Blogoteca: La caída de dos imperios (y II), Cortés y Pizarro

domingo, 7 de junio de 2009

La caída de dos imperios (y II), Cortés y Pizarro



El hidalgo pacense Hernán Cortés estudió dos años en Salamanca y parecía abocado a una carrera de notario o abogado, como el autor de La Celestina, pero su afán de aventuras le llevó a intentar ir a las Indias y a Italia con el Gran Capitán, hasta, por fin, embarcarse para la Española en 1504, a los diecinueve años. En 1518 exploró las costas de Yucatán con 600 hombres y 16 caballos, sin permiso del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, antiguo militar en Italia. En Yucatán tomaron la ciudad de Potonchan, y en Tabasco les fueron ofrecidas esclavas, entre ellas Malintzin o Malinche, bautizada Marina, muy inteligente y que iba a desempeñar un importante papel como traductora y agente de los españoles. Cortés la tomó por concubina, aunque estaba casado en Cuba. Después fundó Veracruz, primera ciudad europea en México, algo al norte de la actual.El conocido desenlace de la expedición desdibuja sus condiciones: los conquistadores tenían armas superiores, caballos que al principio asustaban a los indios, y sobre todo disciplina y experiencia militar. Pero iban muy pocos, y su principal arma era la psicológica, es decir, la impresión que causaban a los indios; arma de rápido desgaste, para mantener la cual debían adelantarse a cualquier oposición o conjura, pues una pequeña derrota podía resultarles catastrófica. Por otra parte Cortés pronto entendió que varios pueblos indios odiaban la opresión mexica, y estaban dispuestos a aliarse con él: otra arma que sabría usar a fondo. Para evitar tentaciones de huida, Cortés "quemó las naves", expresión después tradicional, aunque en realidad las inutilizó barrenándolas.

Por entonces gobernaba el imperio Moctezuma II, que, se dijo, vivía bajo la sugestión de presagios de un próximo fin del mundo azteca, o de que Cortés podría ser Quetzalcóatl, un dios al parecer opuesto a los sacrificios humanos, que debía volver de un largo exilio. La aprensión de Moctezuma puede ser una leyenda, en todo caso nada imposible, tal como ocurrirían las cosas.

En agosto de 1519, Cortés dejó una pequeña guarnición en Veracruz y penetró en el país con 400 soldados, unos pocos arcabuces, ballestas y cañones, y 15 jinetes, más varios cientos, quizá miles de guerreros y porteadores aliados (totonacas). Se internó en el país de Tlaxcala, un pueblo rodeado, pero no dominado, por el Imperio azteca, sufridor de las tradicionales guerras floridas. Los tlaxcaltecas, tras sufrir unos reveses de los españoles, aceptaron la alianza con ellos contra los aztecas. Así reforzado, Cortés entró en Cholula, segunda ciudad mayor del imperio. Las autoridades fingieron acogerle bien, pero el español tuvo confidencias de que planeaban aniquilar a sus tropas, por lo que se adelantó y los tomó por sorpresa, matando, se dice, a 5.000 cholulenses.

Tenochtitlán asombró a los españoles por sus edificios y estructura; y seguramente se percataron de que la ciudad podía convertirse en un cepo mortal para ellos. Moctezuma los recibió cortésmente, esperando conocer sus puntos débiles para aplastarlos al fin. Conociendo su afición por el oro, les hizo regalos que excitaron la imaginación de los recién llegados. Pronto supo Cortés que los aztecas habían atacado a la débil guarnición de Veracruz y a sus aliados totonacas, matando a muchos de estos y a nueve soldados, golpe muy peligroso, porque demostraba que los españoles eran vulnerables y no semidioses. Cortés reaccionó al instante, tomó como rehén a Moctezuma y exigió la ejecución de los capitanes del ataque a Veracruz. Moctezuma tuvo que ceder e incluso se declaró vasallo de Carlos I de España, mientras los nobles y sacerdotes hervían de indignación y buscaban el modo de aniquilar a los intrusos.

Todo empeoró al llegar de pronto a Veracruz una expedición española mucho más numerosa al mando de Pánfilo de Narváez, futuro explorador de la Florida, y enviada por Diego Velázquez para detener a Cortés. Un enviado de Narváez hizo saber a Moctezuma el conquistador era traidor al rey de España, y debía matarlo. En posición desesperada, Cortés no perdió un momento. Se arriesgó a dejar en Tenochtitlán a solo 200 soldados al mando de Pedro de Alvarado, para controlar a Moctezuma, y salió con el resto y numerosos indios contra Narváez. Volvió a demostrar allí su genio militar y diplomático, pues no solo venció, el 24 de mayo de 1520, sino que se atrajo a los vencidos, triplicando sus tropas hispanas. En cosa de veinte días resolvió el problema y regresó aprisa a Tenochtitlán, donde entre tanto habían ocurrido graves incidentes.

