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lunes, 17 de agosto de 2009

Motivos de un país escéptico, Ignacio Camacho, ABC


PUES claro que no hay confianza. ¿En quién demonios vamos a confiar? ¿En el Gobierno que se cruza de brazos ante la crisis y cuando los descruza es para incrementar el gasto o para improvisar gestos de propaganda? ¿En la oposición que dispara a bulto sin atreverse a afrontar el coste político de un programa alternativo? ¿En los empresarios a cuyo patrón sólo se le ocurre la muy popular receta de bajar los salarios sin haberlos aumentado cuando iban bien las cosas? ¿En los sindicatos aferrados a su privilegiada posición de poder para defender sólo a quienes ya tienen empleo? ¿En la banca que ha trincado los avales públicos para cuadrar sus balances y se ha olvidado de la contrapartida de aflojar el crédito? ¿En las cajas de ahorro que se fusionan a toda prisa para esconder sus pérdidas más o menos fraudulentas? ¿En una Bolsa dominada por los especuladores que de repente han hecho subir a las constructoras en medio del crash del ladrillo? ¿En una clase política autista incapaz siquiera de renunciar por solidaridad a una sola de sus múltiples prerrogativas y enfrascada en sus soliloquios sectarios y en sus batallas de poder?
Las encuestas de opinión reflejan el retrato de un país a la deriva, que ha perdido la fe en sus instituciones políticas y financieras, y que apenas conserva tampoco la esperanza de que exista una remota posibilidad de cambio. Porque la caída de la credibilidad del Gobierno no tiene un correlato en las expectativas de la oposición; da la impresión de que los ciudadanos contemplan el panorama con un desangelado conformismo, con un pesimismo resignado, acomodaticio, condescendiente. No hay nadie al timón del Estado, nadie en la vida pública que haga un gesto solvente, y el pasaje del barco parece anestesiado por la zozobra, mientras otros navíos -Francia, Alemania- comienzan a desencallar a nuestra vera. Pero claro, de qué nos serviría confiar en Sarkozy...
En medio de este clima abotargado, de un escepticismo indolente, sólo el presidente conserva -«motivos para creer», ¿se acuerdan?- su optimismo de fábrica. Cuando todo el mundo recela de su capacidad y le ha perdido cualquier clase de confianza, él mira con alivio la leve recuperación de los vecinos y hace sus cálculos de poder, que son su verdadero objetivo. Toda su política (?) anticrisis está basada desde el principio en dejarse llevar, en aguantar con un quietismo complaciente bajo la presunción de que España será remolcada hacia la recuperación igual que fue arrastrada a la quiebra. Y que ese repunte se reproducirá en un año o dos... justo antes de que finalice el mandato. El ínterin de desplome lo da por amortizado en ese horizonte. Y si no llega, ya encontrará a quién echarle la culpa: en la habilidad para sacudirse responsabilidades sí merece toda la confianza del mundo.

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