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domingo, 18 de octubre de 2009

El siglo de las ideologías, Pío Moa


Lo someto a su implacable crítica:

Una potente ideología de la época fue el nacionalismo, que, combinada con otras, movería a grandes masas y transformaría el mapa político del mundo en los siglos XIX y XX. El nacionalismo, ya quedó dicho, no inventa la nación sino que transfiere a ella la soberanía antes atribuida al monarca, por lo que su contenido es en principio democrático. Creció ligado al liberalismo y al romanticismo, sin identificarse del todo con ellos. Solía hipertrofiar el sentimiento patriótico, a veces hasta extremos delirantes, o los creaba de la nada, y a menudo trataba de expandirse a costa de los vecinos.


Esta ideología encaraba dos problemas: cómo definir una nación y cómo aplicar la soberanía. Nación, de entrada, es un amplio grupo social que comparte una cultura distinta de las de sus vecinos; pero como la cultura incluye diversos elementos, y siempre se comparten bastantes con otros pueblos, delimitar la nación es a veces difícil (ocurre con otros conceptos sociales). Aun así, su evidencia es indudable en muchos casos: existen numerosas naciones culturales, y el nacionalismo les supone el derecho a convertirse en naciones políticas, es decir, a dotarse de su propio gobierno.


Las naciones políticas aparecieron en Europa en las edades de Supervivencia y de Asentamiento, cuando tres de ellas, España, Francia e Inglaterra, se apartaron del Sacro Imperio Romano-Germánico, que pretendía abarcar a la cristiandad; a estas pueden añadirse las escandinavas, no tan definidas, posteriormente Portugal, Polonia, Moscovia, más tarde Holanda y otras menores o más efímeras. Las demás naciones culturales de Europa estaban políticamente absorbidas en imperios, donde una nación predominaba. A comienzos del siglo XIX, el centro-este de Europa estaba repartido entre los imperios austríaco, ruso y turco, más Prusia. Por los años 20, Grecia se sacudió la dependencia turca, pero los hechos más relevantes fueron sin duda la constitución de Alemania e Italia, por primera vez, en naciones políticas unificadas (excepto Austria, en el primer caso), hacia 1870-71. Alemania adoptó significativamente el título de II Reich o Imperio, considerando el primero el Sacro Imperio, y fue capaz de derrotar a Francia y de rivalizar con Inglaterra en poderío económico, científico y técnico. Las demás naciones integradas en los imperios austrohúngaro, otomano y ruso no lograrían independizarse en el siglo XX, pero su agitación independentista no cesaría de crecer.


Fuera de Europa, las naciones culturales eran menos discernibles, y a menudo serían creadas a partir de la política, en una inversión del proceso. Así, en América apenas había diferencias culturales entre Argentina y Chile, o entre Bolivia, Perú y Ecuador, o entre Colombia y Venezuela, ni en Centroamérica. Y el diseño de la Gran Colombia tenía cierta base sobre la común cultura española. No obstante, las oligarquías regionales lograron crear nuevas naciones políticas siguiendo límites administrativos españoles. Aun más enrevesada sería la cuestión en África y Asia.


En cuanto a la soberanía, facultad de dictar leyes sin recibirlas de otro poder, la revolución la había atribuido a la nación, al pueblo (la diferencia entre soberanía nacional y soberanía popular es irrelevante), propuesta más simple en su enunciado que en su práctica. La nación, el pueblo, nunca dicta las leyes: lo hacen, en su nombre, unas oligarquías parlamentarias más o menos representativas. Para evitar la acreditada tendencia de las oligarquías a crear conflictos, se había tendido a depositar la soberanía en el monarca y hacerla hereditaria, un principio sencillo y (relativamente) operativo: el rey concentraba la voluntad de la nación. Durante la Edad de Asentamiento, la soberanía regia fue haciéndose más o menos compartida con las Cortes y Parlamentos, que debían refrendar las grandes decisiones; parlamentos no democráticos, pues la inmensa mayoría campesina no estaba representada, pero que moderaban el poder del rey. Esta especie de soberanía compartida o limitada resultaba compleja y conflictiva por lo que el siglo de la Ilustración simplificó aún más el principio, anulando de hecho las Cortes y Estados Generales en pro del absolutismo, salvo en Inglaterra.


Inglaterra fue el primer país en establecer normas capaces de equilibrar el poder monárquico y el de la oligarquía, así como de dirimir los contenciosos interoligárquicos mediante elecciones y turno de partidos. No era democracia, pero permitió una estabilidad social muy superior a la del continente. El sistema inglés, producto de una larga evolución, no sería fácil de imitar, como probaría la experiencia de la mayoría de las naciones, en las que ha ocasionado bandazos de semianarquía demagógica y tiranía.


