Blogoteca: mayo 2008

miércoles, 28 de mayo de 2008

Estado de delirio, Antonio Muñoz Molina

Estado de delirio

Antonio Muñoz Molina lo borda, hoy, en El País:

La política española resulta tan difícil de explicar al extranjero porque está toda entera contaminada de delirios, algunos de ellos tan difundidos, tan arraigados, que casi todo el mundo ya los confunde con la realidad. El delirio ha sustituido a la racionalidad o al sentido común en casi todos los discursos políticos, y los personajes públicos atrapados en él lo difunden entre la ciudadanía y se alimentan a su vez de los delirios verbales y escritos de unos medios informativos que en vez de informar alientan una incesante palabrería opinativa. La actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que dicen los políticos, de los cuales no se conoce apenas otra cosa que sus exabruptos verbales. En ningún país que yo conozca los titulares están tan hechos casi exclusivamente de declaraciones entrecomilladas. El que llega de fuera se ve asaltado, nada más subir al taxi en el aeropuerto, por un zumbido perpetuo de opinadores que someten a escrutinio las declaraciones y contradeclaraciones previamente enunciadas por los charlistas de la política. Da la sensación de haber entrado en un bar de barra pringosa en el que el humo de la palabrería fuera más denso que el del tabaco, y en el que un número considerable de afirmaciones tajantes parece dictado por la ofuscación de una copa matinal de coñac.

El delirio contamina todos los saberes y con frecuencia termina por sustituirlos del todo. Hay una geografía delirante, que se manifiesta, por ejemplo, en los textos escolares y en los mapas de las noticias sobre el tiempo, y en virtud de la cual cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Casi cualquier delirio es un delirio de grandeza. El País Vasco abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia: Cataluña se extiende hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo, en un ejercicio de megalomanía geográfica que se parece bastante al de los reinos que don Quijote imaginaba que conquistaría con su bravura de caballero andante. Galicia se agranda por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas. Y no quiero pensar qué ocurrirá cuando los cerebros políticos de mi tierra natal descubran por azar algún libro en el que se muestre que hubo una época en la que el territorio de Al-Andalus cubrió casi entera la península Ibérica y una parte del norte de África.

La geografía fantástica se corresponde con el delirio lingüístico: en esos mundos virtuales el español es un idioma molesto y residual que sólo hablan guardias civiles, emigrantes y criadas, y que por lo tanto no merece más de dos horas de enseñanza semanal en las escuelas, aparte de comentarios despectivos sobre su rusticidad y su patético provincianismo. Al fin y al cabo sólo se habla en tres continentes. Cuando no hay modo de prescindir de este idioma al parecer extranjero que sin embargo es el único de verdad común de toda la ciudadanía, se le desfigura en lo posible con una ortografía delirante, que debe de ser un enigma para la inmensa mayoría de los cientos de millones de hablantes que lo tienen como propio. Y cuando los jerarcas de tales patrias viajan por el mundo se convencen a sí mismos en su delirio de que hablan inglés, para no rebajarse a la indignidad de hablar español: pero con raras excepciones hablan inglés tan mal y con un acento español tan inconfundible que sólo los entienden los españoles diseminados entre el público, que constituyen, por otra parte, la mayoría de éste. Los dignatarios -da igual el partido o el territorio al que pertenezcan- cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, incluso con pensadores áulicos, en algún caso muy selecto. Se alojan en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados, o reinos: obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país que han visitado, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan unas declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.

El delirio afecta lo mismo al pasado que al presente, por no hablar del porvenir. Jovenzuelos malcriados que disfrutan de uno de los niveles de vida más altos del mundo se adornan de un corte de pelo carcelario y de un pañuelo palestino y se imaginan que participan en una intifada o en un motín kurdo o irlandés quemando los cajeros automáticos de sus opulentas instituciones

bancarias y los autobuses de un servicio municipal de transportes lujosamente subvencionado, sin correr más peligro que el de un siempre desagradable enfriamiento después de la carrera delante de los paternales policías. En la escuela les han enseñado geografía fantástica y una historia mitológica inspirada en folletines truculentos del siglo XIX. Los tebeos de Astérix y las columnas de astrología de las revistas del corazón son más rigurosos que la mayor parte de sus libros de texto, pero tienen efectos menos tóxicos sobre las conciencias.

El delirio no sólo determina las historias que se cuentan en la escuela. Una editorial de prestigio le encarga a un escritor un libro sobre la caída de Barcelona al final de la guerra. Al escritor no le cuesta confirmar lo que sabe o sabía todo el mundo: que las tropas de Franco fueron recibidas en Barcelona por una muchedumbre entusiasta -ya observó Napoleón que en cualquier gran ciudad hay siempre cien mil personas dispuestas a vitorear a quien sea- y que en el ejército vencedor y entre la nueva clase dirigente había un número considerable de catalanes. Al escritor le dicen que el libro no puede publicarse, sin embargo: no porque cuente mentiras, sino porque las verdades que cuenta no se ajustan al delirio oficial sobre el pasado, según el cual la Guerra Civil española fue una guerra de España contra Cataluña, y ningún catalán fue cómplice de los zafios invasores, igual que ningún vasco llevó la boina roja de los requetés en el ejército de Franco.

El delirio niega la realidad pero puede tener efectos devastadores sobre ella. En España no queda nadie o casi nadie que simpatice de verdad con el fascismo o con el comunismo, y sin embargo se oye con frecuencia creciente que al adversario se le califica de facha o de rojo, con una insensatez verbal que hiela la sangre, y que revela una voluntad de ruptura de la concordia civil copiada de lo peor de los años treinta. Cuando a uno lo pueden llamar rojo por creer que el atentado del 11 de marzo lo cometieron terroristas islámicos o fascista por no eludir siempre la palabra "España" o defender la Constitución de 1978 está claro que el debate político ha caído en un extremo irreparable de delirio.

Por culpa del delirio de José María Aznar nos vimos involucrados en una guerra de Irak que ya era en sí misma otro delirio y en la que no contábamos militarmente para nada, pero que enconó el clima político del país y nos hizo más vulnerables a la amenaza del terrorismo integrista. Poseído por un delirio en el que ya vería a sí mismo coronado por los laureles de la Paz, esa bella palabra, el actual presidente no consideró oportuno prestar atención a los muchos indicios que venían avisando de que su negociación con los pistoleros y con los socios y beneficiarios de éstos no iba por buen camino. Tratar con gánsteres puede ser a veces tristemente necesario, pero conlleva el peligro de que los gánsteres tomen por blandura la benevolencia cautelosa del interlocutor y al menor contratiempo vuelquen la mesa de póquer y se líen a tiros. Que los servicios secretos no hubieran advertido lo que se aproximaba no tiene mucho de extraño, ya que tales servicios, casi en cualquier parte del mundo, se caracterizan por no enterarse de nada, contra lo que sugiere una extendida superstición literaria y cinematográfica: lo asombroso es que nadie en el entorno presidencial leyera los periódicos. La insolencia creciente de las hordas vándalas del norte, las cartas de chantaje y amenaza, los robos de pistolas y de explosivos, el descaro con que los terroristas presos amenazaban de muerte a los magistrados que los juzgaban (ante el apocado retraimiento, por cierto, de los policías encargados de reducirlos, quizás temerosos de provocarles una luxación si les ponían las esposas desconsideradamente): es increíble la cantidad de cosas que uno puede no ver cuando se empeña en cerrar los ojos.

