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martes, 1 de septiembre de 2009

Irán, treinta años después, por César Vidal


Recuerdo los inicios de la revolución iraní como si hubieran sido ayer mismo. En aquellos años de universidad estábamos tan subyugados por la experiencia de nuestra Transición que nos esforzábamos por encontrar paralelos. El shah, por supuesto, era como Franco; un político iraní ahora olvidado era Suárez y Jomeini… bueno, Jomeini no podía durar de la misma manera que España no era confesional. Nadie pensaba, por supuesto, que una república islámica pudiera perpetuarse en el poder y, sin embargo, no sólo lo ha hecho sino que se ha convertido en la primera potencia de Oriente Medio e incluso podría llegar en breve a amenazar con armamento nuclear no sólo a Israel sino a la Unión Europea. Naturalmente, la pregunta que deberíamos formularnos es que ha permitido la permanencia y el desarrollo de ese modelo. Sin duda, una de las razones es la represión y hay que reconocer que el régimen de los ayatollahs, entre 1981 y 1985, por ejemplo, ejecutó a más de doce mil Muyahidin Jalk, o tres años después ahorcó a dos mil prisioneros de guerra sin pestañear. También podría apuntarse también en relación con la guerra contra Irak (1980-88) –que, en realidad, debería haber debilitado el régimen– o los ingresos del petróleo. Sin embargo, ni la represión ni el petróleo impidieron la caída del shah. Ni siquiera el shiísmo parece una explicación total teniendo en cuenta que en siglos de profesarlo Irán nunca se entregó a una teocracia semejante. La realidad es que la explicación de la permanencia de la dictadura islámica se halla no en los extremos ya indicados –aunque su importancia no es mínima– sino en la existencia de movimientos intelectuales que ya en los años sesenta fundieron, como una especie de teología de la liberación, el shiísmo con el marxismo del Che. Ése fue el caso, por ejemplo, de Alí Shariati que hubiera hecho las delicias de teólogos como Ellacuría o los Boff. Para Shariati, que influyó enormemente en estudiantes de teología, el Islam era el instrumento para que desapareciera la pobreza, la lucha de clases, el imperialismo y la explotación. Semejante mensaje fue asumido por los ayatollahs que, durante los años siguientes, se comprometieron a proporcionar sanidad, vivienda, pensiones o seguro de desempleo a los iraníes recogiendo incluso esas aspiraciones en la Constitución. Los ayatollahs redujeron, por ejemplo, los gastos militares de la época del shah y subvencionaron empresas para que no cerraran, dejando a millares de personas en la calle. Incluso emprendieron la lucha contra el analfabetismo reduciendo el porcentaje total del 53% de la población al 15% o lograron aumentar la expectativa de vida. Finalmente, el régimen ha logrado disminuir la distancia entre el campo y la ciudad aumentando la posibilidad de obtener bienes de consumo; ha entregado tierras a un millón de familias –una medida adoptada, por ejemplo, en Francia para afianzar la Revolución– y practica una política de subvenciones destinada a favorecer a los más pobres. En otras palabras, la dictadura iraní ha sobrevivido treinta años por la sencilla razón de que ha ido reuniendo bajo su sombra enormes ejércitos de subvencionados y favorecidos. Ésa es la clave de su permanencia y sólo el día en que el mantenimiento de esa situación resulte imposible –por ejemplo, por la caída de los precios del petróleo– podrá pensarse en su final.

La Razón

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