Blogoteca: noviembre 2009

sábado, 28 de noviembre de 2009

Sobre el libro clarividente de F.J. Losantos

Lo que queda de España,
de Federico Jiménez Losantos


Gustavo Bueno
Oviedo

Federico Jiménez Losantos ha tenido el coraje de declarar, desde Cataluña, los derechos (si se prefiere: los poderes efectivos) de español. Su libro, escrito en un español elegante, plantea los problemas del modo más directo. «Lo que de un modo ya evidente parece pretender el imperativo patriotismo nacionalista es la enseñanza en catalán, (de forma progresiva, conforme vayan saliendo suficientes maestros y licenciados catalanes y se acentúe la estampida de los no asimilados) para toda la población escolar. Para darse cuenta de la formidable voluntad normalizadora que anima a muchos, si no todos, de los mentores culturalesadministrativos de esta operación política, recordemos que según el último censo lingüístico –supervisado por notorios pancatalanistas– la mitad, como mínimo, de esa población, es castellanoparlante. Concretarnente, en Barcelona y provincia (que es donde se produce el fenómeno inmigratorio; nadie abandona su parcela de tierra en León o Teruel por otra en Lérida o Gerona), el número de castellano parlantes es superior al catalán, ligeramente en la capital (49'5 por ciento sobre 47 por ciento) y ampliamente en la provincia (60'9 por ciento sobre 38'5 por ciento). Hete aquí como cerca de dos millones y medio de españoles van a asistir sin darse demasiada cuenta –o dándose y viéndolo «normal», que es todavía más grave– a la segunda parte de una operación político-cultural monstruosa y brutal, la emigración rural española de las últimas décadas: ver cómo sus descendientes se ven obligados a cambiar de lengua y cultura para acceder a la ciudadanía de pleno derecho, y todo ello sin moverse de España» (págs. 72-73). Además, los inmigrados, son, en su gran mayoría, proletarios o funcionarios que se encuentran evidentemente en condiciones de inferioridad ante quienes tienen en Cataluña sus casas, sus familias, sus tierras y el capital. El conflicto catalán-español, cuyo frente de lucha principal se encontraría en la enseñanza, estará alimentado por conflictos muy preclsos de intereses, en particular, el pavoroso paró de licenciados: «bastaría cualquier medida 'catalanizadora' en la selección del profesorado para imponer la enseñanza del catalán de modo absoluto» (pág. 76). En cualquier caso, Jiménez Losantos no es, en modo alguno, anticatalanista: «Yo no critico ni he criticado la política cultural catalana como tal... lo que no acepto es que esta 'normalización' del catalán se haga sobre las espaldas de la emigración de habla castellana, liquidando lingüística y culturalrnente a dos millones y medio de ciudadanos» (pág. 231).

Jiménez Losantos, en su libro, logra poner en ridículo a muchos pontífices de la ideología «descentralizadora», a lo Vázquez Montalbán o Juan Goytisolo. Que determinadas opiniones sean ridículas no quiere decir, es bien sabido, que no haya que ponerlas en ridículo, puesto que, muchas veces, la ridiculez puede estar enmascarada por un vocabulario.progresista, demagógico o incluso soez (nos referimos al estilo Don Tancredo). Hablar de «señasde identidad», tal como se habla en este contexto, es ridículo, si se tiene en cuenta que semejante expresión sólo cobra sentido cuando se da por supuesta una entidad (metafísica) cuyas señas parecen buscarse, aún cuando es aquel supuesto lo que verdaderamente está en cuestión, esa entidad misma (la entidad de Cataluña y, más aún, la del País Vasco, como sustancias separadas de España) y no sus señas. Pero quienes se encuentran girando dentro del torbellino, no advierten su ridículo, y por ello es necesario, desde fuera, ponerlos en situación de tal. Tarea no siempre fácil que Jiménez Losantos ha conseguido, sin embargo, y por ello, le admiramos.

Jiménez Losantos nos ofrece también un intento de establecer una tradición no monárquico-fascista del concepto de España –concepto en cuyo núcleo no puede faltar precisamente el idioma español– y sugiere que esta tradición puede ponerse en relación con el liberalismo ilustrado republicano, aquella tradición que precisamente aseptó, sobre todo, en el suelo de un idioma «planetario», el idioma de los 300 millones, como suele ser designado. «La intelectualidad exilada se llevó la tradición española liberal, ilustrada, el patriotismo diverso pero universal. No es demasiado exagerar decir que ni ha vuelto ni se intenta reanudar la tradición, tan loada indiscriminadamente todos estos años, de esa cultura española, de alcances europeos que pareció florecer antes de la Guerra» (pág. 167).

Naturalmente, el coraje de Jiménez Losantos al formular la «declaración de derechos» y, sin duda, su misma precisión crítica, ha provocado inmediatamente una violenta polémica, una polémica muy rica y compleja, en la cual ni siquiera han faltado las formas más venales y groseras. También, en la polémica, se han desplegado perspectivas y matices muy importantes para el enjuiciamiento de la cuestión.

La polémica suscitada –o re-suscitada– por Federico Jiménez Losantos no puede menos de interesar a EL BASILISCO. No sólo porque el núcleo en torno al cual gira esta polémica es el idioma en el cual EL BASILISCO se escribe, sino también por cuanto el desarrollo dialéctico y retórico de ésta polémica tiene lugar propiamente en un plano estrictarnente lógico e ideológico-filosófico. Queremos decir: los datos históricos, económicos, sociológicos, &c. de la discusión (incluídos los que María Aurelia Capmany aporta sobre el secretario para la correspondencia catalana en la Cancillería Real de los monarcas de la Corona de Aragón) son comunes, en lo fundamental, a los antagonistas. No puede decirse que una parte posea una información que la otra parte ignore. La polémica resulta ser así un conflicto que se manifiesta ante todo como una diversidad antagónica de las estructuras lógicas utilizadas por los contendientes en el momento de apelar a un material compartido (no queremos decir que el conflicto se reduzca a su manifestación). El análisis de esta polémica, según esto, parece que ha de mantenerse antes en el plano lógico-ideológico que en el plano técnico-administrativo. Las peticiones de principio, las confus ones de conceptos (en su estrato lógico, el de las relacion(-s de partes y todos, el de las relaciones entre conjunciones, alternativas y disyuntivas) la tergiversación sistemática del adversario mediante dobleces lógicas, en materias tales que obligan a regresar a las ideas más fundamentales de la filosofía política o del materialismo histórico («Estado», «Nación», «Cultura», «Libertad», «Democracia»,...) tejen el cuerpo mismo de la polémica, cuya importancia práctica es, por lo demás, superfluo encarecer.

«Todos los pueblos (todas las naciones) tienen el derecho a su autodeterminación (a su autonomía interna)». He aquí un axioma que, en el estado en que se encuentra (tal como se le invoca) es enteramente metafísico –tiene la misma contextura que el axioma escolástico «Todos los seres son buenos»–. Es un axioma metafísico, en primer lugar, porque no contiene en sí mismo ninguna instrucción operatoria para determinar cuales sean los sujetos de las propiedades que de ellos se predican, dado, por un lado, que estos sujetos están definidos de modo tal que incluyen, en su propio concepto, precisamente a estos predicados (una Nación no autodeterminada no sería nación, un ser que no fuese bueno, no sería) y dado, por otro lado, que los predicados, a su vez, piden al sujeto (la auto-determinación, la auto-nomía, sólo significan supuesto el autos, una entidad dotada de una cierta «identidad sustancial», con señas o sin señas). Y es un axioma metafísico porque el círculo en torno al cual gira el axioma sólo puede romperse mediante el postulado de existencia de esos sujetos –Cataluña, Vasconia– entendidos como tales entidades sustanciales, como «Culturas» o «naciones» en un proceso de autodeterminación y autonomía que brotase desde dentro. Y esto es precisamente lo que se discute. Porque realmente (es decir, actualmente, en la actualidad política, económica o social) también es verdad que Cataluña o Vasconia forman parte de un todo (es puro y necio subjetivismo, digno de un musteriense, el que un vasco español –aunque sea de HB– se indigne cuando se le llama español), que suele ser históricamente determinado como «España». El concepto de «Estado Español» es un aspecto polítíco que, pese a sus usos pedantes muchas veces, no agota, en modo alguno, el contenido de lo que bajo el nombre de «España» –para bien o para mal– se encierra, entre otras cosas porque «España» es una realidad históricamente anterior a la forma del Estado (y esto sin necesidad de llegar a tanto como llegó don Claudio Sánchez-Albornoz). Ahora bien, como la unidad de las partes (Cataluña, Vasconia, Galicia...) no tiene, hoy por hoy, la forma política del Estado, será preciso pensarlas bajo alguna otra categoría de unidad antropológica: la cultura o la nación.

Pero la «cultura catalana» y, sobre todo, la «cultura vasca», –en cuanto unidades oponibles a la «cultura castellana» o a la «cultura andaluza»– son meros eufemismos, nos parece, del «idioma catalán» o del «idioma vasco». En efecto, descontado el ldioma, los restantes componentes culturales diferenciales son, en una situación de convivencia milenaria, tan superficiales o, aunque sean profundos, tan similares o, aunque sean distintos, tan amalgamados, que sería ridículo invocarlos como materia de un sujeto cultural de autodeterminación o de autonomía. El arresku, por diferente que sea de la sardana, o de la danza prima, no es incompatible con ninguna de ellas y, salvo que se invoque un Volkgeist místico, ningun autonomismo, ninguna autodeterminación, podría, sin ridículo, organizarse en torno al aurresku o a la sardana. Y así ocurre, salvado el idioma, con todos los demás rasgos culturales. Mi posición aquí es un poco más radical que la de Jiménez Losantos, en cuanto que duda, y aún niega, el sentido de la «cultura catalana» o de la «cultura vasca» –o de la «cultura gallega»– como sistemas oponibles al de la «cultura española», salvado el idioma, y porque subraya, como un componente esencial del problema, el hecho histórico de la existencia misma del Estado español, como una formación cultural que (sea estructural o superestructural) no es, en modo alguno y, por muy poco hegeliano que se quiera ser, una «cantidad despreciable» que pudiera ser descontada en la discusión, como mera «entidad burocrática».