También es llamativa la complacencia con que tantas personas de izquierda han resuelto en los últimos años abolir toda actitud que no sea de inquebrantable adhesión al Gobierno. He leído textos conmovidos sobre la felicidad de estar "al lado de mi presidente", y escuché hace poco en la radio a un entusiasta que llevaba su fervor hasta un extremo de marcialidad, asegurando que él, en estas circunstancias, se ponía "detrás de nuestro capitán, en primer tiempo de saludo", tal vez no el tipo de incondicionalidad más adecuado para el primer ministro de una democracia. Quizás uno, como va cumpliendo años -enfermedad política que denunciaba hace poco en estas mismas páginas Suso de Toro, a quien cabe suponer venturosamente libre de ella- conserva el recuerdo de otra época en la que las personas de izquierdas podíamos ser muy críticas y hasta en ocasiones hostiles hacia otro gobierno socialista, o por lo menos no incondicionales hasta la genuflexión, hasta las lágrimas. No digo que no haya motivos para oponerse a una deplorable Oposición, avinagrada y sombría, que no parece capaz de desprenderse de su propio delirio de conspiraciones, y en la que todo el talento de sus dirigentes da la impresión de estar puesto al servicio, sin duda generoso, de favorecer a sus adversarios. Lo que me sorprende es este nuevo concepto de la rebeldía y de disidencia, que consiste en rebelarse contra los que no están en el poder y en disentir de casi todo salvo de las doctrinas y las directrices oficiales. El delirio perfecto, sin duda: disfrutar de todas las ventajas de lo establecido imaginando confortablemente que uno vuelve a vivir en una rejuvenecedora rebeldía, inconformista y a la vez enchufado, obsequioso con el que manda y sin remordimientos de conciencia, gritando las viejas y queridas consignas, como si el tiempo no hubiera pasado, en la zona VIP de las manifestaciones, enaltecido a estas alturas de la edad por una cápsula de Viagra ideológica.

Antonio Muñoz Molina es escritor.

Publicado por Órdago a las Enero 27, 2007 06:29 PM

RAJOY, ZAPATERO Y LA REFORMA CONSTITUCIONAL, Luis Maria Anson, El Imparcial

No se puede reformar la Constitución sin un pacto entre el PP y el PSOE. La mayoría cualificada de dos tercios exige la alianza entre los dos grandes partidos nacionales. En la legislatura pasada, el presidente Zapatero, que hace siempre de listo, decidió sortear la exigencia constitucional de los dos tercios maniobrando a través de unos Estatutos autonómicos, sobre todo el catalán, para cuya aprobación sólo se precisa de la mayoría absoluta de la Cámara. Contando con un Tribunal Constitucional altamente politizado, se podía introducir de tapadillo, se ha introducido tal vez, alguna reforma de hecho en la Carta Magna, dejando con dos palmos de narices al incauto Rajoy. El líder de la oposición forcejeó todo lo que pudo para impedir que el TC se pronunciara políticamente sobre el Estatuto catalán. El asunto todavía está en el alero aunque con clara inclinación zapateresca.

Alex Vidal-Quadras, con el buen sentido que siempre le ha caracterizado, ha puesto en marcha la operación conducente a que PP y PSOE se sienten a la mesa de negociación para tratar de una reforma constitucional, cuyo fondo no es el que auspicia María Teresa Fernández de la Vega. Lo importante no es la modificación del Senado ni suprimir la discriminación por razón de sexo en la sucesión a la Corona. La clave, hoy, de una reforma constitucional consiste en cerrar el Estado de las Autonomías. Ni una transferencia más ni una concesión más. Y, por añadidura, el Estado debe recuperar plena competencia en materia de Educación.

Lástima que el PP ande paralítico y en silla de ruedas, sin capacidad de hacer una oposición seria ni de llegar a fórmulas de reforma constitucional. Al pueblo español le conviene que se supere cuanto antes el espectáculo que están dando los mequetrefes, los pelotas y los que se aferran desesperadamente a sus poltronas. La sede del PP en la calle Génova se está convirtiendo en un patio de monipodio.

El Imparcial

A mariano digital

sábado, 17 de mayo de 2008

Pero ¿a qué tipo de recesión nos enfrentamos? Roberto Centeno

El Disparate Económico / 14.05.2008 / La Linterna de COPE

El dato de crecimiento publicado hoy por el INE, un 0,3% en el primer trimestre equivalente al 1,2% en términos anualizados, ha sorprendido al mercado que no esperaba tal frenazo en seco, tanto que uno se pregunta a qué narices dedican su tiempo muchos analistas y alguna prensa especializada, porque las cifras eran de sobra conocidas, al menos desde hace un mes, y no solo conocidas sino peores, y las hemos comentado aquí bastante tiempo, y es por ello que quisiera centrar el disparate de esta semana en ofrecerles una visión lo más clara posible de lo que está pasando y de lo que está por llegar.

Lo primero resulta obvio: la economía está en recesión, el PIB real lleva cinco trimestres consecutivos bajando y desde abril en tasas negativas del orden del -0,4%. Pero la situación es aún más grave, porque se le suma una elevada inflación, es decir, una estanflación, que es el peor de los escenarios posibles. La última vez que ocurrió en España durante el desastre, político y económico, de la Transición, el paro llegaría al 24%, y nuestra renta relativa a los 9 países (1) que entonces componían la Comunidad Económica Europea se hundiría de tal modo, que todavía hoy no hemos conseguido superar el nivel de convergencia real alcanzado por el último gobierno del general Franco con este grupo de países, un 81,4% en 1975 frente al 78,2% en 2.007.

Y lo segundo es, ¿a qué tipo de recesión nos enfrentamos? Algunos economistas utilizan el símil de la V, la U y la L. Una V sería una recesión de breve duración. Y la U, sería una recesión más o menos prolongada, que es ahora la opinión de Solbes, un farsante que no ha parado de mentir, y que dicen que terminará en 2010, pero sin dar la más mínima explicación de cómo ni por qué, o sea una nueva tomadura de pelo en toda regla.

Y no terminará en 2.010, por la sencilla razón que estamos ante una recesión de carácter estructural, consecuencia del agotamiento de un modelo económico tercermundista basado en el endeudamiento masivo, el fuerte crecimiento de población, y con salarios y productividad muy bajos, y para el que no tenemos alternativa. Es decir, nos encontramos ante una L, una recesión similar a la japonesa de 1992, que puede durar años. No hay ni un solo elemento en nuestra mano, ni uno solo, que permita pensar en una recuperación, ni ahora ni en un futuro previsible.

Para empezar, carecemos de las únicas herramientas macro-económicas que podrían ayudar: los tipos de cambio y los tipos de interés. La entrada en el euro hace diez años sería el detonante de una fuerte etapa de crecimiento, pero ahora, y parafraseando a Keynes, el euro se ha convertido en un auténtico dogal de oro para nuestra economía. Es por eso que el Financial Times afirmaba hace unas semanas, que España solo podría corregir sus desequilibrios fuera del euro.

Y para seguir, estos desequilibrios son ya inasumibles. Un endeudamiento y un déficit exterior escalofriantes, y un estado dividido en reinos de taifas con un coste cuatro veces superior al necesario, y con el mayor nivel de despilfarro y corrupción de toda nuestra historia. Además hemos perdido la mayoría de los fondos europeos, por la desastrosa negociación de Zapatero, y lo que es peor, tendremos que pagar el 27% de la ampliación – 40.000 millones de euros de 150.000 - aunque nuestro PIB es solo el 6% del total. Y para rematarlo no hemos adaptado en absoluto nuestra economía a la globalización.

Y así las cosas, una mayoría afirma preferir a Zapatero para resolver la crisis, pues ya lo saben, no piensa hacer absolutamente nada porque no hay ninguna crisis. Las prioridades ya anunciadas por el mayor déspota de nuestra historia moderna son otras: la persecución de la Iglesia y de la fe católicas, la destrucción de la Constitución y de las libertades esenciales, y su perpetuación en el poder vía cambio de la ley electoral. Y mientras tanto, la mitad de las familias, más de siete millones, apenas pueden llegar ya a fin de mes, dos millones y medio de hogares tienen capital negativo pues sus casas valen menos que las hipotecas, y más de medio millón tienen a todos sus miembros en paro, y para rematarlo la seguridad social es insolvente, pues los pasivos exceden en un 31,4% a los activos. Así que nada, a disfrutarlo y vivan las “caenas”, y a partir del otoño ni les cuento.

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domingo, 11 de mayo de 2008

Conferencia de Juan Carlos Girauta (Libertad Digital, 11-5-07)

NUEVO NÚMERO DE LA ILUSTRACIÓN LIBERAL

Nacionalismo, cultura y homogeneización social. El caso catalán

Por Juan Carlos Girauta

¿Qué es cultura para los nacionalistas? Cultura es lo que ellos digan. Cultura es sólo lo que el nacionalista decide que es cultura. Ni más ni menos. Por ejemplo, cultura catalana es lo que digan las autoridades políticas catalanas, nacionalistas hasta el paroxismo, nacionalistas hasta el envenenamiento.
Esto se ha visto en la reciente Feria de Frankfurt: la cultura catalana incluiría las vulgaridades de la valenciana Isabel-Clara Simó, pero no a grandes escritores catalanes como Juan Marsé, cuyas mejores novelas son incomprensibles sin el Guinardó, sin la Barcelona de los años 50 y 60, sin ejemplares humanos como "el pijoaparte", que no respira, que no existe sin Barcelona. De algún modo, Barcelona también es incomprensible sin la obra de Juan Marsé.
Esto nos conduce a una pregunta que lanzo muy en serio a los nacionalistas: para ustedes, ¿Barcelona es Cataluña? ¿O Barcelona es acaso una inconveniencia, una incomodidad que alberga a la mitad de los catalanes? Lo pregunto, repito, con toda seriedad, porque al nacionalismo paleto que ha ocupado la vida pública catalana el hecho urbano le repele. No lo soporta porque lo urbano, la ciudad, es el entorno de los libres, acoge el principio de civilización, niega una por una todas las premisas sobre las que se levanta la nación de los nacionalistas, que es lo contrario al Estado-nación, ese ámbito histórico de las libertades y los derechos individuales, de la autonomía individual, de la libertad de expresión y de creación, del sagrado núcleo en el que los poderes públicos no deberían jamás entrometerse. Eso es un logro de la civilización, de la civilidad, que sólo garantizan los Estados-nación occidentales (y los orientales que siguen su modelo). Así es, así ha sido la historia. De ahí lo absurdo de tildar de nacionalista a cualquiera que invoque el nombre de una nación.
Por qué los liberales gaditanos no somos nacionalistas
Los liberales que defendemos la idea nacional de España, la España gaditana, la de la irrupción en la historia del pueblo español como sujeto soberano compuesto por hombres libres e iguales ante la ley, no somos nacionalistas. Somos lo contrario a un nacionalista.
Siguiendo a Ernest Gellner, el nacionalismo es una ideología que busca, por definición, operar sobre la realidad. Pero esa operación, esa actuación, va siempre en el mismo sentido: el sentido de armonizar, de homogeneizar, de igualar con un mismo rasero… la cultura. Y luego todo lo demás. El nacionalismo es el primer enemigo de la diversidad, diga lo que diga la propaganda nacionalista catalana. Como el actual nacionalismo catalán es además una catástrofe de incultura y se ha abismado en el analfabetismo funcional, los nacionalistas (y en esto les sigue muy de cerca el Partido Socialista, tanto el que ha devenido nacionalista como el que sólo ha decidido rendirse al nacionalismo) confunden lo plural con lo diverso. Repiten como un mantra lo de la "España plural", cuando en realidad se refieren a la España diversa.
Para diversa, por cierto, Cataluña. Y no me refiero sólo a la inmigración extranjera, que se ha multiplicado en los últimos años. Me refiero a lo evidente: el bilingüismo. No es simplemente que Cataluña sea una comunidad bilingüe; es que es perfectamente bilingüe. Los catalanes pasamos de un idioma a otro en la misma conversación sin darnos ni cuenta. Una mitad tiene el castellano como lengua materna; otra mitad tiene el catalán. Esta obviedad no encuentra reflejo en la vida pública porque todo lo público ha sido tomado por los nacionalistas, sean declarados, sean vergonzantes.
Una de las cosas más irritantes –entre las muchas cosas irritantes que hace el nacionalismo– es eludir la obviedad de que en Cataluña los poderes públicos discriminan el idioma castellano (la obviedad de que los padres no pueden escoger la lengua de escolarización de sus hijos; la obviedad de que existen multas lingüísticas a los comercios) mediante el expediente de recordar que en Cataluña no hay ningún conflicto lingüístico. Esto es de una perversión casi insuperable. ¡Claro que en Cataluña no hay un conflicto lingüístico! No lo hay gracias a la sociedad catalana, que es infinitamente más sensata que aquellos a quienes encarga la tarea de gobernarla. No lo hay a pesar de todas las temeridades cometidas por el nacionalismo gobernante. Así pues, aquello que constituye una virtud de civilidad y de tolerancia de la sociedad catalana es usado por su clase política para esconder las operaciones liberticidas y discriminatorias que lleva a cabo a diario con su gente. En conclusión: en Cataluña no hay conflicto lingüístico… a pesar de la violación masiva de derechos que cometen sus gobernantes nacionalistas.
Siendo el nacionalismo, y sigo con Gellner, siempre homogeneizador, siempre armonizador; estando siempre dispuesto a eliminar las diferencias, y luego a limar las disidencias, y eventualmente a aplastarlas, resulta bastante fácil de entender que todo nacionalismo es intervencionista por definición. Siempre trabaja para modelar la sociedad, siempre acaba (o empieza) entregándose a la ingeniería social. Por eso no hay nacionalismo liberal. Es imposible. Yo sé que esto irrita mucho a algunas personas valiosas, que son nacionalistas y que son liberales… en lo económico; pero que en cuanto abandonan el terreno de la economía parecen enloquecer y adoptan el mismo discurso colectivista, grupal, tribal, antimoderno, historicista, esencialista y antiindividualista que el resto de nacionalistas.
No pueden evitarlo porque todos estos males están en la raíz del nacionalismo. No del Estado-nación, repito, sino del nacionalismo, esa excrecencia del romanticismo capaz, con el tiempo, de provocar guerras, forzar desplazamientos de poblaciones y operar exterminios. El nacionalismo, si le seguimos la pista, nos acaba remitiendo al romanticismo alemán. Es un fenómeno europeo que explota en el siglo XIX. Si estiramos de la raíz hasta extraerla del todo, hallamos su origen en el Sturm und Drang, el movimiento con marchamo artístico de finales del siglo XVIII que, de la mano de Herder, condujo al nacimiento del romanticismo. De la mano de Herder y pasando por Goethe, el gran Goethe en quien Milan Kundera ve a un gran ilustrado y, a la vez, a su opuesto, el más eficaz enemigo de la razón; padre, de algún modo, del romanticismo.
Las raíces del nacionalismo están ahí, el nacionalismo es la cara monstruosa de un movimiento que empieza siendo artístico y que pronto conlleva una nueva cosmovisión. Se trata de la negación de las luces, de la negación de la razón, de la negación del sujeto como centro.
Friedrich Nietzsche.Es interesantísimo el trabajo de Juan José Sebreli, en cuya última obra: El olvido de la razón, imprescindible, da cuenta de una inquietante coincidencia: los maestros de pensamiento que han condicionado, que han determinado la vida intelectual, el trabajo universitario, el pensamiento primero y, finalmente el conocimiento convencional de la izquierda tras la Segunda Guerra Mundial tienen las mismas raíces antiilustradas y antirracionalistas: el Sturm und Drang que rebota en Nietzsche, de ahí pasa a Martin Heidegger y de ahí a todos los círculos universitarios occidentales de izquierda. Estructuralistas y post-estructuralistas estarían aquejados del mismo mal que los nacionalistas; pensadores que hoy ya casi nadie lee pero que han condicionado fuertemente la vida intelectual de occidente, de Lacan a Althusser, y de Levi Strauss a Foucault, llevan todos el sello del filósofo nazi Heidegger. De él habrían heredado no sólo su profunda aversión a la razón ilustrada, también el gusto por el lenguaje críptico e iniciático. Ya ven dónde se han ido a encontrar las izquierdas y el nacionalismo.
El nacionalismo desdibuja al sujeto en beneficio del grupo. Pero el grupo no es real. Es un grupo ideal. Es un grupo artificial, en la medida en que la sociedad es compleja (cada vez más compleja, por cierto) y no se deja atrapar fácilmente por modelos simples y preestablecidos. El nacionalismo trabaja, así, en una apremiante e incansable simplificación de lo complejo. El problema, claro está, es que esa complejidad es un conjunto de seres humanos. Para que esa suma de individuos –que ellos ven como un todo homogéneo con derechos propios, colectivos, que priman sobre los individuales– no prevalezca, hay que eliminar lo diferente. Y, a menudo, eliminar lo diferente significa eliminar al diferente. Eliminar al disidente. Por lo pronto, mediante el asesinato civil. De "muerte civil" ha hablado justamente Albert Boadella en la presentación de su último libro, Adiós Cataluña. Una obra que habrá que leer, y que seguro que nos divertirá, aunque en el fondo es una obra triste, pues constata una claudicación: "El nacionalismo ha podido conmigo". Eso es lo que viene a decirnos.
Andanzas del nacionalismo catalán reciente
Ahora que conocemos las pautas de actuación de esa ideología, hagamos un pequeño ejercicio de memoria sobre el nacionalismo catalán de los últimos treinta y tantos años.
