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domingo, 17 de febrero de 2008

Razas, por Jon Juaristi, ABC

RAZAS

Jon Juaristi. Diario ABC, 17-02-08


ANXO Quintana, el jefe de los antisemitas del BNG, afirma que los verdaderos gallegos no son violentos. Estos nacionalistas son la pera. Don Manuel Murguía, inventor de la raza gallega, un retaco que medía metro cuarenta, sostenía que los auténticos gallegos eran celtas rubios, altos y de ojos azules. Los gallegos tienen la desgracia de haber oído decir sobre ellos, desde los tiempos del Estebanillo González, la más florida sarta de sandeces que se haya vertido a propósito de cualquier comunidad española, y lo peor es que las mismas son, en una gran parte de los casos, producto tan autóctono como el queso de tetilla. Hay gallegos altos y gallegos bajitos, gallegos violentos y gallegos pacíficos (que, afortunadamente, son los más), y luego están los gallegos nacionalistas, que parecen una caricatura de los nacionalistas vascos y que hacen de sus paisanos caracterizaciones dignas de chistes de gallegos.

¿Qué quiere decir Quintana? ¿Qué los gañanes que se liaron a tortas con los guardaespaldas de María San Gil en la universidad de Santiago no eran gallegos? A mí, desde luego, no me dio la impresión de que fueran rastafaris jamaicanos. Es verdad que una de las grupis que andaba por allí jaleándoles llevaba un letrero en portugués: Espanholistas fora de Galiza. Cierto, pero debía de ser la excepción. Los demás tenían acentazo de Viana do Bolo, y a un par se les notaba la geada. La portuguesa, seguramente, vino a España con un Erasmus y se encontró con que en Santiago nada podía ser tan apasionante como linchar espanholistas (comprensible, si la alternativa que se le ofrecía era estudiar Análisis Financiero). Para que luego digan que las propuestas de Rajoy son absurdas. A toda becaria portuguesa que llegue a la universidad de Santiago habría que hacerle firmar, cuando se matricule, un contrato de integración que le comprometa, mientras dure su estancia, a respetar las pacíficas costumbres locales. En primer lugar, antes que cualquier otra, la pacífica idiosincrasia gallega, que diría Anxo Quintana. Es una pena que en Viana do Bolo no conozcan el pensamiento antropológico de Anxo Quintana. Es trágico que lo hayan ignorado los irmandiños, los gerifaltes de antaño de Valle Inclán, los del Exército Guerrilleiro do Povo Galego, los grapos de Vigo, el clan de los Charlines y hasta Franco, que era del Ferrol. Si todos ellos hubieran sabido que los gallegos son de natural pacífico y dialogante, la de disgustiños que nos habríamos ahorrado.

Desde Murguía a Anxo Quintana, la utopía nacionalista gallega -un país de celtas pacíficos, altos y rubios- ha ido estrellándose reiteradamente contra la realidad, sin que a los teóricos de la raza se les moviera una pestaña. Anxo tiene un problema, y es su racismo inconsciente. Hay racismo donde alguien se inventa características físicas o morales para definir a una comunidad. Quintana no es menos racista que Murguía. Éste se autoexcluía de la raza de elfos arios con que su imaginación poblaba las castañeiras sacras; Quintana excluye de la galleguidad genuina a los pobres imbéciles que acosaron en gallego (y portugués) a María San Gil. Pero la exclusión es un truco para producir la raza política. Si los gallegos son por naturaleza no violentos, ¿qué son los violentos de Galicia? No gallegos. Intrusos en el suelo nacional, como María San Gil.

Es una trampa retórica de la que el PNV ha abusado hasta la saciedad: los de ETA no son vascos; o sea, son como los españoles, genéticamente violentos. Pero si los españoles son genéticamente violentos, es natural que los hijos de Aitor y Breogán reaccionen violentamente contra ellos. ¿Que apedrean en Guernica a Jaime Mayor Oreja? Normal, según el PNV. Jaime es español y la violencia congénita de los españoles destruyó Guernica. Éste es el truco: el nacionalismo -de cualquier color- suscita la raza política que precisa (puesto que tanto las razas biológicas como las razas morales son delirios), creando la fantasía de una España violenta contra la que levantar a las razas pacíficas. O sea, a los portugueses de Viana do Bolo.


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