Ahora bien: lo esencial en esta confrontación de culturas y naciones es el idioma. El idioma es el verdadero parámetro de esta argumentación, el verdadero punto de aplicación del axioma de referencia y, por ello, las autonomías y las autodeterminaciones de las que hablamos en esta época de democracia postfranquista (una democracia insensiblemente desviada –y la izquierda es responsable de esta desviación tanto como el centro– hacia la reivindicación de los derechos regionales, en lugar de los derechos individuales o de clase) sólo adquieren su verdadera importancia cuando se aplican a aquellas partes de España que poseen un idioma peculiar (el catalán, el euskera, el gallego) o, lo que sirve de contraprueba, que creen poder reivindicar esta posesión, como cuestión de hecho y de derecho (el aranés, el bable). Desde interpretaciones groseras (economicistas) del materialismo histórico tenderán algunos a considerar la reivindicación de los «idiomas vernáculos» como superestructuras que encubren el «verdadero significado económico» de las reivindicaciones autonomistas catalanas o vascas: parecen discípulos de Marr, que para ello visitó el País Vasco. No lo creemos así: incluso habrá que decir que en muchos casos, las reivindicaciones del idioma propio, y aún de la autonomía determinante son profundamente irracionales desde el punto de vista de la racionalidad económica y, precisamente por ello, en nombre del propio materialismo histórico, cabe esperar que muchos de los conflictos autonomístas, independentistas, se resuelvan precisamente en virtud del juego de las puras fuerzas económico-sociales, al margen de los Decretos del Gobierno y de los Estatutos parlamentarios: estas son las verdaderas superestructuras, en estricta ortodoxia marxista. No es, por tanto, la reivindicación del idioma propio (catalán, vasco) un disfraz de meros intereses econ micos; es, más bien, el princípal componente de la dialéctica, del efectivo conflicto que nos ocupa. Importa saber por qué –por qué el idioma propio puede funcionar como verdadera «seña de identidad» (aunque no como seña de identidad verdadera) cuando es reivindicado en forma polémica–. A nuestro juicio, el idioma propio y exclusivo es «seña de identidad» sólo en la medida en que se toma como criterio de separacíón, de aislamiento respecto de terceros. Ahora bien, la posesión de un idioma propio y exclusivo, no es tanto causa de la separación cuanto efecto de ella, del mismo modo que es la separación o aislamiento de un grupo zoológico respecto de otros grupos de su especie, el principio de una nueva variedad o raza. Y la defensa exclusivista del idioma propio ante terceros idiomas significará antes un deseo de separarse o aislarse respecto de esos terceros, la voluntad de constituirse en una nueva variedad o raza, o incluso, en una nueva especie, antes que la voluntad de regresar hacia la «propia esencia» o identidad, hacia la mítica especie o raza originaria. Porque cuando existe, durante siglos, un idioma común a un conjunto de pueblos contiguos (que eventualmente conservan o desarrollan idiomas propios) es porque existe una comunidad o reciprocidad de relaciones (económicas, sociales, políticas) muy peculiares entre estos pueblos y sin que esto implique lógicamente que no existan otras formas de comunidad (comercial, religiosa, incluso política), al margen del idioma, ni que el idioma común, el español, excluya las peculiaridades (incluso idiomáticas) entre las partes. Si el 90% de quienes viven en Cataluña o en el País Vasco hablan español (sin perjuicio de que un alto porcentaje hable también catalán o vasco) –y este es el hecho histórico del cual hay que partir, incluso cuando se habla del «Estado español»– esto es debido a que pertenece a una comunidad lingüística más amplia, que por cierto, desborda el propio «Estado español», la «comunidad de los 300 millones» (dentro de la cual, como recordaba Alarcos, el vasco no es más relevante que el quechua; ni tampoco menos). Y si esto no ocurriera así, si los catalanes y vascos dejaran de hablar castellano, esto solo significaría, por de pronto, que se habían aislado de estas comunidades o totalidades vivientes más amplias. Ahora bien: dada la diferente «escala de magnitudes» que corresponde al castellano, al catalán y al vasco, no parece tener mucho sentido establecer las disyuntivas abstractas (por dicotómicas): «español o vasco», «español o catalán», porque los términos de estas disyuntivas no son magnitudes comparables. Esto quiere decir que estas disyuntivas enmascaran, en realidad otras diferentes. Un idioma hablado por 300 millones, en expansión, y con una historia (por tanto, con un presente literario) tal como el español, no puede compararse con un idioma hablado, a lo sumo, por dos millones de personas. Por lo tanto, las disyuntivas dicotómicas al uso (castellano/vasco, castellano/catalán....) hay que pensarlas en realidad como insertas en disyuntivas más complejas, por ejemplo, castellano/vasco/inglés, castellano/catalán/francés. Supuesto fijo el eúskera (o el catalán) –puesto que no se trata en ningún caso de eliminarlos– la cuestión no es sustituir el castellano por el eúskera (o por el catalán), sino sustituir el castellano por el inglés o por el francés. Ahora bien: sabemos que, salvo minorías muy radicalizadas, nadie habla de exclusivismos lingüísticos vascos o catalanes, y todos prácticamente admiten la cooficialidad. Pero el concepto de cooficialidad es solo jurídico-formal. De hecho, la cooficialidad tenderá a interpretarse como disyunción, ni siquiera como alternativa. En efecto, supongamos, en el caso más favorable, que la enseñanza en las escuelas (así como la televisión o la prensa) puede hacerse en cualquiera de los dos idiomas. En este supuesto, cada comunidad lingüística tendería a elegir uno de los idiomas teóricamente alternativos que, por tanto, resultarán ser disyuntivos, con lo que estas comunidades no se entenderán entre sí; para quienes hablan catalán, al cabo de pocos años, el castellano será tan sólo un idioma aúlico, utilizado por algunos funcionarios en contadas circunstancias –algo así como lo que era el latín eclesiástico antes del último concilio–. Otro tanto ocurrirá a los que hablen castellano, con el catalán. Sería preciso que la cooficialidad se ínterprete como conjunción (castellano y catalán), y esto es imposible en la práctica (en Zurich no se habla francés, sino alemán, aunque muchas personas dominen los dos idiomas). La cooficialidad sólo tiene un alcance administrativo. Permitir que el catalán pueda utilizarse si el castellano y poner trabas a éste, es tanto como facilitar de hecho la sustitución lel castellano por el francés o por el inglés. Exigir que el catalán sea el idioma utilizable en la escuela primaria, en la prensa, es tanto como imponerlo coactivamente a los inmigrados. Jiménez Losantos tiene aquí toda la razón y no hay que darle más vueltas al asunto. Toda exigencia por vía de Decreto que imponga el catalán obligatorio (en nombre de una supuesta cultura catalana) es sólo un instrumento coactivo para quien no habla catalán y prejuzga ya la solución del problema, poniendo, no ya el hecho (el «ser», el hablar catalán) antes del derecho (del «deber ser»), sino el derecho (que se pretende fundar en un hecho irreal) antes del hecho. Es decir, prejuzga ya que Cataluña debe definirse como una entidad cuya esencia puede concebirse al márgen de España y del castellano, y esto es sólo una burda petición de principio, un puro voluntarismo, cuyo límite sólo puede ser establecido por una voluntad opuesta: no cabe invocar a principios más altos, meta-físicos. ¿Se nos dirá que otro tanto ocurre en la situación recíproca, al poner como idioma oficial al castellano?. En cierto modo así es (y de lo que se trata es de reconocer el conflicto, de no hablar sólo de la imposición por una parte). En cualquier caso, la reciprocidad no es plena, puesto que, por de pronto, la enseñanza oficial en castellano no equivaldría a imponerlo al catalán, siempre que se suponga que éste mantiene su vida propia, como desde hace siglos, sin necesidad de ser enseñado en las escuelas. Nadie puede negar la posibilidad de que cristalice una voluntad entre muchos catalanoparlantes de elevar su idioma al rango de un idioma oficial, al menos en el ámbito de las comunidades que lo hablan por tradición familiar: pero quienes alimentan esa voluntad deben estar conscientes de sus consecuencias, del aislamiento del resto de la comunidad hispánica y del ingreso en la órbita de otras comunidades lingüísticas. Estas consecuencias son las que púdicamente quieren ser encubiertas con una visión armónica co-oficialista. Porque quienes simplemente quieren que se utilice oficialmente el catalán o el vasco, al menos entre quienes lo hablan, están ya diciendo, implícitamente al menos, que no se consideran interesados en pertenecer a una comunidad que habla castellano, incluso que están interesados en salirse de ella, en cuanto constituye su amenaza principal, y esto es todo: no hace falta decir más. 0 los catalanes consideran, de entrada, también al castellano como idioma propio –y entonces no tendrán por que entenderlo como exógeno, impuesto– o lo consideran como idioma ajeno. Quienes artificiosamente plantean «el problema del bable» (la reivindicación del bable como «idioma oficial» considerando al español como «imposición histórica del imperialismo castellano») tienen, al menos, el mérito de poner al desnudo la magnitud de voluntarismo místico que mueve el fondo de estas polémicas. Y ello es debido a que el bable ocupa un lugar enteramente característico con respecto del español. En Asturias, el castellano es idioma tan genuino y antiguo como el bable: sólo un mimetismo ridículo puede llevar a asimilar las relaciones del bable al castellano con las del catalán al castellano. El bable –los bables– son idiomas de las montañas que durante siglos y siglos han coexistido en Asturias con el castellano, idioma en el cual se entienden incluso los hablantes de los diferentes bables entre sí. De este modo Asturias añade al resto de otros lugares de la España central la riqueza de un hermoso idioma rural y familar (que no es un idioma «de cultura»), que jamás ha sido oprimido por el español y que se ha desarrollado en Asturias de un modo tan propio e interno como en Castilla o en Extremadura. El bable es idioma familiar que, sin duda, hay que proteger y cultivar, pero en su lugar propio, un lugar que nunca ha sido, por ejemplo, el de un lenguaje literario. Pretender enseñarlo en la escuela (y la escuela ha sido instituída para enseñar a leer y escribir: con anterioridad al descubrimiento de la escritura no hubo escuelas) es superfluo, porque lo que necesita el aldeano que habla bable es precisamente perfeccionar su castellano para poder leer entre otras cosas, a los escritores asturianos, tales como Feijoo, Jovellanos o Clarín, y para no estar en condiciones de inferioridad con los demás hispanohablantes. Los llamados psicólogos profundos –pedagogos muy incultos, en su mayoría– que invocan los «traumatismos» del niño que acude a una escuela en castellano, debieran pensar también en los traumatismos que le esperan al futuro adulto quien, por no haber sido obligado a perfeccionar su castellano, se encontrará en condiciones de inferioridad, prácticamente excluído de una comunidad de cultura de radio infinitamente mayor.

