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domingo, 7 de junio de 2009

La caída de dos imperios (I)



La caída de dos imperios (I)

Colón y sus sucesores llegaron al Nuevo Mundo por el mar de las Antillas y lo exploraron en todas direcciones a partir de las islas. A los aborígenes los llamaron "indios", pues creyeron haber llegado a "las Indias", y el término, por completo erróneo, quedó para acuñado, como cuajaría el nombre de América para el continente, en honor de Américo Vespucio, secundario y fantasioso navegante florentino, naturalizado castellano como otros muchos italianos que negociaban en España.

La población americana había entrado por Alaska, en fechas que se han fijado en 13.500, más de 20.000 y hasta 50.000 años antes de Cristo, y se había extendido poco a poco hasta la fría Tierra del Fuego, a través de toda suerte de climas y orografías. En la mayor parte del continente habían permanecido como tribus errantes con religiones animistas y enorme variedad de lenguas, dedicadas a la caza, pesca y recolección. Los que encontraron los españoles vivían en estado salvaje, semidesnudos, con técnicas muy primarias. A algunos descubridores les parecieron de una inocencia natural, próximos a la situación moral del paraíso: primer balbuceo del mito del "buen salvaje", de tanto peso ideológico posterior en Europa. Pero en regiones de los actuales Méjico y Perú, los indios habían descubierto la agricultura y el sedentarismo aproximadamente por el mismo tiempo que en Oriente Medio y otras zonas del viejo mundo. Allí surgieron civilizaciones sucesivas, destruidas unas por otras o por causas menos claras. Por el tiempo del descubrimiento de América, en Méjico existía el Imperio mexica, más conocido como azteca, y en Perú el Imperio inca o Tahuantinsuyu ("Cuatro partes").

Pese a hallarse incomunicados entre sí por miles de kilómetros de selvas y montañas, ambos imperios tenían notables semejanzas. Habían sido precedidos en sus respectivos territorios por otras civilizaciones a lo largo de unos miles de años, se habían asentado en época reciente, en el siglo XIII, hacia el tiempo de las Navas de Tolosa y del gótico en Europa; habían fundado dos centros urbanos, Tenochtitlán los aztecas, Cuzco o Cusco los incas, desde donde habían emprendido la conquista de los pueblos vecinos, y habían creado sociedades rígidamente jerarquizadas clerocrático-militaristas (no teocráticas, palabra sin sentido). Adoraban al sol como dios superior, con el nombre de Huitzilopochtli los mexicas e Inti los incas (Inti se había ido imponiendo a Viracocha, un dios supremo anterior), y habían creado un copioso panteón.

Tanto Tenochtitlán como Cusco eran ciudades de una belleza y monumentalidad, con imponentes edificios religiosos y políticos que admiraron a los españoles, como dejaron constancia en sus escritos. Cusco podía compararse con las mejores ciudades de España, según Pizarro, y les asombró Tenochtitlán, construida sobre islotes de un lago poco hondo, con canales llenos de canoas y unida por calzadas a tierra firme. Se ha calculado su población en medio millón de habitantes y más, pero quizá no pasó de cien mil, cifra en cualquier caso muy elevada: en Europa, mucho más extensa y desarrollada agrícola y técnicamente, solo tres ciudades la rondaban: Milán, Venecia y París; y solo Nápoles la superaba, con 150.000. Los dos imperios disponían de una extraordinaria red de calzadas de interés militar, comercial y administrativo; por las incaicas circulaban constantemente, a la carrera, los chasquis, llevando mensajes a y desde el centro; y tenían ejércitos bien entrenados y superiores a los de los pueblos vecinos, a quienes dominaban. Ambas culturas habían alcanzado conocimientos muy considerables en astronomía y matemáticas, y cultivaban la poesía, la música, la canción, y se divertían con fiestas y espectáculos; concedían también gran valor a la enseñanza.

Tales logros son más llamativos teniendo en cuenta lo precario de su tecnología. Su instrumental agrícola era rudimentario, poco más que estacas aguzadas, y sin arado, salvo uno muy primitivo los incas. Conseguían cosechas pingües en algunos lugares, pero con enorme empleo de fuerza humana. Aún más limitador era su desconocimiento de la utilidad de la rueda, por lo que el transporte se hacía a hombros de personas, si bien los incas utilizaban llamas y alpacas para llevar cargas. Su técnica naval también era rudimentaria: canoas los aztecas y balsas los incas. Los primeros ignoraban el trabajo de los metales y los segundos utilizaban el bronce para armas y herramientas. Los dos trabajaban el oro y la plata con objetivos suntuarios y religiosos, sin más valor económico, por lo cual les asombraría la avidez de los hispanos por esos metales. El comercio se hacía sobre todo mediante el trueque: la moneda era muy primitiva entre los aztecas (granos de cacao o trozos de tela de diverso tamaño), e inexistente en Tahuantinsuyu. Los aztecas tenían escritura, no así los incas, aunque se servían de quipus, cuerdas anudadas y coloreadas, para recordar datos y cifras (algunos creen que equivalían a una escritura propiamente dicha, pero no está claro).

