Blogoteca: octubre 2009

viernes, 30 de octubre de 2009

Sabino Fernández Campo o el sentimiento del deber, por Pío Moa


A raíz de la publicación de mi trilogía sobre la república y la Guerra Civil, Sabino Fernández Campo mostró interés en hablar conmigo y comí con él y algunos otros amigos en varias ocasiones. Me dijo que estaba completamente de acuerdo con mis libros, y hablamos sobre aspectos de la Transición, aunque por entonces yo tenía sólo un interés muy relativo en ella. Desde luego, él no estaba nada de acuerdo con el rumbo que tomaban las cosas en España, ni con la mayoría de los políticos (lo extraño sería lo contrario, solo hay que leer la sarta de oficiosidades hipócritas y vacuas con que le han despedido), y sus prudentes exposiciones traslucían una limitada admiración por el Rey y por el príncipe. La impresión que saqué es que buena parte de su labor había consistido en contener las tendencias frívolas, por decir algo, de uno y de otro, lo cual terminó costándole el cargo.

"Un Rey –comentó–, tiene ante todo que dar ejemplo, esa es la base de su autoridad en una monarquía actual. Una vez quise hacérselo ver al príncipe [El motivo no viene aquí al caso]. Le dije: durante la guerra civil, más de una vez me vi en la tesitura de presentarme voluntario para alguna misión peligrosa, que no me apetecía en lo más mínimo, pero debía dar un paso al frente para dar ejemplo a mis hombres". Parece que este sentimiento del deber no fue demasiado compartido en aquellas esferas.

Son llamativas las declaraciones de los políticos. Bono lo ha considerado un gran patriota –y lo fue, al revés que el propio Bono y los demás políticos del PP o del PSOE, con las pocas excepciones de rigor. Carrillo lo ha calificado de sabio, valiente y bueno, lo que vuelve a ser verdad, muy en contraste con quien lo dice. Gallardón, con su habitual oportunismo hipócrita, ha situado a "Sabino", con "Felipe y Adolfo", como "los tres grandes nombres propios de la Transición. Dudo de que "Sabino" (esta gente es muy confianzuda) se sintiera demasiado a gusto, por lo pronto, al lado de Felipe, que ya empezó la Transición intentando, afortunadamente en vano, la ruptura, para enlazar la naciente democracia con el Frente Popular (¡menuda democracia resultaría!). Esperanza Aguirre dice que propondrá su nombre para algún colegio o instituto. No es demasiado honor cuando otros ostentan nombres como el de Margarita Nelken. También se ha destacado su prudencia, virtud casi inexistente en nuestra desdichada casta política. Carmen Chacó, la de Defensa, lo ha caracterizado como "uno de los mejores militares del país". Ciertamente, durante la Guerra Civil, en el bando nacional, realizó algunas hazañas notables cruzando el frente y capturando una importante posición en la retaguardia enemiga, por ejemplo. En fin, lo mejor que puede decirse de él es que no se parecía en nada a la caterva política actual. Sería excesivo que me considerara amigo suyo, ya que nuestros contactos fueron muy distanciados, pero bastaron para hacerme apreciar estas cualidades, tan raras.

Tiene el mayor interés un artículo, firmado por él hace nueve años y dedicado al 23-F, reproducido ahora por ABC. Empieza declarando que preferiría no recordarlo ni avivar el asunto en aquellos momentos, aparte de que consideraba todavía incompleto el conocimiento del asunto.

Hoy sabemos que se trató de un golpe en el que estaba involucrado el PSOE y el propio Rey, que se cruzó con otro que lo echó todo a rodar, aunque los detalles del entrecruzamiento siguen oscuros.

Pero el autor también señala:

Antes del 23 de febrero habían sucedido en España muchas cosas, cuyo recuerdo tal vez se haya difuminado con el paso del tiempo: asesinatos por parte de ETA de militares, miembros de las fuerzas de seguridad y ciudadanos civiles; secuestros de personalidades destacadas; ofensa al Rey en la Casa de Juntas de Guernica; nombramiento militares considerados un tanto anormales; reconocimiento del Partido Comunista, necesario en el fondo, pero que se produjo de forma despreciativa para los militares (...); limitaciones políticas para los miembros de las Fuerzas Armadas que no se aplican a otros sectores de la vida nacional (...) Muchas veces caemos en el error de juzgar tan sólo el final de un proceso y dejamos de lado los antecedentes.

Y termina el artículo: "En ocasiones, el que busca afanosamente la verdad corre el riesgo de encontrarla". Párrafos reveladores y que no precisan comentarios.

Dos palabras sobre el Rey. Ayer comentaba con un amigo en Badajoz uno de sus problemas: haberse convertido en buena medida en rehén de la izquierda, sobre todo después de la ley de memoria histórica o como la denominen oficialmente. Esa ley pretende la completa deslegitimación del franquismo, con lo que el propio Rey queda deslegitimado. Igual que Alfonso XIII otrora, el Rey ha caído en la tentación de querer ganarse a una izquierda que siempre fue la mayor adversaria de la monarquía, y pensando que la derecha no tendría más remedio que tragar con todo, como también le decía absurdamente Gil-Robles a Don Juan. Cierto que el problema es muy serio, porque lo peor que podría hacer un Rey es enfrentarse a una parte tan considerable de la opinión como es la izquierda; pero es preciso saber que, como decía Bismarck, quien quiere comprar a su enemigo nunca tendrá bastante dinero para ello. Y que la izquierda en la Transición sólo se mostró complaciente después de haber perdido la batalla por la ruptura, a la que vuelve ahora con su venenosa "memoria" histórica. Manejar una situación tan difícil con tales partidos exige una extraordinaria prudencia, habilidad de trato y sentido del deber y de los principios, que poquísimos han demostrado en estos tiempos. Fernández Campo ha sido uno de ellos.

jueves, 29 de octubre de 2009

Corupción en CIU: la trastienda, por José García Domínguez, LD


Como si de un impulso pavloviano se tratara, la Prensa ha dado en apelar a la "sociovergencia", esa inextricable maraña de connivencias transversales que definió al régimen creado por Pujol, con tal de explicar la incursión garzonita en el Oasis. Así, estaríamos ante una operación judicial contra la corrupción de "los políticos catalanes", cajón de sastre donde igual pesarían las siglas del PSC que las de Convergencia. Craso error. Bartomeu Muñoz, el aún alcalde de Santa Coloma, no era nadie dentro de la estructura de poder del PSC. Su caída, pues, no va a traer consecuencia política alguna, ni dentro ni fuera del partido. Al igual que los otros socialistas de cuarta fila salpicados, ese Muñoz apenas representa un papel de mero figurante en la obra. Lo sustituirá en la heredad municipal el marido de Manuela de Madre, un tal Antoni Fogué, y asunto olvidado.

Por el contrario, la detención de Alavedra y Prenafeta sí está llamada a trascender el ámbito de la mera delincuencia común, terreno donde se movieron como pez en el agua desde que Pujol los encumbrara. Y ello no sólo por los vínculos personales que mantienen con el actual núcleo dirigente de Convergencia (Tipel, la sociedad familiar de Prenafeta, fue la única empresa donde trabajó Artur Mas en toda su vida. Así, tras conducirla a la quiebra técnica siendo su máximo directivo, decidió pasarse a la política profesional).

El caso trascenderá porque ambos, Macià y Prenafeta, comparten con Pujol y el propio Mas un nexo mucho más fuerte que la amistad: la demencia. De ahí que ese par de reos, siempre con el aliento de Pujol, andase detrás de los cien remedos de referendos secesionistas convocados para el próximo 13 de diciembre en toda Cataluña. Una iniciativa insurreccional que coordina el notario Alfons López Tena, sustituto de Estevill en el CGPJ y dirigente de la Fundació Catalunya Oberta, el lobby independentista financiado por Prenafeta y de cuyo patronato también forma parte Alavedra.

En un cuento de Poe, La carta robada, la Policía busca un documento importantísimo dentro de la habitación de hotel donde habita el ladrón, ausente en ese instante. Desmontan los muebles, levantan el suelo, derriban las paredes...pero no logran dar con ella. Avispado, el ladrón la había dejado encima de la cama, tan a la vista que a nadie se le ocurrió reparar en ella. Ayer, ante decenas de periodistas y cámaras de televisión, la Guardia Civil tomó el local de la fundación convergente que ultimaba una asonada separatista... y nadie lo relaciona. Que Santa Lucía les conserve la vista.
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La Sociedad abierta y sus enemigos (1945) - Karl Popper



La Sociedad abierta y sus enemigos (1945) - Karl Popper



Comentario

Karl Popper hizo muchas cosas en su vida, se puede decir que es un producto de su época, un personaje de su tiempo, al igual que Hannah Arendt, el autor que hoy celebramos era de origen judío, y como ella hizo, nos legó una ingente obra contra los principales enemigos de la libertad, es decir los totalitarismos, tanto el nazismo como el socialismo real.

Popper fue un científico antes que un político, si se vio inducido a escribir sobre política fue precisamente por los tiempos a los que estuvo expuesto, pero esto no fue obstáculo para contribuir con su esfuerzo matemático y lógico al impulso de la ciencia positiva, a el le debemos el método de avance racional científico de nuestros tiempos en sus principales instrumentos: la hegemonía del método hipotético deductivo.y la teoría de la falsación: todo lo que se demuestra que no es falso, puede ser cierto.

Pero hoy nos ocupamos de su obra, no tanto por sus reconocidas aportaciones científicas, sino por sus controvertidas (por los materialistas) posiciones políticas, incrustadas en los planteamientos liberales de la colección de pensadores que conformaron el Círculo de Viena.

Sin duda la obra política más importante de Karl Popper, es la que hoy presentamos: “La sociedad abierta y sus enemigos”, en ella el autor checo recorre el largo camino desde la caverna de las ideas de Platón a la praxis de la cárcel de Karl Marx, desmitificando al primero y considerándolo prácticamente un fascista de nuestra época, y ensalzando al segundo como filósofo y sociólogo, pero no como politólogo, aunque en realidad a quien denosta es a sus intérpretes políticos.

