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miércoles, 19 de agosto de 2009

Huir del paraíso, Alfonso Ussía


Asistí a una formidable actuación del Ballet Moisseiev en el Olympia de París, allá por los años sesenta. El Ballet de Igor Moisseiev, que unos años más tarde recaló en Madrid y triunfó clamorosamente, interpretaba la música folclórica de las repúblicas soviéticas. Desde el lánguido y bellísimo «Atardeceres de Moscú», al brillante, telúrico y apasionante «gopak», eso que conocemos como el baile de los cosacos. El «gopak» constituía el número final, y en el Olympia resultó confuso. Se rompió la disciplina y cuatro bailarines y seis bailarinas saltaron del escenario al patio de butacas, superando por los ángulos el foso de la orquesta, y haciendo caso omiso a la trepidante composición musical. Y ante la mirada incrédula del maestro Moisseiev, huyeron de la sala a toda velocidad para escapar del paraíso soviético. Con las grandes orquestas sinfónicas ocurría lo mismo. Se decía que un cuarteto de cuerda ruso era lo que volvía a Moscú después de la gira de una orquesta sinfónica. Iba perdiendo profesores e instrumentos en cada una de sus escalas, y sólo llegaban a Sheremetievo los comisarios políticos, fácilmente identificables en el conjunto de la orquesta, porque tocaban violines y violas sin cuerdas. Y lo mismo de lo mismo en los deportes. Durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Roma una decena de atletas, todos muy sonrientes, echaron a correr por la pista, abandonaron el Estadio Olímpico y terminaron merendando té con pastas en la Embajada británica. Acabaron con las pastas, como era de prever.
Desde que no hace falta huir del paraíso comunista de Rusia, porque ya no es comunista y el que quiera irse se va bajo su responsabilidad, las huidas del paraíso se concentran en los músicos, artistas y deportistas cubanos. Ayer, la selección de España de baloncesto, que se prepara para disputar el Campeonato del Mundo, se enfrentó a la selección de Cuba en Las Palmas de Gran Canaria. Buen partido que venció España disputado con una gran deportividad. Al término del amistoso encuentro, cuatro baloncestistas cubanos desaparecieron, y se aguarda, de un momento a otro, su petición de asilo político, que es de esperar les sea concedido.
Nunca he comprendido esa obsesión por huir de los paraísos comunistas. El gran Honved de Budapest, el de Puskas, Kocsis y Czibor, se quedó en cuadro después de una gira futbolística. La URSS había machacado en 1956 un heroico y vano intento de libertad en Hungría, y los futbolistas del Honved se repartieron entre diferentes clubes lejanos al alcance del paraíso soviético. Puskas se quedó en Madrid, y Koksis y Czibor en el «Barça». Unos años antes, y gracias a la intermediación de Santiago Bernabéu, Kubala pudo abandonar Checoslovaquia con su familia. Y Bernabéu lo hizo sabiendo que jugaría en el Barcelona, su gran rival. Entre artistas, deportistas y hasta científicos, la relación de personas que huyeron de los paraísos comunistas da para catorce volúmenes de la Enciclopedia Espasa. Los últimos nombres –aún guardados en el secreto– a añadir, son los que corresponden a estos cuatro jugadores de baloncesto que han decidido cambiar el paraíso comunista por una vida normal y esperanzada. Pocos toman el camino contrario. Por algo será. No creo que el Gobierno de Zapatero se atreva a repatriarlos para que acudan, antes de ingresar en la cárcel, al concierto de Víctor Manuel y Ana Belén. Sería excesivamente cruel. Adiós, paraíso comunista.

La Razón

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