Es el idioma y no la nación aquello que tiene, a nuestro juicio, importancia. Los idiomas de que hablamos están, en la mayor parte de los casos, bien delimitados entre los demás (no en todos: el bable, al no tener existencia como idioma de cultura superior –y no digamos el vascuence– sólo convirtiéndose en una especie de volapuk podría incorporar los centenares de términos y giros que sólo el curso de los siglos ha podido transformar un idioma neolítico en un idioma de civilización: la griesca de clas no puede competir con la «lucha de clases», porque griesca también suena en castellano con un matiz distinto que, comunicado al sintagma, lo vuelve ridículo, aunque no sea ridículo en los contextos en los que ordinariamente aparece griesca en bable; asoleyar, no puede servir por decreto para decir «publicar» un libro, porque «poner al sol» sigue designando en bable otra situación distinta y asoleyar por editar es sólo una metáfora; paisanu no puede sustituir a «hombre» en muchos contextos, particularmente teóricos y jurídicos en los que la palabra «hombre» se ha ido perfilando a lo largo de los siglos, y la competencia del castellano hace inviables sintagmas tales como «Declaración de los derechos del paisanu», o «Paisanu magdaleniense» (y esto sin perjuicio de que en el contexto propio del bable, paisanu tenga unas connotaciones peculiares y en cierto modo intraducibles). Pero los idiomas como el catalán o como el gallego, que tienen una tradición literaria mucho más remota, sí que pueden perfilarse como estructuras capaces de entrar positivamente en uni dialéctica efectiva, con respecto del castellano. En cambio, cuando nos referimos a las «Naciones», no salimos del terreno de los conceptos confusos, turbios, puramente ideológicos. Quienes utilizan la categoría «Nación» suelen remitirse casi siempre a una oscura entidad sustantificada, organizada sobre un núcleo de contextura biológico-racial, a la que se atribuye, desde luego, su derecho a la autodeterminación o autonomía interna. En virtud de este derecho putativo, se supone que tiene una Nación capacidad para contratar (pactar) con otras Naciones una convivencia política que asuma la forma de un Estado. Cuando se habla de «Estado español» –-como sustitutivo de «España» no se hace desde luego en nombre de motivos meramente estilísticos, o de un pedante rigorismo jurídico progresista. El sintagma Estado español –«a nivel de Estado español»– parece más bien destinado a desempeñar su función dentro de una necesidad de resolver una contradicción puramente lógica que se plantea en el momento de tener que elegir entre dos categorías supuestamente disyuntivas (Nación ó Estado): si Cataluña, Vasconia, &c., son naciones (pues sólo así es aplicable el axioma metafísico que venimos considerando), entonces España no puede ser Nación. Luego será Estado. Pero mientras que el concepto de Estado admite al menos una definición operatoria (aquello que tiene representación en la ONU por ejemplo), el concepto de Nación es absolutamente vago. Y si «autonomía del Estado» tiene sentido, la autonomía de la Nación (salvo que se defina denotativamente, es decir, como una lista de normas cuya unidad es siempre de tipo amalgama) no, «Nación autonómica» es un concepto que tiende, en el límite, a confundirse con «Estado», por lo cual, «Estado español» tenderá a entenderse a lo sumo como una federación de Estados. Y este entendimiento es purarnente voluntarista, mera expresión de un deseo, y no de una realidad histórica, económica o social. El círculo vicioso se nos muestra ahora al desnudo: las autodeterminaciones (las autonomías internas) sólo pueden ser fundadas en las nacionalidades y éstas sólo pueden justificarse como tales por su autonomía interna, no «otorgada», por su autodeterminación. ¿Puede olvidarse que las autonomías de que hablamos en este tiempo se dan sólo en el seno del Estado y sólo tienen sentido en función de él? ¿Puede olvidarse que las autonomías de que hablamos no brotan en modo alguno de la autodeterminación de los pueblos –que es lo que ideológicamente tienen en la mente muchos autonomistas– cuanto de la resultante de pueblos que están dados, como partes, en una totalidad histórica que los precede?. Históricamente, el círculo ha funcionado efectivamente, pero sólo en virtud de que las naciones (incluyendo las propias características raciales) no son previas a la autodeterminación, sino que resultan, en gran medida, de ellas. Por eso no cabe recíprocamente, invocar, sobre el vacío, a una nación pretérita para justificar el derecho (el poder) para autodeterminarse. Tales identificaciones rayarían con los procesos llamados paranóicos, si no fuesen meramente retóricos o literarios, o musicales (aunque no por ello menos peligrosos, no ya a escala de la gran Historia, pero sí de la pequeña historia). Pueden analizarse muy bien estos mecanismos a propósito del «movimiento celta» de estos últimos años. Bretones, irlandeses, galeses –hasta gallegos y algunos astures– «se reclaman celtas» (en francés) y un músico poeta, Allan Stivel, llega al extremo de identificar sus vivencias desventuradas (al menos retóricamente), atribuibles a su clase social, a su situación familiar, o acaso psicológica, con las mismísimas evidencias del pueblo celta, esclavo sometido secularmente a los opresores romanos o francos, de Roma o de Lutecia, con las mismísimas evidencias del pueblo que busca su liberación. Pero ¿qué es el pueblo celta, al márgen de los dibujos de Astérix?. No es en todo caso una raza prístina –porque no hay ninguna raza prístina que haya tenido un significado histórico– sino un resultado de múltiples razas cuya convivencia dió origen a una cultura, a un pueblo, mejor aún, a un conjunto de pueblos (rubios y morenos, por cierto) con un idioma común: un conjunto de pueblos que, después de avanzar hacia el Occidente fueron empujados por otros pueblos en la misma dirección, y hubieron de aposentarse en los finisterres de Europa «esperando la barca que ha de pasarlos al otro lado, como los muertos de Procopio». Cuando las reivindicaciones celtistas se apoyan en el idioma, entonces tienen un contenido práctico preciso, por ejemplo, cantar en un lenguaje más o menos aproximado al céltico convencional, normalizado. Pero cuando el idioma no existe, la Nación celta y aún la cultura celta (que en ningún caso se ha perdido, porque ha sido incorporada a culturas ulteriores: ha podido ser definido el francés como el latín pronunciado por celtas) se torna un concepto completamente gaseoso y propiamente ridículo: tal ocurre con los «celtas gallegos» o con los «celtas astures», cuyos idiomas son tan románicos como el castellano o el francés. Salvo rasgos de innegable interés para los laboratorios dedicados a estudios raciológicos, sólo podrán invocar a la gaita o a Prisciliano: pero la gaita es un préstamo de las legiones romanas (la cornamusa, la tíbia utricularis) y Prisciliano tiene tanto de druida como de sacerdote de Isis. El pasado verano subí en mi coche a un mejicano que pasaba las vacaciones en Asturias: venía a ver a sus bisabuelos y utilizaba una trasposición de los esquemas indigenistas «aztecas» muy original. Según él, el castellano, descendiente sin duda del latín, era el idioma impuesto a los astures por los imperialistas romanos. Habría que reivindicar el bable como idioma genuino que era de los astures prerromanos, «constructores verdaderos del Puente de Cangas de Onís».

El Basilisco

viernes, 27 de noviembre de 2009

Los diarios catalanes se olvidan del "responsable" Zapatero, por Antonio Martín Beaumont


Doce periódicos, doce. Distintos en todo -o en casi todo- El Periódico, La Vanguardia, Avui, El Punt, Diari de Girona, Diari de Tarragona, Segre, La Mañana, Regió 7, El 9 Nou, Diari de Sabadell y Diari de Terrassa se han puesto de acuerdo para publicar el mismo editorial el mismo jueves: envueltos en la cuatribarrada piden y predican "La dignidad de Catalunya". Nada que decir: ejercen la libertad de expresión, por supuesto.

¿Pero qué hay tan grave y excepcional para movilizar cabeceras tan dispares y hasta opuestas? Una vez más, el "Estatut" de Cataluña. Ya no se trata de pedir al Tribunal Constitucional una sentencia pronta. Ya no basta exigir que esa sentencia sea favorable a las tesis recogidas en el texto discutido. Ahora se descalifica preventivamente cualquier posible sentencia que no acepte en todo y por todo el "Estatut". Tal parece ser "la dignidad de Cataluña".

Pero no basta desear una cosa para que sea cierta. Que España sea una democracia no significa sólo que el pueblo elija a los gobernantes y vote de un modo u otro las leyes. Si la democracia se redujese a eso la Alemania nazi habría sido una democracia. Para que haya democracia debe haber, además, una división de poderes: quien legisla no gobierna y quien gobierna no juzga, no hay un caudillaje omnipotente. Y sobre todo hay un Estado de Derecho: todos deben respetar las leyes y éstas, conforme a su jerarquía, deben respetar la Constitución. Eso está en juego, y no la dignidad de Cataluña: si los legisladores catalanes respetaron o no la Constitución.