Quiero puntualizar que no hay prácticamente nacionalismo catalán mientras Franco vive. Hay unos cuantos curas, más o menos trastornados, que a su vez trastornan a Jordi Pujol y le convencen de que tiene un cometido histórico, de que es un elegido, de que está llamado a liberar a esa doncella presa que es Cataluña en su imaginación. Una imaginación, por cierto, cuyos rasgos febriles no le impiden desarrollar espléndidos negocios familiares. El nacionalismo como vía de enriquecimiento personal es otro asunto que merece un seminario monográfico.
Francisco Franco, en el primer Desfile de la Victoria.La burguesía catalana (sea lo que sea tal cosa) ha tenido que inventarse aprisa y corriendo su pasado para no pasar por la vergüenza de reconocer que fue ella quien, antes del advenimiento de la Segunda República, aupó a Primo de Rivera al poder; para no tener que recordar cuánto le debe a Franco, al proteccionismo franquista, que además de permitirle recuperar las fábricas que le habían arrebatado los amigos de Companys le permitió asimismo enriquecerse con un mercado cerrado a las manufacturas extranjeras, cuya entrada libre habría supuesto su hundimiento inmediato. Habría supuesto el fin de casi toda esa clase, ya muy mezclada, que presume de antifranquista cuando Franco lleva 32 años muerto. Una clase que vive sobre una gran mentira, que ha tenido que retorcer su memoria y su imaginación para hacernos creer (y para creerse ella misma) que estaba luchando contra la dictadura franquista cuando se iba de excursión a la montaña, cuando acudía a misa en catalán o cuando gritaba al árbitro en el campo del Barça. Ésas son las paupérrimas credenciales antifranquistas de la burguesía catalana, alta y baja. No busquen más porque no encontrarán nada. Bien, encontrarán unos cuantos individuos más o menos dignos, más o menos temerarios. No una clase. No un segmento social. Ni muchísimo menos una Cataluña antifranquista.
Pero vayamos al grano, que en el grano está además la conclusión y el final de esta intervención, que empieza a alargarse demasiado. ¿Cuál ha sido la forma de operar de este nacionalismo que nos cabe en la memoria?
Jordi Pujol creó CDC con un puñado de personas y a golpe de talonario en el año 1974. Tiene su mérito, porque Franco aún vivía. Y además Pujol es de los pocos nacionalistas –entre los que pronto tendrían poder– que había pasado por la cárcel. Había algunos grupos independentistas, cuatro gatos a veces financiados también por Pujol, que invirtió mucho en políticos (incluidos políticos socialistas). Situémonos en la segunda mitad de los años 70, y encontraremos un nacionalismo muy minoritario que se confundía con quienes reclamábamos libertades democráticas. Quizá porque no eran muchos, o quizá porque nadie supo verles el plumero, aparecía ya ahí una disonancia que acabaría siendo fatal. Unos defendíamos (me incluyo aunque era muy joven, un adolescente, pero un adolescente militante y motivado) las libertades y derechos democráticos, e incluíamos la reivindicación de un estatuto de autonomía para Cataluña. Ellos estaban ya pensando en otro concepto de derechos: los derechos colectivos, que no son propiamente derechos. No para mí, que no concibo más que derechos individuales. El manido derecho de autodeterminación es un constructo político-jurídico de Woodrow Wilson pensado para solucionar el problema del disuelto Imperio Austrohúngaro al finalizar la Primera Guerra Mundial. Luego la autodeterminación de los pueblos ha de entenderse siempre referida a los procesos de descolonización, y en concreto a la descolonización africana de finales de los 50 y de los años 60. Digan lo que digan los nacionalistas, no existe en el Derecho Internacional amparo, bajo tal derecho, para la segregación de un territorio miembro de las Naciones Unidas.
Jordi Pujol.Tras aquella mezcla de progresistas y nacionalistas, que al final acabó aceptando el modelo de transición democrática que habían diseñado los franquistas (básicamente porque dicho modelo –reforma frente a ruptura– contaba con el apoyo masivo del pueblo español), se da un segundo paso que tendrá una importancia capital y que marcará nuestro futuro: la rápida ocupación (o captación para su causa) de todos los centros de decisión. Centros de decisión políticos, financieros, empresariales, asociativos, universitarios, mediáticos. Hago hincapié en que la toma fue muy rápida. Y en que Jordi Pujol sustituyó –para nuestra desgracia– a Josep Tarradellas al frente de la Generalidad, al ganar las elecciones contra todo pronóstico. Contra todo pronóstico simplista, habría que añadir, que es el tipo de pronóstico que hacía una izquierda inconsciente de que Pujol llevaba muchos años sembrando y de que tenía medios para financiarse una campaña como Dios manda. Y que su campaña fue eficaz porque supo transmitir una imagen institucional y seria que contrastaba con la desmelenada progresía de la época. Aunque nos creyéramos los reyes del mambo, el catalán de a pie creía poco en nosotros.
El siguiente paso, una vez tomados todos los centros de decisión importantes, e investido el nacionalismo de respetabilidad institucional y de legitimidad, fue el inicio de una era de estomagante victimismo que caracterizó la larga etapa de transferencias de poder, de competencias y de presupuesto. Ahí empezó a ponerse de manifiesto lo que hoy sabe cualquiera: que el Título VIII de la Constitución era una calamidad, y que el prolijo listado de competencias exclusivas del Estado del artículo 149 era, a la hora de la verdad, papel mojado cuando el poder central de turno echaba mano del agujero negro del artículo 150.2 de la Constitución, que reza:
El Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante Ley Orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación. La Ley preverá en cada caso la correspondiente transferencia de medios financieros, así como las formas de control que se reserve el Estado.
Época, pues, de rentable victimismo y de acopio de poderes y competencias. Y también de un incipiente autoritarismo de quienes siempre estaban dispuestos a sentir su orgullo herido, o a simularlo. Trazos inseparables del nacionalismo. Habrá también, desde el primer momento, esporádicas sacudidas terroristas (me refiero a Cataluña, no al País Vasco, donde esto es obvio, dolorosamente obvio), cuando sea necesario. Por ejemplo, cuando una parte importante de la sociedad civil, constituida sobre todo por docentes, desafió el estado de cosas con la iniciativa del Manifiesto de los 2.300.
Bastó un rápido secuestro y un tiro al segundo firmante, que abandonó Cataluña, para que le siguieran millares de profesores, en un éxodo silencioso que merece un lugar destacado en la historia de la infamia de nuestra democracia. La prensa catalana reaccionó al unísono: Federico Jiménez Losantos, la víctima, se lo había buscado. A día de hoy, TV3, en manos del segundo Tripartito, sigue asumiendo el lenguaje y la lógica de los terroristas de Terra Lliure. Afirman que el atentado logró sus efectos, y no les falta razón. Con lo que no contaban es con que la voz de la víctima se les iba a colar por los aparatos de radio muchos años después.
Siguiente etapa. Una vez consolidada una sociedad civil a imagen y semejanza de la clase política, Cataluña sufre una inaudita suplantación. La sociedad real está muda. Es la era de Matrix, de la realidad virtual, o, si prefieren, de la negación sistemática de la realidad. No en balde los intelectuales que impulsaron la formación política Ciudadanos en aquella época tan reciente, y a la vez tan lejana, en que el PPC carecía de discurso se refirieron a menudo a un objetivo estremecedor: restablecer la realidad.
Los resultados de la suplantación están a la vista cada vez que se llama a los catalanes a votar: la sociedad catalana paga con la misma moneda y se desentiende de sus políticos. Como si no existieran. Entramos en altísimos índices de abstención y se confirma el divorcio entre la sociedad catalana y su clase política. Divorcio también entre la "sociedad" (entre comillas) –el gran pesebre que pagamos todos– y la sociedad (sin comillas), el conjunto de los individuos catalanes. Y con todo ello, crisis de legitimidad y creciente déficit democrático.
Hoy estamos en la etapa siguiente, la etapa en la que se encienden las luces rojas, la etapa en que deberían dispararse todas las alarmas: el autoritarismo es abierto, indisimulado. Pasa por el recrudecimiento de las multas lingüísticas a los comercios, por el incumplimiento de las sentencias que contrarían los planes nacionalistas, y por el desafío al Estado democrático y a las instituciones nacidas en el 78 mediante la política de hechos consumados. El ejemplo más vistoso es el nuevo estatuto, sus pretensiones de Constitución alternativa, la negación de los principios de la Constitución del 78 (empezando por su artículo 2) y la condena al ostracismo y a la muerte civil de cualquiera que se atreva a contarlo.
En éstas estamos.
NOTA: Este texto es una versión editada de la conferencia que, con el mismo título, JUAN CARLOS GIRAUTA pronunció en la Universitat Abat Oliba CEU (Barcelona) el 20 de octubre de 2007, y que ha recogido íntegra LA ILUSTRACIÓN LIBERAL en su último número.

