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viernes, 18 de septiembre de 2009

El himno del genocidio, Pío Moa, LD


Veo la foto de dos de las niñatas socialistas, la Aido y la Pajín, tan poderosas como necias (así estamos en España), cantando puño en alto La Internacional. Nada mejor que si cantasen la Horst Wessel lied, el himno nacionalsocialista. Nada mejor aunque, asombrosamente, el segundo despertaría muchas iras y el primero encuentra complacencias, empezando por la de Rodríguez “el rojo”. Rojo tampoco significa en España nada mejor que chekista. Las poderosas niñatas, “burguesas” desde la coronilla a los pulgares de los pies, son seguramente unas perfectas ignorantes de la historia y de muchas otras cosas, nunca el gobierno del país había caído en manos de personajillos tan cutres. Pero no cantan el himno del genocidio, pues eso es La internacional, solo por simple ignorancia. También por coquetería: les encanta sentirse centro de atención y particulares de algún modo, ¡tienen ideología! Pese a los altos sueldos que entre todos les pagamos, se sienten “solidarias” con “los pobres del mundo” o con “los parias de la tierra”, según versiones. Sin estar dispuestas, desde luego, a probar las miserias materiales de la vida. Hijas privilegiadas de un sistema democrático y de lo que llaman “capitalismo”, lo atacan sin renunciar a una sola de sus ventajas. La misma farsa cuando las mismas homenajeaban grotescamente a las “trece rosas” que intentaban rehacer el stalinismo en España. Lo grotesco no estaba en que se identificaran con ellas, cada cual se identifica con lo que le parece: lo intolerable estaba en su presentación del stalinismo como idea de la libertad.


La Internacional habla de “los pobres del mundo”, la “famélica legión” con quienes estas niñatas, y el PSOE o el gobierno, no tienen relación alguna, y promete que “los nada de hoy todo han de ser”. El mensaje tiene aire evangélico: “los últimos serán los primeros”, “es más fácil que un camello (o una maroma) pase por el ojo de una aguja, que un rico (como las niñatas y tantos otros socialistas) entre en el reino de los cielos”, etc. En mucha gente bienintencionada (cosa que estas chicas no son) ha calado la aparente similitud del mensaje marxista con el cristiano. Suena a cumplimiento de una profecía que acabará con las injusticias en la tierra, sin esperar al otro mundo. ¿Quién podría rechazarlo?


Pero hay una diferencia esencial: “Mi reino no es de este mundo”. El pecado original implica una responsabilidad, una culpa y una libertad personales, mientras que el himno marxista pretende lo contrario: el hombre no es responsable, la libertad es una ilusión, y toda la culpa se concentra en algún grupo social determinado. Es decir, si la tierra no es “un paraíso”, como promete el himno, se debe solo a una “clases sociales”, “imperialistas” o lo que sea, que lo impiden. Ellas deben ser exterminadas, por el bien de la humanidad, por el paraíso prometido. Lógica férrea que libera al individuo de la culpa y permite entender al marxismo como el foco de los mayores genocidios de la historia, con su prodigiosa capacidad de proyectar al exterior la culpa personal: vale la pena aplastar cualquier resistencia al designio paradisíaco. Y no existe un más allá donde los genocidas vayan a ser castigados. Stalin y Mao murieron como cualquiera y, aun si hubieran sido fusilados, no habrían corrido un destino diferente del de miles de otros. Hitler se suicidó, como tantísima otra gente que no fue responsable de masacres parejas.


¿Ignoran el carácter genocida de su himno las niñatas y niñatos socialistas? No, por cierto: no lo ignora nadie con dos dedos de frente y un mínimo conocimiento de la historia. Lo que ignoran, porque ni siquiera les preocupa, es la lógica interna que lleva de frases de bello sonido a la carnicería. Seguramente ellas no proyectan grandes matanzas, pero, ¿las proyectaban los miles de chekistas antes de que las circunstancias y las ideas les empujaran a ejercer?

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Mariano Digital

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