Estas nociones son tan elementales que los colegas directores de los doce periódicos catalanes las conocen perfectamente. ¿Por qué entonces amenazar a los magistrados con ese poco enigmático "si es necesario la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable"?

Los periódicos catalanes son víctimas de un doble complejo colectivo. Parecen querer decir que sólo siendo nacionalista se es catalán, mientras que Cataluña ha existido antes y seguirá existiendo después de este "Estatut" y de cualquier otro. Y nuestros colegas de la prensa catalana tienen, además, no pocos ingresos que provienen de la publicidad institucional de una Generalitat ferozmente estatutista. Pero no será aquí de todas maneras donde se diga que la dignidad, al fin y al cabo, siempre tiene un precio.

Con todo, no hay que dejarse llevar por las apariencias: en realidad, de todo esto la responsabilidad recae en Zapatero, el hombre que prometió que haría suya cualquier cosa que viniese de Cataluña y fuese votada por mayoría de los parlamentarios catalanes. Prometió algo que en democracia no puede ser prometido. Y lo hizo, tras romper un importante pacto constitucional garante por años de que cualquier reforma estatutaria debería contar con el consenso de las dos grandes formaciones políticas españolas, PSOE y PP.
El Semanal Digital

domingo, 22 de noviembre de 2009

Las mentiras y el caos de la reestructuración bancaria, por Roberto Centeno


El disparate económico de la semana, ha sido un gobernador del Banco de España explicando en el Financial Times, lo que debería haber explicado en España hace ya tiempo: que entre un tercio y la mitad de las 45 cajas existentes, en función de la evolución económica, son completamente inviables y deberán fusionarse o desaparecer antes de verano.


Es decir, primero teníamos el sistema más sólido del mundo mundial, luego vino el hundimiento de CCM, debido a la incompetencia y el sectarismo del gobernador que se negaría por tres veces a realizar la intervención como le pedían sus servicios hasta que ya le fue imposible ocultar por más tiempo la realidad, lo que agravaría enormemente el problema. Hace unas semanas había tres cajas inviables, y cinco en situación complicada. Y ahora viene, y en lugar de dar la cara en España como es su obligación, nos dice a través del Financial Times que hay ya quince Cajas inviables, si las cosas van bien y veintidós sin van mal, que es lo que va a suceder. ¿Y puede dignarse este ejemplo de previsión y eficacia cuantas cajas inviables habrá el mes que viene?


Pero lo que ya resulta de aurora boreal es la afirmación del gobernador según la cual serán las Cajas más saneadas quienes financiarán las adquisiciones de Cajas inviables con sus propios recursos, todo lo más recibirán un préstamo del FROB a devolver. Es decir, que las cajas sanas se van a comer las pérdidas multimillonarias de las cajas quebradas y a asumir los 150.000 millones de euros de deuda, y tan contentas porque lo dice el señorito. El Sr. gobernador, al igual que su indigno jefe piensa que los españoles somos imbéciles: mal está que nos expolie, pero al menos, no nos insulte.


De momento toda la reestructuración financiera del Banco de España ha consistido en mentir y no hacer nada. Mentir sobre el valor de los activos, mentir sobre la morosidad, y mentir sobre la viabilidad del sistema. Y cuando el tema CCM le ha estallado en las manos por no hacer nada, su intervención ha sido un caos absoluto, todo improvisación, oscurantismo y falta de criterios, y cuyo costo para los contribuyentes supera ya los 5.000 millones de euros sin que ello nos confiera derecho alguno, un robo puro y duro que no ha sucedido con los rescates bancarios en ningún otro país, donde las ayudas recibidas, o eran a devolver, o se convertían en participaciones accionariales del Estado, o era a cambio de activos. Y eso de momento porque el tema CCM dista mucho de estar terminado, ninguna caja seria quiso hacerse cargo, y Caja Astur ya ha advertido que se quedará solo con los activos, pero no con los pasivos. A eso me apunto yo también.


Pero con ser todo lo relatado un robo a mano armada y un desastre sin paliativos, no es lo peor, lo peor es que el sistema financiero debe casi 800.000 millones de euros, y no los puede devolver, y estos insensatos del Banco de España no han propuesto mecanismo alguno para reducir la deuda. En 2.009 de unos 80.000 millones de vencimientos, no se ha amortizado casi nada, más de 70.000 se han refinanciado a tres años aval del estado, lo que significa que ya no son ellos sino nosotros, el pueblo, quien lo debe. Unos avales concedidos sin el más mínimo cálculo de liquidación si se produce la quiebra, es decir, cuánto valdría la entidad financiera si tuviera que cerrar. Es de juzgado de guardia.


¿Y qué pasará dentro de tres años, cuando habrá que devolver no 70 sino 240.000 millones?, pues que será imposible el hacerlo porque la situación económica será muchísimo peor, y el BCE habrá cerrado la barra libre del crédito. Pero lo dramático, lo auténticamente escandaloso, es que entonces ya no lo deberán los bancos, ¡LO DEBEREMOS NOSOTROS! Y esta es toda la reestructuración que los irresponsables del Banco de España y la tercera peor Ministra de Economía de Europa – tercera porque es nueva y todavía no se han enterado del desastre absoluto que representa esta buena señora – según el Financial Times, han puesto en marcha con el dinero de todos.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Cuando Freddy se desquicia, por Emilio Capmany


No sé qué ha pasado, que el PP se ha puesto a hacer oposición. Especialmente brillante ha estado el diputado extremeño Carlos Floriano, nuevo en esta plaza, que, al decirle Rubalcaba que los únicos que coinciden en criticar Sitel son Batasuna y el PP, al cacereño se le ocurrió recordarle al ministro del Interior que eso mismo es lo que decían, los socialistas en general y él en particular, cuando el GAL. Cosa no dijera porque el habitualmente pacífico de formas Rubalcaba se puso como un basilisco y ya fuera del hemiciclo citó en un aparte a Floriano y a González Pons y los puso como no quieran dueñas.

En las democracias modernas, especialmente en la española, la televisión es el medio más influyente en los resultados electorales. Y, en la televisión, desquiciarse, indignarse, mesarse los cabellos, alterarse y cantarle las cuarenta al adversario queda fatal. Da igual que se tenga o no razón, el que pierde los estribos pierde el debate, tanto si el argumento está bien fundado como si no. Y el que pierde el debate pierde las elecciones. Los socialistas lo saben muy bien. Por eso, no pierden ocasión de sacar aquellos temas que irritan al PP y tienen la virtud de sacarle de sus casillas. Poseen una amplia panoplia de asuntos a los que recurren sistemáticamente cuando no saben por dónde salir o incluso cuando lo saben. En las cartucheras llevan desde los crímenes de la Guerra Civil, los de la derecha, por supuesto, hasta la condena del franquismo, pasando por el Prestige, el Yak-42, la Guerra de Irak, el 11-M, la negociación de Aznar con la ETA y alguna otra munición que se me olvida.

Como al PP le gusta presentarse como partido de Estado, repleto de hombres de Estado, sensatos y equilibrados, se dejan irritar, pero nunca descienden a combatir con esas mismas armas. No digo que recuerden los muchos episodios vergonzosos que jalonan la historia del PSOE, aunque no estaría mal que alguna vez les refrescaran la memoria para que reconocieran haber sido el único partido con representación parlamentaria que colaboró un día con una dictadura. Y que el 23-F estuvo a poco de caer en la misma tentación. Tampoco es indispensable poner de relieve que muchos de sus altos dirigentes fueron marxistas e incluso comunistas, y que ninguno de ellos ha afirmado renegar de sus viejas ideas.

Pero no sobraría ponerlos colorados de vez en cuando señalándoles como el partido que trajo la corrupción a la democracia española. Tampoco estaría de más exigirle a Zapatero que diga quién le reveló que en los trenes del 11-M había terroristas suicidas para, en el caso de no contestar, acusarle de intoxicar a los medios con noticias falsas que le favorecían a 48 horas de unas elecciones generales. Y, sobre todo, si es que es eso lo que más les irrita, sacarles una y otra vez el GAL. El Gobierno del PSOE fue el que levantó, financió y dirigió una organización terrorista. Con ser esto terrible, lo peor fue que no lo hizo para acabar con la ETA, que aún sigue viva y coleando, sino para esquilmar con tal pretexto las arcas del Estado. Y encima, algunos de los secuestrados y asesinados no tenían nada que ver con la banda. A ver qué tal les sienta.

Libertad Digital

Rubalcaba como síntoma, por José Antonio Zarzalejos, El Confidencial


No se recuerda que Alfredo Pérez Rubalcaba haya perdido jamás la compostura. Ni siquiera en el trienio negro (1993-96) del último Gobierno de González cuando caían chuzos de punta y él era ministro de Presidencia y Relaciones con las Cortes; tampoco cuando, de 2000 a 2004 desempeñó la función de portavoz del grupo socialista en el Congreso; menos aún cuando, ya ministro de Interior con Rodríguez Zapatero, tuvo que digerir el mal llamado “proceso de paz” con la banda terrorista ETA. Un hombre que ha descargado de forma siempre medida y letal palabras como cuchillos contra sus adversarios, que domina el escenario mediático con gran soltura y que es un “último mohicano” del socialismo verité, no está a la altura de su propia trayectoria cuando se enzarza públicamente en una acalorada discusión con el diputado popular Carlos Floriano, le advierte de que “escucha” todo lo que dice y “ve” todo lo que hace, le adjetiva de paranoico y se refiere a la secretaria general del PP como “loca”.

