Blogoteca: El triunfo de la estupidez, por Carlos Loring Rubio

miércoles, 12 de agosto de 2009

El triunfo de la estupidez, por Carlos Loring Rubio



Durante el colonialismo español se masacró, ciertamente, a los pueblos indígenas en Hispanoamérica. En tiempos difíciles para España y cuando las Cortes de Cádiz consideraron la representación en la cámara de las colonias, los ya autosuficientes países americanos decidieron andar nuevos rumbos. Es entonces cuando se produce la casi total exterminación de los indígenas en el Cono Sur. Los criollos repudiaron de aquella raza que les era extraña e incómoda para la realización de sus fines. Los indígenas que sobrevivieron fueron subyugados u olvidados, los mestizos quedaron en tierra de nadie y el criollo amasó la plata.
Las operaciones secretas de la CIA se cebaron, durante las décadas de los sesenta a los ochenta, con las frágiles democracias sudamericanas, con la complicidad de ciertos círculos de poder de los países intervenidos. Lo peor de la imposible justificación de estas acciones fue que el gobierno estadounidense las llevo a cabo, no tanto en un contexto de Guerra Fría, como en el marco de la defensa de sus intereses comerciales. El back yard fue completamente sometido a las necesidades de las corporaciones norteamericanas.
Llega pues la hora de pedir cuentas sobre la pobreza que sufren los países de la zona y, sin duda, ningún culpable confesará allí. Los Estados Unidos de América dejan hacer, doscientos años hace que España ya no rige la región. El petróleo y el gas afloran y el dinero entra a raudales. Es la hora del caudillaje populista. Millones de desposeídos ven en su líder la solución a sus problemas en la reivindicación de su raza indígena, una raza que, en mayor o menor medida, está en mezcla con otras muy diversas.
Pero los nuevos caciques o dictadores han aprendido bien la lección, juegan a la democracia y engatusan a las masas. No escatiman gastos en dádivas al pueblo, en retorcer los sistemas legales en beneficio propio y en buscar culpables externos a sus miserias. De entre ellos, el gran dictador y golpista frustrado, realiza la búsqueda de la excéntrica grandeur de los orígenes patrios. Juega, mediante un discurso aparentemente coherente, a ser juez geoestratégico de la región, en un intrusismo intolerable sobre aquellos países que no son de su cuerda o que no se atienen a sus dictados. Capta aliados entre los que le necesitan para el logro de sus fines comerciales y/o políticos, y entre aquellos otros que le temen.
La población, tan vapuleada por unos y por otros, contempla, no sin cierta simpatía, la conducta del comandante. El jefe, que ha reinventado un seudo socialismo, se ve como ungido para liderar la batalla contra el imperialismo yanqui, cuya escusa le da derecho a hacer y deshacer a su antojo, cerrando todas las bocas que le contradicen, y que, lleno megalomanía, aparece aquí y allá, en estentórea parafernalia. El ególatra que, como bravucón y belicista, dice lo que piensa y hace, muy de vez en cuando, lo que le aconsejan.
Como es bien sabido, es más peligrosa la estupidez que la maldad. Respecto a la maldad uno sabe siempre a qué atenerse, mientras que uno nunca sabe cuáles serán los derroteros de la estupidez. Vocear amenazas de guerra es uno de los tantos síntomas de la estulticia a los que nos tiene acostumbrado el gran fanfarrón, pero posiblemente sea la patochada que pueda llevar a la región al desastre.


El Imparcial

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