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sábado, 26 de septiembre de 2009

El ocaso de la burguesía catalanista, J.A. Zarzalejos


Acaba de presentarse el ensayo –en lengua catalana—La cultura de la codicia, del historiador Francesc Cabana, y el evento ha coincidido con la consternación que está causando entre la burguesía catalanista de Barcelona el descubrimiento de que uno de sus iconos, uno de sus personajes emblemáticos, uno de sus referentes sociales, uno de esos “hombres que hacen país”, nada más y nada menos que Félix Millet, ha saqueado el Orfeó Catalá-Palau de la Música Catalana que presidía, y lo ha hecho ante las mismísimas e indolentes narices de los representantes de las familias con más prosapia burguesa y catalanista del Principado. La fechoría de Millet, vicepresidente también del Teatro del Liceo, ex vicepresidente de la Fundación Barça, de Bankpyme y de la Agrupación Mutua del Comercio y la Industria (no era como se ha dicho con intenciones quizá torticeras “patrono de FAES”), titular de la Cruz de San Jordi, todavía no se ha podido cuantificar, pero el entorno del delincuente confeso –los grandes apellidos de Barcelona—comienza a especular con que el “Madoff mediterráneo” ha llegado a defraudar más de treinta millones de euros. Deloitte está ahora elaborando una compleja auditoría.
Lo que ha ocurrido es bastante simple de relatar: Millet, un ciudadano catalanista de larga trayectoria familiar y personal de “servicios al país”, amparado en su prestigio personal –iba a ser condecorado con la medalla de oro de la Ciudad Condal–, además de cobrar un sueldo desmedido, ha distraído millones de las obras de ampliación y reforma del Palau, ha viajado con su familia a destinos exóticos a cuenta de los fondos de la institución, ha especulado fraudulentamente con terrenos propios vendidos a la Fundación que presidía y, al parecer, ha pagado en dinero negro a numerosas entidades culturales, manejando con descaro hasta dos millones de euros en billetes de 500, además de haber incurrido en el peor de los nepotismos. Millet no está en la cárcel.
Por encima de toda sospecha, Millet logró que hasta 200 empresas integrasen el patronato del Palau, y obtuvo patrocinios y mecenazgos generosísimos. El presidente de la institución engañó a todos mucho tiempo, hasta el punto de conseguir un consorcio integrado por la Generalidad de Cataluña, el Ayuntamiento de Barcelona y el mismísimo Ministerio de Cultura. Es verdad que levantó de la postración al Palau con un proyecto ejecutado –del que se benefició delictivamente—con criterios monumentalistas; pero también es verdad que la autocomplacencia catalanista, la soberbia de la burguesía barcelonesa, incapaz de actuar rigurosamente con “uno de los nuestros”, la endogamia de “todos nos conocemos a todos” y la prepotencia de presumir que las corrupciones son episodios sucios que ocurren fuera de Cataluña pero no en la Arcadia feliz, en el oasis catalán de límpidas aguas, han sido actitudes generalizadas que han permitido el saqueo continuado de esta institución.
“Desconcertados e irritados”
Ahora no ha ocurrido como en 2005 cuando el entonces presidente de la Generalidad de Cataluña, Pasqual Maragall, denunció en el Parlamento autonómico que el “problema” de CiU era “el problema del 3%” (el supuesto cobro de comisiones ilegales en los años del pujolismo). En aquellas fechas, Artur Mas, secundado por la hipocresía de las clases dominantes en Cataluña, logró que Maragall callase y se echasen toneladas de tierra sobre tan viscoso asunto. Jamás se investigó. Maragall, en privado, reconocería después que debió ceder porque estaba en juego la elaboración del nuevo Estatuto de Autonomía. Pero esta vez, la burguesía catalana no ha podido evitar que la implosión se produjera: los periódicos barceloneses, habitualmente muy contenidos en determinado tipo de denuncias, han abierto compuertas con titulares insospechados (“La sociedad civil catalana, en el diván”) y crónicas descarnadas. Y con extensísimas informaciones, siendo la más relevante la que ha relatado con pelos y señales cómo la Sindicatura de Cuentas advirtió en 2002 de determinadas irregularidades en el Palau mediante un informe de 32 páginas que el Parlamento autonómico no llegó a considerar al año siguiente. El dedo acusador se dirige, no sólo a las muy ilustres familias que formaban parte del patronato y el entorno del Palau (el vicepresidente de la entidad, Manuel Carreras, es presidente del Círculo Ecuestre, otro símbolo de la burguesía catalana), sino también a los consejeros convergentes de Economía y Cultura, Francesc Homs y Joan Vilajoana, respectivamente, que no actuaron, a lo que se ve, con la diligencia debida.