Karl Popper escribió la obra que hoy comentamos desde su exilio en Nueva Zelanda, durante la Segunda Guerra Mundial, en este libro, el autor vienés nos habla de la confrontación eterna entre las fuerzas que anhelan la perfección y las que asumen la realidad tal como es, las primeras derivan en movimientos totalitarios, manifiestos o discretos, las segundas en movimientos humanos y liberales. El origen de los totalitarismos está implícito en las ideas de Platón, mientras que el de la sociedad abierta proviene de los pensamientos de Sócrates.

Popper recorre el largo camino histórico que va desde los orígenes del pensamiento político hasta la fecha en que concluye la obra, mostrándonos los personajes que han contribuido a la creación de un mundo bipolar, con un extremo totalitario que busca la perfección y hace lo posible por conseguirla, sin lograrlo jamás, y un movimiento filosófico que se opone al totalitarismo a lo largo de la historia. Los totalitarios son los pesimistas de la historia, que siempre verán problemas en los seres humanos, a los que deben corregir en sus errores, los liberales siempre aceptarán al ser humano con sus errores, desde que Protágoras estableció en su homo mensura, que el ser humano es la medida de todas las cosas, tanto de las que son, como de las que no son.

Espero que disfruten de la obra, contemplando a nuestro país, cuando desde el Gobierno más mediocre de la historia de España, se trata de corregir a los ciudadanos para que se ajusten a la realidad que pretenden, y que sencillamente es una idea, que nada tiene que ver con las características singulares de los ciudadanos de este país; no tardaremos en contemplar como el Gobierno considera a los parados enemigos de su obra, por empeñarse en seguir sin trabajo, y a los empresarios que tienen que cerrar sus negocios como unos boicoteadores rentistas que quieren hacerles la puñeta, al igual que a todo tipo de oposición, porque quien puede tener la osadía de oponerse a idea de perfección social incrustada en la cabeza de ese nuevo mesías que es Zapatero, un artífice pernicioso del más avanzado totalitarismo denominado progresismo, más que un atajo de fascistas, que sólo velan por sus propios intereses. Y si aún tienen alguna duda, vea como se está organizando el partido de Rosa Díez, la UPyD, para que les queden completamente despejadas.

Referencias


Sobre el autor

Biografías en Liberalismo.org


Popper, por Bryan Magee

"Karl Popper, un filósofo con los pies en el suelo", por Jaime Navarro

El racionalismo crítico de Karl Popper, por Carolina Calderón

Popper, Cortés-Ruiz


Karl Popper, pensador racionalista y libertario

Sobre la obra

El nacimiento de la sociedad abierta y sus enemigos, por Hubert Kiesewetter
(completo)

La sociedad abierta y sus enemigos -caso argentino- Roberto Cachanosky

La sociedad abierta y sus enemigos -en España- Pedro Tena

La contribución de Popper al liberalismo

Feyerabend vs. Popper


Libro para descargar

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Vídeos
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Tempestad en el oasis, José García Domínguez

Pocos aquí lo saben, pero Santa Coloma de Gramanet resulta casi tan célebre en Japón como la Sagrada Familia de Gaudí. Y es que durante lustros ese desagüe humano de la gran Barcelona sirvió en sus escuelas de arquitectura como modelo canónico de lo que nunca debiera ser una ciudad. Santa Coloma encarnaba para ellos el paradigma de una aberración estética y funcional, la antítesis de cualquier pretensión de racionalidad en el espacio urbano. Notoriedad intercontinental en la que tuvo bastante que ver cierto Blas Muñoz, alcalde franquista de la plaza y padre de su actual heredero en el cargo, ese Bartomeu Muñoz, socialista de toda la vida, que acaba de empitonar Garzón bajo los cargos de corrupción inmobiliaria y blanqueo de capitales.

Azares de la tangentópolis pujolista, parece que Muñoz junior compartía cuentas secretas en la Isla de Jersey con dos clásicos del catalanismo de guante blanco, Lluís Prenafeta y Macià Alavedra. Prenafeta, durante años la mano derecha de Jordi Pujol, no sólo es el Rasputín provinciano de cuyo entorno surgió la campaña difamatoria contra Pasqual Maragall por su pretendido alcoholismo. Cabeza visible del "sector negocios" de Convergencia y tutor empresarial tanto de un bisoño Artur Mas como de la prole del matrimonio Pujol-Ferrusola, no hubo asunto turbio en la Barcelona finisecular donde no emergiera su rechoncha nariz. Al punto de que acabaría asociándose con Juan Piqué Vidal, abogado personal de Pujol y compinche del juez Estivill en aquella banda mafiosa que extorsionaba a empresarios a cambio de "protección" judicial.

Íntimo de todos ellos era el tercero en discordia, Macià Alavedra, quien, siendo consejero de Economía de la Generalidad, no se privaría de comparecer en algunas reuniones de Estivill con sus víctimas a fin de "asesorarlas". El mismo Alavedra que después rogó clemencia al juez para que no condenase a John Rosillo, un estafador internacional que más tarde aparecería muerto en un hotel de Panamá. Dueño aparente de Kepro, la empresa promotora de Diagonal Mar, una de las mayores operaciones urbanísticas de la historia de Barcelona, Rosillo utilizaba a un deficiente mental como testaferro, un pobre hombre al que descubrió mendigando en el Turó Park, el jardín que oxigena la zona alta de la ciudad.

Consumado el gran negocio, trató de deshacerse de él enviándolo a Venezuela cargado de joyas y ostentosamente vestido con ropas de marca. Pero, de milagro, consiguió retornar vivo a España. Luego, llegado el asunto a la Justicia, aparecería raudo el consejero Macià para compadecerse de... Rosillo. Al tiempo, y sin duda por casualidad, todas las salas de la inmobiliaria Kepro lucían adornadas con carísimos cuadros de la pintora Doris Malfeito, legítima esposa del mismo Macià. "Oasis" se llama la figura.

martes, 27 de octubre de 2009

Hacienda te atraca y tienes que decir que llueve, por Graciano Palomo

Por los impuestos en los países serios se manda a la calle a los Gobiernos. Sucedió en Estados Unidos cuando tras la I Guerra del Golfo el presidente Bush (padre), decidió que para combatir el elevado déficit que produjo dicha guerra había que sacudir los bolsillos de los contribuyentes.
Aquí Zapatero, la veleta movida por el viento, pretende enjugar su tamaña incompetencia dando una vuelta de tuerca a la elevada fiscalidad que padecemos los ciudadanitos medios sin que nadie levante barricadas. Resulta absolutamente intolerable que para pagar a una inmensa legión de ganapanes políticos y sus paniaguados tengamos que retorcernos aún más los bolsillos mientras desde las cinco administraciones que padecemos se dilapida el dinero público sin que nadie de sus responsables ose levantar una mano para cortarla.
Pagamos por todo, naturalmente, y el Estado, desde los ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas y administración central, nos roba mucho más de lo que nos devuelve en unos servicios malos, pésimos, ineficaces y caros. Esta es la verdad y la verdad es siempre la verdad.

Los ricos se ríen

Como decía antes, los principales paganos de la nueva subida de Zapatero son las clases medias, los asalariados por nómina, los pequeños y medianos profesionales y autónomos. La manifiestamente mejorable ministra de Economía, Elena Salgado (¡vaya revolcón que te pegó Rajoy en el debate de Presupuestos!, qué ya es decir), reconoce que no se va a tocar la fiscalidad a las SICAV, fortaleza fiscal financiera donde los ricos (Botín, Entrecanales, Amancio Ortega, Koplowitz, etc…), mientras sube el resto de las tasas e impuestos.
¡Qué cara dura inmensa tiene este ZP y demás compañeros (as) de la mamandurria! Es un auténtico jeta, sólo amparado por la incompetencia manifiesta del PP para darle una patada en el trasero.
Este inexportable Z por la mañana se viste de pana, levanta el puño y canta La Internacional; por la tarde se reúne en Moncloa con sus amiguetes multimillonarios –léase José Manuel Entrecanales, Jaume Roures, Antonio Catalán-y les reparte el jurdó a raudales. Y cuando no son estos son los “Gürtel” José Luis Ulibarri O Martínez Parra, los dos empresarios leoneses que lloriqueaban en las faldas de Angélica Rubio para conseguir obrita pública y trincar a raudales.

Usted a pagar

De modo y manera que lo que procede es pagar más. Se paga por el IBI, se paga por las basuras, se paga por el IRPF, se paga por el IVA, se paga por el pasaporte, por el DNI, por la gasolina, por el Impuesto de Sociedades, hasta hace poco por el Patrimonio, por el Catastro, por respirar y por cagarse en los muertos de Zapatero.
A ellos les da igual. El coche oficial que no falte, Jockey está repleto, los gastos de representación siguen aumentando, los asesores de la nada son ya legión, la burocracia cara, ineficaz y repugnante nos tapa.
¿Cuándo nos vamos a rebelar pacíficamente, levantar barricadas y atrincherarnos contra una clase política vomitiva?
¡Pues entonces no se queje!

Graciano Palomo es editor de ibercampus.es, periodista y analista político

Ex
traconfidencial.com

¡Mamá, quiero ser funcionario! por Lorenzo Ramírez


Muy mal debe ir la economía cuando el sueño de los jóvenes españoles es lograr una plaza de funcionario. No se crean que los recién licenciados están deseosos de asistir a sus conciudadanos en la lucha diaria que mantienen contra la burocracia, ni siquiera pretenden curar enfermedades, perseguir delincuentes, apagar fuegos o dedicarse a cualquier otra actividad de servicio público. Lo único que persiguen es trabajar lo menos posible, tener un puesto asegurado y "desconectar" cuando salgan del trabajo, para ir a un bar a tomarse unas cañas, echarse la siesta o ver un partido de Champions.
Esta tendencia no afecta sólo a los universitarios, sino que se extiende como un reguero de pólvora por el resto de la sociedad, especialmente entre los 4,4 millones de parados que hay en España. En la actualidad, muchos desempleados se plantean seriamente convertirse en administrativos del Estado –o de alguna comunidad autónoma o ayuntamiento– y con esta mentalidad es muy difícil que España remonte el vuelo.
La crisis agudiza el problema, especialmente cuando desde el Gobierno se demoniza a los empresarios de forma sistemática, defendiendo la idea de que el emprendedor es un avaricioso que paga lo menos posible a sus empleados y que se "forra" a costa de los demás. Es la visión sindical que ha adoptado el inquilino de La Moncloa para mantenerse en el poder y que está grabándose a fuego en la mente de la sociedad española. Nadie dice que más del 95% del tejido empresarial está compuesto por pymes y autónomos que luchan cada día para sacar sus negocios adelante.
Llegados a este punto, es necesario denunciar la profunda irresponsabilidad que supone el lanzar desde los poderes públicos este tipo de propaganda, acompañada por un incremento del volumen de funcionarios en un momento en el que la sangría laboral afecta exclusivamente al sector privado. En España ya hay más de tres millones de empleados públicos, prácticamente el mismo volumen que empresarios.
Cuando se analiza la publicidad que realizan las academias encargadas de formar a los opositores, se comprende el fervor por acceder a una plaza en la Administración. Se trata de mensajes del tipo: "Ya que la crisis nos afecta a todos, ¿no sería bueno asegurarte el futuro?", "Consigue estabilidad laboral, horarios, seguridad, para toda la vida", etc. En ninguno de ellos se habla de la vocación de servicio público, ni falta que hace, dirán los centros oficiales de formación.
Pero, al contrario de lo que mucha gente piensa, crear un puesto de trabajo en el sector público no sale gratis. Para poder aumentar la plantilla de funcionarios hay que recortar recursos de otras partidas de gasto, siempre que se quiera mantener cierto equilibrio entre ingresos y gastos. Es el famoso coste de oportunidad. Es decir, que los más de 100.000 empleos públicos creados en los últimos meses se han generado a costa de recortar recursos al sector privado, que es quien sostiene las finanzas públicas mediante el pago de impuestos y cotizaciones sociales.
Como consecuencia de todo ello, uno de cada cinco asalariados en España es funcionario –según la Encuesta de Población Activa (EPA)– y generan un coste enorme a las arcas públicas. Sirva de ejemplo que uno de cada cuatro euros del gasto público previsto para 2010 será destinado a pagar sus sueldos.
Por lo tanto, tanto desde el punto de vista económico como desde el social, no es positivo que un país se convierta en una cantera de funcionarios. Los efectos son terribles: creación de una sociedad asistencial, pérdida de competitividad, hundimiento de la productividad, desempleo y problemas en las cuentas públicas que generan subidas de impuestos y aumento de la deuda de las Administraciones... ¿Les suena?

Libertad Digital

lunes, 26 de octubre de 2009

¿Está interviniendo la UE en la economía española , por Emilio J. González


El Gobierno ahora dice que la recuperación económica ni viene, ni se la espera. Después de tanta declaración con que si ya hemos tocado fondo, con que si la mejora de la economía está a la vuelta de la esquina, con que si la reactivación de Alemania y Francia va a tirar de España, ahora resulta que, de eso, nada de nada. En cierto modo, no es de extrañar ese cambio de mensaje del Ejecutivo. Si ya mintió tan descaradamente con la existencia de la crisis para ganar las pasadas elecciones generales, ¿por qué no iba a hacer ahora lo mismo? No obstante, hay varias cosas que me dan que pensar en este giro de ciento ochenta grados que están dando Zapatero y sus ministros. Me explico.

Un reconocimiento acerca de la verdadera realidad de la crisis, que, en vez de estar a punto de concluir, es muy posible que se agrave todavía más, no se hace de la noche a la mañana. Hay indicadores económicos que ya venían avanzando lo que el Gobierno está empezando a admitir y, sin embargo, Zapatero y los suyos continuaban una y otra vez con su melopea de que la recuperación estaba a la vuelta de la esquina, como si de un mantra cuya repetición insistente pudiera obrar el milagro de que los deseos se convirtieran en realidad. Es decir, el Gobierno sabía, y sabe de sobra cómo están las cosas pero trataba de engañarnos una vez más, sobre todo para poder sacar adelante ese impresentable presupuesto para 2010 que sólo sirve para agravar la crisis y para que Zapatero trate de satisfacer a determinados grupos de interés cuyos votos busca denodadamente en el Parlamento o en las urnas. Vamos, un presupuesto que no hay por donde cogerlo y que habría que rehacerlo de principio a fin para adecuarlo a la realidad de la crisis. Pues bien, ese presupuesto tan nefasto ya pasó el primer debate, rechazando el Congreso todas las enmiendas a la totalidad, pero todavía le queda la tramitación en las comisiones de Economía del Congreso y el Senado donde sus señorías pueden cambiarlo radicalmente, sobre todo a su paso por la Cámara Alta. Teniendo en cuenta esto, resulta más que sorprendente que ahora el Ejecutivo reconozca que las cosas se van a poner todavía mucho peor cuando ha construido un proyecto de cuentas públicas que se basa en el escenario opuesto. Y resulta sorprendente ese reconocimiento porque, al hacerlo, está invitando a los grupos parlamentarios a reformar en profundidad unas previsiones de ingresos y gastos pensadas estrictamente para que el presidente del Gobierno las utilice con fines populistas y para tratar de seguir en el poder hasta agotar la legislatura. De acuerdo con esta lógica, Zapatero y sus ministros deberían haber retrasado el reconocimiento de la realidad hasta que los presupuestos hubieran concluido su periplo parlamentario. Sin embargo, no ha sido así y la cuestión es por qué.

No me cabe la menor duda de que parte de la respuesta se encuentra en que, de alguna manera, el Gobierno empieza a percatarse de que la situación es insostenible y de que ya no le queda margen alguno de huida, sino que, por el contrario, está al borde del abismo. Sin embargo, esto es sólo parte de la respuesta y me sospecho que la verdadera razón se encuentra en otro lado, concretamente en Bruselas, la sede de la Comisión Europea. ¿Por qué pienso así? Pues muy sencillo. Recientemente, el Ejecutivo comunitario le ha dicho al español que no apruebe el Fondo de Reestructuración Ordenada de la Banca, el famoso FROB, y que Bruselas tendrá que examinar caso a caso la concesión y autorización de ayudas. Al Colegio de Comisarios, desde luego, no le falta razón. Además de que defiendo el principio de que a las entidades financieras españolas con problemas, mayoritariamente cajas de ahorros, habría que dejarlas quebrar si no tienen solución, o dejar que otros se hagan con ellas, bien a través de fusiones interregionales, bien permitiendo que los bancos españoles y del resto de la Unión Europea puedan hacerse con ellas, es que la problemática de nuestro sistema crediticio no se deriva de la crisis financiera internacional, sino de los propios excesos que las cajas han cometido durante la burbuja inmobiliaria mientras el supervisor –o sea, el Banco de España; o sea, el Ministerio de Economía; o sea, la Presidencia del Gobierno– hacía la vista gorda para que la construcción siguiera dando brillo a las impresionantes cifras macroeconómicas de que presumía Zapatero en la pasada legislatura, aunque esas tasas de crecimiento económico y empleo fueran gigantes con los pies de barro. Dicho sencilla y llanamente, los problemas de las cajas de ahorros derivan de lo que los políticos han hecho con ellas, que no es otra cosa que utilizarlas para sus intereses y, con ello, destrozarlas. Así es que cualquier operación de salvamento de cajas con ayudas del FROB entra dentro de lo que prohíben los tratados europeos, es decir, el conceder ayudas a entidades en dificultades porque falsean la competencia. Bruselas por eso dice lo que dice respecto del FROB.

Siendo lógico este rechazo a los planes de Zapatero, la Comisión tiene una segunda razón, posiblemente más importante aún si cabe, para oponerse al café para todos en el sector crediticio. Y es que las ayudas previstas en el FROB no se concederían con cargo a los presupuestos, sino que se financiarían emitiendo deuda pública. He aquí el quid de la cuestión. A la Unión Europea le preocupa, y mucho, el cariz que están tomando los acontecimientos económicos en España y teme la argentinización de nuestra economía, es decir, en román paladino, que nuestro país se vea obligado a suspender pagos porque no pueda atender a tanta deuda como está emitiendo y tanto bono como pretende sacar al mercado el próximo año; unas obligaciones que, de conseguir colocarla entre los inversores, sería sólo a tipos de interés prohibitivos que agravarían todavía más si cabe la crisis económica y de empleo. En otras circunstancias, todo esto le importaría poco menos que un bledo a Bruselas y a nuestros socios comunitarios. Sin embargo, resulta que España es miembro del euro y una suspensión de pagos por parte de nuestro país afectaría al conjunto de la eurozona y a la credibilidad de la moneda única. Ante esto, la UE sólo tiene dos opciones: o echarnos del euro, o intervenir la economía española. Con el rechazo al FROB, la Comisión parece haberse decantado por lo segundo, porque implica rechazar también que nuestro país siga endeudándose hasta niveles insostenibles simplemente por el puro capricho de un presidente que gobierna a golpe de ocurrencia, a base de tirar de chequera, sin medir las consecuencias de sus decisiones y sin querer escuchar el más mínimo consejo que tenga un poco de sensatez si va en contra de sus planes.

Por tanto, tenemos ya a la UE interviniendo de forma no declarada la economía española y cuando la Comisión actúa de esta manera es porque cuenta con el respaldo de Alemania y Francia. Así es que parece que, una vez más, lo que hay que hacer en nuestro país va a venir impuesto por Europa, a través de mecanismos y formas de presión que están empezando a desvelarse con el rechazo al FROB. En estas circunstancias, Zapatero no puede seguir negando la verdadera realidad de nuestra crisis y por eso ha empezado el reconocimiento de cómo están las cosas, con independencia de lo que pueda suceder con sus nefastos presupuestos durante la tramitación parlamentaria, sobre todo porque no quiere que nadie le afee nada durante su semestre de presidencia de la UE del que, por lo visto, espera tanto.

La milicia no es angélica, por Arturo Pérez Reverte


Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas. Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte. Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.

En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas. A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo. Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta. Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda. Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros. Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.

Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan. Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada. Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas. Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate. Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque. No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.

domingo, 25 de octubre de 2009

Lo ovejunamente correcto, por José Jiménez Lozano


Nadie podría haber adivinado que las necedades en estado puro y las obstinadas hipocresías de lo ‘políticamente correcto’ - locución, por lo demás, adecuada a cualquier situación totalitaria - cuajarían tan amplia y rápidamente entre nosotros, porque cabía esperar que la ironía y el sarcasmo las arruinasen inmediatamente. Pero claro está que esa ‘corrección política’ ha llegado hasta aquí como la expresión suma de la modernidad; y, como por otro lado es ciencia que no precisa muchas neuronas ni grandes esfuerzos para ser adquirida incluso en sus más altos grados, por todas partes un poco, pero sobre todo en los ámbitos educativos, parece haberla asimilado a ella, y mostrarse deseoso de exhibirla
Conviene decir, desde luego, que la corrección política tiene una doble cara o expresión. En primer lugar, es un vulgar conformismo con los estereotipos y retóricas del tiempo y del sistema, una ortodoxia más, aunque singularmente necia, que obliga a una modernidad de anteayer y de pasado mañana, y a tragarse ruedas de molino, o a entonar contínuas y ardientes alabanzas a la situación dada, como resumen de resplandores en contraste con las tinieblas del pasado; y, así las cosas, no hará falta decir que todo tiene un buen tufillo de Granja, o de lo ovejunamente convenido.
La otra cara de la corrección política es la más que notable pedantería y necedad del lenguaje mismo, con expresiones como ‘individuos de otra etnia’, ‘tercera edad’, o el ridículo e insultante asunto del ‘género’ con sus baratas filosofías y dramáticas y consecuencias.
Se pensaría, en efecto, que, ante tal cúmulo de despropósitos, la carcajada sería universal, pero no ha sido así, y, mientras en USA, después de haber causado algunos desastres y verdaderos dramas, que quedan reflejados, por ejemplo, en la novela La mancha humana, de Philip Roth, la corrección política ya ha mostrado sus desastrosos efectos, mientras que aquí, como de ordinario ocurre con Aunque es difícil que penetre entre las gentes sencillas y normales, cuyo lenguaje, afortunadamente, sigue estando más cerca de Cervantes y fray Luis de León que el lenguaje de las capas sociales cultas, como también viene ocurriendo desde siglos. Y que, como por el lenguaje sabemos quiénes somos, sabemos de sobra lo que es un ser humano, al margen de sus determinaciones de sexo, raza, salud o enfermedad, pobreza o riqueza; y saben nombrarlo sin ocurrírseles que cualquier condición de éstas, implica secundariedad, y, mucho menos, vergüenza o desdoro.
Esto de que, algún día, sería igual Julio César que Julián Cerezas lo decía don Antonio Machado como un chiste, una boutade, una exagerada hipótesis que nunca llegaría a darse, y lo decía a propósito de que había que tener muy claro quién es cada quien y cada cual. No vivió lo suficiente para ver que eso de lo que se reía sería la profunda filosofía de la corrección política y la búsqueda de la más escrupulosa igualdad.

viernes, 23 de octubre de 2009

Ante una segunda oleada de crisis, por Roberto Centeno

El disparate económico de la semana, ha sido el debate de los Presupuestos 2010, con una vicepresidenta desfondada, al borde del ataque de nervios, pero también con un líder de la oposición que aunque crecido ante la insignificancia de la marioneta de Zapatero, es incapaz de ofrecer una alternativa, más allá de los lugares comunes y la fe en su capacidad para hacer milagros. Apañados vamos los españoles con esta tropa. Solo Rosa Díez mantuvo un discurso coherente y planteó soluciones para lo que ella denominó con toda razón, los presupuestos de un Estado residual.


Y mientras sus señorías se enzarzaban una vez más en una dialéctica sin nada que ver con los problemas reales de los españoles, la economía ha entrado en un proceso deflacionista, lo que significa que la recesión, lejos de moderarse, va a ir a más. Y en línea con ello el indicador sintético de actividad, que elabora el Ministerio de Economía, y que integra los principales indicadores de actividad y demanda, un indicador de la coyuntura a seis meses, se ha desplomado en septiembre, pasando del -2,2% interanual en julio al -4%.


En otras palabras, vamos a entrar en una segunda oleada de crisis hacia principios de 2.010. Y para arreglarlo el inepto proteico de Moncloa, responsable directo de unos presupuestos cuyo único objetivo en mantenerle en el poder, en lugar de reducir gasto, sube los impuestos, subida que representa menos consumo, y menos consumo, como saben hasta los niños de primaria, significa más paro, y más paro supone más déficit y una burbuja de deuda que España no podrá devolver. Pero además crucemos los dedos, porque las subidas de impuestos no han terminado, pues estos insensatos piensan agravarlas mucho más aún.


Pero una vez más, y al igual que ocurrió el año pasado, antes de que finalice el año, todos sus supuestos y bases de cálculo que son una pura falsificación, se habrán ido al garete, y también como el año pasado, ignorarán la realidad, pero esta vez no les va a salir gratis. Esta vez la economía acabará en una espiral de hundimiento que obligará al FMI y a la Comisión Europea a intervenir, lo que tendrá un coste brutal en términos de empleo, de protección social, y del sistema de pensiones, que se verán fuertemente recortadas, y además sin garantía de éxito.


A día de hoy, solo una cosa es segura, cuanto más se tarde en implementar un plan de emergencia, más difícil y más dura serán las exigencias de recuperación, y una vez más, como sucedió con la crisis, el gobierno se niega a reconocer la realidad y a actuar en consecuencia, y la oposición, más allá de la dialéctica, carece de un plan alternativo creíble. Por ello, ahora más que nunca, que dios nos coja confesados.

Los intelectuales se pudren


ÁLVARO DELGADO-GAL, ABC

En 1892 despareció de las sierras del noroeste la cabra montés; el lince ibérico está en un ay, y el quebrantahuesos dibuja círculos cada vez más erráticos alrededor de tal cual eminencia pirenaica y otros tantos, no muchos, peñascales del sureste peninsular. ¿Hemos concluido la relación de especies extintas o en trance de extinción? No. Queda el intelectual, una subespecie adscrita al taxón homo sapiens. Los intelectuales languidecen por lo mismo que vino a menos la cabra del noroeste o amenazan con tomar las de Villadiego el lince y el quebrantahuesos. Sencillamente, los intelectuales se han quedado sin entorno: los nichos en que acostumbraban a desenvolver su existencia se han visto expuestos, durante los últimos tres o cuatro decenios, a un erosión insistente, progresiva, y probablemente irreversible.
Hago esta constatación como parte interesada, porque yo mismo soy, y lo declaro sin jactancia alguna, es más, lo admito con cierta violencia íntima, un intelectual, quiero decir, alguien que se gana la vida traficando con ideas. Es difícil que una idea sea buena, y punto menos que imposible, que sea original. Puesto que carezco de títulos para considerarme distinto de la mayoría, concedo de barato que las ideas con que trafico son malas antes que buenas, y que rara vez, o quizá nunca, son mías de verdad. Pero esto da igual. El caso es que, en tanto que soldado de tropa, de la tropa menguante, desastrada, dejada de la mano de Dios, de los intelectuales, me he preguntado, me pregunto con solicitud creciente, por qué se nos ha puesto el viento tan de cara, o empleando una expresión que una vez le oí a Vargas Llosa en un lugar cuya mención no viene a cuento, cuándo demonios se jodió el Perú.
Es cierto que los intelectuales no han dejado de equivocarse desde hace tres cuartos de siglo. Causa cierta consternación leer una requisitoria como Past Imperfect, de Tony Judt. Entre 1944 y 1956 la clase intelectual francesa, con excepciones contadas -Raymond Aron, y poco más-, desplegó una incomprensión absoluta de la democracia parlamentaria y la libertad económica, y, en paralelo, una indecorosa simpatía hacia Stalin. Las rectificaciones fueron tardías, torpes, e insuficientes. Era entendible, es más, era justo, que el error repetido pasara factura. Pero esto no me basta. Aquí estamos hablando de ecología, no de moral. El intríngulis no está en que el intelectual haya incurrido en la desaprobación del respetable. El caso es más humillante. Lo que ocurre, es que se ha hecho invisible para el resto de la sociedad. ¿Cómo explicarse el desvanecimiento, el eclipse absoluto?
Situémonos en España, que conocemos mejor que Francia o Italia. A lo largo de los cincuenta, de los sesenta, incluso durante la primera mitad de los setenta, los intelectuales solían ser de izquierdas. No necesariamente, por supuesto. Pero lo más frecuente es que estuvieran situados a babor, en alianza explícita o implícita con el Partido Comunista. Esto era por entero natural. El franquismo, tan eficaz, a partir de los últimos cincuenta, en el manejo de la intendencia, tan instalado, no sólo en el poder, sino en la propia sociedad española, ofrecía una diana clarísima a la crítica ideológica. El sistema de formas y conceptos que proponía el Régimen a los españoles era anacrónico, atrabiliario, y en muchos sentidos grotesco. Ello facilitó un empleo, habilitó un lugar bajo el sol, al intelectual. Por el lado sociológico, que no estrictamente ideológico, se verificó un fenómeno aún más importante. La izquierda, obligada por la Dictadura a renunciar a la política en su acepción ordinaria, se refugió en la cultura y la universidad. En tanto que la derecha se socializaba en la empresa, o en las profesiones donde confluyen la administración pública y la administración de las cosas en general -el Derecho, las grandes oposiciones a las carreras del Estado, etc...-, la izquierda se socializó en la colonización de las ideas. Las dos, tanto la izquierda como la derecha, ofrecían a sus oficiantes un cursus honorum, un peculiar camino de perfección. La diferencia estaba en la estaciones que ese camino recorría. La derecha fatigó el que ya se ha dicho. La izquierda eligió la pana y la virtud airada y consiguió no sentirse inútil a despecho de su ubicación marginal.
¿Hemos terminado? No. Mucho antes de que Zola se subiera a la tribuna para enunciar su «Yo acuso», Marx, un inteligente desclasado, había sabido abrir un hueco a los intelectuales entre el macizo de la burguesía y el macizo del proletariado. En 1844 (Introducción a la crítica de la filosofía hegeliana del derecho) escribió: «Así como la filosofía averigua sus armas materiales en el proletariado, el proletariado encuentra sus armas intelectuales en la filosofía... La filosofía es la cabeza, el proletariado, el corazón».
A lo largo del tiempo, los intelectuales habían desempeñado funciones varias: la de apologistas al servicio de la Iglesia, la de humanistas o poetas en la corte del príncipe, la de bohemios y malditos en las grandes metrópolis europeas del XIX. El marxismo les propone un papel mucho más prometedor: el de parteros de la Historia, que halla en ellos un vehículo y, a la vez, un heraldo, un oráculo. En términos sicológicos, el retorno de esta atribución, o más valdría decir, autoatribución, fue inmenso. Los intelectuales se hallaban lejos de los despachos, de los coches oficiales, de los restaurantes de cinco tenedores. Pero, ¡caramba!, la razón y el futuro estaban de su lado. Y el enemigo era localizable, andaba distraído apretando botones en el puente de mando, y presentaba flancos débiles.
Conviene señalar en passant que el engreimiento de los intelectuales, un fenómeno en parte reivindicativo, en parte compensatorio, tuvo su lado bueno. Muchas personas honradas, voluntariosas, con hambre de balón, volcaron su energía en la edición, la literatura, el arte y la enseñanza. La melancolía innegable que ahora aflige a la cultura se debe en alguna medida al hecho de que la vida pública se ha abierto y los que habrían ido para intelectuales hace cuarenta años, se dedican a echar buen pelo en los negocios y la política. Pero esto es secundario. El cataclismo, el desastre, es de calibre mucho mayor: ostenta el carácter mayúsculo que los marxistas infieren a la hache cuando escriben «Historia».
A pesar del sesgo futurista de la filosofía marxiana, el intelectual conjeturado por Marx en 1844 trascendía a Antiguo Régimen. Se trataba de una figura en la que se fundían, como en un cuño, el pastor de pueblos y el levita bíblico. Sorprendentemente, la democracia ha derivado, sí, en un experimento radical, aunque no según lo soñaron los viejos revolucionarios, sino en línea mucho más afín a las teorías del mercado: sobresale más el que contenta a más consumidores. En este mundo, regido por las leyes de la oferta y la demanda, florecen cantantes, estrellas de la televisión, y políticos con glamour escénico. El intelectual, con su pesada prosopopeya, con sus barbas de patriarca, se ha convertido en un trasto y un pelma. Así, señores, hemos acabado los del gremio. Llegada la democracia a plenitud, desatadas las libertades, el intelectual ha descubierto que su color no es el rojo auroral que pronosticaban los libros proféticos sino el sepia de los celuloides rancios. Como el Palinuro insepulto de Virgilio, el intelectual es un espectro que atiende en el inframundo a que den tierra a su cuerpo y le dejen reposar en paz.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Piensan que nos chupamos el dedo, por Marc Vidal, El Confidencial