Para que Rubalcaba cometiese este enorme error tenía que estar muy nervioso. Y al ministro de Interior le procura más inquietud la ineficiencia e incompetencia de los suyos que las capacidades dialécticas y políticas de los adversarios con las que está acostumbrado a confrontar con un férreo autocontrol. Así que, si Rubalcaba está nervioso –y parece que lo está— es que el resto del Gobierno padece histeria. Porque el desasosiego del responsable de Interior se convierte en todo un síntoma: hasta él, el valor más seguro y acreditado del Gabinete, yerra y mete la pata hasta el corvejón cuando maneja, además, el cuestionado sistema de escuchas SITEL que, por más sentencias del Tribunal Supremo que lo avalen, requiere una Ley Orgánica para su funcionamiento con garantías que el Gobierno socialista debería prestar haciendo buena su política de “extensión de los derechos y libertades”.

Errores como misiles

Y es que el Gobierno de Rodríguez Zapatero es un buque a la deriva en cuya línea de flotación vienen impactando misiles en forma de errores políticos del más grueso calibre. Y Rubalcaba es muy consciente de ello porque es un político que comparte gestión con becarios gubernamentales, lo que le irrita hasta la exasperación. Y los resultados cantan. No ha habido órdago que Zapatero no haya perdido.

Empezó con esa apuesta trágica del “proceso de paz” con la banda terrorista ETA

Empezó con esa apuesta trágica del “proceso de paz” con la banda terrorista ETA que culminó con el doble asesinato en la T4 de Barajas el 30 de diciembre de 2006; continuó con el respaldo a un Estatuto de Cataluña, ese mismo año, que, además de romper el modelo de Estado, ha sumido al Tribunal Constitucional en un crisis de credibilidad difícilmente reversible; continuó con una testaruda negativa a admitir que entrabamos a principio del curso pasado en una recesión de gran calado que el Ejecutivo calificó de “desaceleración” hasta que la quiebra de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, le devolvió a la cruda realidad y ha seguido con un proyecto de ley del aborto que rechaza buena parte de su propio electorado, porque quiebra de forma arbitraria el marco normativo de la patria potestad y de la familia.

Por si todos estos errores fueran pocos, en apenas tres años, el Gobierno ha pasado de definir un modelo de RTV pública con una buena ley como la de 5 de junio de 2006, implementando un razonable sistema de financiación de TVE, a desmantelar su único acierto y situando como máximo responsable del ente a un ex ministro de UCD de ochenta y un años. Y como colofón, la gestión –entre chapucera y patética—del secuestro del Alakrana que si feliz por el regreso hoy a España de los conciudadanos retenidos, es amarga por la comprobación de que el Estado se encuentra en manos de un Gabinete sin la experiencia, la capacitación técnica y la sapiencia política necesarias para manejar un episodio tan crítico como el sucedido en las costas de Somalia.

No es extraño que Rubalcaba esté nervioso y se le hayan ido los gestos en aspavientos y las palabras en advertencias. Porque cualquier ciudadano sensato y con un cierto sentido crítico lo estaría ante una vicepresidenta -María Teresa Fernández de la Vega- que acumula poder y abronca en público a la presidenta del Tribunal Constitucional; negocia de espaldas al propio PSOE el modelo de la TV pública; apuesta por la continuidad de un director del CNI al que el Consejo de ministros tiene que destituir a las pocas semanas; viaja a Argentina en plena efervescencia del secuestro del atunero español secuestrado; se crispa en las respuestas en el Congreso de los Diputados atribuyendo a la oposición una abracadabrante alineación con los piratas (sic) y se alza en una suerte de gobernanta adusta de los ministros (y ministras), rebasada por los propios poderes que acumula y las insuficiencias de capacitación que arrastra y que su probada voluntad de trabajo no puede soslayar.

El Gobierno tiene las elecciones perdidas

El Gobierno perderá las elecciones generales de 2012 (así se deduce al desentrañar técnicamente la última encuesta del CIS y según el resultado de las que dispone el propio PSOE) si es que llega a ellas este Gabinete, que es cosa que se puede poner muy en duda. Pero por el camino que lleva –de error en error-, no sólo las pierde de manera digna, sino por una extraordinaria goleada infligida por ese ejército de Pancho Villa que es el PP de Mariano Rajoy, el más sensato con diferencia de todos los líderes de la derecha española al día de hoy.

Desde el jueves, sabemos también que la OCDE nos remite a un lejano 2011 para comenzar a ver el final del túnel

Y esta descripción, contrastada con fuentes directas del PSOE y aledaños del Gobierno, no es un plato de gusto para nadie, porque hasta que llegue la cita con las urnas, la capacidad de destrozo del Ejecutivo es grande. Ya sabíamos que estábamos a la cola de la Eurozona; desde el jueves, sabemos también que la OCDE nos remite a un lejano 2011 para comenzar a ver el final del túnel (eso sí, con el 20% de paro y el 10% de déficit), lo que no sabemos es cómo se va a gestionar esta coyuntura, más allá de alarmarnos ante el aplauso del ministro de Trabajo a las manifestaciones de los sindicatos contra el empresariado que se producirán el próximo día 12 de diciembre. Increíble.

El lunes, se celebra en Madrid la 21ª Mesa redonda Empresarial con el Gobierno de España (“Trazando el futuro rumbo de España”) que organiza la revista The Economist –no precisamente benigna con el Gobierno español—en la que intervendrán el Presidente Zapatero y la vicepresidenta Elena Salgado, además de reputados empresarios, encabezados por Cesar Alierta. Según muchos observadores cualificados, el inquilino de la Moncloa, cuya política exterior suscita reticencias muy fuertes en la UE, tiene la oportunidad de reposicionarse ligeramente en línea con los principales Gobiernos europeos –los organismos internacionales siguen lanzando mensajes de advertencia a la política económica del Gobierno y la OCDE le sugiere aplazar la subida de impuestos—o sentenciar definitivamente que es el representante de un populismo que está fuera de la historia y de la realidad española y continental. Y así nos va.

El Confidencial
El caótico desgobierno socialista está muy tocado

viernes, 20 de noviembre de 2009

Ortega y el franquismo, por Pío Moa, LD


La izquierda española, cuya reconocida nulidad intelectual (no tiene un solo pensador ni siquiera mediano) solo es comparable con su capacidad de intimidación, condenó a Ortega y Gasset a un despectivo silenciamiento, multiplicando los sarcasmos y pequeñas invectivas contra él (es la manera habitual de razonar en la izquierda, muy distinta de la discrepancia argumentada), por el pecado de haber vuelto a la España franquista y trabajado en ella durante sus últimos diez años.

Es más, descubrieron que seguía cobrando del estado por su cátedra, lo que interpretan como el precio por callar ante los inauditos desmanes y crímenes que a diario practicaba aquella dictadura odiosa. ¡Por tan poco había comprado el franquismo al personaje! Abyecto, realmente.

Pero, claro, Ortega seguía siendo el filósofo español más relevante del siglo XX, por lo que una parte del progresismo buscó el modo de redimirle, siquiera parcialmente, de su delito. Y así, la intelectualidad tipo El País destacaba sus supuestas malas relaciones con el régimen, el no menos supuesto hecho de que este le despreciara, la escasa simpatía de la Iglesia hacia él, la amargura del pensador, que sólo pudo volver a España a dejarse morir en un ambiente tan hosco a la cultura, hundido el hombre, en fin, en un "exilio interior", ese famoso truco con el que tantos han venido falsificando su propia biografía o la de otros. O rehúsan creer que hubiera cobrado del estado mientras no les muestren los recibos con la firma. La misma Inger Enkvist, generalmente tan lúcida, da pábulo a algunas de estas leyendas (aunque las critica también) mencionando que se encontró "en situación difícil social, intelectual y económicamente", o afirmando: "Lo peor para él fue la situación cultural de España, ya que había dedicado toda su vida a mejorarla y ahora la veía más deteriorada que cuando había empezado a trabajar".

En Años de hierro recordaba la opinión de Julián Marías, contrastándola con las anteriores: "No se sabe qué pensar de los que ahora dicen que Ortega vino a España a morir; vino a vivir –y vivió diez años– en ella y para ella, lleno de proyectos y de entusiasmo". El testimonio desinteresado de Marías vale, desde luego, mucho más que tantos otros cargados de prejuicios políticos, ya que él recibió algunos disgustos del régimen, nunca fue franquista y mantuvo estrecho contacto personal con su maestro. Y nadie le ha acusado de la deshonestidad política e intelectual que en cambio puede achacarse a demasiados de nuestros escritores.

Ortega y Gasset con la argentina Victoria Ocampo, en Madrid, 1925


Ortega integró, con Pérez de Ayala y Marañón, el grupo de los llamados "padres espirituales de la República", y lo hizo sobre todo con su famoso artículo "El error Berenguer", uno de los más influyentes y también más absurdos del siglo XX español. En él aplicaba su extravagante concepto histórico de la "anormalidad" histórica de España para criticar ferozmente a la dictadura, ciertamente muy ligera, que había dado al país una tranquilidad que apenas existía en Europa por entonces, un progreso económico desusado, que había superado las plagas que habían derrumbado la Restauración, y permitido una vida cultural libre y muy fructífera. Fue, realmente, El error Ortega,como él y los demás padres espirituales reconocerían pocos años después, tras la experiencia histórica.

Pérez de Ayala se sumó con entusiasmo al franquismo, y la posición de Ortega equivale a la expuesta por Marañón y Besteiro: ante "la estupidez y la canallería criminal" del Frente Popular, "¿cómo poner peros, aunque los haya, a los del otro lado?". La amargura del filósofo no se debía al nuevo régimen, con el cual no podía simpatizar mucho, pero al que reconocía el enorme mérito de haber salvado al país de una pesadilla mucho peor. Su amargura nacía del fracaso sin paliativos de muchas de sus ideas políticas. No se exilió por el régimen de Franco, sino por huir del Frente Popular, como tantos otros –hecho que los historiadores lisenkianos suelen confundir deliberadamente–. Y en Buenos Aires rehusó condenar a Franco, lo que le valió el ostracismo profesional. En cambio, después de volver a España pronunció en 1946 su célebre conferencia del Ateneo de Madrid:
Por primera vez, tras enormes angustias y tártagos, España tiene suerte. Pese a ciertas menudas apariencias, a breves nubarrones que no pasan de ser meteorológicas anécdotas, el horizonte de España está despejado. Mientras los demás pueblos se hallan enfermos, el nuestro, lleno sin duda de defectos y pésimos hábitos, da la casualidad de que ha salido de esta turbia y turbulenta época con una sorprendente, casi indecente salud.
La conferencia fue radiada a todo el país.


