Blogoteca: Lo malo conocido, por Manuel Martin Ferrand, ABC

martes, 13 de octubre de 2009

Lo malo conocido, por Manuel Martin Ferrand, ABC


JOSÉ Luis Rodríguez Zapatero es un político de invernadero, delicado y muy sensible al aire libre. Funciona en interiores, al calor de la adhesión militante y fervorosa; pero en la calle, donde se juntan lo culto y lo popular, lo abundante y lo escaso, la juventud impetuosa y la madurez reflexiva, la derecha tonante y la izquierda vibrante, el líder del PSOE se amustia y se viene abajo. Necesita una estufa y, como León Felipe, un abuelo que ganara una batalla. Los desfiles no le favorecen a Zapatero. En uno de ellos, hace cinco años, no se levantó al paso de la bandera norteamericana y todavía está pagando aquel gesto de mala educación y progresismo simplón. En las siguientes cuatro ediciones de ese desfile, a las que ha acudido por las obligaciones que le marca el empleo, ha recibido los abucheos del respetable.
Como escribió Julio Camba hace casi un siglo, en 1911, «todo el mundo sabe que en el fondo (el español) es un pobre hombre y que su cólera es la cólera de la impotencia, de la falta de fuerza y de confianza en sí mismo para tomar una determinación y seguirla serenamente». Que se lo pregunten a Mariano Rajoy y a Francisco Camps. El español se enfada mucho, y vocifera, y da un puñetazo sobre el mármol del velador de un café, pero luego se queja del daño que se ha hecho y mira hacia otra parte. Por eso, después de abuchear a Zapatero y de saber que la mentira es su principal herramienta política, conscientes todos de que los miembros y miembras del Gobierno no saben por dónde se andan ni dónde van, el líder socialista gana elecciones. Es el éxito de lo malo conocido, el desiderátum de la mediocridad que, en el temor de lo nuevo, prefiere acostumbrarse a la pena que correr el riesgo de encontrarse con la alegría.
Señalan las encuestas que Zapatero, el de las sonrisas huecas, desciende en el aprecio popular y se ve en la tele como le gritan —«¡Zapatero, dimisión!»— en sus escasas salidas al exterior, pero no importa. Cambia su temperatura; pero, por enfriamiento de sus adversarios, enzarzados en cuitas de familia y en disimulos diversos, su orden de prelación permanece constante. La cólera del español sentado, de la que habló José María Pemán, no mueve montañas. Ni castillos de arena hechos en la playa de la pereza. En España, el que resiste vence y, en eso de resistir, nadie le llega a Zapatero a la altura de las canillas.
ABC

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