El caso Millet está propiciando en realidad un severo enjuiciamiento a la clase dirigente adinerada de Cataluña, esa que milita en Convergencia o en Unió, esa que nacionaliza todo aquello que singulariza al Principado y lo reformula en términos de diferencia abismal con lo que le rodea, desde el Barça hasta la Caixa, esa dirigencia, en fin, que durante veinte años creó, salvando las distancias, como en el País Vasco, una suerte de régimen en el que los Millet han sido posibles; como lo fueron los De la Rosa, los Estevill o los Folchi, como con saludable impertinencia ha denunciado Pilar Rahola desde La Vanguardia en un demoledor artículo (“Sordos, ciegos y mudos”) que le ha debido preocupar mucho al siempre impertérrito Miquel Roca Junyent, que ha reconocido que el caso Millet “nos tiene, a muchos, desconcertados, pero sobre todo irritados”, advirtiendo que lo que “no puede ocurrir es que desmoralice a la sociedad”.
Roca verbaliza –desconcierto e irritación— el estado anímico de la burguesía catalanista que ha perdido pie, se ha dado cuenta de que el andamiaje de la farsa ya no se sostiene y empieza una nueva etapa porque la de su hegemonía está en el ocaso. La izquierda socialista le gana en progresía y los republicanos de ERC le adelantan en independentismo y radicalidad. No gobiernan allí; tampoco tienen la influencia de antaño en Madrid con un Zapatero que se entiende mejor con un desclasado como Jaume Roures que con un Javier Godó, y que considera “más de su tiempo” a un Isak Andic, propietario de Mango, que a un Rodés, como ha apuntado con perspicacia el escritor Francesc Cabana, autor de un decisivo libro de plena actualidad ahora: La burguesía catalana.
Millet tira de la manta
Ahora bien, ¿ha entonado el catalanismo burgués el “adiós a la vida” de Puccinni voluntariamente como si de una representación de Tosca en el Liceo se tratase? De ningún modo: cuando Millet se vio atrapado por la investigación de la Agencia Tributaria en Julio pasado, y tras comprobar que le flaqueaban los apoyos que en tantas otras ocasiones habían corrido tupidos velos para que el oasis catalán siguiera siéndolo, decidió este mes de septiembre confesar en sede judicial y periodística, y al modo de Sansón, implicar al tejido cultural catalán de haberse beneficiado de su bellaquería al admitir abundantes cobros en dinero negro. Es Millet el que con el reconocimiento de su culpa y contagiándola a su entorno cultural, político, amical y de clase, mete el bisturí al enfermo y proclama a los cuatro vientos que el régimen de la burguesía catalanista ni administraba tan bien los recursos como decía hacerlo, ni era riguroso en los controles de los fondos públicos, ni profesionalizaba las relaciones entre instituciones.
Y todo esto ocurre a poca distancia temporal de las elecciones autonómicas en Cataluña, en fecha previas a la sentencia del TC sobre el Estatuto y con una Generalidad de izquierdas que, después de reconocer también pagos indebidos y nepotistas por importes que resultan ridículos ante las proporciones del saqueo del Palau, hará del caso Millet un acta de acusación a un catalanismo burgués cuyo tiempo histórico –como está ocurriendo en el País Vasco—ha pasado. Y es que los nacionalismos regimentales van sucumbiendo por una incompatibilidad radical con el tiempo histórico que vivimos. Por eso, el caso Millet pasa de constituir un caso aislado y concreto a una categoría de determinada sociología nacionalista y endogámica.
El Confidencial

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