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domingo, 30 de noviembre de 2008

Al borde de un ataque de nervios. Ignacio de la Rica, Expansión

Zapatero es un caso perdido. Siento ponerme tan radical, pero no le veo remedio. Nos va a traer la ruina. Ya no se puede decir que no hace nada; al revés, ahora hay que pedirle por favor que no haga nada más.
Sé que parece una locura, sé que suena a catastrófico, sé lo que significa de parón y de gasto, pero lo único que ya me parece sensato es pedir elecciones; tener la posibilidad de elegir a una persona que sepa, quiera y tenga el mandato de enfrentarse a esta crisis. Con Zapatero no salimos de este agujero ni con cien planes ni con mil medidas.
Zapatero es hoy como un niño a punto de un estallido de histeria. Estaba entretenido con un gran castillo de arena que le habían construido sus mayores; pero ha venido una ola y se lo ha llevado entero. Su cara lo dice todo: se debate entre romper a reír o ponerse a llorar. Está más que desconcertado. Está al borde de un ataque de nervios.
Zapatero tiene dos problemas sin solución. Uno es personal y otro es político. El personal es que no es capaz de analizar correctamente ninguna realidad porque padece del síndrome del optimismo natural desorbitado. Hace unos días, le escuché en directo –en la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo del El Mundo– mostrarse plenamente satisfecho con el nivel alcanzado por la democracia española.
Tan orgulloso está con nuestro torpe, anquilosado y endogámico sistema político que lo equiparó con el americano, ese mismo que acaba de demostrar que es capaz de crear en menos de quince meses un líder que une a todo un país frente a la crisis. Su optimismo no le dejó ver como a los doscientos presentes se nos ponían los pelos de punta, pero es que los optimistas patológicos lo saben todo, no necesitan mirar ni escuchar.
Ese mismo optimismo le impide atisbar la profundidad de la crisis económica; no le deja aceptar que esta situación tiene causas que revelan nuestras vergüenzas y que requiere un esfuerzo descomunal y doloroso para todos, también para los más desfavorecidos.
Su optimismo no le deja entender que no tiene –porque no existe– una fórmula mágica para sacar indemnes de esta crisis a las personas que a él –y a todos– nos gustaría que se libraran del daño. No comprende que no se trata de dejarse los pulmones inflando un globo pinchado sino de parchear los agujeros y, por encima de todo, cambiar de globo.
Siempre dudo si su optimismo proviene de un idealismo cósmico inasequible al desaliento o es una manifestación más del mismo resentimiento enquistado que tiene con esa media España a la que descalifica como conservadora. Pero estando donde estamos, ya da igual: el problema es su enfermizo optimismo, no la causa. Y lo peor es que ese optimismo nunca le dejará ver la imposibilidad metafísica de que una persona como él pueda liderar una pelea como esta.
El segundo problema es político. Zapatero no tiene, no se ha ganado, la autoridad para ser el presidente que haga frente a la crisis. Ganó las elecciones con la bandera de la “no crisis”. Nunca me atrevo a interpretar las razones de ningún votante, pero es evidente que él negó la crisis hasta mucho después de ganar las elecciones. Nadie que le creyera pudo votarle para que gestionara la crisis. No era una opción pues con él no había crisis.
Pero además a lo largo de su presidencia ha perdido cualquier posibilidad de liderar este esfuerzo colectivo. Nunca ha pretendido ser el presidente de todos los españoles. Al contrario, siempre ha dado la impresión de disfrutar pisoteando conceptos y sentimientos sagrados para muchos españoles, ya fuera aprobando leyes para hurgar en recuerdos históricos que esa gente pretende olvidar, ya fuera cuando se empecinó en llamar matrimonio a la unión de dos homosexuales o dispuso revisar la ley del aborto sin más necesidad que distraer la atención política.
Sin autoridad ni liderazgo, si España fuera una democracia sana, Zapatero daría por cerrada esta legislatura mal parida y daría la oportunidad a los españoles de elegir a quien crean más adecuado para liderar la lucha contra la crisis. Y cuanto antes, menos daño causará.
Las cuentas del Gran Capitán
Mientras tanto lo que hay es otro plan anticrisis que se incorporará a los presupuestos del 2009. Siempre me ha intrigado cómo esta gente hacen sus estimaciones y sus cuentas y siempre me ha sorprendido que se acepten sin rechistar. Según el plan, 8.000 millones de euros invertidos en mejorar emplazamientos municipales crearán 200.000 empleos, que, comparados con los que se están perdiendo, no son gran cosa. Aún así, me encantaría saber cómo concluyen que serán 200.000 y no el doble o la mitad.
Pero si queremos avanzar no tenemos más remedio que dar por buena la cifra estimada. Así, cada uno de estos empleos requiere 40.000 euros pero, por otro lado, el plan destina 3.000 millones a cuestiones diversas que asegura que crearán 100.000 empleos. Éstos salen a 30.000 euros cada uno. La pregunta es obvia: ¿por qué no dedicar los 11.000 millones a esas cuestiones diversas que crean un empleo con 10.000 euros menos que las obras municipales nuevas? Al mismo precio, se conseguirían 66.667 empleos más.