Libertad Digital

Mentiras y falsedades sobre la historia de Ibiza, por Toni Bonet


He leído últimamente algunas cartas que, bajo premisas falsas, intentan justificar algunas actitudes actuales hacia la lengua española. No es mi intención negar la inequívoca influencia de los oriundos de tierras que más tarde conformarían la Cataluña de hoy, más bien al contrario. Los usatges o la estructura político-administrativa, son un magnífico legado del que no podemos sino sentirnos orgullosos. Dicho esto, la exaltación de unas virtudes no debiera ser el cadalso sobre el que se ejecutaran otras. Ibiza ha sido, desde sus orígenes, receptora de las más diversas nacionalidades y lenguas e integradora de diferentes culturas. Pero quizás esa pasividad y afabilidad del ibicenco sea la que esté permitiendo imposiciones lingüísticas como las del barceloní y el gironí en detrimento de nuestro eivissenc, o liberticidios en las aulas como la prohibición del castellano, emasculando de cuajo los derechos que deberían asistir a todos los españoles. Detallo aquí algunas de las mentiras sobre las que se sustenta el nacionalismo catalán en las islas, que aun repetidas mil veces, seguirán sin ser verdad.
Es falso que fuese una conquista catalana. No es correcto hablar de conquista catalana, de la confederación catalano-aragonesa ni de la corona catalano-aragonesa, denominaciones todas ellas politizadas e interesadas. Dichas expresiones excluyen los reinos de Valencia, Mallorca, Sicilia o Cerdeña. La denominación idónea es la de «reconquista cristiana», tal como lo hizo nuestro historiador Isidoro Macabich. Extracto alguno de los motivos que movieron a Jaime I a emprender la contienda, expuestos ante las Cortes de Aragón: «...Nós ho fem, la primera cosa, per Deu, la segona, per salvar a Espanya; la terça, que nós e vós hajam tant bon preu e tant gran no que per nós e per vós és salvada Espanya». Curiosamente cita a España.
La denominación de «cristianos» y «sarracenos» es la habitual en la documentación de la época para englobar justamente a los intervinientes en la conquista: catalanes, aragoneses, portugueses, italianos, castellanos, ...
Por otra parte, las alianzas extranjeras y la ayuda exterior eran frecuentes, como demuestran los pactos con genoveses, pisanos, o sicilianos, como por ejemplo el la cruzada catalano-pisana de 1114 e incursiones posteriores en el archipiélago.
A diferencia de la conquista de Mallorca, en la que participó directamente el rey Jaime I, la conquista de Ibiza y Formentera fue una empresa feudal en la que participaron Guillermo de Montgrí (ampurdanés), Pedro de Portugal y el Conde Nuño Sanz (rosellonés) y acordaron el reparto de las mismas según las fuerzas aportadas por cada uno, reclutando sus huestes principalmente en los ámbitos de sus respectivos señoríos.
Es falso que Ibiza se repoblara con catalanes. «...A christianis habitari coepit», según fuentes de la época, las islas empezaron a ser habitadas por «cristianos», termino justo que incluía también a los que no eran catalanes.
Isidoro Macabich consiguió desgranar una significativa relación de apellidos. Junto a una mayoría del Ampurdán (Joan, Carbonell, Picó, Palau, Prats...) se registran gran cantidad de nombres franceses, italianos, castellanos, portugueses y vascos (Navarro, Gamondí, Anglada, García...). Si nos puede servir de ejemplo, en la parte mallorquina de Nuño Sanz, se establecieron 27 catalanes, 20 franceses, 10 italianos, 7 aragoneses, 5 navarros y 20 judíos.
Es falso que Jaime I fuera un rey catalán. Jaime I, nacido en Montpellier, fue rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, conde de Barcelona y de Urgel, señor de Montpellier y de otros feudos en Occitania. Cataluña, de hecho no existía como tal y nunca fue un reino, dicho sea de paso.
Parece un ejercicio de responsabilidad echar un vistazo a los libros de nuestros hijos, especialmente a los de Historia y a los de Lengua y Literatura Catalana para tomar medidas. Para acabar, felicito a los que han osado cuestionar públicamente las bondades de la apisonadora catalanista, bien lubrificada con el dinero de todos.




sábado, 10 de mayo de 2008

Azaña y Zapatero, por Luís María Anson, El Imparcial

“Cataluña se constituye en región autónoma dentro del Estado Español”. Esto es todo lo que concedió la II República a la voracidad del nacionalismo catalán. Azaña se mostró irreductible en educación, artículo 7 del Estatuto: “Garantías recíprocas de convivencia y de igualdad de derechos para profesores y alumnos”, “a las lenguas y a las culturas castellana y catalana”, “siempre con arreglo a lo dispuesto en el artículo 50 de la Constitución”. Ese artículo, el 50 de la Constitución de la II República, exigía el “estudio de la lengua castellana” y que ésta se usara “como instrumento de enseñanza en todos los centros de instrucción primaria y secundaria de las regiones autónomas”.

Ortega y Gasset, con su lucidez clarividente, se enfrentó, a pesar de todas esas cautelas, a Azaña y en su célebre discurso de 13 de mayo de 1932, en el Congreso de los Diputados, acusó al presidente del Gobierno de “increíble ingenuidad” y vaticinó que los partidos nacionalistas devorarían el Estatuto hasta extirpar la idea de España de sus territorios.

“Increíble ingenuidad”. Todo lo que está ocurriendo con el castellano en Cataluña y el País Vasco lo anticipó ya Ortega y Gasset en 1932. El voluntarismo se estrella contra la realidad de los que se han propuesto, con grave perjuicio para vascos y catalanes, extirpar en sus regiones el estudio del castellano, segunda lengua del mundo. Inútil hacerse ilusiones. Zapatero ha inclinado ya la cerviz y no cumplirá ni en el estudio del castellano ni en la bandera lo que exige la Constitución. Necesita los escaños de los partidos nacionalistas vascos y catalanes porque no quiere alinearse con el PP, y el resultado es la interminable caravana de concesiones que anticipó Ortega y Gasset hace 75 años.


Enlace El Imparcial

A mariano digital

jueves, 8 de mayo de 2008

El cupo vasco, por Mikel Buesa, ABC (6-VIII-2007)

EL CUPO VASCO

Vuelve la negociación del “cupo vasco”, ese arcano al que más o menos cada cinco años, desde que en 1979 se aprobara por primera vez bajo el régimen democrático, aluden las componendas presupuestarias entre el grupo vasco y el gobierno nacional. En estos días, como ya ha ocurrido en anteriores ocasiones, se ha vuelto a amargar con la misma amenaza; y así, hemos oído decir al portavoz del PNV en el Congreso que “su apoyo a los presupuestos del Estado estará condicionado al desenlace que tengan las negociaciones de los ejecutivos central y de Euskadi sobre el cupo vasco”. Y también se ha dicho que, aunque el Ministerio de Economía quería revisar a fondo la metodología de su cálculo –porque en esa instancia gubernamental sí se sabe que el País Vasco paga menos que lo que le corresponde-, el partido nacionalista ya le ha hecho saber que la renuncia a ese planteamiento es imprescindible para poder hablar de los presupuestos.

El cupo vasco es uno de esos conceptos enrevesados que, como ha destacado el profesor Víctor Serna en un trabajo reciente, “el ciudadano vasco medio no sabe a qué responde... ni cómo se fija su cuantía”, y lo mismo ocurre, añade, con una buena parte de los Consejeros del gobierno regional. Y es que, siguiendo una tradición inveterada que se remonta al período de la Restauración –no olvidemos que se debe a Canovas del Castillo la ley de 21 de julio de 1876 “para que las provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava contribuyan, con arreglo a la Constitución del Estado, a los gastos de la Nación y al servicio de armas”-, al cupo se le ha rodeado siempre de una aureola de misterio, como si fuera un enigma para iniciados, lo que no ha hecho sino ocultar la pedestre realidad de que la aportación de los vascos a esos gastos ha estado siempre por debajo de lo que correspondería a su nivel de renta.

Sin embargo, el cupo tiene poco misterio. En realidad no se trata más que de valorar, a partir de los presupuestos, cuál es el coste de las competencias que ejerce el Estado y no la Comunidad Autónoma, atribuyéndole a ésta un porcentaje de aquel. La cantidad resultante se minora en función de las cargas impositivas y los ingresos no tributarios del Estado que soportan los ciudadanos del País Vasco y que no corresponden a su singular sistema fiscal, a lo que se añade la parte proporcional del déficit público, para dar como resultado una cifra que, con otros ajustes menores, acaba siendo la que la administración vasca ingresa en las arcas del Estado. Por tanto, lo que cabría esperar en las negociaciones sobre el cupo es una discusión más bien técnica, referida a esta o aquella competencia administrativa o a las cifras de este o aquel impuesto, así como a la determinación del porcentaje en el que ha de contribuir la región. Y nada más. El cupo vasco sería de ese modo algo tedioso, aunque transparente. Y el concierto económico no pasaría de ser un singular sistema de gestión de los ingresos y gastos públicos, producto de la historia, pero sin ninguna connotación de privilegio con respecto al régimen común que se aplica en las demás Comunidad Autónomas.

Pero no es así. Para empezar, el PNV considera indiscutible la proporción en la que ha de contribuir el País Vasco a los gastos del Estado, a la que en la jerga del cupo se conoce como índice de imputación. En 1979, se fijó en el 6,24 por ciento, pues en aquel momento ése era el tamaño promedio de Euskadi dentro de España, teniendo en cuenta su actividad económica-medida por el PIB- y su población. Y desde entonces no se ha cambiado esa cifra a pesar del continuo decaimiento de la economía vasca dentro de España, un hecho éste que al parecer los nacionalistas no están dispuestos a admitir. Aún así, es indiscutible que la aplicación de la metodología de aquel año 2006, última de las fechas para las que se dispone de los datos de la Contabilidad Regional, daría como resultado una aportación de sólo el 5,43 por ciento.

¿Por qué, entonces, los nacionalistas prefieren mantener el índice de imputación del 6,24 por ciento y, aparentemente, pagar más? La respuesta a esta cuestión no alude a ningún chauvinismo ni confusión patriótica. Se trata simplemente de que lo que se pretende es sostener, en la actual negociación del cupo, una línea continuista con las cifras del último quinquenio. O sea, sorpréndase el lector, con el cupo que se negoció en 2002 con el gobierno de Aznar. No es de extrañar, pues en aquella ocasión los nacionalistas lograron colar en la determinación del cupo provisional para ese año unas cifras irreales que les beneficiaron sobradamente. Para empezar los gastos del Estado se cuantificaron en casi 30.000 millones de euros más de los que figuraban en los créditos aprobados por las Cortes. Esta mayor cuantía –que iba en detrimento de las arcas vascas- se vio compensada por la fijación de la deducción en virtud del déficit presupuestario a partir de una cifra desorbitada: 32.916 millones de euros, cuando lo que figuraba en las cuentas públicas eran sólo 3.674 millones. El resultado no fue otro que, mediante la aplicación del índice de imputación, el gobierno vasco se dedujo 2.054 millones en vez de sólo 229. Y la consecuencia final de todo ello fue que el cupo del año base –o sea, 2002- se fijó en 1.035 millones de euros, cuando, de aplicarse la misma metodología a las cifras reales, se habría obtenido un cupo de 1.999 millones de euros.

Ahora bien, en aquella ocasión también se podría haber utilizado, además de las cifras presupuestarias reales, un índice de imputación que reflejara la verdadera importancia de la economía vasca dentro de España. En tal caso, de seguirse el mismo procedimiento de cálculo que en 1979, tal índice habría sido el 5,59 por ciento. Y entonces de los cálculo que he resumido en el párrafo anterior se habría derivado un cupo para 2002 de 1.755 millones de euros. Digámoslo de otra manera, el gobierno vasco, como fruto de su habilidad negociadora, siempre tildada de victimismo, logró apropiarse de 964 millones de euros –según su imaginaria idea del o que el País Vasco cuenta en la economía española- o de 721 millones-según los cálculos más realistas que acabo de exponer. No son cifras nada baladíes, pues equivalen al 2,1 por ciento del PIB vasco, en el primer caso, o al 1,6 por ciento, en el segundo. Y reflejan una transferencia que se ha hecho desde el resto de España al País Vasco para aumentar la renta disponible de sus habitantes, siendo así que éstos cuentan con un nivel de vida superior al de los demás españoles.

Digamos para terminar que el resultado de todo lo anterior para el quinquenio en el que ha estado vigente la última metodología del cupo, no ha sido otro que un engorde irregular de las arcas de la hacienda vasca en más de 4.000 millones de euros, realizado en virtud de un procedimiento de cálculo legal, pero tramposo. Por ello, se puede concluir, siguiendo otra vez al profesor Serna, que “el concierto económico no tenía por qué ser un privilegio, pero lo ha sido y lo es...debido a que se falsean las cifras para calcular el cupo...utilizando el chantaje político”. Aún se está a tiempo para evitar que, en las próximas semanas, vuelva a ocurrir lo mismo, esta vez con el beneplácito de un gobierno socialista del que cabría esperar todo lo contrario, si es que de verdad su proclamada idea de promover la igualdad entre los españoles pasa de la retórica a los hechos.


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lunes, 5 de mayo de 2008

El ‘caso Taguas’ o el hedor a corrupción que despide nuestra democracia, por Jesús Cacho, El Confidencial

Criticaba yo el pasado miércoles el fichaje (je, je, je, perdonen, es que me da la risa floja) de Eduardo Zaplana por Telefónica y en el foro de aquel Con Lupa no faltaron las buenas gentes de obediencia sociata que censuraron que para criticar la conducta de Zaplana yo sacara a colación el fichaje previo, no menos llamativo, del socialista Javier de Paz como miembro del Consejo de Telefónica. Pues bien, sorpresas te da la vida que decía la canción, en la tarde de ese mismo miércoles nos enterábamos del nombramiento de David Taguas como nuevo presidente de SEOPAN, la patronal de la construcción, que es quizá el caso más llamativo, por escandaloso, de colusión entre lo público y lo privado, vale decir simplemente que de corrupción, de los muchos que se han dado en la Historia de nuestra renqueante democracia.