La democracia no es el poder, sino cierto control del poder por el pueblo, e implica el sufragio universal. Este solo se implantó en Francia desde la revolución de 1848, y en casi todos los demás países europeos a finales del siglo o entrado el siguiente.

Por lo demás, aun en las democracias asentadas, las oligarquías o partidos que se disputan la opinión pública para ganar el poder, mostraron gran capacidad para manipular y embaucar a dicha opinión. Con todo, han probado ser formas de gobierno más capaces de conciliar las libertades con la estabilidad social. El nacionalismo, aunque se desarrolló de la mano de los ideales democráticos, no equivalía a estos, y a menudo se manifestaría como lo contrario.

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Del liberalismo se ha dicho que representa los intereses y concepciones de una “clase” burguesa comerciante, pero eso sería limitarlo absurdamente. La base de la doctrina liberal es la limitación del poder y la defensa de la libertad del individuo, ideas que arraigan en una corriente tan antigua como la civilización cristiana, en la que desde el principio dos poderes se limitaban mutuamente: el espiritual –pero también político—de Roma, y el político –pero también espiritual—de los gobiernos. Entre ambos hubo conflicto y complementariedad, que afirmó una noción de la libertad personal y abrió un espacio bastante libre a la especulación y controversia filosófica y política. Por lo que hace a España, la idea de esa libertad aparece muy pronto, entre otras cosas en la temprana formación de unas Cortes que templaban el poder monárquico, o en la concepción de la Monarquía hispánica, distinta de los demás imperios europeos y con contrapesos que obstaculizaban el despotismo, o en la Escolástica tardía de los siglos XVI y XVII, próxima en varios puntos al liberalismo posteriormente formulado por Locke, Montesquieu o Adam Smith. Quizá no fue un mero azar que el término “liberal” (como “guerrilla”) se difundiera a otros idiomas, pese a que las contribuciones doctrinarias españolas al liberalismo durante el siglo XIX fueran insignificantes.


Las concepciones liberales se reflejan en las declaraciones oficiales de derechos. Estas no significan que antes las personas carecieran de derechos, desde luego, pero sistematizarlos y hacerlos explícitos les dio un impulso más universal, aplicó la igualdad ante la ley, eliminó las leyes privadas o privilegios y mermó la arbitrariedad del poder.


El principio liberal puede entenderse, al estilo de Rousseau, como la bondad del individuo frente a la maldad del poder, y así vienen a entenderlo algunas versiones liberales, próximas al anarquismo. Pero la tendencia mayor estima que el individuo no es tan bueno que su libertad sin trabas no aboque a la disolución social, por lo que debe haber límites a esa libertad; ni el poder tan malo que no pueda ejercer de garante de esos límites. Un problema era la disyuntiva entre libertad e igualdad, o la actitud ante el voto universal democrático, que provocaba recelo, también en Usa, por temor a que abonase una demagogia desenfrenada. Así, la tendencia dominante en el liberalismo del siglo XIX no fue democrática, sino aristocrática: en España, Inglaterra y la mayoría de los países solo votaba una capa social, cuya superioridad partía de sus mayores ingresos. Había inclinación a buscar en la economía la clave explicativa de la sociedad, con el comercio como instrumento esencial de la libertad y felicidad del individuo.


Ante las condiciones sociales creadas por la industrialización, una interpretación del liberalismo --no la única— confinaría al estado a la defensa del país y el mantenimiento de la ley, dejando la sanidad, la enseñanza pública y otras labores a la iniciativa privada que, en teoría, debía cubrir toda la demanda posible; y no debía intervenir en los tratos entre patronos y asalariados, excepto para asegurar que estos últimos no actuaran de forma colectiva, sino individual –lo que los colocaba en indefensión y llevaba a la contratación masiva de niños y mujeres, y a jornadas abrumadoras—ni con huelgas. Esa versión liberal persistiría un tiempo, hasta ser progresivamente abandonada.


Diversas corrientes liberales pueden considerarse ideológicas en cuanto tratan de fundarse exclusivamente en la razón, suponen una bondad humana esencial, esperan del comercio u otro medio económico la panacea para la felicidad social y excluyen la religión. Otras corrientes admiten límites a la razón, no suponen al hombre una bondad intrínseca ni carácter meramente racional, y admiten la religión sin pronunciarse sobre su validez. Así, sería algo distinto de una ideología como aquí se la ha definido.


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El liberalismo sufrió enseguida los embates del socialismo, basado en la concepción de la igualdad: las libertades “formales” y la igualdad ante la ley no aseguraban el bien del individuo, sino solo de algunos individuos, los de la clase burguesa o capitalista, mientras que a las masas proletarias generadas por el capitalismo les eran indiferentes o perjudiciales. La libertad política nada valdría sin la igualdad económica, y los teóricos propusieron liquidar el régimen burgués y sustituirlo por otros donde el interés privado –base del liberalismo— desapareciera, y la producción y distribución se hicieran sobre bases igualitarias. Ideas más o menos utópicas abogaban por la supresión completa de la propiedad privada, de la familia y del estado, por la comunidad de mujeres, etc. Era difícil pensar en alcanzar tal sociedad sin un poder mucho más fuerte que el de los estados conocidos, pues intervendría hasta en las inclinaciones íntimas de las personas y anularía los efectos de milenios de civilización, como había deseado Rousseau.


La arbitrariedad utopista irritaba a quien sería el máximo intelectual del socialismo, Carlos Marx, cuyo pensamiento, de incalculable repercusión en el siglo XX, también en España, requiere alguna atención. Según él, la historia debía entenderse a partir de la economía, plasmada en lucha de clases. La insuficiente producción de riqueza había causado la división de la sociedad en clases, de las cuales una se quedaba con la parte del león y explotaba a las demás. La economía clasista se había basado sucesivamente en la esclavitud, en el vasallaje feudal y finalmente en el capitalismo, aunque distinguió también un “despotismo asiático” menos definido. La lucha entre clases explotadoras y explotadas determinaba la historia, pero esa lucha, antes del capitalismo, no alteraría la situación, pues los oprimidos, aun si triunfaran, solo podrían reproducir la opresión anterior. En cambio el capitalismo desarrollaba a tal grado la producción, que haría posible la abundancia general y la desaparición de las clases, hasta llegar al comunismo bajo el lema “A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”


Conseguir el comunismo exigía derrocar al capitalismo que, de motor de la expansión productiva se había convertido en rémora, al mantener la explotación y la separación de clases basada en la propiedad privada de los medios productivos, lo cual causaba crecientes crisis económicas, proletarización de las clases medias, acumulación de riqueza para unos pocos y de miseria para la mayoría. Los explotados debían rebelarse e instaurar su propio poder, la “dictadura proletaria”, a fin de transformar el sistema económico y las formas e ideas de la vida burguesa. Pues Marx afirmaba que las clases sociales segregaban espontáneamente modos de pensar, ideologías, de las cuales la dominante era la de la clase dominante y explotadora; y esas ideologías persistirían durante un tiempo después de aniquilado el poder político y económico burgués.


El marxismo, al revés que los utopismos, parecía explicar coherentemente el pasado y dar sentido al presente, lo que le otorgaba rasgos de ciencia y fuerza convincente. Como ha pasado con muchas otras teorías, sus contradicciones tardarían en verse: las condiciones obreras no empeoraron, mejoraron progresivamente; la burguesía, con o sin presión sindical, fue reduciendo las jornadas y el trabajo de niños y mujeres; los obreros preferían las reformas, sin pretender derrocar a la burguesía, e imitaban en lo posible sus modos de vida, en lugar de soñar con un sistema colectivista o una dictadura propia (que ejercerían los líderes u oligarcas comunistas, no proletarios por lo común).


Marx apoyaba su análisis en la teoría del valor-trabajo, esbozada pero no seguida por Adam Smith, a la que añadía la noción de la plusvalía: supuesto que el valor de las mercancías residía en el trabajo humano que contenían, Marx creyó demostrar que la ganancia capitalista solo podía salir de una parte no pagada del trabajo obrero (la plusvalía), que el empresario se apropiaba. La explotación, así, dejaba de ser una impresión subjetiva o una situación alterable, para convertirse en el dato objetivo que fundamentaba el sistema. El ansia de ganancia llevaba al capitalista a aumentarla sin cesar, aumentando de paso la miseria del proletariado. Claro que el capitalista también ansiaba ampliar el mercado, por lo que al empobrecer a la mayoría se privaba de clientela. Marx suponía que la ciega avidez de lucro conduciría así a la ruina al capitalismo, pero la experiencia indica que este no resultó tan ciego.


Otros economistas sostenían que el valor de una mercancía no reside en el trabajo que ha costado, sino en el aprecio subjetivo del consumidor, de lo cual surgía una teoría muy distinta. Marx acusaba a esos economistas de no hacer ciencia, sino ideología al servicio del capital, pues eran a su vez burgueses y su modo de pensar derivaba de su situación social. Pero el propio Marx pertenecía a la pequeña burguesía, que él miraba con especial desprecio, y su amigo y co-teórico Engels al capitalismo industrial, sin que se explicara bien cómo habían podido elaborar un pensamiento “proletario”.


El ser humano en la historia concebida por Marx venía a ser un lúgubre animal gobernado por el vientre, desdichado por no poder saciarlo en la mayoría de los casos, impotente al no existir, hasta la era industrial, condiciones materiales para salir de tal situación, revolcado abyectamente en un lodazal de vanas ilusiones ideológicas, ante todo la religión. No es que Marx desdeñase el espíritu, pues estaba impregnado de la cultura –la “ideología,” en su lenguaje—occidental, y muy orgulloso de la alemana, que floreció en ese siglo con vigor excepcional en música, pensamiento, poesía y ciencia. En nueva contradicción, despreciaba a los judíos, siéndolo él, no menos que a los pequeños burgueses, entre los que también se contaba.


El éxito mayor del marxismo, durante el siglo XIX, sería la formación del masivo Partido Socialdemócrata alemán, pero este iba a evolucionar en sentido distinto del revolucionario preconizado por Marx y Engels hasta caer en un reformismo calificado de burgués, de modo que a finales del siglo el marxismo empezaba a diluirse y su destino parecía el olvido, como tantas utopías de la época. Nada permitía augurar la fuerza con que reverdecería en pleno siglo XX.


No obstante, la socialdemocracia no abdicaba del todo de la revolución, sino que pensaba en una evolución hacia lo que Tocqueville llamó “despotismo democrático”: un poder “inmenso” pero votado, servido por una propaganda absorbente, que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos, procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar; en suma,
"un poder tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia", por medio de una servidumbre "reglamentada, benigna y apacible", que a la larga privaría al hombre de uno de los principales atributos de la humanidad.


El anarquismo, similar en su proyecto comunista, rechazaba la idea de un estado proletario de transición, pues, a juicio de teóricos como Bakunin, solo podría perpetuar y aun profundizar el poder, que, junto con la religión, constituía el supremo mal, la causa de toda opresión humana. Los pueblos debían liberarse revolucionariamente de una vez por todas, eliminando cualquier forma de estado, para vivir en plena libertad y autorrealización. Ello implicaba, sin reconocerse, un poder máximo para asegurar que la gente se portara como era debido, y las propias organización ácratas, con sus divisiones, encontronazos y liderazgos, lo probaban. Bakunin ante la renuencia popular a sus ideas, creyó que el pueblo debía ser manipulado por su propio bien, y a tal efecto diseñó una sociedad secreta totalitaria; y como no bastaba, otra más secreta para dirigir a la primera… El anarquismo extendería los atentados por Europa a finales del siglo XIX y principios del XX, de modo especial en Rusia y España.

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El racismo ganó muy amplio crédito. Cierto racismo espontáneo existe en todas las sociedades y por lo común no reviste mayor importancia. El Antiguo Testamento lo contiene, la expresión “bárbaros” aplicada por los griegos a los demás pueblos puede entenderse en el mismo sentido, en el siglo XVIII Hume, Kant, Buffon, Raynal y otros, declararon a veces inferiores a los negros, a los amerindios o a los hispanoamericanos. Pero estas expresiones cambian cuando se convierten en doctrina. En el siglo XIX, los fantásticos logros culturales europeos abonaron la noción de que demostraban una natural superioridad, pese a ser históricamente recientes. La idea tomó un tinte presuntamente científico al relacionarse con el darvinismo: la raza blanca sería la más apta evolutivamente. Uno de los primeros teorizadores del racismo, el francés Joseph de Gobineau, afirmó a mediados del siglo XIX, en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, que estas, la blanca, la negra y la amarilla, creaban culturas particulares de distinto nivel, y que las mezclas entre ellas producían una degeneración cultural. El nivel más alto correspondería a la raza blanca, y dentro de ella al elemento germánico, descendiente puro de la primitiva raza aria, mientras que los latinos y eslavos serían inferiores, al estar mezclados. Estas ideas tomarían mucho vuelo en Alemania, Inglaterra y Usa. En España condicionarían a los nacionalismos vasco y catalán.


Otra ideología que despegó entonces, aunque solo cobraría fuerza en el siglo XX, fue el feminismo. De la idea de los derechos humanos se desprendía la concesión del voto e intervención en la vida pública a las mujeres. Ello encontraba el doble obstáculo de la mayoritaria indiferencia femenina y de cierta resistencia del varón a la entrada de la mujer en un terreno que había sido una creación y evolución masculina, por lo que se la veía como una intrusión, que dañaba la vida familiar al introducir en ella las tensiones políticas y aparatar a las mujeres de sus ocupaciones tradicionales. Además, la emotividad femenina se había mirado casi siempre como una traba a la fría razón, que favorecería la demagogia. No se trataba tanto del trabajo fuera del hogar, pues en las sociedades agrarias las mujeres casi siempre participaban en las faenas del campo, y la industria había empujado a masas ingentes de ellas a las fábricas y las minas. Las demandas de igualdad política evolucionarían a la ideología feminista, según la cual las diferencias sexuales carecían de cualquier otra proyección.

Pío Moa

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