Blogoteca: Servicios de inteligencia, ayer y hoy, por Luís de la Corte Ibáñez, El Imparcial

viernes, 31 de octubre de 2008

Servicios de inteligencia, ayer y hoy, por Luís de la Corte Ibáñez, El Imparcial

Al poco tiempo de concluir su largo cautiverio en Argel, Miguel de Cervantes Saavedra recibe un estimulante encargo de Mateo Vázquez, hombre de confianza del rey Felipe II para ciertos delicados asuntos de Estado. Por aquel entonces las crónicas llegadas desde el norte de África se volvían preocupantes. Corrían rumores de que los alcaides y presidios portugueses enclavados en aquella ardiente y lejana región pudieran haberse vuelto desleales para con la Corona. Al mismo tiempo, el rey era informado de que setenta galeras turcas comandadas por el famoso almirante Uluch Alí habían llegado a Argel, noticia ésta que despertaba sospechas sobre la posible ruptura de una tregua todavía vigente con los turcos. En esa coyuntura, los conocimientos adquiridos por Cervantes sobre el Magreb, sus tierras y sus gentes podían ser útiles a su rey. Por esta razón el 23 de mayo de 1581 el veterano de la batalla de Lepanto volvía a embarcarse en Cádiz, esta vez con el propósito de cumplir una misión secreta al servicio del Estado: recabar noticias que permitieran esclarecer los graves rumores africanos ya citados. Se sabe que en aquel viaje el comisionado recaló primero en Orán y luego en la ciudad de Mostaganerm. En ambos lugares entró en contacto con hombres pagados por España de los que supo extraer algunos valiosos informes secretos que luego trasladaría a Mateo Vazquez tras volver a Lisboa, la misma ciudad donde un año antes había recibido sus órdenes. Sin embargo, tras aguardar por meses una nueva misión, el antiguo soldado y eventual informador de la corona española Miguel de Cervantes decidió regresar a Madrid donde, para nuestra fortuna, retomaría su afición a las letras…
El anterior fragmento biográfico ha sido extraído de un divertido y bien documentado libro publicado hace varios años por mi amigo el periodista y escritor Fernando Martínez Laínez. El texto narra los coqueteos más o menos esporádicos mantenidos con el mundo de lo secreto por un selecto puñado de autores: desde el propio Cervantes hasta John Le Carré pasando por Quevedo, Voltaire o Rabelais (Escritores espías. La insólita vida de los grandes de la literatura, Temas de Hoy). En esa lectura pueden encontrarse buenos ejemplos de que, cuando menos, el desarrollo de misiones de “inteligencia” (y no sólo de espionaje, término de sentido más estrecho …) ha sido una práctica tan antigua como la fundación de las propias instituciones políticas que las alentaron y de los Estados que aún hoy las promueven (todos los del mundo). No obstante, ni la mayoría de los agentes de inteligencia han sido escritores ni personajes de público recuerdo, ni su oficio queda fielmente reflejado en la literatura y las películas de espionaje.
El aprovechamiento de las historias y sucesos sobre agencias y agentes secretos como materia de ficción y su tratamiento periodístico con tintes sensacionalistas (cuando no directamente fabuladores e irresponsables) han suscitado una imagen pública bastante distorsionada de las funciones que desempeñan y deben desempeñar los servicios de inteligencia de las actuales sociedades democráticas. Por supuesto, los errores y abusos realmente cometidos en el pasado lejano y reciente resultan de gran ayuda para explicar los tópicos y suspicacias al respecto. No hace mucho que ha aparecido publicado en castellano Legado de cenizas (Debate), del periodista del New York Times Tim Weiner. Se trata de un trabajo bien documentado que, además, se venderá estupendamente en España porque cumple a la perfección el confesado propósito de poner verde a la controvertida y mítica Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA). No hay que ser un progre del 68 para deplorar el cinismo y la falta de escrúpulos aplicados por la CIA a muchas de las operaciones que llevara a cabo durante la guerra fría, incluyendo la orquestación de varios golpes de Estado y el apoyo a regímenes tan execrables como el del general Pinochet (conforme a directrices emanadas de la Casa