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martes, 14 de julio de 2009

Josep Fontana analiza, por Pío Moa, LD


Un cantamañanas de rebaño lamenta en un periódico extremeño la pérdida de una intelectualidad de izquierdas homogénea y agrupada en una (nunca famélica) legión. Los políticos de izquierda tienen a la banda de los titiriteros, pero es verdad que intelectuales, lo que se dice intelectuales, cada vez menos. Les queda una multitud de profesorcillos en la universidad y la enseñanza media y gente así, dedicada a escribir libros de texto y contar viejas trolas a los jóvenes indefensos, pero que se les nota cabreados, inseguros y torpes cuando pretenden sentar cátedra fuera de sus ámbitos protegidos. El mal empezó para ellos con la caída del muro de Berlín, que los dejó patidifusos, incapaces de entender nada. Aún entonces mantuvieron una línea de retirada en la cuestión de la República, Azaña, la guerra civil, la maldad absoluta de Franco, el sufrimiento democrático de la oposición antifranquista, etc. Pero esa línea también se ha roto (sin falsa modestia, creo haber sido uno de los principales causantes de esa merecida quiebra) y han decaído a lo que Juan Carlos Girauta exponía en La eclosión liberal:

Ya no se requiere un cierto conocimiento teórico, una adscripción a determinados modelos de análisis, una mínima solvencia en el manejo de la lógica marxista o marxiana (...). Basta con muy poca cosa para sentirse confortado con la pertenencia a un espacio ideal compartido con la inmensa mayoría de los periodistas, con los profesores de secundaria o universitarios, con la modélica gente, ay, del cine español. Basta, por ejemplo, con decir: yo soy de izquierdas. Yo defiendo posiciones progresistas. Nunca había sido tan barato.

Y ahí tenemos al ilustre profesor José Fontana citado por el aludido cantamañanas y que, inasequible al desaliento, vuelve do solía:

Si analizamos lo realizado por cada uno de los dos bandos, nos daremos cuenta que les movían razones muy distintas. Y que es imposible entender lo que significó la Segunda República Española, y los motivos por los que la combatieron los sublevados de 1936, si se pasan por alto diferencias tan fundamentales como ésta: la República construyó escuelas, creó bibliotecas y formó maestros; el "régimen del 18 de julio" se dedicó desde el primer momento a cerrar escuelas, quemar libros y asesinar maestros.

Supongo que esto es lo que explica a sus pobres alumnos el señor Fontana.

"Si analizamos", proclama. Pero para analizar es preciso ante todo conocer los datos, y sorprendentemente (¿o no?), nuestro profesor parece ignorar hechos tan elementales y hoy al alcance de cualquiera como que la República empezó haciendo una gran pira de escuelas, bibliotecas, trabajos de investigación y obras de arte invalorables; que creó pocas escuelas, dejó sin ellas a decenas de miles de estudiantes, al cerrar los numerosos centros de enseñanza católicos; que formó un profesorado sectario, en gran parte marxistizado y promotor de ideas totalitarias; que cerró, entre otras hazañas, el único centro superior de Ciencias Económicas; que apenas empezada la guerra en 1934, volvió a quemar una magnífica biblioteca en Portugalete y a dinamitar la de la universidad de Oviedo; que tan pronto recomenzó la contienda en 1936, la destrucción de bibliotecas públicas y privadas, de otras antiguas guardadas en monasterios, de archivos, el saqueo de piezas valiosas de museos y colecciones particulares, etc., se convirtió en un deporte perfectamente organizado desde el gobierno. ¿O no son verdad estos datos? ¿Puede ignorarlos un profesor universitario? Pues aunque parezca mentira, en la universidad de nuestros días los ignoran.

La segunda parte del "análisis" de Fontana resulta no menos extraordinaria. Le habría bastado consultar Franco para antifranquistas –que me he molestado en escribir en primer lugar para quienes enseñan en la universidad–, para informarse de que ningún maestro fue asesinado por serlo, sino por sus actividades políticas; que incluso en los dificilísimos años 40 el régimen de Franco creó muchas más escuelas y muchos más maestros y profesores que la República; que incluso en esos años aumentó a fuerte ritmo el número de alumnos y especialmente de alumnas de enseñanza secundaria y universitaria; y así otros muchos datos que el señor Fontana encontrará mucha dificultad en refutar.

¿Qué análisis puede hacerse partiendo de los datos reales? Desde luego uno muy diferente del que el señor Fontana hace partiendo de su ignorancia garrafal. Pero observen, ¡se trata del director del Instituto de Historia Vicens Vives, de la Universidad Pompeu Fabra! Me suena algo de un tal Francesc Bofarull i Bofarull.

Vean también esto y esto.

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