Estas frases de Ortega pueden sonar a burda e interesada adulación al régimen, sobre todo puede parecerlo a quienes han tragado el bulo del "páramo" o el "erial" cultural que supuestamente era España por entonces. Pero no había tal erial, aunque los exilios y odios de la guerra habían cobrado su duro tributo. Las izquierdas habían devastado cientos de bibliotecas públicas y privadas, archivos, museos, obras de arte, sin contar lo que se habían llevado al extranjero para pagarse el exilio. Y habían creado un anticipo de lo que ha sido la libertad cultural en los países socialistas, movilizando a los intelectuales, velis nolis, para hacer una siniestra propaganda política prosoviética. En las difíciles condiciones de posguerra, he insistido en ello y debe recordarse de continuo frente a la propaganda de los herederos del Frente Popular, se compuso la novela española más traducida después del Quijote, la pieza musical más conocida en el exterior, el libro doctrinal cristiano más divulgado; siguieron escribiendo la mayoría de los autores de las generaciones del 98, del 14 y del 27, Zubiri publicó su obra fundamental, surgió un gran número de figuras nuevas en los más variados terrenos intelectuales, como ha explicado Julián Marías en un artículo famoso.


El propio Marías, rechazado arbitrariamente en la universidad, no por ello se vio sometido al ostracismo o al exilio interior, y explicó algunas razones de la nada despreciable vida cultural de entonces:
En la España posterior a la guerra descubrí el inmenso alcance de la economía privada: poder comprar la carne, las verduras o los trajes en un comercio particular, no en un mercado estatal; poder publicar en una editorial privada o en una revista del mismo carácter, aunque fuera con censura; cobrar algún dinero de una empresa también privada, no del omnipotente estado (...) En España no había libertad política y la economía estaba intervenida y mediatizada; pero eran cortapisas a una realidad que seguía siendo privada, múltiple. Había un coeficiente muy apreciable de libertad personal y social, porque subsistía un sistema económico que en sus líneas generales era liberal.
A decir verdad, el estado era, económicamente, mucho más liberal que el de ahora, al menos mucho más reducido, lo que lo alejaba automáticamente del totalitarismo.

Y el apoyo del régimen a la cultura tampoco debe despreciarse: se creó la primera facultad de Ciencias Económicas (la república había liquidado el único centro superior de esa disciplina), donde se formaron brillantes economistas prácticos; se organizó el CSIC, generalmente reconocido como superior a sus precedentes; aumentó con rapidez, superando enseguida a la república, el número de estudiantes medios y universitarios, y más el de chicas, como también mejoró la proporción entre maestros y alumnos en la primaria, aumentando su eficiencia, y las enseñanzas técnicas. Y así podríamos seguir con una buena serie de datos que he mencionado en el libro antes citado, y que la intelectualidad de izquierda tipo El País prefiere silenciar.

En ese ambiente general siguió trabajando Ortega, como Menéndez Pidal y tantos más. Cuando uno se libra de las habituales telarañas ideológicas y va a los datos reales, solo puede pasmarse de hasta qué punto se ha desfigurado la historia en estas últimas décadas. Y ese falseamiento sí puede afirmarse que ha producido un auténtico páramo cultural, porque sobre la mentira es difícil construir nada valioso.


Pinche aquí para acceder al blog de PÍO MOA.

jueves, 19 de noviembre de 2009

SITEL: Atracción fatal, por José García Domínguez


La única condición, necesaria y suficiente a la vez, para andar alarmado con el último juguete de Rubalcaba, Sitel creo que le llaman, consiste en desconocer la Historia de España. Al cabo, ese trasto en su versión primera, la biológica, ya estaba más que inventado en 1937. Recuérdese al efecto aquella célebre conversación telefónica de don Manuel Azaña súbitamente interrumpida por una recia voz del pueblo, al parecer adscrita a la CNT. "No puede usted continuar hablando de esas cosas. Está prohibido". "¿Por quién?". "¿Por mí?"."¿Cómo no voy a poder hablar si soy el presidente de la República?". "Razón de más. Sus obligaciones son mayores". Y ahí se cortó la línea.

Aquí, el Poder, que es paranoico por naturaleza, siempre presume tras la prosaica vulgaridad pública de sus adversarios fantásticas conjuras ocultas y arcanos enigmas gnósticos. De ahí que los sótanos del Ministerio del Interior lleven más de medio siglo empedrados con cintas de casete donde el diputado Pérez pregunta a su legítima qué le va a servir de cena por la noche, el subsecretario Martínez solicita hora al dentista, y el famoso periodista López ruega un préstamo de veinte mil duros a su cuñado, el orondo contratista Gómez.

A su vez, la gente, o la ciudadanía como dicen los cursis, resulta inconsistente por contradictoria. ¿Qué sagrado derecho a la intimidad amenazará Sitel si basta con abrir un periódico para disponer de un dossier completo sobre las infidelidades conyugales y las perversiones sexuales de media España? Pero si aquellos fulanos siniestros que dirigían la Stasi, Securitate o el propio KGB no darían crédito a sus ojos, contemplando cualquier magazine del "corazón" en Telecinco o Antena 3. ¿La preciada privacidad de los españoles, amenazada por un chisme informático? No nos hagan reír.

En fin, la única conjura que hay detrás de Sitel, como siempre, es la de los necios. Así, al ministro Rajoy Brey, ya que no se le ocurría modo mejor de enterrar trece millones de euros, le faltó tiempo para comprarlo. Eso sí, con la intención expresa de no utilizarlo jamás, bajo ningún concepto, nunca. Ya se sabe, cosas del Taoísmo pontevedrés. Que no se quejen entonces si ahora les cae encima la loca de Atracción fatal disfrazada de Rasputín: "Veo todo lo que haces y oigo todo lo que dices". Qué miedo, cualquier día irrumpe con el cuchillo en el Hemiciclo.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.
Libertad Digital

martes, 17 de noviembre de 2009

La enseñanza destruida por el PSOE mientras el PP estaba mirando pasar los pajaritos

Véase también en Mariano Digital la entrada sobre el tema.


LA IZQUIERDA SE HA CARGADO LA ENSEÑANZA PÚBLICA

Javier Orrico






E

l pasado 6 de mayo, el “Periodista Digital” publicaba en sus páginas de Internet una entrevista realizada por Arturo Díaz al profesor Javier Orrico, cuya lectura, incluso aunque no se compartan las ideas del entrevistado, consideramos imprescindible para quienes se dedican a la docencia, particularmente cuando todavía está reciente la deplorable imagen de nuestro bajo nivel escolar conseguido con la pedagogía logsiana que ofreció al mundo entero el Informe Pisa, y el Gobierno ha aprobado ya la LOE, la nueva reforma educativa prevista por el Gobierno actual (¡la cuarta en 15 años!).

* * *

Hablar con Javier Orrico por teléfono sobre el estado de la educación en España es recibir por el auricular un torrente de pasión por el noble oficio de maestro, por la rabia de un catedrático de Bachillerato que constata cada día la desolación de las aulas donde campa la desidia, y por el dolor de un hombre horrorizado por la «muerte de la cultura» que impone desde hace ya 15 años una ley vituperada, la LOGSE.




Portada del libro "La enseñanza destruida", de Javier Orrico, publicado por la Editorial Huerga y Fierro, de Madrid.


Pregunta: En dos palabras, ¿por qué está destruida la enseñanza?

Respuesta: Un sistema educativo que no premia el mérito y no reconoce el trabajo, no es un sistema educativo. Será otra cosa, pero no inculca a las personas el principio de que el trabajo debe ser el mecanismo fundamental de ascenso en la vida, y de expresión de las cosas que uno quiere hacer. Si no se reconoce tu mérito, la desmotivación es inmediata.

P: ¿Cuál fue el objetivo de facilitar tanto las cosas a los niños en la escuela e institutos que instauró la LOGSE?

R: En el fondo, el objetivo no es pedagógico. Lo que pretendían las pedagogías hasta la llegada de lo que los anglosajones denominaron «comprehensive school», lo que aquí se llamó «escuela comprensiva» en una mala traducción. Esto quiere decir que comprende a todos por un camino único. Un verdadero sistema pedagógico debería pretender que todos los alumnos sepan el máximo y todos desarrollen al máximo sus capacidades. Pero el sistema pedagógico de la LOGSE no pretende eso, sino que todos desarrollen lo mismo. Que todos reciban lo mismo. Que todos salgan exactamente iguales. Por tanto, no es un sistema educativo que busque lo mejor para todos, sino imponer, no la igualdad, sino el «igualitarismo».

P: ¿Cuál fue la ideología que guió esta reforma?

R: Es un sistema educativo de las viejas y caducas ideas del marxismo, es decir, que todo el mundo sea igual por decreto, que nadie pueda destacar y diferenciarse, que nadie pueda desarrollar una capacidad individual que le haga sentirse o ser distinto del de al lado, pero no ser distinto del resto por ser de una distinta clase, o tener diferentes posibilidades o derechos, sino estrictamente porque los seres humanos somos distintos y buscamos cosas diferentes.

P: ¿No había nada bueno en la LOGSE?