Blanca). Aunque sí hace falta tener mucha nostalgia de la vieja izquierda para seguir creyendo que aquellos pecados de la CIA puedan siquiera equipararse en gravedad y brutalidad a los cometidos por otras agencias secretas, en especial las que tenían su sede tras el muro de Berlín. Sea como fuere, el libro de Weiner abruma por la cantidad de informaciones fiables empleadas para desmitificar -con razón- a la CIA, además de sugerir algunas importantes conclusiones. Weiner identifica acertadamente la raíz de muchos de los errores e inmoralidades cometidos por la CIA (y en las que también han incurrido o pueden incurrir otras agencias de igual condición). Como argumenta Weiner, los recursos y el tiempo invertidos en operaciones encubiertas (habitualmente ilegales y criminales) han impedido que la agencia estadounidense desempeñará con suficiente eficiencia la que debe ser misión primordial de cualquier servicio de inteligencia: elaborar conocimiento de alta calidad (en buena medida obtenido por procedimientos secretos) que perfeccione las decisiones estatales destinadas a afrontar y prevenir diversos riesgos y amenazas a la seguridad y los intereses vitales del propio país y de sus ciudadanos.
Dejando atrás el caso particular de la CIA, conviene recordar que siendo la nuestra una época radicalmente distinta a la de la guerra fría, hoy por hoy ni Estados Unidos ni ningún otro país democrático está libre de enemigos y peligros. Por consiguiente, sigue resultando indispensable que esa clase de países, incluido el nuestro, dispongan de unos servicios de inteligencia competentes, además de honestos. Precisamente, y aunque lo ignoren muchos de nuestros conciudadanos, ese ha sido el empeño que ha guiado la evolución de los propios servicios de inteligencia españoles desde el inicio de la transición. De hecho, el apoyo prestado por dichos servicios al nacimiento y la consolidación de nuestra actual democracia aún no ha sido suficientemente reconocida. E igual podría decirse de los sacrificios ofrecidos por numerosos agentes y analistas para dar apoyo a la lucha antiterrorista y a las misiones emprendidas por tropas españolas fuera de nuestras fronteras (como, por ejemplo, los siete agentes del CNI abatidos en Irak, en noviembre de 2003).
Por fortuna, aquel empeño en la mejora de nuestros servicios de inteligencia persiste aún hoy y ha sido recientemente reforzado con un ambicioso proyecto promovido por el propio Centro Nacional de Inteligencia con tres objetivos complementarios: dar a conocer el sentido legal y legítimo de sus propias funciones (naturalmente no sus actividades y procedimientos concretas que deben seguir siendo secretas), sensibilizar a la opinión pública española sobre los riesgos y amenazas globales y locales afrontados por dicha agencia, así como por otros servicios de información españoles, y promover la reflexión e investigación académicas relacionadas con temas estratégicos y de seguridad y con la organización y el perfeccionamiento de los organismos de inteligencia. En unos pocos años esta iniciativa para el impulso de una “cultura de inteligencia” se ha concretado en el patrocinio de una Cátedra y un instituto de investigación ubicados en dos universidades públicas madrileñas (Universidad Rey Juan Carlos y Carlos III), el lanzamiento de una revista científica y la organización de un primer Congreso Nacional de Inteligencia que se celebró hace una semana en Madrid, con nutrida representación de investigadores académicos y profesionales de la seguridad y la defensa. Los debates producidos en este congreso, en los que tuve ocasión de participar, versaron sobre asuntos de enorme interés (sistemas y organismos de inteligencia, conflictos armados, terrorismo, crimen organizado, geoestrategia, prospectiva sobre seguridad y economía, etc.) y mostraron un rostro de los servicios de inteligencia de los países democráticos muy distinto al de otros tiempos y al de los géneros de ficción. Quedó clara igualmente la clásica necesidad que motiva al uso de la inteligencia y que se vuelve imperiosa en un mundo abrumado de complejidades e incertidumbres: saber para prever y prever para prevenir.
El Imparcial

No hay comentarios: