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domingo, 6 de septiembre de 2009

Cosas de la edad, por Alfonso Ussía, La Razón

Me lo advirtió Juancho Armas Marcelo la víspera de mi cincuenta cumpleaños. «Mañana te dolerá la espalda». Y me dolió. Esto de la edad es un desastre. Razón le sobraba a quien defendía que teníamos que nacer con noventa años para irnos acercando, poco a poco, a los dieciocho. Para Leo Rosenberg todo tiene que ver con las cremalleras. «Primero olvidas los nombres, luego olvidas las caras, luego olvidas subirte la cremallera y luego olvidas bajarte la cremallera». No he llegado al primer paso, pero todo se andará. Como en el diálogo del gran Tono. «Le noto muy cambiado, don José»; «yo no me llamo don José», «pues más a mi favor». Los cambios de las modas y costumbres nos han traído la tonta falsedad. «Me encuentro más joven que nunca», acostumbran a decir los que están hechos unos zorros. Creo que la dignidad, eso que a tantos sobrevuela y jamás se posa, está en la aceptación elemental de lo irremediable. Tengo muy buenos amigos que se dedican a la cirugía estética, esa difícil especialidad que consiste en engañar a la naturaleza. Lo malo es que la naturaleza no se deja mentir, y los resultados, a la larga, son estremecedores. Que una mujer a los cincuenta pretenda tener un pecho de veinteañera, es sencillamente, una estupidez. Lo bueno, lo fetén, es que lo que se lleva, sostiene o cuelga de cada uno, responde a la edad y los tiempos. Coincido plenamente con la estupenda autora teatral y colaboradora de LA RAZÓN, Paloma Pedrero, cuando opina que la dignidad es erótica. La antítesis del erotismo es el botox o el camuflaje de la arruga, o el culo melocotón temprano cuando en realidad se tiene una chirimoya. La vida es sabia, y el culo melocotón temprano es muy atractivo cuando es de verdad, lo mismo que el culo chirimoya cuando ya ha experimentado la metamorfosis de las calendas. La dignidad consiste en que pueda estallarte el corazón, pero no una teta o un sector de los nalgueríos. Estaba Edgar Neville, que había sido uno de los hombres más guapos de España, en su etapa final de paquidermo. Había organizado una fiesta de disfraces. Él estaba en un sillón, repatingado, mientras veía a sus amigos hacer el ridículo. Por supuesto, todos estaban disfrazados menos él. «¿De qué te has disfrazado, Edgar?» le preguntó la tonta de turno. «De hipopótamo», respondió orgulloso. Una mujer, que ya no era delgada y quería seguir siéndolo, iba embuchada en un apretadísimo vestido de sirena. La presión era tanta, que la sirena se mareó. Cuando Edgar supo de la circunstancia, no ordenó que fuera llamada ambulancia alguna. A las sirenas, lo que les corresponde. «Avisad inmediatamente a las Pescaderías Coruñesas». La dignidad del hipopótamo triunfó sobre la indignidad de la coqueta sirena. He visto este año en la playa a personas muy mayores corriendo por la orilla. Esa respiración agónica, esas piernas inseguras, ese movimiento de brazos, esa su color morada¿ Y todo, para estar joven cuando la juventud es pasado y la madurez no se acepta. Antaño, en las playas del norte, la gente mayor educada se dedicaba a ahogarse. Ahora se mueren correteando. Y todo, por no asumir con dignidad la llegada del otoño vital, esa estación en el que uno se siente como un roble deshojado. Pero de tronco digno. Ea.

La Razón

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