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martes, 26 de febrero de 2008

Elecciones 9M: El debate.Diario de Campaña, David Gistau, El Mundo

Empate. El debate había adquirido una importancia tal que, opacados los mítines y el transcurrir futuro de la campaña, se habría dicho que el electorado no tendría que esperar hasta el 9 de marzo, que esta misma noche elegiría presidente mediante SMS. Trabados al final en un empate, que era lo que pretendía el presidente cuando anunció que vendría a amarrar para no averiar la aureola de triunfador con que ha ido revistiéndole la campaña, lo más probable es que ninguno haya ganado o perdido un solo voto en el debate.

El burladero. Eso sí, fue el advenimiento de un nuevo Rajoy, mucho más combativo, que concentró en una sola intervención inaugural toda su potencia de fuego, como en la táctica de la Blitzkrieg. Como al hombre tranquilo de John Ford, a Rajoy le ha costado trabarse en pelea, pero, cuando lo ha hecho, los golpes han retumbado como los de John Wayne en las praderas de Innisfree. Lo malo para él es que un Zapatero escurridizo se resistió como el toro con querencia a los toriles, al que no hay modo de arrastrar a los medios, y jamás entró en los terrenos que le eran desfavorables -la inmigración, el proceso con ETA, el desbarajuste del marco territorial y de la nación cuestionada, el patriotismo sobrevenido, las mentiras impropias del Gobierno que, según Rubalcaba, es el que nos merecemos-. Y, cuando lo ha hecho, ha sido siempre en la última palabra del bloque, cuando ya no había ocasión para la réplica de Rajoy. Con tal de refugiarse en el burladero, Zapatero ha empleado recursos previsibles y no por ello menos arteros, volver a Irak y al 11-M, como si fuera Rajoy y no él quien debiera rendir cuentas por una legislatura en Moncloa. Como el pitcher, Rajoy lanzó bolas. Y Zapatero usó a Aznar como bate para desviarlas todas, implicando además a Rajoy en algunas de las imágenes más infaustas del aznarismo, tales como la fotografía de las Azores.

Huidizo. Es probable que a Rajoy le cueste emanciparse del influjo de Aznar, y ahí está, atrapado en una responsabilidad ajena que le impide consagrarse como hombre en el que sólo hay porvenir, una frescura necesaria para el cambio. Pero no lo es menos que logró retratar a Zapatero como un presidente huidizo, consciente de que había argumentos en los que sólo podía perder, que demostró cobardía dialéctica cuando corrió a refugiarse en Irak y el 11-M, como en la casilla del seguro en el parchís, cada vez que intentaron obligarle a rendir cuentas por uno de esos asuntos de Estado que vertebraron su política y que fracasaron. A Rajoy, Zapatero se le fue vivo. Pero hubo una tanda memorable, la que argumentó las veleidades del presidente respecto de De Juana Chaos y Otegi: de las rosas blancas a las detenciones. Ese nervio nuevo que afloró es el que debe servirle ahora para calentar la campaña, donde acaso pueda provocar el vuelco en las percepciones del electorado para el que no le alcanzó con lo de ayer.

Está vivo, mira a los ojos y ha logrado que Zapatero salga del campo con todas las heridas marcadas en la espalda, que es donde las llevan los que escapan.

© Mundinteractivos, S.A



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