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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cambiemos la cerradura, por Pablo Molina


En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores. Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes, y comprendimos desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diversidad como seres y culturas. Así conformamos nuestros pueblos, y jamás comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia.

De esta forma comienza el preámbulo de la constitución del Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario de Bolivia (sic), una constitución redactada a mano alzada por los grupos indigenistas que apoyan a Evo Morales y su Movimiento al Socialismo, que atribuye al Estado la propiedad de los recursos naturales susceptibles de explotación, incluye en el sistema de salud pública los ritos curativos tradicionales y en el de justicia las tradiciones indígenas para castigar delitos, establece como principio transversal el resarcimiento del daño causado por la "colinización" española y permite a su actual presidente perpetuarse en el poder indefinidamente a imitación de su padrino venezolano.

Todo un ejemplo de democracia moderna, como se ve, que la izquierda española aplaude a rabiar cuando su protagonista se da una vuelta por la odiada metrópoli para insultar a sus habitantes. Pero por debajo de las apelaciones a la Pachamama y de los carísimos trajes de diseño con aires precolombinos, Morales ha venido a cobrar la deuda que la propia izquierda española se ha ofrecido siempre a satisfacer para lavar su absurda mala conciencia. Setenta millones de euros setenta es lo que se lleva para Bolivia en concepto de condonación de su deuda exterior con España. Una pastizara que todos los contribuyentes tendremos que financiar, para que Evo Morales nos perdone por haber llevado la civilización a las tierras andinas. No lo hará, claro, porque como miembro destacado de la extrema izquierda populista, sabe muy bien que el odio al capitalismo y a la civilización occidental proporciona grandes apoyos políticos y financieros entre la izquierda española, tan populista como la hispanoamericana cuando no más radical.

Y como cada vez que hay un sarao izquierdista, Gallardón se ha sumado a este espectáculo lamentable de desfondamiento nacional entregándole al cobrador del frac de alpaca las llaves de la ciudad. Las de su casa no, claro, que no está la economía para cambiar cerraduras cada dos por tres. Ahora bien, una cosa hay que reconocerle al alcalde madrileño: su vista de lince para ganar apoyos a la candidatura olímpica de Madrid. Con Chávez y Morales damos un paso de gigante. En cuanto venga Ahmadineyad las olimpiadas están en el bote.

Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.

Libertad Digital

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