Y es que el caso que nos ocupa se me antoja bastante más grave que cualquiera de los habidos hasta ahora, porque afecta directamente a la presidencia del Gobierno y a la persona del Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. La salida por peteneras de David Taguas viene a certificar el fracaso sin paliativos de la que quizá fue la gran novedad del primer Gobierno Zapatero: esa pomposa Oficina Económica del Presidente, con sede en la propia Moncloa, convertida de inmediato, como no podía ser menos en un país sin tradición democrática como España y con un presidente provisto de una idea borrosa de lo que es la economía de mercado y la libre competencia, en un gran lobby al servicio de empresas constructoras e inmobiliarias.

La cierta discreción de que hizo gala, o al menos lo intentó, el primer titular de dicha Oficina, el ahora ministro Sebastián, se convirtió con Taguas en abierto compadreo. Por su despacho pasaban un día sí y otro también los grandes popes de la obra civil, los Luis del Rivero, Florentino Pérez, José Manuel Entrecanales, etcétera, que como todo el mundo sabe dependen de la obra pública que licita el Estado, y los nuevos millonarios del sector inmobiliario. Los unos para entrar a saco en el sector eléctrico, una peculiar diversificación que, huyendo de la libre competencia, como es norma en España, todavía se ciñe, se pliega, se somete más al Estado, que es quien fija la tarifa; los otros para pedir árnica cuando al crisis del ladrillo hizo su aparición estelar en la burbuja española.

Lo relataba Carlos Sánchez en este diario con ajustada crudeza: “¿Que había que articular una alternativa española a la OPA de la alemana E.On sobre Endesa? Ahí estaba Taguas -junto a su mentor, Miguel Sebastián- para favorecer la opción Acciona-Enel. ¿Que había que dejar de considerar a Panamá un paraíso fiscal para que las constructoras pudieran participar en la ampliación del canal? Ahí estaba Taguas. ¿Que había que diseñar una línea de crédito oficial para que las inmobiliarias obtuvieran liquidez? De nuevo Taguas, dispuesto a defender esta opción frente a Solbes. ¿Que había que lanzar a la opinión pública el mensaje de que la falta de liquidez podía ahogar al ‘ladrillo’? Ahí estaba Taguas para escribir los discursos del presidente”. En los últimos meses, el trabajo de este David nada ejemplar se ha centrado en sacarle las castañas del fuego a Sacyr, a cuenta del callejón sin salida en que el audaz señor de Murcia se metió con el caso Eiffage.

Pero, ¿está la Presidencia del Gobierno de un país supuestamente democrático para hacer ese tipo de “trabajos” en favor de intereses privados? ¿Han elegido los ciudadanos a Zapatero para que dedique su tiempo a defender la cuenta de resultados de cuatro o cinco grandes empresas, cuentas a menudo puestas en peligro por los groseros errores de gestión de sus directivos? ¿Es que no hay nadie, en el entorno de Moncloa o del propio PSOE, capaz de advertir la dinámica de corrupción en cadena que provoca ese tipo de servicios? ¿O es que esa ayuda presidencial sale gratis? Es obvio que no. Ahora, el señor Taguas acepta la oferta de los constructores para presidir su patronal, y los españoles tienen todo el derecho para pensar que se va para cobrar los servicios prestados.

Y no es problema de que los políticos, como se ha escrito con profusión estos días, estén bien o mal pagados. Es evidente que están mal pagados, y también lo es que si los españoles queremos tener a los mejores implicados en tareas de función pública habrá que cambiar ese estado de cosas. Pero aquí hablamos de otra cosa. Hablamos de una cuestión de orden moral que tiene que ver con la obligación de todo funcionario público, lo diga o no la llamada Ley de Incompatibilidades, no sólo de no corromperse, sino de aparentarlo; de no someterse a presiones, promesas o dádivas de los poderosos, porque estará faltando a la Ley y traicionando a quienes lo eligieron.

Pero dejémonos de eufemismos. El gran culpable de este episodio, que habla otra vez a las claras de la paupérrima calidad de una democracia que despide un insoportable hedor a corrupción, es el presidente del Gobierno, de quien directamente dependía y de quien recibía instrucciones el señor Taguas hasta hace unos días. Este es un escándalo que salpica directamente a Zapatero. Por eso, esa frase repetida con profusión por la prensa adicta, según la cual el Presidente se había sentido “desagradablemente sorprendido” por la noticia, no es sino una broma pesada. Perdón, es más que eso: es una clara demostración de falta de vergüenza democrática, porque hubiera bastado una gesto suyo para que los ricos de SEOPAN se fueran con su música a otra parte. Levitando en su nube, el señor Zapatero empieza a creer que todos nos chupamos el dedo, y lo peor es que a lo mejor no le falta razón. Tontos y consentidores.


El Confidencial


domingo, 4 de mayo de 2008

El ejemplo de Aznar, por L.M. Anson, El Imparcial

Durante varios años hice una campaña intensa para que en una eventual reforma de la Constitución figurara un artículo prohibiendo a una misma persona permanecer más de ocho años como presidente del Gobierno o de una Comunidad Autónoma. Nos hubiéramos evitado el bochorno de los 25 años de Rodríguez Ibarra, de los 24 de Chávez, de los 23 de Pujol...

José María Aznar participaba de esa idea. Al encaramarse a Moncloa, anunció que no se mantendría más de ocho años en la presidencia del Gobierno. En el 2000 triunfó por holgada mayoría absoluta. En septiembre de 2003 aventajaba a Zapatero, en todas las encuestas, por un mínimo de catorce puntos. Cumplió, sin embargo, lo prometido y dio la soberana lección de retirarse del poder cuando tenía las elecciones teóricamente ganadas. Propuso en su partido como sucesor a uno de sus mejores ministros: Mariano Rajoy.

No se equivocó en la elección. Rajoy es un formidable gestor y habría sido un excelente presidente del Gobierno. Era, sin embargo, un endeble candidato y Zapatero le fue comiendo el terreno hasta reducir su ventaja de catorce puntos a poco más de uno. La atrocidad terrorista del 11 de marzo de 2004, manipulada e instrumentalizada por los medios socialistas, desplazó definitivamente a Mariano Rajoy.

Se perdió entonces el que hubiera sido magnífico presidente y quedó sólo el endeble candidato. Aznar dio a todos la gran lección de renunciar al poder que tenía ganado por tercera vez. Rajoy no ha seguido el ejemplo del dedo que lo eligió y ha decidido seguir sacrificándose por la patria sin renunciar al poder de la oposición. Se mantiene en Génova braceando a mamporros para expeler a los que discrepan de su inusitada actitud.

El Imparcial


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