Lo de ayer en el Congreso de los Diputados fue, como tantas veces, penoso. Es como si la que estuviera cayendo no fuera real; como si, para los que pasan las tardes por aquellos pasillos, la crisis fuera una pieza color marfil en sus tableros de juguete. Viven en ridículos espectáculos de foco y rueda de prensa. Sin embargo creo que tanta cháchara y tanta frase hecha no responde a un alejamiento de la realidad sino a algo más perverso. Estoy convencido que creen que nos chupamos el dedo por parejas y al unísono. Se gritan los unos a los otros sin aportar nada, como si todo esto fuera una especie de entretenimiento siniestro para los elegidos de la butaca de piel. Viven en su mundo, y su mundo poco o nada tiene que ofrecer al resto de los mortales. Se jalean, se aplauden, se abuchean y pasan la tarde tan a gusto, mientras esta noche, un mayor número de españoles se irán a dormir sin cenar.

Sin embargo los que se llevan el premio a la arrogancia y a la desmesura son los diputados socialistas. Son responsables todos ellos de dar apoyo a un gobierno que se ha demostrado incapaz. Un ejecutivo demasiado preocupado por la estadística corta y la contraportada dedicada. Esos miembros de la Cámara son culpables de no tener criterio, de presenciar el incendio sin mover un dedo. En eso consiste ser diputado en una sesión de Presupuestos: en aplaudir a los tuyos y en bostezar con los contrarios, todo ello repleto de risas, de complacencia o sorna según sea el afectado. Y maldita la gracia que nos hace a muchos de los que asistimos a tan escaso espectáculo. Les recomiendo, como ejercicio de descrédito, que se lean los discursos íntegros de algunos oradores. Son de pena y llanto sin descanso.

Pero atendamos a lo sustancial, a ese Proyecto de Presupuestos que asusta incluso a los maquilladores contables. Para empezar debemos señalar que los técnicos que han redactado el presupuesto son los mismos que el año pasado aseguraron que el PIB crecería este año un 1% cuando la realidad nos conducirá a un menos 4%. Los mismos que ahora elaboran un documento que no se aguanta por ningún sitio, fundamentalmente porque está que rebosa de errores e historias ficticias. Pretenden esconder un déficit que va a devorarnos a bocados sobreestimando unos ingresos inexistentes y adelgazando los gastos que ya están comprometidos. El mecanismo es de cachivache: apuestan por desviar inversiones de las operativas de capital adjudicado, contabilizadas como deuda, a otras de carácter financiero para no contabilizarlas como déficit.

Los Presupuestos ofrecen cifras de vergüenza ajena. Según el proyecto, el descenso del PIB será sólo del 0,3% en 2010 cuando eso no se lo cree ni el que encuaderna los tomos del susodicho presupuesto. En el mejor de los casos este país no volverá a generar un PIB saludable hasta dentro de cuatro años y, en su defecto, padecerá de un crecimiento negativo continuado y sostenido en torno al 1,5%. Nuestra economía no genera empleo si no crece por encima del 2,4% y eso es una quimera en estos momentos. Hace mucho que lo explicamos, no es cierto que no se supiera. No hay motor económico ni piezas para sustituir; hay que pedir uno nuevo a Alemania. Vamos hacia un estancamiento, a una parada técnica de la economía, a una anorexia industrial y de consumo que el gobierno sigue rechazando. Sin diagnosis no hay tratamiento y sin tratamiento no hay cura.

Es imprescindible que se establezcan criterios de austeridad y eso no sucede en estos Presupuestos. Vivimos en un Estado con un déficit estructural impagable que tarde o temprano se acabará por transmitir a todas las piezas de nuestra sociedad. Si no se ponen mesuras, ese virus quedará inoculado sin remedio. No es suficiente con medidas de segunda generación en unas partidas; es preciso recomponer todo el gasto público y estimular un cambio estructural de las prestaciones y el funcionariado en términos generales. La Administración es una máquina de tirar dinero, es ineficaz, está duplicada y, en la mayoría de los casos, no responde al valor que se le presupone.

Pero es que este Presupuesto no sirve para la vida real, no tiene nada que aportar a una situación de imprescindible recambio en el modelo de crecimiento como explicaba hace una semana Alvaro Anchuelo en este mismo medio. La expansión del gasto ha motivado el tijeretazo de casi un 24% en I+D+i, el mayor de la Historia. Se les llena la boca de carcajadas y de palabrería, pero la verdad cae como el plomo: más planes de cartón piedra para reforzar alicatados municipales y menos dinero para incentivar la modernización.

Además, lo peor estaba en el capítulo fiscal. El gobierno se dio cuenta demasiado tarde que la caja estaba vacía y sus medidas sociales ya no podían tirar del dinero público y ha tenido que diseñar la mayor subida de impuestos conocida en democracia. Algo que evidentemente iremos notando adecuadamente y a manotazo limpio cada vez que revisemos nuestras cuentas a partir de ya mismo. Una subida de la tributación sobre las rentas de capital y de las plusvalías, aumentará la huída de capitales y la utilización de dinero negro en la consolidación de plusvalías. Respecto al IVA no piensan compensar su subida con una reducción de los impuestos competitivos como el de Sociedades o las propias cotizaciones de carácter social.

Este Presupuesto no contempla que vamos a llegar al 25% de paro, que en 2010 cerca de 700.000 personas más vivirán sellando cupones en el INEM, que hasta 2015 no se va a reactivar la industria ladrillera y que los gastos por desempleo precisarán de un desvío que no han incorporado. Por eso, como decía, estoy convencido que creen que nos chupamos el dedo. Y es lógico que nos vean como una especie de borregos, pues, mientras esto se hunde y el gobierno no oficializa el diagnóstico y retrasa la cura, la oposición no ofrece nada verosímil, los glotones sindicales siguen con la boca cerrada, la patronal permanece abducida por la merienda de la reforma laboral; mientras todo eso sucede, la desidia sociológica del españolito medio continúa.

Que se quiten las legañas que vienen mal dadas. Poco a poco las oleadas de estiércol nos irán alcanzando a todos, es solo cuestión de tiempo. Por ahora las cifras macroeconómicas importan muy poco a quien esta noche cenará centollo y llenará el depósito de su 4x4 japonés con parte del crédito personal ampliado gracias al aval hipotecario del que tiran y estiran desde hace unos cinco o seis años. No se arrugan, siguen con su colegio privado, su crucero y su vida de rico a crédito. Encima ahora “todo está más barato”. No se dan cuenta que no va a haber manera de refinanciar esa vida en 2010, que el cochazo será pasto de embargo y las cenas de lujo se sucederán en la pizzería de la esquina y en días señalados. La solución pasa por tomar medidas realistas y deshacerse de un disfraz que ya no pueden llevar.

El Confidencial

martes, 20 de octubre de 2009

Nebrera, por José García Domínguez


En los últimos tiempos, a falta de patentes tecnológicas, diseño innovador, rompedoras técnicas de gestión o graneros de espíritu emprendedor, en Cataluña nos hemos especializando en la producción y distribución de freakis para solaz del respetable público de la telebasura celtíbera.

Sin ir más lejos, ahí está la señora Montserrat Nebrera, célebre cheerleader de La Noria que acaba de enriquecer la ciencia política occidental con un sesudo tratado a base de maledicencias de patio de corrala, chascarrillos de maruja en trance de cambiarse la permanente, bajunas deslealtades personales e indiscreciones de petarda lanzada a destronar a la mismísima Belén Esteban. Todo ello sazonado con una generosa dosis de lugares comunes y tópicos barra de bar, amén de un surtido ramillete de cursilerías tontipijas ante las que incluso el difunto Ricardo Costa pasaría por un híbrido entre Schopenhauer, Nietzsche y Cioran.

Ése es el gran legado político de Josep Piqué, quien, no satisfecho con haber incrustado en FAES al cleptómano compulsivo de Fèlix Millet, la sacó de la Fundación Francesc Cambó, o sea de la peor carcundia criptopujolista, a fin de que deslumbrara a los papanatas de Madrid con su charlatanería huera de Evita Perón pasada por las Teresianas. Y el viejo prodigio que ya glosara Pla entre admirado y perplejo, esa patente de corso que consiguen algunos catalanes en la capital del Reino sin haber hecho ni demostrado nada en la vida, volvió a repetirse. Trátase de uno de los grandes arcanos de la Historia de España, nunca descifrado, por lo demás. El caso es que a los iniciados en el secreto les basta con imprimir el gentilicio en las tarjetas y ya está, el resto se les regala en cuanto aterrizan en Barajas.

Así, avalada por la crónica miopía mesetaria, esa joya de la corona instaló sus reales en el PP catalán, exigiendo desde el primer día que la organización toda se plegase a su exuberante personalidad. Había nacido una estrellita –fugaz– que no estaba para perder el tiempo con disciplinas partidarias, aburridos trabajos colegiados o insoportables renuncias a un solo plano televisivo. En fin, resentida con el universo mundo por no haber caído de bruces ante su deslumbrante clarividencia política, la doña se despide ahora a su personal e intransferible modo: garabateando kilos de estiércol a tanto alzado el folio. Nunca aprenderán.

Libertad Digital
José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

lunes, 19 de octubre de 2009

Roberto Centeno lo detecta: disparates en las renovables y en la fallida ley de economía sostenible



Hoy había preparado como disparate económico el blindaje del cupo, o mejor del expolio, vasco. El chantaje de los separatistas del PNV, para apoyar a los delirantes presupuestos de Zapatero, y que constituye una traición en toda regla a las comunidades vecinas, a las que este blindaje produce un daño económico realmente enorme. Pero ayer se produjo un hecho que me obliga a posponerlo para cuando comience la tramitación parlamentaria.


Y es que el tema se las trae. El inepto proteico de Moncloa, ha decidido aplazar “sine die”, su arma secreta para cambiar el modelo productivo y sacarnos de la crisis: la Ley de Economía Sostenible y de los Grandes Expresos Europeos. Y la razón, que los sindicalistas de pesebre de UGT y CCOO, los más fieles entre los fieles, al ver el resumen de la misma, preparado por los 600 asesores de Zapatero, más un Sr. de Cuenca que pasaba por allí, se han caído por el suelo de risa, afirmando que la ley era una auténtica broma.


¿Se dan cuenta Uds. del ridículo tan espantoso que ha hecho este siniestro personaje?, porque esta ley ha sido la oferta económica estrella del partido socialista durante dos legislaturas, y ahora resulta que no solo es humo químicamente puro, algo que todos sabíamos, sino que su contenido es para partirse de risa. Si la oposición tuviera un líder, y no un cantamañanas, sin autoridad ni liderazgo, que ha sumido el PP en el caos más absoluto, con esta estafa masiva a los ciudadanos le metería una estocada hasta la bola.


Y sin embargo el tema es mucho peor aún, porque retira la ley, pero mantiene la estafa de las renovables, el robo más descarado después del de los titiriteros de la SGAE, y lo que es ya de aurora boreal, este irresponsable, acaba de entregar la autoridad en el desarrollo de las renovables, es decir, de la política energética de la nación, a las autonomías, con lo que el número y la intensidad de los pelotazos se multiplicarán exponencialmente, y no solo eso, como cada Taifa tendrá su cuota de renovables, tanto de eólico y tanto de solar, los aerogeneradores se instalarán donde convenga a los amigos y parientes del jefe de la Taifa, no donde haga más viento, y la solar lo mismo, una parte en las tierras soleadas de Galicia, otra en Santander, o el País Vasco, pues como el grueso del trinque está en la autorización, lo que produzcan después les da exactamente igual.


Entre 2008 y 2009, los amigos del poder se llevaran más de 4000 millones de euros en subvenciones, el equivalente al coste de cuatro grandes centrales nucleares de gran tamaño, capaces de producir tanta electricidad, como todo el eólico y solar junto pero a la cuarta parte del precio. Y como consecuencia tenemos ya la electricidad más cara de Europa, y aún les debemos 10.000 millones de euros a las eléctricas, que el Estado acaba de avalar, ¡si será por dinero! Y así las cosas, España acaba de entrar en deflación, lo que unido al desplome del indicador sintético de actividad en septiembre, augura para los próximos meses un desastre económico sin precedentes. Y mientras tanto la oposición, dedicada mayormente a apuñalarse los unos a los otros, y a sus negocios personales, ni sabe ni contesta.

Aquí tienes el blog del catedrático don Roberto Centeno

domingo, 18 de octubre de 2009

El corralito español, por Marc Vidal

Marc Vidal publicó en su blog El Corralito español el 24 de febrero de 2009

Leer hoy en todos los medios historias sobre un ministro cazador, otro que desearía no serlo y un montón de inmundicias similares es desolador. Siento que las cosas se acaban y nadie se da cuenta. Las dimensiones de lo que se nos viene encima son espantosas y todo sigue un curso completamente ridículo. He sabido, y no detallaré porque no soy un suicida, de decenas de sucesos financieros que ya han prescrito y que pocos conocen, innumerables batallas subterráneas que ningún periodista se ha dignado a investigar y hechos que hablan de guerras complejas en los altos hornos de la economía completamente ocultos a la opinión pública. Sin embargo aquí nada parece cambiar. Técnicamente estamos viviendo un principio de “corralito” y nadie parece darse por aludido.

Intenten retirar, si los tienen, 20.000 euros hoy mismo de sus cuentas corrientes. La respuesta será que “debería de haber avisado”. Puede ser. Inténtelo con 10.000. Les dirán algo parecido y empezará a ser sospechoso. La mayoría de pagos aceptados vía cash para gestión líquida están limitados a valores inferiores a los 6.000 euros diarios. Pero, procuren hacer lo mismo utilizando plataformas telemáticas. La negativa será rotunda. Si usted quiere mover 100.000 euros de su cuenta, y hay que ser iluso para tener ese capital hoy en día en una entidad determinada, no podrá hacerlo en uno solo día a menos que disponga de “transfer” oficial de la entidad o género de “uso advertido”.

Esta situación de insolvencia bancaria se irá estrechando hasta llegar a un colapso a mediados de 2010. Algunas cajas y bancos ya no provisionan como dicen hacer. Saben que no tiene sentido. Es el momento de guardar dinero en cajas fuertes, es momento de reducir el consumo al máximo y liquidar lo ineficiente definitivamente. Cojan su dinero y guárdenlo donde puedan, dispongan de él en fondos de entidades solventes que no son las que están pensando por su volumen y tamaño, adviertan a los suyos de que vienen tiempos muy difíciles y que aceptarlo rápidamente será un valor fundamental para sufrir menos que otros. Mientras los negocios generen beneficios hay que trabajar al máximo, pronto también se detendrán. La parada técnica de la economía no es una posibilidad, es una evidencia a medio plazo. Los que nos movemos en este mundo ya no ponemos en duda la argentinización de nuestro sistema financiero, ni se plantea si va a haber o no “corralito”, la duda es cuando.

El gobierno español es incapaz de sostener sus propias afirmaciones. El fondo de garantía de 100.000 euros recién estrenado es menos real que un billete de 7,20 euros. El Estado sabe que una quiebra oficial de una entidad bancaria en España supondría la insolvencia definitiva del país pues es imposible cubrir los fondos depositados de ninguna caja media española y, ni por asomo, la de ningún banco o caja de gran volumen. Esa fallida de una caja manchega está siendo ocultada con ingentes inyecciones de liquidez diaria para no evidenciar y publicar su situación. Lo cual obligaría al uso de ese fondo de garantía y que a su vez evidenciaría la quiebra del Estado por no poder afrontarlo. Para evitarlo, ese líquido pretende retrasar la retirada de fondos por alarma y a su vez “obligar” a otras cajas a comerse el marrón, retrasar el asunto y esperar que San Pedro nos bendiga a todos.

Es evidente que nuestro dinero ya no es dinero, es una sonrisa en una cartilla bancaria, un señuelo. El déficit aumenta y con él la locura. Zapatero sigue anunciando medidas de soporte, de garantía a una tensión social cada vez más cercana, y lo pretende pagar con deuda pública. Pero es cuestión de tiempo, pero España será expulsada del euro. La prepotencia de hacernos ricos a costa de los fondos de cohesión lo vamos a pagar caro. Salir de compras y adquirir empresas francesas, británicas, alemanas e italianas con el dinero que ellos nos dejaron en su día es indecente y la indecencia es punible, tarde o temprano. En nuestro caso temprano. España vivirá en la precariedad social por culpa de la indigencia intelectual de sus gobernantes, todos, los unos y los otros.

Las promesas del ejecutivo deberían de explotar en las caras de sus señorías cada mañana cuando se asean. Más de dos millones de españoles ya no tienen soporte económico alguno. De momento se refleja en las colas de los auspicios y comedores sociales. El BMW que nadie quiere comprar, parado por falta de combustible, es el último monumento a la desfachatez de la clase media engañada por un sistema de barro, una clase media que ahora pretende comer un plato caliente junto a indigentes y alcohólicos. Vagabundos de toda la vida junto a neoindigentes de VISA cancelada. ¿No me creen? Paseen un poco.

España entrará en depresión acuciante a final de este año. Recopilen dinero fresco y ténganlo a mano. No es alarmismo, son consejos reales. No lo retrasen pensando, ya lo haré cuando toque. No tendrán tiempo. No trabajen ninguna operación a plazos superiores a los 12 meses. Nadie puede garantizar eso. Utilicen modelos de inversión actualizable y recuperable rápidamente y si no los encuentran, a la caja todo. Busquen lo necesario para vivir medio año sin VISA. Si sus escenarios de uso son más largos afiance inversiones en Alemania o Francia, poco más. Si su escenario es a muy largo plazo, compre gestión norteamericana no ubicada en la costa Oeste. Compren “arroz” o platino. El oro no será tan eficiente pero será un refugio cierto.

Como sabemos, esto no es una crisis coyuntural, ni de etapa, es sistémica y nos pilla de lleno a los españoles en una crisis doméstica. Tras cinco años nada habrá cambiado, seguiremos en crisis, tras diez el modelo se estará reconstruyendo en otro mucho más heterogéneo y basado en conceptos ahora demasiado abstractos, pero en España, dentro de quince o veinte años seguiremos soñando con aquella década prodigiosa de finales del XX y principios del XXI. Detrás de este telón no hay ningún escenario. Hay otro teatro, otro sistema, pero España no se está preparando ni por asomo, sigue parcheando, de manera que todo será más largo, duro y dramático. Busco casa de pueblo, alejada de todo, con buenas vistas, un río cercano y conexión wifi, que hay que quiero presenciar a tiempo real al derrumbe.

El siglo de las ideologías, Pío Moa


Lo someto a su implacable crítica:

Una potente ideología de la época fue el nacionalismo, que, combinada con otras, movería a grandes masas y transformaría el mapa político del mundo en los siglos XIX y XX. El nacionalismo, ya quedó dicho, no inventa la nación sino que transfiere a ella la soberanía antes atribuida al monarca, por lo que su contenido es en principio democrático. Creció ligado al liberalismo y al romanticismo, sin identificarse del todo con ellos. Solía hipertrofiar el sentimiento patriótico, a veces hasta extremos delirantes, o los creaba de la nada, y a menudo trataba de expandirse a costa de los vecinos.


Esta ideología encaraba dos problemas: cómo definir una nación y cómo aplicar la soberanía. Nación, de entrada, es un amplio grupo social que comparte una cultura distinta de las de sus vecinos; pero como la cultura incluye diversos elementos, y siempre se comparten bastantes con otros pueblos, delimitar la nación es a veces difícil (ocurre con otros conceptos sociales). Aun así, su evidencia es indudable en muchos casos: existen numerosas naciones culturales, y el nacionalismo les supone el derecho a convertirse en naciones políticas, es decir, a dotarse de su propio gobierno.


Las naciones políticas aparecieron en Europa en las edades de Supervivencia y de Asentamiento, cuando tres de ellas, España, Francia e Inglaterra, se apartaron del Sacro Imperio Romano-Germánico, que pretendía abarcar a la cristiandad; a estas pueden añadirse las escandinavas, no tan definidas, posteriormente Portugal, Polonia, Moscovia, más tarde Holanda y otras menores o más efímeras. Las demás naciones culturales de Europa estaban políticamente absorbidas en imperios, donde una nación predominaba. A comienzos del siglo XIX, el centro-este de Europa estaba repartido entre los imperios austríaco, ruso y turco, más Prusia. Por los años 20, Grecia se sacudió la dependencia turca, pero los hechos más relevantes fueron sin duda la constitución de Alemania e Italia, por primera vez, en naciones políticas unificadas (excepto Austria, en el primer caso), hacia 1870-71. Alemania adoptó significativamente el título de II Reich o Imperio, considerando el primero el Sacro Imperio, y fue capaz de derrotar a Francia y de rivalizar con Inglaterra en poderío económico, científico y técnico. Las demás naciones integradas en los imperios austrohúngaro, otomano y ruso no lograrían independizarse en el siglo XX, pero su agitación independentista no cesaría de crecer.


Fuera de Europa, las naciones culturales eran menos discernibles, y a menudo serían creadas a partir de la política, en una inversión del proceso. Así, en América apenas había diferencias culturales entre Argentina y Chile, o entre Bolivia, Perú y Ecuador, o entre Colombia y Venezuela, ni en Centroamérica. Y el diseño de la Gran Colombia tenía cierta base sobre la común cultura española. No obstante, las oligarquías regionales lograron crear nuevas naciones políticas siguiendo límites administrativos españoles. Aun más enrevesada sería la cuestión en África y Asia.


En cuanto a la soberanía, facultad de dictar leyes sin recibirlas de otro poder, la revolución la había atribuido a la nación, al pueblo (la diferencia entre soberanía nacional y soberanía popular es irrelevante), propuesta más simple en su enunciado que en su práctica. La nación, el pueblo, nunca dicta las leyes: lo hacen, en su nombre, unas oligarquías parlamentarias más o menos representativas. Para evitar la acreditada tendencia de las oligarquías a crear conflictos, se había tendido a depositar la soberanía en el monarca y hacerla hereditaria, un principio sencillo y (relativamente) operativo: el rey concentraba la voluntad de la nación. Durante la Edad de Asentamiento, la soberanía regia fue haciéndose más o menos compartida con las Cortes y Parlamentos, que debían refrendar las grandes decisiones; parlamentos no democráticos, pues la inmensa mayoría campesina no estaba representada, pero que moderaban el poder del rey. Esta especie de soberanía compartida o limitada resultaba compleja y conflictiva por lo que el siglo de la Ilustración simplificó aún más el principio, anulando de hecho las Cortes y Estados Generales en pro del absolutismo, salvo en Inglaterra.


Inglaterra fue el primer país en establecer normas capaces de equilibrar el poder monárquico y el de la oligarquía, así como de dirimir los contenciosos interoligárquicos mediante elecciones y turno de partidos. No era democracia, pero permitió una estabilidad social muy superior a la del continente. El sistema inglés, producto de una larga evolución, no sería fácil de imitar, como probaría la experiencia de la mayoría de las naciones, en las que ha ocasionado bandazos de semianarquía demagógica y tiranía.


La democracia no es el poder, sino cierto control del poder por el pueblo, e implica el sufragio universal. Este solo se implantó en Francia desde la revolución de 1848, y en casi todos los demás países europeos a finales del siglo o entrado el siguiente.

Por lo demás, aun en las democracias asentadas, las oligarquías o partidos que se disputan la opinión pública para ganar el poder, mostraron gran capacidad para manipular y embaucar a dicha opinión. Con todo, han probado ser formas de gobierno más capaces de conciliar las libertades con la estabilidad social. El nacionalismo, aunque se desarrolló de la mano de los ideales democráticos, no equivalía a estos, y a menudo se manifestaría como lo contrario.

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Del liberalismo se ha dicho que representa los intereses y concepciones de una “clase” burguesa comerciante, pero eso sería limitarlo absurdamente. La base de la doctrina liberal es la limitación del poder y la defensa de la libertad del individuo, ideas que arraigan en una corriente tan antigua como la civilización cristiana, en la que desde el principio dos poderes se limitaban mutuamente: el espiritual –pero también político—de Roma, y el político –pero también espiritual—de los gobiernos. Entre ambos hubo conflicto y complementariedad, que afirmó una noción de la libertad personal y abrió un espacio bastante libre a la especulación y controversia filosófica y política. Por lo que hace a España, la idea de esa libertad aparece muy pronto, entre otras cosas en la temprana formación de unas Cortes que templaban el poder monárquico, o en la concepción de la Monarquía hispánica, distinta de los demás imperios europeos y con contrapesos que obstaculizaban el despotismo, o en la Escolástica tardía de los siglos XVI y XVII, próxima en varios puntos al liberalismo posteriormente formulado por Locke, Montesquieu o Adam Smith. Quizá no fue un mero azar que el término “liberal” (como “guerrilla”) se difundiera a otros idiomas, pese a que las contribuciones doctrinarias españolas al liberalismo durante el siglo XIX fueran insignificantes.


Las concepciones liberales se reflejan en las declaraciones oficiales de derechos. Estas no significan que antes las personas carecieran de derechos, desde luego, pero sistematizarlos y hacerlos explícitos les dio un impulso más universal, aplicó la igualdad ante la ley, eliminó las leyes privadas o privilegios y mermó la arbitrariedad del poder.


El principio liberal puede entenderse, al estilo de Rousseau, como la bondad del individuo frente a la maldad del poder, y así vienen a entenderlo algunas versiones liberales, próximas al anarquismo. Pero la tendencia mayor estima que el individuo no es tan bueno que su libertad sin trabas no aboque a la disolución social, por lo que debe haber límites a esa libertad; ni el poder tan malo que no pueda ejercer de garante de esos límites. Un problema era la disyuntiva entre libertad e igualdad, o la actitud ante el voto universal democrático, que provocaba recelo, también en Usa, por temor a que abonase una demagogia desenfrenada. Así, la tendencia dominante en el liberalismo del siglo XIX no fue democrática, sino aristocrática: en España, Inglaterra y la mayoría de los países solo votaba una capa social, cuya superioridad partía de sus mayores ingresos. Había inclinación a buscar en la economía la clave explicativa de la sociedad, con el comercio como instrumento esencial de la libertad y felicidad del individuo.


Ante las condiciones sociales creadas por la industrialización, una interpretación del liberalismo --no la única— confinaría al estado a la defensa del país y el mantenimiento de la ley, dejando la sanidad, la enseñanza pública y otras labores a la iniciativa privada que, en teoría, debía cubrir toda la demanda posible; y no debía intervenir en los tratos entre patronos y asalariados, excepto para asegurar que estos últimos no actuaran de forma colectiva, sino individual –lo que los colocaba en indefensión y llevaba a la contratación masiva de niños y mujeres, y a jornadas abrumadoras—ni con huelgas. Esa versión liberal persistiría un tiempo, hasta ser progresivamente abandonada.


Diversas corrientes liberales pueden considerarse ideológicas en cuanto tratan de fundarse exclusivamente en la razón, suponen una bondad humana esencial, esperan del comercio u otro medio económico la panacea para la felicidad social y excluyen la religión. Otras corrientes admiten límites a la razón, no suponen al hombre una bondad intrínseca ni carácter meramente racional, y admiten la religión sin pronunciarse sobre su validez. Así, sería algo distinto de una ideología como aquí se la ha definido.


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El liberalismo sufrió enseguida los embates del socialismo, basado en la concepción de la igualdad: las libertades “formales” y la igualdad ante la ley no aseguraban el bien del individuo, sino solo de algunos individuos, los de la clase burguesa o capitalista, mientras que a las masas proletarias generadas por el capitalismo les eran indiferentes o perjudiciales. La libertad política nada valdría sin la igualdad económica, y los teóricos propusieron liquidar el régimen burgués y sustituirlo por otros donde el interés privado –base del liberalismo— desapareciera, y la producción y distribución se hicieran sobre bases igualitarias. Ideas más o menos utópicas abogaban por la supresión completa de la propiedad privada, de la familia y del estado, por la comunidad de mujeres, etc. Era difícil pensar en alcanzar tal sociedad sin un poder mucho más fuerte que el de los estados conocidos, pues intervendría hasta en las inclinaciones íntimas de las personas y anularía los efectos de milenios de civilización, como había deseado Rousseau.


La arbitrariedad utopista irritaba a quien sería el máximo intelectual del socialismo, Carlos Marx, cuyo pensamiento, de incalculable repercusión en el siglo XX, también en España, requiere alguna atención. Según él, la historia debía entenderse a partir de la economía, plasmada en lucha de clases. La insuficiente producción de riqueza había causado la división de la sociedad en clases, de las cuales una se quedaba con la parte del león y explotaba a las demás. La economía clasista se había basado sucesivamente en la esclavitud, en el vasallaje feudal y finalmente en el capitalismo, aunque distinguió también un “despotismo asiático” menos definido. La lucha entre clases explotadoras y explotadas determinaba la historia, pero esa lucha, antes del capitalismo, no alteraría la situación, pues los oprimidos, aun si triunfaran, solo podrían reproducir la opresión anterior. En cambio el capitalismo desarrollaba a tal grado la producción, que haría posible la abundancia general y la desaparición de las clases, hasta llegar al comunismo bajo el lema “A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”


Conseguir el comunismo exigía derrocar al capitalismo que, de motor de la expansión productiva se había convertido en rémora, al mantener la explotación y la separación de clases basada en la propiedad privada de los medios productivos, lo cual causaba crecientes crisis económicas, proletarización de las clases medias, acumulación de riqueza para unos pocos y de miseria para la mayoría. Los explotados debían rebelarse e instaurar su propio poder, la “dictadura proletaria”, a fin de transformar el sistema económico y las formas e ideas de la vida burguesa. Pues Marx afirmaba que las clases sociales segregaban espontáneamente modos de pensar, ideologías, de las cuales la dominante era la de la clase dominante y explotadora; y esas ideologías persistirían durante un tiempo después de aniquilado el poder político y económico burgués.


El marxismo, al revés que los utopismos, parecía explicar coherentemente el pasado y dar sentido al presente, lo que le otorgaba rasgos de ciencia y fuerza convincente. Como ha pasado con muchas otras teorías, sus contradicciones tardarían en verse: las condiciones obreras no empeoraron, mejoraron progresivamente; la burguesía, con o sin presión sindical, fue reduciendo las jornadas y el trabajo de niños y mujeres; los obreros preferían las reformas, sin pretender derrocar a la burguesía, e imitaban en lo posible sus modos de vida, en lugar de soñar con un sistema colectivista o una dictadura propia (que ejercerían los líderes u oligarcas comunistas, no proletarios por lo común).


Marx apoyaba su análisis en la teoría del valor-trabajo, esbozada pero no seguida por Adam Smith, a la que añadía la noción de la plusvalía: supuesto que el valor de las mercancías residía en el trabajo humano que contenían, Marx creyó demostrar que la ganancia capitalista solo podía salir de una parte no pagada del trabajo obrero (la plusvalía), que el empresario se apropiaba. La explotación, así, dejaba de ser una impresión subjetiva o una situación alterable, para convertirse en el dato objetivo que fundamentaba el sistema. El ansia de ganancia llevaba al capitalista a aumentarla sin cesar, aumentando de paso la miseria del proletariado. Claro que el capitalista también ansiaba ampliar el mercado, por lo que al empobrecer a la mayoría se privaba de clientela. Marx suponía que la ciega avidez de lucro conduciría así a la ruina al capitalismo, pero la experiencia indica que este no resultó tan ciego.


Otros economistas sostenían que el valor de una mercancía no reside en el trabajo que ha costado, sino en el aprecio subjetivo del consumidor, de lo cual surgía una teoría muy distinta. Marx acusaba a esos economistas de no hacer ciencia, sino ideología al servicio del capital, pues eran a su vez burgueses y su modo de pensar derivaba de su situación social. Pero el propio Marx pertenecía a la pequeña burguesía, que él miraba con especial desprecio, y su amigo y co-teórico Engels al capitalismo industrial, sin que se explicara bien cómo habían podido elaborar un pensamiento “proletario”.


El ser humano en la historia concebida por Marx venía a ser un lúgubre animal gobernado por el vientre, desdichado por no poder saciarlo en la mayoría de los casos, impotente al no existir, hasta la era industrial, condiciones materiales para salir de tal situación, revolcado abyectamente en un lodazal de vanas ilusiones ideológicas, ante todo la religión. No es que Marx desdeñase el espíritu, pues estaba impregnado de la cultura –la “ideología,” en su lenguaje—occidental, y muy orgulloso de la alemana, que floreció en ese siglo con vigor excepcional en música, pensamiento, poesía y ciencia. En nueva contradicción, despreciaba a los judíos, siéndolo él, no menos que a los pequeños burgueses, entre los que también se contaba.


El éxito mayor del marxismo, durante el siglo XIX, sería la formación del masivo Partido Socialdemócrata alemán, pero este iba a evolucionar en sentido distinto del revolucionario preconizado por Marx y Engels hasta caer en un reformismo calificado de burgués, de modo que a finales del siglo el marxismo empezaba a diluirse y su destino parecía el olvido, como tantas utopías de la época. Nada permitía augurar la fuerza con que reverdecería en pleno siglo XX.


No obstante, la socialdemocracia no abdicaba del todo de la revolución, sino que pensaba en una evolución hacia lo que Tocqueville llamó “despotismo democrático”: un poder “inmenso” pero votado, servido por una propaganda absorbente, que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos, procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar; en suma,
"un poder tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia", por medio de una servidumbre "reglamentada, benigna y apacible", que a la larga privaría al hombre de uno de los principales atributos de la humanidad.


El anarquismo, similar en su proyecto comunista, rechazaba la idea de un estado proletario de transición, pues, a juicio de teóricos como Bakunin, solo podría perpetuar y aun profundizar el poder, que, junto con la religión, constituía el supremo mal, la causa de toda opresión humana. Los pueblos debían liberarse revolucionariamente de una vez por todas, eliminando cualquier forma de estado, para vivir en plena libertad y autorrealización. Ello implicaba, sin reconocerse, un poder máximo para asegurar que la gente se portara como era debido, y las propias organización ácratas, con sus divisiones, encontronazos y liderazgos, lo probaban. Bakunin ante la renuencia popular a sus ideas, creyó que el pueblo debía ser manipulado por su propio bien, y a tal efecto diseñó una sociedad secreta totalitaria; y como no bastaba, otra más secreta para dirigir a la primera… El anarquismo extendería los atentados por Europa a finales del siglo XIX y principios del XX, de modo especial en Rusia y España.

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El racismo ganó muy amplio crédito. Cierto racismo espontáneo existe en todas las sociedades y por lo común no reviste mayor importancia. El Antiguo Testamento lo contiene, la expresión “bárbaros” aplicada por los griegos a los demás pueblos puede entenderse en el mismo sentido, en el siglo XVIII Hume, Kant, Buffon, Raynal y otros, declararon a veces inferiores a los negros, a los amerindios o a los hispanoamericanos. Pero estas expresiones cambian cuando se convierten en doctrina. En el siglo XIX, los fantásticos logros culturales europeos abonaron la noción de que demostraban una natural superioridad, pese a ser históricamente recientes. La idea tomó un tinte presuntamente científico al relacionarse con el darvinismo: la raza blanca sería la más apta evolutivamente. Uno de los primeros teorizadores del racismo, el francés Joseph de Gobineau, afirmó a mediados del siglo XIX, en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, que estas, la blanca, la negra y la amarilla, creaban culturas particulares de distinto nivel, y que las mezclas entre ellas producían una degeneración cultural. El nivel más alto correspondería a la raza blanca, y dentro de ella al elemento germánico, descendiente puro de la primitiva raza aria, mientras que los latinos y eslavos serían inferiores, al estar mezclados. Estas ideas tomarían mucho vuelo en Alemania, Inglaterra y Usa. En España condicionarían a los nacionalismos vasco y catalán.


Otra ideología que despegó entonces, aunque solo cobraría fuerza en el siglo XX, fue el feminismo. De la idea de los derechos humanos se desprendía la concesión del voto e intervención en la vida pública a las mujeres. Ello encontraba el doble obstáculo de la mayoritaria indiferencia femenina y de cierta resistencia del varón a la entrada de la mujer en un terreno que había sido una creación y evolución masculina, por lo que se la veía como una intrusión, que dañaba la vida familiar al introducir en ella las tensiones políticas y aparatar a las mujeres de sus ocupaciones tradicionales. Además, la emotividad femenina se había mirado casi siempre como una traba a la fría razón, que favorecería la demagogia. No se trataba tanto del trabajo fuera del hogar, pues en las sociedades agrarias las mujeres casi siempre participaban en las faenas del campo, y la industria había empujado a masas ingentes de ellas a las fábricas y las minas. Las demandas de igualdad política evolucionarían a la ideología feminista, según la cual las diferencias sexuales carecían de cualquier otra proyección.

Pío Moa