Cuatro días antes, Alvarado había organizado una matanza de cientos de nobles mexicas. Moctezuma le había pedido permiso para celebrar una fiesta en honor de su dios Tóxcatl, y Alvarado accedió, siempre que no hubiera sacrificios ni armas. Pero cuando los nobles desarmados hacían su fiesta en el patio del Templo Mayor, ordenó cerrar las puertas y masacrarlos, golpe a traición típicamente maquiavélico, con intención de descabezar la rebelión en ciernes, pues los españoles tenían noticia de que se preparaba y sabían que no tenían la menor posibilidad de subsistir frente a un ataque general. Como fuere, el resultado fue opuesto: la soliviantada población clamaba venganza, y cuando Cortés volvió se encontró cazado. Trató de que Moctezuma aplacara a los suyos, pero estos lo mataron de una pedrada.

Al borde del desastre, los sitiados huyeron aprovechando la lluviosa noche del 30 de junio, pero fueron descubiertos. Quedaron muertos o prisioneros la mayor parte de los aliados indios y quizá dos tercios de los españoles, algunos ahogados en los canales por el peso de las armaduras y el oro que portaban; y perdieron sus pocos cañones y la mayoría de los caballos, arcabuces y munición. Bajo persecución enemiga llegaron a Otumba, donde, sabiendo que su destino sería la muerte o el sacrificio a Huitzilopochtli, contraatacaron a la desesperada y vencieron, pese a la enorme desproporción de fuerzas. Cortés y los suyos identificaron al general enemigo, lo acometieron con los pocos caballos supervivientes, lo mataron y le arrebataron el pabellón, causando la desbandada de los aztecas. La inverosímil victoria permitió a los españoles refugiarse en Tlaxcala.

En la capital mexica, el poder había recaído en Cuautémoc, que organizó una defensa a ultranza. Los españoles, auxiliados por miles de tlaxcaltecas, volvieron al asalto de Tenochtitlán, y un año largo después de Otumba, el 13 de agosto de 1521, la tomaron por fin. Y así cayó aquel imperio asombroso, por una combinación de osadía, habilidad militar y diplomacia con pocos paralelos en la historia.

El valeroso Cuautémoc, prisionero, pidió a Cortés que lo matase, puesto que había hecho todo lo posible por salvar a su pueblo, y fracasado. Cortés permitió que le quemaran las manos y los pies para que confesase el lugar de los tesoros, y el prisionero parece que terminó cediendo. Participó luego en una expedición de los españoles a Guatemala, y allí sería ahorcado por creer que conspiraba contra ellos.

Francisco Pizarro, cacereño, primo segundo de Cortés y diez años mayor que él era hijo ilegítimo de un hidalgo y una criada. En su infancia cuidó cerdos y nunca aprendió a leer y escribir. Su espíritu inconformista y aventurero le llevó a Sevilla con dieciséis años, por la fecha del descubrimiento de América, y con cuatro más se alistó para Italia en las campañas del Gran Capitán. En 1502 viajó a La Española, participó en la expedición que fundó la futura Cartagena de Indias, donde quedó encargado de resistir a los belicosos aborígenes, y en exploraciones por Colombia y Centroamérica. Con Núñez de Balboa, estuvo entre los primeros europeos que contemplaron el Océano Pacífico, aunque luego, en 1519 arrestó a Balboa, por orden del gobernador Pedrarias. Pasó cuatro años como alcalde de Panamá, sin prosperar. En 1524, con cincuenta años de edad, se asoció con Diego de Almagro y otros para explorar y conquistar "El Birú", o imperio inca, de cuya existencia había rumores a partir de una frustrada expedición dos años antes. Partió con ochenta hombres, y luego con una hueste del doble, pero las dos veces fracasó entre grandes penalidades y hostigamiento de los indios. Su grupo terminó en la isla del Gallo, exhausto y con bajas por muerte, enfermedad o heridas.

El gobernador de Panamá, Pedro de los Ríos, envió dos barcos con orden de hacerles regresar. Pizarro, entonces, trazó con la espada una raya en el suelo: "Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere". Casi todos pensaron que perderían la vida por unas supuestas riquezas, y solo trece cruzaron la línea, "Los trece de la fama". Siete meses aguardaron refuerzos, con los que, ilegalmente, continuaron su expedición, sin gran premio. Vueltos a Panamá, y ante la oposición del gobernador, Pizarro fue a España y obtuvo permiso del rey, a condición de reclutar al menos un cuarto de millar de hombres. Solo 180 se apuntaron, entre ellos Hernando de Soto, que más tarde recorrería el sureste de la actual Usa y descubriría, el Misisipi.

En 1532 volvieron a la aventura, por Túmbez, en la actual Ecuador. Tuvieron tres muertos una primera refriega, pero supieron que el momento les era propicio, pues los incas sufrían una guerra civil tras la muerte, en 1527, de su último rey conquistador, Huayna Cápac. Le había sucedido Huáscar, que había ejecutado a un hermano suyo, Atauche, quien le había disputado el poder. Huáscar se volvió receloso, hizo matar a varios nobles por sospechas y se le acusó de apropiarse mujeres de otros magnates, tierras de las familias reales anteriores y las consagradas a Inti, un intolerable desprecio a la religión (aunque esos cargos podrían ser pretextos de sus enemigos). Otro hermano, Atahualpa, se sublevó en el norte apoyándose en pueblos recién conquistados y resentidos con Cuzco, debido a las matanzas realizadas allí por Huayna. La guerra civil no estaba concluida cuando los españoles llegaron, aunque Atahualpa ya aparecía como vencedor y había capturado a Huáscar, contra quien había tomado venganzas brutales, torturando y matando a sus mujeres, hijos e incluso sirvientes, haciendo arrancar el corazón a jefes enemigos y obligado a comerlo a seguidores de estos, o matando a niños en el vientre de sus madres; aunque mantuvo con vida a su hermano. La mayor parte de los datos sobre este y otros asuntos incas proviene del cronista Juan de Betanzos, probablemente nacido en esa ciudad gallega y hombre de confianza de Pizarro hacia el final de la vida de este. Betanzos casó con una viuda de Atahualpa, aprendió quechua, e investigó preguntando a su esposa y otros familiares indios.

A Atahualpa le llegaron informes sobre una extrañísima y pequeña hueste llegada a sus costas. Durante meses sus espías siguieron con atención las marchas y escaramuzas de los españoles y le hicieron saber que estos tenían armas y animales nunca vistos, pero no eran dioses. Al parecer, concibió el plan de capturarlos, servirse de algunos y de sus armas de fuego, y eliminar a los demás. Pizarro, a su vez, pensaba sacar partido de la guerra entre los dos hermanos, presentándose como árbitro. El emperador inca, en marcha para conquistar Cusco, fue a Cajamarca, ciudad al noroeste del actual Perú adonde habían llegado los de Pizarro, y la rodeó con un ejército de 40.000 guerreros. Esperaba intimidarlos y lo consiguió, pues los hispanos estaban aterrorizados al verse en una trampa como los de Cortés en Tenochtitlán, pero mucho más inminente y sin el poderoso auxilio de aliados indios. Ya no había escape, y cualquier muestra de miedo o debilidad habría significado el fin. Pizarro vio que solo tenía una baza, no muy segura: capturar al propio Atahualpa, cosa imposible si no lograba atraerlo a un espacio estrecho y dominable para sus escasas fuerzas. De modo que lo invitó a una entrevista en la plaza central de la ciudad. Atahualpa, trató con desprecio a los enviados españoles Hernando de Soto y Hernando Pizarro, hermano de Francisco, advirtiéndoles que al día siguiente iría a la plaza a reclamarles cuanto habían tomado de sus reinos. Los españoles no pudieron dormir esa noche, presa de inquietud extrema.

Atahualpa cayó en la celada, pues sus enemigos se habían ocultado en torno a la plaza. Pizarro pensaba apoderarse de él abriéndose paso a través de los guerreros, como Cortés en Otumba, pero el emperador, seguro de su superioridad, le facilitó la tarea al cometer el error de acudir con unos siete u ocho mil hombres, pero desarmados, mientras el grueso del ejército acampaba por el entorno. Llegado a la plaza, el fraile Vicente de Valverde se acercó a su palanquín con la demanda temeraria de que aceptase el catolicismo y se hiciese vasallo de Carlos I, algo inimaginable para el poderoso inca. Este sintió algún interés por ver la Biblia, pero al no entender nada, la arrojó a suelo. No se sabe bien qué ocurrió luego, pero, a los pocos minutos, los de Pizarro dispararon dos cañones que habían situado en una torre y al grito de "¡Santiago!" cargaron hacia Atahualpa. Gracias a la sorpresa lo capturaron, mataron o apresaron a sus capitanes y la masa se desbandó. Se ha dicho que murieron de seis a ocho mil indios, cosa improbable, pues de la plaza podían huir sin dificultad, al ser los españoles muy pocos.

Los seguidores de Huáscar celebraron en Cuzco el apresamiento de Atahualpa, y Pizarro jugó con unos y con otros. El emperador, aunque preso y deprimido, aprendió algo de castellano y trabó aparente amistad con sus captores. Tenía cierta libertad de movimiento, pues pudo ordenar la muerte de su hermano Huáscar, para privar a Pizarro de espacio de maniobra, y la formación de dos ejércitos, para liberarle y para tomar Cuzco. Ofreció como rescate llenar dos habitaciones de plata y una de oro, lo que Pizarro aceptó sin intención de cumplirlo, pues la libertad de Atahualpa sería catastrófica para él y los suyos. Por lo tanto, fue ejecutado bajo la acusación, entre otras, de haber mandado asesinar a Huáscar.

Así el Imperio inca, descabezado, se derrumbó, debido a su rígida jerarquización. Aún tendrían los españoles que abrirse paso luchando hasta Cusco, más de mil kilómetros al sureste y afrontar algunas rebeliones. Así como, lo más curioso, varias "guerras civiles" entre ellos, pese a ser tan pocos, aunque algunos más vinieron de Panamá, y consiguieron auxiliares indios. En esas contiendas entre hispanos moriría Francisco Pizarro de una estocada, en 1541, nueve años después de Cajamarca y sesenta y cuatro de haber nacido

Pío Moa, Libertad Digital

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