimos).

Para mostrar lo que rechazan, una breve lista de términos malsonantes: "corrupción, paraíso fiscal, dinero negro, beneficio, soborno, opacidad y escándalo". Los beneficios deben ser muy malos, y estos iluminados nos garantizan pérdidas ilimitadas de todo tipo.

Propuesta progresista: "Para evitar nuevas crisis en el futuro hay que luchar en primer lugar contra todas las manifestaciones de la desigualdad". Vale, pero ¿comenzamos por estupidizar a todo el mundo hasta que esté a su mismo ínfimo nivel o intentamos la tarea imposible de insuflar algo de inteligencia en sus refractarias brumas mentales? Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

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