Supongo yo que el Gobierno pretende con este plan matar dos o tres pájaros de un tiro. Por un lado, aprovecha compromisos presupuestarios previos con la administración local y aunque ni siquiera intenta arreglar la precaria situación financiera de muchos municipios, insuflando dinero por esta vía pretende crear una ilusión de sanidad financiera municipal.
Pero los datos son los que son: el 31 de diciembre de 2007 las corporaciones locales debían 44.793 millones de euros, de los que 18.066 millones eran deuda con proveedores (cifras del Banco de España). Meter ahora 8.000 millones para contratar “obra de nueva planificación y ejecución inmediata” no deja de ser un sarcasmo para los acreedores eternos de los ayuntamientos.
Sería oportuno que alguien calculara –aunque sea con la misma frivolidad– las empresas que quiebran y los empleos que se pierden por la mala costumbre municipal de pagar muy tarde y muy mal a sus proveedores.
La decisión del Gobierno es que 8,3 de cada 10 euros del nuevo plan se destinan a nueva obra pública municipal. Hagamos como hacen los profesores en la Universidad. Supongamos que los 8,3 euros no van a tapar los profundos agujeros presentes; supongamos que no acabarán en las cloacas de los partidos políticos; supongamos que no se convertirán en blindaje de ‘audis’, ni se zamparán en mariscadas “por razones de trabajo” ni se soplarán en fiestas particulares de concejales corruptos; supongamos que serán repartidos con criterios objetivos sin ánimo de facilitar la vida a los alcaldes socialistas; supongamos que se destinan a inversiones nuevas e inmediatas; supongamos que los ayuntamientos pagan en plazos razonables; y supongamos que crean, mientras duran las obras, los numerosos empleos temporales que el plan se propone crear. Suponemos todo eso, y después qué queda.
Quedarán unos equipamientos municipales renovados que, seguramente, no podrán mantenerse en condiciones porque la empresa que lo hacía habrá quebrado por no cobrar. Después también habremos gastado 8.000 millones de euros en prender un gran fósforo con la mecha mojada y habremos aumentado nuestro déficit público en 8.000 millones de euros que -no conviene olvidar- habrá que pagar. Una tarde en el Congreso que nos costará casi el 1 por ciento del PIB.
Amplitud de miras
Al mismo tiempo que Zapatero nos presenta este bodrio municipal, lo que se discute en Europa es cómo utilizar la política fiscal para reactivar la economía. Echada al mar la llave de la política monetaria, a los gobiernos les queda manejar los ingresos y los gastos públicos para controlar la cantidad de dinero en manos de particulares y empresas. O sea, la política fiscal. Y, sobre todo, les queda la capacidad normativa para fijar los grandes objetivos estratégicos y configurar estructuras y mercados en los que la competencia saque el máximo provecho de los recursos disponibles.
Los ingleses han optando por bajar el IVA para incentivar el consumo, dejar que los particulares tengan más dinero para gastar. Pero en el continente son escépticos porque piensan que, en este momento, un euro extra en manos de cualquier particular se destinará a reducir deuda o a ahorrar, comportamientos ambos muy racionales pero que no reactivan la economía. Según esta opinión, no es el momento de bajar los impuestos. Bastante ha descendido la recaudación con la caída de la actividad.
En política fiscal queda aumentar el gasto público, pero hay que hacerlo también de manera racional, buscando encender mechas secas que provoquen la creación de empresas que siempre ha sido, es y será la manera más eficaz de crear empleo sostenido en el tiempo. No se trata de levantar autopistas de ocho carriles entre Soria y Palencia ni de que el Ayuntamiento de Madrid renueve otra vez las dependencias del Palacio de Comunicaciones.
Desde mi punto de vista es el momento de utilizar la política fiscal pero ampliando el horizonte temporal. Hay que entender que esta crisis no es “un mal de las vacas locas” que nos han contagiado desde América; sino un crack del modelo de crecimiento que requiere una revisión profunda de los cimientos, las estructuras y los mercados.
Hay que encender mechas secas que reactiven la economía pero con objetivos ambiciosos, que sustituyan al mercado inmobiliario y al turismo barato como motores del crecimiento económico. Además, estoy convencido de que actuando con visión a medio plazo resolveremos los problemas inmediatos.
La concreción de todo esto está encima de todas las mesas, pero no acabamos de tener una clase política que coja el toro por los cuernos. Por ejemplo, ni Gobierno ni Oposición tienen un plan para acabar con nuestra dependencia energética, que es posible y que crearía toda una nueva economía.
No debería preocuparnos quien se quede con Repsol porque deberíamos estar ya subidos a vehículos eléctricos, deberíamos estar tejiendo la “internet” eléctrica, esa inmensa red en la que cada casa familiar, cada comunidad de vecinos, cada oficina y cada farola se autoabastecen de energía y vuelcan en la red la que les sobra.
No tenemos petróleo, que produce una energía sucia que se agota, pero tenemos sol, viento, el mar y toneladas de basura. Tenemos las materias primas de las energías renovables y limpias. Este objetivo requiere mucho investigar, mucho invertir y mucho trabajo; pero con 11.000 millones de euros sobra para empezar.

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