R: Sinceramente, visto ya con 15 años de experiencia, yo creo que no había nada bueno. Hubo una oportunidad perdida de renovar la enseñanza media, en el sentido de que había que haber mejorado la Formación Profesional. Habría que haber invertido toda la paletada inmensa de millones que se ha tirado a la basura a partir de la LOGSE en esto. A cambio, se han construido cientos o miles de pequeños institutillos sin valor verdadero, sin buenas bibliotecas, laboratorios y departamentos para los profesores, sin medios auténticos, porque cada pueblo exigía su instituto. Como consecuencia, el instituto dejó de ser aquel centro de verdadera regeneración y expansión de la cultura por toda España que habían sido los buenos centros de Bachillerato, que tenían un sentido más bien comarcal, o de ciudades de cierto tamaño donde se acababa reuniendo a los alumnos. En vez de invertir en la Formación Profesional, lo que se hizo fue fundirla con el Bachillerato.

P: ¿Qué piensa de la prolongación de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años?

R: Me parece muy bien para los que estén de acuerdo en que se puede obligar a alguien a hacer lo que no quiere hasta los 16 años. En último extremo se podría haber hecho una enseñanza obligatoria sin necesidad de que fuera una enseñanza única. Una cosa es que no se permita que los niños anden por el campo con el burro a los 14 años, que esa España ya no existía entonces como se creía el PSOE. Pero si se quería hacer la enseñanza obligatoria, que se hubieran creado distintos caminos para los que no quieren seguir la única vía que se les propone, los que se denominan “objetores”. O sea, señores, que al verse obligados a hacer una cosa que no les interesa, lo que realmente hacen es impedir que los demás puedan seguir estudiando.

P: Los partidarios de la LOGSE aducen que el fracaso educativo constatado por el Informe Pisa se debe a que esta Ley no se llegó a aplicar en toda su extensión durante los gobiernos del PP.

R: No, no, en absoluto. Eso es una propaganda política. Les vino muy bien que al PP le cayera la responsabilidad de aplicar la Ley al ganar este partido las elecciones de 1996. Así, si la Ley fracasaba, la culpa no era de ellos. Pero la LOGSE fue un fracaso desde el primer momento. El primer texto que yo escribí contra la LOGSE es del año 1992, cuando yo ni siquiera era profesor, porque era el jefe de Opinión de Diario 16 en Murcia. Cuando leí los fundamentos educativos de esta Ley me llevé las manos a la cabeza y dije: «El Señor nos coja confesados con lo que se nos viene encima». En ese texto que recojo en mi libro, La losa que viene, afirmaba ya que eso iba a ser la ruina de la enseñanza española y la ruina de la memoria histórica.

P: Pero, ¿la LOGSE se ha aplicado o no?

R: Se ha aplicado absolutamente. Precisamente, el error que yo le achaco al PP es que no detuviera la Ley en el año 96. El PP construyó institutos a punta de pala; trasladó a los chicos desde los 12 a los 14 años a los institutos en vez de dejarlos en los colegios, que es donde tendrían que seguir. Con esto, arrasaron los institutos. Los chicos de 12 años eran los mayores en los colegios y se sentían responsables porque sabían que, en los dos últimos cursos de la EGB, se jugaban el obtener el título de EGB y poder seguir adelante con sus estudios. Estos niños rendían bien en los colegios, pero, en los institutos, se pierden. Es un ciclo desastroso. Son niños que se mezclan con chicos mayores, de 18 años, que están en cosas absolutamente distintas. Los mayores llaman “gremlins” a los pequeños.





Estos niños rendían bien en los colegios, pero, en los institutos, se pierden. Es un ciclo desastroso.



P: ¿Qué destacaría de los institutos de antes?

R: Los institutos eran centros libres, con las puertas abiertas, donde el alumno iba a estudiar y, si quería, no iba. Con la LOGSE, se han convertido en pequeñas cárceles de adolescentes. Se podía haber hecho que el Bachillerato empezara antes, para que todo el mundo estuviera mejor formado, que todos tuvieran la posibilidad de alcanzar una formación teórica que les permitiera competir con los hijos de la burguesía y poder acceder a la Universidad en condiciones de preparación tan buenas como las mejores. En vez de eso, han alargado la EGB hacia arriba, con lo cual, hoy los chavales de 16 años salen peor preparados que antes a los 14. El nivel ha bajado tanto, la indisciplina es tal en las aulas que el resultado es ése.

P: ¿Por qué el PP no varió el rumbo?

R: Porque el PP no se atreve a nada. Es un partido muy pusilánime, siempre con la opinión pública en contra muy bien manejada por la izquierda. Existía entonces ese prejuicio de «¡Qué viene el doberman!». Precisamente han achacado al PP todo lo contrario de lo que ellos hicieron. No tanto el sector liberal del PP, pero su sector democristiano vio las puertas abiertas cuando, al aplicarse la LOGSE y hundirse la escuela pública, la gente comenzó a acudir a los colegios privados. Eso suponía que los colegios concertados religiosos iban a tener una demanda de plazas escolares extraordinaria, que el PP, en aplicación de la Constitución y las leyes vigentes, sacaron adelante.

P: Usted adjudica toda la responsabilidad a la izquierda...

R: La izquierda se había cargado la enseñanza pública. Y todo el que ha podido se ha ido a colegios privados y concertados. El objetivo del PSOE de dar a todos lo mismo era una mentira, porque, ¿quiénes son los de «todos lo mismo»?, los de la enseñanza pública. Porque en la enseñanza privada, a pesar de dar los mismos programas, el ambiente, el clima, las familias, el empuje que se le da al niño, el sustrato cultural, hace que hoy día, desdichadamente, la preparación que se da en los centros privados sea cualitativamente muy superior que la que ofrecen los centros públicos. ¿Quiénes han perdido? Esta broma la han perdido los hijos de los trabajadores.

P: ¿A quién culpan del desastre los muñidores de la LOGSE?

R: Echan la culpa a todo el mundo menos a sus principios teóricos. A los primeros que culparon fue a los profesores de Bachillerato, que éramos «unos elitistas» y no queríamos «saber nada de estas cosas», la primera mentira. Segunda mentira, que no se pusieron los medios suficientes para aplicar la LOGSE. Mentira. Los medios están, las “ratios” de alumnos por aula han bajado. Es raro que en una clase haya más de 25 alumnos, y cuando yo empecé a trabajar en el Bachillerato en 1979, las clases de 50 alumnos eran muy normales. Esto es una cuestión de sentido común. Si llegas a una clase y te encuentras con unos chicos que llevan suspendiendo las matemáticas desde pequeños y no han tenido que repetir curso, llega un momento en el que ya no entienden absolutamente nada de lo que se les habla. Ahora la nueva Ley prescribe que sólo se repita una vez en la Primaria.

P: ¿Qué ocurre en la Primaria?

R: La Primaria es el verdadero origen de todo este desastre. La enseñanza primaria española ha sido laminada. Han acabado con la memoria, con el estudio, con la información... y se dedican a «construir mensajes», a «construir aprendizajes», lo que llaman el constructivismo. Y claro, cuando llegan a la Secundaria tienen tantas carencias, que uno se encuentra con una disparidad de alumnos tal que es imposible mantener un ritmo de trabajo más o menos homogéneo. Entonces, los listos de los pedagogos, que están en sus despachos sentados, te dicen: «No, atienda usted a la diversidad y haga usted adaptaciones para todos». ¿Qué me pide usted?, ¿qué vaya con 25 ritmos distintos? Eso es muy fácil sentado en la mesa del departamento de la Facultad de Pedagogía.

P: Usted habla en su libro de «secta de pedagogos». ¿Qué necesidad hay de llamar al recreo «segmento de ocio»?

R: Y más cosas. Hablar con un chico se llama «intervención psicopedagógica». Y decirle a un muchacho que como no sabes, ni sé cómo hacer que sepas más de lo que sabes, te voy a hacer una «adaptación curricular».

P: ¿Y eso qué es?

R: «Te voy a aprobar», sin más rodeos.

P: ¿Cuál es el objeto de toda esa jerga pedagógica?

R: Esconder la realidad. El eufemismo intenta siempre que la realidad no se muestre en toda su crudeza. Además, eso supuso un aura de ciencia nueva que llegaba a los centros de Bachillerato donde la gente pretendía enseñar Literatura, o Biología, o Matemáticas, o Historia. Los de la enseñanza media no somos maestros sino que somos físicos, o matemáticos. ¿Cómo enfrentarse a gente tan preparada unos señores que no saben de nada? Son unos señores teóricos de una «supuesta ciencia» que es un disparate. Sólo la experiencia en el trabajo, el aprendizaje del profesor, puede hacer que uno crezca en el desempeño profesional. Hacer que un poema de Juan Ramón Jiménez llegue a un niño de 16 años, algo tan alejado en principio de su sensibilidad, es algo que se aprende ejerciendo la profesión, no con métodos teóricos. Toda esa jerga abstrusa les confería a los pedagogos el aura de nuevo mago de la tribu, el nuevo brujo, que, con ese lenguaje incomprensible a los demás, les trae una nueva ciencia revelada que lo resolverá todo. El objetivo último de los pedagogos era tomar el poder en la enseñanza.

P: ¿Sus colegas están mayoritariamente de acuerdo con sus opiniones?

R: Creo que es muy general esta opinión.

P: ¿Por qué no hubo una revuelta entre los maestros ante lo que se les impuso?

R: Porque los cuerpos que se opusieron fueron los cuerpos de Bachillerato. El PSOE creó división entre los cuerpos de funcionarios. Los maestros del ciclo superior de EGB, los que daban 7.º y 8.º, pasaron a los institutos sin pasar ninguna prueba u oposición. Estos señores que enseñaban en el primer ciclo de la ESO a los mismos chavales, de pronto, eran profesores de instituto; han sido los únicos a los que se aumentó el sueldo y defendieron, lógicamente, la reforma con uñas y dientes. Además, prácticamente, todos los institutos tienen un jefe de estudios adjunto que es del Cuerpo de Maestros. Y además, pasaron de tener un horario de 9.00 a 12.00 y de 15.00 a 17.00, a tener el horario de mañana de los institutos. Todos estos señores se pusieron contentísimos. Con todo esto en contra fue imposible crear un movimiento unitario de oposición a la LOGSE. Se les hizo también la pascua a los catedráticos y agregados de instituto, pero se consiguió que cualquier movimiento de sublevación contra esto fuera presentado como una defensa corporativa y reaccionaria.