Estas limitaciones tecnológicas obligan a considerar fantasías las estimaciones de población hechas comúnmente para cada imperio: entre doce y veinte millones de habitantes, incluso treinta. Pero el imperio mexica tenía aproximadamente la extensión de España, en el centro-sur del actual México, que ha tomado de aquel su nombre, aunque incluye regiones de extensión cuatro veces superior y ajenas a los mexicas; y es muy improbable que tuviera más habitantes que España (cinco-seis millones al comenzar el siglo XV, y con una tecnología muy superior), y probable que tuviera bastantes menos. Lo mismo cabe decir del imperio inca, que en su momento de máxima expansión cuadruplicó al azteca, pero se componía en gran parte de tierras estériles o selváticas, y compartía las limitaciones tecnológicas mencionadas.

La base alimentaria de los aztecas era el maíz, y la de los incas la patata, si bien disponían de una variedad de productos y habían elaborado una gastronomía bastante refinada. Entre los aztecas, la tierra era propiedad de los nobles, y la trabajaban los campesinos en regímenes diversos de arrendamiento, servidumbre o esclavitud. Entre los incas, la propiedad agraria era colectiva, o pertenecía a la familia gobernante o a Inti.

En cuanto a la enseñanza, había diferencias. Los aztecas la imponían desde los quince años a chicos y chicas de toda condición social, adecuada a su sexo, y los nobles la recibían especial. Los métodos eran "espartanos", para a formar personas endurecidas, capaces de soportar penalidades.La enseñanza incaica se aplicaba a la élite oligárquica y sacerdotal en Cuzco, con una duración de cuatro años, mientras que la población común era instruida por padres y ancianos en la religión, las prácticas agrarias, una artesanía de alta calidad, etc. Los niños crecían desde muy pequeños en una disciplina estricta, cuyos mandamientos básicos eran no robar, no mentir y no ser holgazán, cuya transgresión conllevaba penas muy severas: fue uno de los sistemas educativos más eficientes de la historia para limitar los impulsos y la iniciativa individuales.

La sociedad inca mostraba un orden y obediencia que maravillaron a los españoles y que pareció a algunos de estos superior a su propia conducta, dictada por el exacerbado individualismo de la mentalidad renacentista. El conquistador Serra de Leguísamo afirmaba no existir entre los incas ni un ladrón ni un hombre vicioso, ni una adúltera ni una persona inmoral, y que los españoles les habían contagiado muchos vicios. Su sistema se ha comparado con una utopía socialista: sociedad muy jerarquizada, sin apenas iniciativa individual ni comercio particular. La actividad de envergadura venía planificada por el estado, es decir, por una oligarquía con poderes inhabituales en otras culturas. Dirigida por ella, la población era llevada a construir una red de calzadas mucho más extensa y difícil que la de los aztecas, grandes edificios hechos con pesados bloques de piedra encajados con increíble precisión, conducciones de agua, almacenes de alimentos para las expediciones militares y para los años de escasez, etc. El mismo matrimonio no parece haber sido objeto de celebraciones, sino considerado un arreglo práctico, y existía la poligamia, aunque no extendida. Toda la población masculina podía ser reclutada y debía participar en alguna guerra o estar dispuesta a ella, lo que proporcionaba a los incas ejércitos muy numerosos, que se imponían a los vecinos por lucha o intimidación. El idioma político era el quechua, cada vez más hablado, aunque a la llegada de los europeos todavía se hablaban cientos de lenguas en Tahuantinsuyu.

El imperio azteca había sido remodelado cien años antes de la llegada de los europeos por un estadista inspirado llamado Tlacaelel, que modificó la religión, destruyó las crónicas anteriores y rehízo una historia de los aztecas como pueblo siempre triunfador.

Una peculiaridad de su cultura fue la abundancia de sacrificios humanos, acompañados de canibalismo. Se ofrendaban hombres, mujeres y niños a diversos dioses, pero especialmente al del sol y la guerra, Huitzilopochtli. También existían en el Imperio incaico.

La historia de los incas y los aztecas fue bastante breve: unos tres siglos desde su comienzo, y dos o menos desde su constitución en imperios. A mediados del siglo XV los incas gobernaban sobre unos 800.000 kilómetros cuadrados, y desde entonces su expansión se hizo impetuosa: medio siglo después, en víspera de la llegada de sus conquistadores, llegaba a unos dos millones de kilómetros cuadrados por la mayor parte de Perú y Ecuador, las tierras altas de Bolivia y trozos de Argentina, Chile y Colombia, en una larguísima franja a lo largo de los Andes y de las tierras costeras.

Otra civilización de gran interés, que compartía numerosos rasgos con las anteriores, era la de los mayas, extendida por el Yucatán y Guatemala; pero a la llegada de los españoles prácticamente había dejado de existir. Por razones desconocidas, esta cultura, sanguinaria pero brillante en muchos aspectos, colapsó en el siglo IX, cuando en España se expandía la reconquista. A la llegada de Colón y los suyos, la mayoría de sus ciudades y monumentos estaban sepultados por la vegetación y solo persistían en Yucatán ciudades menores, muy decaídas y hostiles entre sí.

Pío Moa, Libertad Digital

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