Blogoteca: Gracias, Rouras, por Fernando Díaz Villanueva

martes, 21 de julio de 2009

Gracias, Rouras, por Fernando Díaz Villanueva


Hace unos meses, a Gabriel Calzada, viejo amigo y presidente del Instituto Juan de Mariana, se le ocurrió la idea de hacer un estudio académico sobre los costes ocultos de las energías renovables. Nada del otro mundo pero lógico, dada la atención que presta el IJM a las cuestiones relacionadas con la energía.
Para hacer la tarea más llevadera se juntó con Raquel Merino y Juan Ramón Rallo, otros dos viejos amigos que comparten con Gabriel la afición por los estudios económicos y por hacer números, extraño hobby que nunca he entendido muy bien pero que, según me cuentan, es el mejor entrenamiento para luego hacerse sudokus en cadena.

Decidieron redactarlo en inglés para que tuviese más difusión internacional y su nombre se oyese en las universidades anglosajonas. También cabía la posibilidad de que alguna fundación y quizá hasta algún político le echase un ojo, lo que redundaría en beneficio del renombre de los tres, del instituto que les cobija y de la universidad en que dan clase, que es la Rey Juan Carlos de Madrid.

Al final pasó lo que nadie tenía previsto. En cosa de un mes, y por obra y gracia de la propaganda de Obama, que, emulando a Kennedy con la carrera espacial, utiliza el medio ambiente a modo de talismán anticrisis, el estudio de Calzada, Merino y Rallo pasó de la mesa del primero a las cadenas de televisión y al mismísimo Senado yanqui, que, a diferencia del español, sirve para algo.

Esto marcó lo que un asesor de Obama llamaría el turning point. Tres economistas españoles poco conocidos acababan de demostrar que el programa energético del presidente norteamericano, inspirado en el modelo español, anunciado a bombo y platillo, a todas horas y en toda circunstancia, era un timo, un derroche... y ni siquiera iba a generar los empleos de los que tan necesitada anda la economía estadounidense.

Los cálculos del terceto Calzada-Merino-Rallo eran tan concluyentes como desalentadores. En España, por cada empleo creado en el mercado de las energías verdes se habían dejado de crear 2,2 en el resto de la economía; es decir, traducido al idioma de los que no sabemos de eso: dos jornales completos y el de uno que le echa un rato a la cosa por las mañanas. Algo bastante plausible, porque no hay que ser un Milton Friedman para comprender que una central nuclear ofrece mucho empleo durante mucho tiempo, mientras que un parque eólico genera trabajo en el momento de construirse: luego sólo es preciso enviar a un mandado al monte cuando uno de los molinos se atasque.


Ante semejante baño de realidad, Obama se olvidó de la palabra España y, con ella, del nombre de Zapatero, que en obamés se dice "Sapaterrou". Entonces dejó de reír la primavera y vino lo peor. El País y Público se quedaron sin banderas victoriosas para engalanar sus portadas, y los de las eólicas vieron cómo se les ponía cuesta arriba un negocio que tenían por seguro y rentabilísimo, no en vano venden el kilovatio verde a precio de caviar beluga recién desovado. Porque, no nos engañemos, las energías renovables son como los coches solares: muy molonas y vistosas, pero caras, lentas e ineficientes. Pues bien: por ellas es por lo que se ha apostado en España. Y todo porque somos así de paletos, así de nuevos ricos y así de inconscientes.

Pero esto de plantar cara a los reyes del mambo no sale gratis, ni siquiera cuando no se tiene la intención plantar cara a nadie, sino de poner un granito de arena en un debate que debería haberse abierto hace mucho tiempo. Nos hemos tragado que las energías renovables son incoloras, inodoras e insípidas, cuando no es así. Quizá sean incoloras, y tal vez inodoras, pero de ningún modo son insípidas, especialmente para el españolito que tiene que pagar el recibo de la luz: a ése le deben de saber a aceite de ricino. Y como no sale gratis, a Gabriel Calzada y al IJM les han dicho de todo.

El IJM es una asociación independiente que se dedica a estudiar políticas públicas y cosas por el estilo. Organiza conferencias, publica varios informes anuales y, cada verano, monta una escuela en Aranjuez para universitarios. Todo, sin pedir ni la hora a los políticos. Por amor al arte y porque los marianos, entre los que me incluyo, somos así de desprendidos para con la humanidad. Será que, como no somos muy religiosos, buscamos la redención a través de las buenas obras y el culto a la diosa Verdad.

Ante tanta generosidad y tanto quijotismo, es normal que los señores de la factura y su convento ideológico anden desorientados. Por eso han empezado a dar palos de ciego, mezclando a Calzada y al Juan de Mariana con Aznar, el PP y los pérfidos neocones, que es algo parecido a mezclar la velocidad con el tocino. Pero no importa, mentir es un arma revolucionaria, y más si muchos millones de euros y dos toneladas de prejuicios ecoprogres están en juego.

Tres páginas, tres, portada incluida, nos han dedicado en Público, que, como diría Pedro Fernández Barbadillo, es una suerte de El País para víctimas de la Logse. Jaume Roures, millonario de extrema izquierda cuyos vínculos con el zapaterismo son bien conocidos, no ha escatimado en medios ni en trolas para machacar a un grupo pequeño y sin apenas recursos económicos de liberales aficionados al estudio de las ciencias sociales. Lo ha hecho, además, apelando al patriotismo, al españolismo rancio y casposo del que acusa a los demás. Más absurdo, incoherente y desproporcionado, imposible. Goliat ensañándose con David, y todo porque David es un pelín deslenguado y teme a los que manejan el cotarro.

Al final, después de la portada, del sueldo del redactor de Público que ha pasado noches en vela persiguiendo un fantasma, estamos donde estábamos. La energía verde sigue costando 2,2 congos, Obama sigue sin pronunciar la palabra España y el Instituto Juan de Mariana sigue sin obedecer más servidumbres que las de su propia conciencia. Lo que ha cambiado es que todo esto ya lo sabe mucha más gente que antes. Y la diferencia la ha marcado el diario amigo, el diario del amigo Jaume. Gracias, Roures.


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Libertad Digital

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