P: ¿Qué opina de la integración de chavales con minusvalías en los colegios?

R: Las criaturas que tienen retrasos, minusválidos, a los que en los centros especiales se les podría ofrecer un mínimo de futuro, se les tiene ahí aparcados en los colegios. Mandan a unos maestros que se llaman de «pedagogía terapéutica», que no son de Secundaria, sino del cuerpo de Primaria, maestros de apoyo que «los sacan de las aulas para darles unas clases aparte», pero manteniendo la ficción de que los están integrando entre los demás y en la sociedad. Esto es uno de los asuntos más delicados de esta historia. Yo creo que les estamos haciendo un flaco favor. Pero hay padres que lo prefieren y dicen: «Aunque mi hijo no aprenda nada, yo prefiero que esté aquí y se relacione con los demás». Bueno, pues a lo mejor esto es positivo, pero lo que sí te digo es que no aprenden absolutamente nada. Tú imagínate que eres profesor de matemáticas de chicos de 14 ó 15 años, y tienes en la clase a un chaval casi paralítico cerebral cuyo nivel intelectual es el de un niño de 7 años. Te lo meten en la clase, y alguna hora de la semana, te lo sacan de la clase para darle matemáticas aparte. Y a ti te dicen que vayas controlando su trabajo y el del resto. En el resto hay cinco gamberros que no te dejan dar clase; ocho que no entienden nada de lo que dices; diez que podrían ser alumnos estupendos a los que no puedes atender porque tienes que controlar a los anteriores... Entonces, claro, las clases son inmanejables.

P: ¿Cuál es el efecto de esta situación en los profesores?

R: Se produce el desistimiento. Mucha gente ha desistido de llevar adelante su profesión y va a clase a que pase la hora, a que estén allí los niños, a mandar ejercicios. Tenemos una especie de escuelas para chicos mayores donde el aprendizaje, la exigencia y los programas son lo menos importante, y se trata de que estén allí y lleguen hasta los 16 años y adiós muy buenas.

P: ¿De qué manera se puede mejorar la calidad de la enseñanza? ¿Hay marcha atrás?

R: Es muy difícil, porque la sociedad ha ido cambiando al mismo tiempo. El sistema educativo hubiera podido ser un cierto valladar, una especie de reducto último de lo que se llamó el «proyecto ilustrado», pero, paradójicamente, nos hemos tenido que caer del burro para darnos cuenta de que la izquierda, o esto que se llama la izquierda española de hoy, es la principal enemiga del proyecto ilustrado, que se supone que es lo que siempre tenía que haber defendido la izquierda. Esto lo he llamado en la introducción de libro, la «paradoja de la izquierda». El proyecto ilustrado que proclama que el hombre mejora a través de la cultura, la belleza y el arte, se lo han cargado por la raíz. Desde ese momento, el bastión de defensa de la cultura que era el sistema educativo, ha sido arrasado. La televisualización, la audiovisualización, la masificación, lo que yo llamo la tríada «sofá, pizza, televisión» ha arrasado con la idea de la cultura. Lo que los medios de comunicación poderosos promueven, es lo mismo que promueve el sistema educativo, porque ya no cree que «la cultura se adquiera con esfuerzo, trabajo y dedicación».

P: ¿De dónde surge un cambio tan radical en la enseñanza?

R: Primero, de la idea del PSOE de «vamos a dejar España que no la va a conocer ni la madre que la parió». La LOGSE fue una Nueva Planta, un cambio de raíz. Cambiaron los centros, los profesores, los estudios, los programas..., todo. Y el PP lo mantuvo por un sentido democrático que yo les reprocho. La educación no puede estar sometiéndose a un proceso de reformas y reformas de las contrarreformas. Ahora, el PSOE ha dado al PP un guantazo, y les ha demostrado de lo que es capaz el Partido Socialista. Éstos sí, llegan al poder y se cargan una cosa que ni siquiera sabemos si podía llegar a dar resultado [la ley proyectada por el PP, la LOCE]. La Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza era una ley muy tímida pero que, al menos, atacaba los puntos más fracasados de la LOGSE. Establecía que desde los 14 hubiera tres caminos, siempre reversibles, para que cada chaval eligiera su camino y las clases pudieran funcionar. La LOE que propone el Partido Socialista no es más que un regreso a la LOGSE, una ley absolutamente fracasada, pero además, acentuando el desastre. Una de las cosas que prevé es cargarse la Filosofía para introducir una asignatura de adoctrinamiento político que se va a llamar “Educación para la Ciudadanía”, que no es más que enseñar lo políticamente correcto, evitando que la gente pueda pensar por sí misma. Muchos profesores han desistido y van a clase a que pase la hora, a que estén allí los niños, a mandar ejercicios; tenemos una especie de escuelas para chicos mayores donde el aprendizaje, la exigencia y los programas son lo menos importante.




¿Quiénes han perdido? Esta broma la han perdido los hijos de los trabajadores.


P: Alguien puede pensar que lo suyo es pura nostalgia y que usted es de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

R: En absoluto. No sólo no me he retirado de la trinchera, sino que trabajo en una trinchera más dura. Yo trabajo en una cosa que se llama «Diversificación», que es un itinerario encubierto que hay al final de la Secundaria donde envían a los chavales que, aún aprobándolos, no han podido obtener el título de ninguna manera. Fíjate. Antes sacabas la EGB y podías ir a Formación Profesional. Ahora no sacas la ESO y no puedes ir a ninguna parte. Me los mandan con 16 ó 17 años, que es donde yo veo la verdadera ruina de este sistema. Tengo que intentar darles las cosas básicas: escribir, leer, un mínimo de Historia... No sólo me he reciclado. Yo soy catedrático de Literatura y mi especialidad era enseñar Poesía, que es lo último que hago hoy. No tengo ninguna nostalgia. Yo me he adaptado perfectamente a la situación nueva. Y lo que intento es ayudar a estos chavales maltratados por el sistema que los ha dejado sin recursos personales y sin capacidad para enfrentarse a la vida y a su continuidad como personas y ciudadanos. Sólo digo esto: «Señores, ustedes se equivocaron y persisten en el error con una contumacia digna de comentario de texto que antes hacíamos». Lo verdaderamente reaccionario es que la LOGSE negó la enseñanza a los hijos de los trabajadores cuando accedieron a ella, y les dio a cambio un sucedáneo. Los integristas y fundamentalistas son los que defienden esta nueva ley, la LOE, que impide que se apliquen soluciones correctoras.

P: Usted cita a Álvaro Marchesi como el gran artífice de la LOGSE. ¿Qué ha supuesto este hombre para la enseñanza española?

R: Es uno de los hombres más negativos de la Historia de España. Él es catedrático de Psicología Evolutiva, el responsable de la destrucción de nuestro sistema educativo, que ciertamente necesitaba retoques, pero que estaba muy bien y había que haber salvado. Intentó aplicar diseños teóricos probadamente ya fracasados en todo el mundo. Fue secretario de Estado de Educación. No sé si siempre tuvo el mismo cargo, pero sí que estuvo en todos los Ministerios de Educación de la época del PSOE desde Maravall. Él y César Coll son los que hicieron esto y continúan defendiendo la validez de estos principios.

P: Déme un ejemplo de lo que hicieron estos teóricos.

R: En la LOGSE se estableció que los niños no podían aprender a leer antes de los 6 años. Ése es uno de los mayores desastres que nunca pudimos cometer. Cuando los niños empiezan a leer, han visto ya 150.000 películas, y entonces, diles tú que lean.

P: Los periodistas que están saliendo de las facultades han estudiado ya según la LOGSE, y pasado por una Universidad que también es muy criticada por su baja calidad. ¿Cómo ve la calidad del periodismo de hoy, usted que también lo ha ejercido?

R: Lo que veo es que se escribe muy mal. Los alumnos llegan al primer curso de Universidad con un nivel infinitamente más bajo por el desastre de las enseñanzas medias, y si esto se une a que las universidades se han convertido en expendedoras de títulos, pues tú me dirás qué tipo de licenciados están saliendo. Ahora bien, el ser humano es capaz de superar, incluso, un sistema tan estúpido como éste. Con dedicación, entrega, generosidad, con todo eso que hoy no inculcamos en el sistema educativo, el que pueda podrá salir adelante. Esto es trágico, porque todo eso es lo que se inculca a los hijos de los privilegiados que no se inculca a los hijos de los trabajadores. Aquellos fundamentos de la clase trabajadora, del esfuerzo, el trabajo, el rigor, la ética, la entrega, la generosidad, la fortaleza moral de los trabajadores de antes..., todo eso se ha mandado hoy a tomar por culo y lo que prima es la moto, el pendiente, el coche con los cristales negros y el bacalao a toda hostia.

Javier Orrico (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1955) es catedrático de Lengua y Literatura de Bachillerato, y jefe del Departamento de Orientación en el IES Ortega y Rubio. Licenciado en Filosofía y Letras (Literatura Hispánica) por la Universidad Complutense de Madrid y doctor por la de Murcia, de 1990 a 1994 fue editorialista y coordinador de la sección de Opinión de DIARIO 16 en Murcia. Es columnista del diario LA OPINIÓN, ("!Crónicas malabares", los domingos) y de la revista de sociedad TRIBUNA LA MURALLA, ha escrito textos sobre arte, y como poeta, ha publicado La Memoria Inventada (Editora Regional de Murcia, 1983). El profesor Orrico, que fustiga las reformas de los pedagogos pretendidamente modernos desde sus columnas en la prensa murciana, ha compilado los golpes de su látigo dialéctico en un libro de título obvio y rotundo: La enseñanza destruida (Ed. Huerga y Fierro, Madrid, 2005). La obra, de lectura ágil y entretenida, describe los males que asolan la escuela y cuenta los peldaños bajados hasta su degradación.


Publicación de Javier Orrico